Las putas de Renzo (novela de infidelidad, cornudo, hotwife) 4. EL CHOFER CORNUDO #2
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4. EL CHOFER CORNUDO #2

—¡Pues te vas a morir tú solo en la cárcel, cabrón!

—intervino Mónica, caminando hacia la sala, furiosa, señalándolo con el dedo—.

¡Renzo te está ofreciendo salvarte el pellejo y traer dinero a la casa, y tú te pones de digno!

¡No tenemos ni para pagar el súper de la próxima semana!

¡Lo vas a tomar, Arturo! ¡Vas a ser su chofer o agarro mis cosas y te dejo aquí mismo para que te pudras!

Arturo miró a su esposa, completamente atónito. Su pilar, su mujer abnegada, le estaba gritando y obligándolo a convertirse en el chofer del hombre que lo había destruido. Arturo bajó la cabeza, derrotado infinitamente. Las lágrimas volvieron a brotar de sus ojos.

—Está bien... —murmuró, con la voz quebrada—. Está bien. Acepto.

Sonreí, acomodándome el saco.

—Perfecto. Empiezas el lunes. Te quiero a las siete de la mañana afuera de mi departamento con el tanque de la camioneta lleno.

Me di media vuelta y caminé hacia la puerta.

Mónica me siguió rápidamente hacia la salida, fingiendo que me iba a despedir.

En cuanto estuvimos en el porche, lejos de la vista del cornudo que seguía llorando en la sala, Mónica me agarró de la corbata y me besó con lujuria, metiéndome la lengua, saboreando la maldad de lo que acabábamos de hacer.

—Eres un monstruo, Renzo... —me susurró Mónica, con la respiración agitada y los ojos brillando de lujuria—. Me excita tanto verte aplastarlo. Voy a hacer que se ponga su mejor traje de oficinista para manejarte el carro.

—Prepárate, perra —le contesté, apretándole una teta por encima de la blusa—. Porque ahora que lo tenemos de chofer, nos vamos a divertir como nunca.

El lunes por la mañana, Arturo estaba estacionado frente a la torre de mi departamento. Llevaba su traje, el mismo que usaba cuando era gerente, pero ahora lucía como un uniforme de conserje. Estaba de pie junto a la puerta trasera de mi inmensa SUV.

Bajé del elevador y caminé hacia él. Arturo tragó saliva, evitó mirarme a los ojos y abrió la puerta de la camioneta.

—Buenos días... señor —murmuró Arturo, con el orgullo destrozado.

—Buenos días, Arturo. La corbata la traes chueca, arréglatela. No quiero que mis empleados den mal aspecto —le ordené, subiendo al asiento trasero de piel.

El pelmazo asintió, se acomodó la corbata con manos temblorosas y se subió al asiento del conductor. Arrancó el motor.

Durante esa primera semana, lo traje de arriba para abajo.

Lo obligaba a esperarme horas afuera de los restaurantes mientras yo comía cortes caros.

Lo mandaba a comprar mis cigarros, mi café, a recoger mi ropa de la tintorería.

Cada instrucción era una patada en la cara.

Arturo manejaba en silencio, con la mirada fija en el frente, muriéndose por dentro.

Pero el verdadero infierno para él comenzó el viernes por la tarde.

—Arturo, desvíate de la ruta —le ordené desde el asiento trasero, revisando mi celular—. Pasa a la plaza comercial del sur. Vamos a recoger a tu esposa.

Vi cómo los hombros de Arturo se tensaron en el asiento del conductor. Miró rápidamente por el espejo retrovisor.

—¿A... a Mónica? ¿Para qué, señor?

—Mónica me llamó. Me pidió que la ayudara con unos trámites bancarios de las deudas que dejaste. Le ofrecí llevarla en la camioneta para que no ande en camión. Acelera.

Llegamos a la plaza. Mónica estaba esperando en la banqueta. Llevaba un vestido ajustado y corto, que le dejaba los muslos gruesos al aire. Cuando Arturo detuvo la camioneta, bajó rápidamente a abrirle la puerta a su propia esposa, tratándola como a una patrona.

Mónica ni siquiera lo miró. Subió al asiento trasero y se sentó junto a mí. La cabina de la SUV era espaciosa, con asientos tipo capitán en la parte trasera, pero estábamos lo suficientemente cerca. Los vidrios estaban completamente polarizados.

—Arranca hacia el corporativo, Arturo. Toma la autopista larga —indiqué.

El viaje comenzó. Arturo manejaba en silencio. La música sonaba a volumen bajo.

Mónica cruzó las piernas. El roce de sus muslos generó un sonido eléctrico. Me miró de reojo. Sus ojos castaños estaban encendidos de morbo. Sabía perfectamente a lo que venía. No había ningún trámite bancario.

Levanté la mano y presioné el botón de la consola central.

El panel de privacidad se levantó, pero me aseguré de detenerlo a la mitad.

Arturo no podía ver completamente hacia atrás por el retrovisor a menos que se agachara, pero el aislamiento acústico estaba apagado.

Él podía escuchar absolutamente cada ruido, cada suspiro, cada movimiento de los asientos de piel.

Mónica entendió la señal.

Se desabrochó el cinturón de seguridad. Se deslizó de su asiento y se arrodilló en el espacio libre del piso de la camioneta, justo entre mis piernas. Su cabeza quedó oculta de la vista del retrovisor, pero Arturo sabía que su esposa ya no estaba sentada junto a mí.

Mónica me bajó el cierre del pantalón de vestir con un movimiento experto. ¡Zzzzt!

El sonido del cierre bajando fue clarísimo en la cabina.

Vi cómo los nudillos de Arturo se ponían blancos de tanto apretar el volante de la camioneta.

Su respiración se aceleró. El pelmazo estaba procesando lo que pasaba, pero el terror de volver a la calle, de perder su único ingreso y de enfrentarse a la cárcel lo mantenía anclado al asiento, callado, asimilando su papel de cornudo castrado.

Saqué mi verga, que ya estaba dura, palpitante, lista para profanar a la mujer de mi chofer.

Mónica abrió su boca, enseñándome la lengua, y tomó la cabeza de mi miembro.

¡Slurp!

El sonido húmedo de sus labios absorbiendo mi falo resonó con una claridad obscena en la camioneta.

Mónica empezó a mamarme la verga con una devoción animal.

Bajaba y subía la cabeza rítmicos, atragantándose a propósito para que los sonidos guturales y húmedos llegaran directamente a los oídos de su esposo.

¡Slurp, slop, slurp!

—¡Ahhh... sí, trágatela! —le gruñí por lo bajo, agarrándole el cabello por la nuca, marcando el ritmo, empujando mi pelvis hacia adelante con cada bombeo que ella me daba en la garganta.

—¡Mmmmh! ¡Ah, ah! —gemía Mónica ahogada, babeando sobre mis muslos, tragándose mis veintidós centímetros con una técnica que le había perfeccionado durante años.

Miré hacia el frente. A través de la rendija del panel de privacidad, vi los ojos inyectados en sangre de Arturo en el espejo retrovisor.

Él me estaba mirando. Las lágrimas le escurrían silenciosamente por las mejillas, bajando por su cuello hasta manchar la camisa de chofer.

Estaba destruido. Estaba manejando la camioneta mientras escuchaba cómo su esposa le lustraba la verga a su peor enemigo a escaso un metro de su espalda.

—Cuidado con ese bache, Arturo —le dije con voz firme, sin dejar de cogerme la boca de su mujer—. No quiero que los movimientos bruscos vayan a provocar que tu esposa se atragante con mi verga. Va todo excelente.

—Sí... señor... —balbuceó Arturo, con un hilo de voz patético, frenando con suavidad en el semáforo para no alterar el ritmo de las mamadas de Mónica.

Mónica soltó una carcajada húmeda con la boca llena de mi verga. Le excitaba sobremanera la degradación de su marido. Le saqué la polla de la boca bruscamente.

—Súbete el vestido, perra —le susurré.

Mónica obedeció al instante. Se acomodó de nuevo en el asiento a mi lado, pero no se abrochó el cinturón.

Se subió la tela del vestido hasta la cintura.

No traía bragas. Su coño estaba a la vista, completamente rasurado, rosado, hinchado y escurriendo de lubricación, mojando el asiento de la camioneta.

Mónica abrió las piernas de par en par, levantando los muslos, ofreciéndome su rajita brillante.

Metí mis dedos índice y medio. Estaba empapada. Un charco de lujuria y perversión. Empecé a meter y sacar los dedos de su vagina con rapidez, generando un sonido de chapoteo que rebotaba en las paredes del vehículo.

¡Squish, plaf, squish!

Mónica echó la cabeza hacia atrás, respirando por la boca, mordiéndose el labio para ahogar los primeros gemidos, pero la intensidad de la fricción la superó.

—¡Aaaah... Dios...! ¡Ah, ah, Renzo...! —empezó a jadear, contorsionándose en el asiento, clavando las uñas en el reposabrazos.

—¿Te gusta cómo te meto los dedos, Mónica? —le pregunté en voz alta, asegurándome de que Arturo escuchara cada sílaba.

—¡Aaaah... sí...! ¡Sí, mételos más! ¡Ah, ah, ah, me vengo! —sollozaba ella, vibrando de placer.

Aceleré el ritmo de mis dedos, machacándole el clítoris, hundiéndome en su humedad. Mónica empezó a temblar violentamente. Sus paredes vaginales me exprimieron los dedos mientras un orgasmo salvaje la sacudía por completo. Sus jugos salieron a chorros, manchando mi mano y el asiento.

—¡Ahhhhhh! ¡Sííí! —gritó Mónica, viniéndose espectacularmente, con las piernas temblando.

Saqué los dedos mojados, brillantes por los caldos de la esposa de mi chofer. Mónica se dejó caer contra el respaldo, respirando con dificultad, con los ojos cerrados.

Me acerqué a la rendija del panel. Arturo estaba temblando en el asiento del conductor, agarrando el volante como si su vida dependiera de ello, llorando su desgracia.

—Llegamos, Arturo —le dije fríamente—. Estaciónate. Y cuando nos bajemos, te encargas de limpiar bien el asiento de atrás. Mónica dejó un desastre de fluidos y no quiero que la camioneta huela a ella. Usa el trapo húmedo.

—Sí... señor —lloriqueó el pelmazo, humillado hasta el fondo de su alma, convertido en el afanador de los orgasmos de su propia esposa.

Esa humillación que le hice pasar me dejó complacido. Pero, como buen adicto, no me bastaba. Mónica era un juguete domesticado. La que verdaderamente me quitaba el sueño, la que me retaba el intelecto y las ganas, era la futura señora de la casa. Olga.

Días después, Olguita me mandó un mensaje. El tono angelical de la familia había desaparecido.

"Ven a la Hacienda Los Arcos. A las cuatro. Estoy revisando la pista de baile y necesito que me ayudes a medir unos espacios, cuñadito."