Las putas de Renzo (novela de infidelidad, cornudo, hotwife) 4. EL CHOFER CORNUDO
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4. EL CHOFER CORNUDO

Sentarse en la silla del gerente, la misma silla que el imbécil de Arturo había calentado con sus nalgas de oficinista mediocre durante años, era un placer inmenso. El cuero rechinó suavemente cuando me eché hacia atrás, subiendo los pies sobre el escritorio.

Apenas habían pasado unos días desde que la trampa informática que le tendí había estallado.

Arturo fue escoltado fuera del edificio como un delincuente, con la cara descompuesta por el terror y la humillación, acusado de filtrar documentos financieros a la competencia.

Y yo, como el salvador designado, tomé las riendas de la gerencia con una facilidad pasmosa.

El mundo le pertenece a los cabrones que no tienen miedo de ensuciarse las manos, y yo estaba dispuesto a ensuciarme hasta los codos con tal de tener lo que quería.

Miré por el ventanal de mi nueva oficina. El quinto piso era mío. La empresa era mía. Y, por si fuera poco, las mujeres de los demás también me abrían las piernas.

Dos toques suaves en la puerta de cristal me sacaron de mi regocijo.

—Adelante —ordené, con la voz grave y autoritaria que tanto me gustaba emplear.

La puerta se abrió y entró Pablo. Mi hermano menor llevaba un traje que le quedaba un poco grande, sosteniendo un portafolio bajo el brazo.

Su rostro reflejaba esa mezcla de nerviosismo y admiración que siempre me tenía.

A sus veintisiete años, seguía siendo un niño grande, un ingeniero brillantísimo para calcular estructuras de cemento, pero un completo ciego para leer la maldad en las personas.

—Renzo, hermano —dijo Pablo, sonriendo de oreja a oreja mientras se acercaba al escritorio—. Qué chingona está tu oficina. Te lo mereces, cabrón. Siempre supe que ibas a llegar hasta arriba.

—Gracias, Pablito. Siéntate —le señalé la silla de visitas, la misma donde Arturo había llorado frente a auditoría—. ¿Traes los documentos de la constructora?

—Aquí están —Pablo abrió el portafolio rápidamente, sacando una carpeta—.

Ya revisé los planos para la remodelación de las nuevas sucursales.

Si me firmas el anticipo hoy, empezamos a demoler la próxima semana.

De verdad, Renzo, no sé cómo agradecerte que me hayas metido en este proyecto corporativo.

Nos va a dejar un margen de ganancia increíble a Olga y a mí justo antes de la boda.

Agarré la pluma fuente y firmé los contratos sin siquiera leerlos. A mí no me importaba el proyecto arquitectónico; me importaba mantener a mi hermano ocupado, trabajando de sol a sol, para que yo tuviera la agenda libre y me pudiera follar a su futura esposa sin interrupciones.

—Es un negocio, hermano. Sé que trabajas bien —le devolví la carpeta—. Además, la familia es primero. Quiero que tú y tu futura mujercita tengan un colchón financiero sólido.

Pablo guardó los papeles, mirándome con una gratitud que casi me dio lástima.

—Eres el mejor, Renzo. Y hablando de la boda...

—Pablo se acomodó en la silla, frotándose las manos—.

Ya falta un mes exacto. Olga anda como loca con los preparativos de la fiesta y los últimos detalles.

Y me acordé de algo importante. Vas a ser el padrino de anillos, pero necesitas una compañera.

Una madrina que camine contigo hacia el altar.

Me quedé callado un segundo, saboreando la ironía.

—¿Una madrina? —pregunté, enarcando una ceja.

—Sí, hermano. Todas las parejas de padrinos entran juntas. ¿Tienes a alguien en mente? Digo, sé que andas soltero, pero a lo mejor hay alguna amiga que quieras llevar. Si no, le digo a Olga que te empareje con alguna de sus primas.

La maquinaria de mi mente depredadora empezó a girar. ¿Emparejarme con una prima aburrida? Ni de broma. Yo quería espectáculo. Quería llevar el morbo al límite. Quería exhibirla frente a todo el mundo y, de paso, clavarle una estaca de celos a la mismísima novia en su propio evento.

—No te preocupes por eso, Pablito. Ya tengo pareja para la boda —le contesté, esbozando una sonrisa cínica—. Voy a llevar a Mónica.

Pablo frunció el ceño, confundido.

—¿A Mónica? ¿La esposa de Arturo? Pero... hermano, Arturo acaba de salir de la empresa por un problema legal gravísimo. Además, ¿no es raro que lleves a la mujer de un examigo? Digo, es una señora casada.

—Las cosas con Arturo están complicadas, sí.

El pobre pelmazo la cagó en el trabajo, pero Mónica no tiene la culpa de las idioteces de su marido —mentí con una fluidez asombrosa, tejiendo mi telaraña—.

La mujer está pasando por un momento muy difícil, Pablo.

Deprimida, encerrada en su casa. Invitarla a la boda es un gesto de cortesía, para que se distraiga. Arturo lo entiende perfectamente.

Pablo asintió, siempre dispuesto a creer en las buenas intenciones de los demás.

—Vaya... eres muy noble, Renzo. La verdad, pobre mujer. Arturo le desgració la vida con sus fraudes. Está bien, le diré a Olga que Mónica será tu acompañante.

Nos despedimos con un abrazo fraternal. En cuanto mi hermano cruzó la puerta y desapareció por el pasillo, solté una carcajada ronca, oscura, que rebotó en los cristales de mi oficina.

Llevar a Mónica a la boda era la jugada maestra.

Arturo se iba a quedar pudriéndose en su casa, sabiendo que su esposa iba del brazo del hombre que le arrebató el trabajo y le llenaba el culo de leche, mientras que Olga, la futura novia, iba a tener que soportar verme caminar hacia el altar acompañado de la perra a la que yo me follaba habitualmente.

El choque de trenes iba a ser monumental.

Pero antes de la fiesta, tenía asuntos pendientes que resolver. Específicamente, terminar de aniquilar la poca dignidad que le quedaba al esposo de Mónica.

Esa misma tarde salí temprano de la oficina y manejé mi camioneta hasta el barrio de clase media donde vivían Arturo y Mónica. Estacioné frente a la casa de un solo piso.

Toqué el timbre. Fue Mónica quien abrió la puerta.

Llevaba unos leggings que le apretaban esas caderas y nalgas enormes y una blusa holgada. Tenía ojeras, pero al verme, sus ojos castaños se iluminaron con esa adicción enfermiza que sentía por mí.

—Renzo... —susurró, mirando hacia la calle para asegurarse de que nadie nos viera.

—¿Dónde está el inútil? —le pregunté, entrando a la casa sin pedir permiso, empujándola suavemente para cerrar la puerta. ¡Clack!

—En la sala. Lleva tres días bebiendo. Está destruido. Los abogados le dijeron que la empresa va a proceder penalmente en su contra por el robo de información. Tiene terror de ir a la cárcel.

Le agarré una nalga con fuerza, dándole un apretón que la hizo gemir bajito, y caminé hacia la sala.

Ahí estaba Arturo. El gran gerente. El cabrón que alguna vez me apuntó con su láser en las juntas. Estaba sentado en el sillón viejo, sin afeitar, con una botella de tequila a la mitad sobre la mesa de centro. Llevaba la misma ropa desde hace días y tenía una cara de derrota.

Al verme entrar, levantó la vista. Sus ojos inyectados en sangre se abrieron desmesuradamente.

—¿Tú? —balbuceó Arturo, intentando ponerse de pie, pero las piernas le temblaron por el alcohol—. ¿Qué chingados haces en mi casa, Renzo? Lárgate. ¡Lárgate o llamo a la policía!

Me quedé de pie frente a él, metiendo las manos en los bolsillos del pantalón, mirándolo de arriba abajo con un desprecio total.

—Yo que tú no mencionaba a la policía, Arturito —le contesté con voz gélida—. Te recuerdo que tienes una orden de aprehensión respirándote en la nuca por andar vendiendo los balances de la firma.

Arturo se dejó caer en el sillón, tapándose la cara con las manos.

—¡Yo no fui, te lo juro! ¡Alguien me hackeó! ¡Yo no soy un ratero! —empezó a sollozar, llorando como un niño pequeño. Verlo llorar me generaba una satisfacción retorcida, un calorcito en el pecho que me encantaba.

Mónica se quedó parada en el marco de la puerta de la cocina, cruzada de brazos, observando a su esposo con una mezcla de lástima y repulsión.

—Ya deja de llorar, Arturo, das pena —le espetó Mónica fríamente, demostrando que su empatía había muerto por completo.

—Vengo a ofrecerte una salida, pelmazo —le dije, caminando alrededor de la mesa de centro—. Asumí la gerencia. Ahora yo tengo el poder de frenar la demanda. Puedo decirles que fue un error informático y que no procedan penalmente. Puedo evitar que te vayas a la cárcel.

Arturo levantó el rostro, con los mocos escurriéndole, mirándome con una chispa de esperanza patética.

—¿De... de verdad harías eso por mí, Renzo? A pesar de que te quité la cuenta hace años... ¿me ayudarías?

—No lo hago por ti, imbécil. Lo hago por Mónica. Porque no quiero que la esposa de mi excompañero termine en la calle pidiendo limosna cuando te metan preso —le solté, saboreando el doble sentido que solo Mónica y yo entendíamos—. Pero claro, nada es gratis en esta vida.

—Lo que sea... haré lo que sea. Trabajo de analista junior, de asistente...

—No te quiero en mi oficina —lo corté de tajo—.

Pero resulta que con mi nuevo puesto, me asignaron un presupuesto para chofer personal.

Y casualmente, tú estás desempleado. Necesitas ingresos urgentes para pagar las deudas que te van a dejar los abogados.

Así que te ofrezco el puesto. Vas a ser mi chofer, Arturo.

Vas a abrirme la puerta de la camioneta, vas a llevarme a mis reuniones, y me vas a decir "sí, señor".

La poca dignidad que le quedaba a Arturo intentó asomar la cabeza. El color le subió a las mejillas. Se puso rojo de ira.

—¡Estás loco! —gritó, apretando los puños—. ¡Yo era gerente! ¡Tengo una maestría en finanzas! ¡No voy a ser tu puto chofer para que me traigas de tu sirviente! ¡Prefiero morirme de hambre!