Las putas de Renzo (novela de infidelidad, cornudo, hotwife) 3. LA MUJER DE MI TÍO #4
33%

3. LA MUJER DE MI TÍO #4

—Sistemas no va a rastrear nada, estúpido —le siseé, clavándole una mirada intimidante—.

Yo ya arreglé con uno de los administradores junior para que enmascare la ruta de salida.

Las alertas van a saltar directamente en la computadora de la oficina de Arturo, como si él lo hubiera hecho desde su casa anoche, usando una VPN fallida.

Suena a que Arturo intentó vender la información a espaldas de la empresa y la cagó.

Solo tienes que ejecutar el script y borrar el caché de la terminal ciega.

Hazlo, y te prometo un ascenso a supervisor en cuanto yo tome la silla de gerente.

Fállame, y Arturo se entera de que le reventaste el culo a su esposa.

Gerardo palideció. Asintió mecánicamente, agarró la USB y se fue caminando hacia la sala de servidores.

La trampa estaba tendida.

Me fui a sentar a mi escritorio, a disfrutar del espectáculo.

El caos estalló a las once de la mañana.

El director general de la firma y dos tipos de auditoría interna bajaron al quinto piso con caras de funeral. Caminaron directamente hacia la oficina de Arturo.

El pelmazo de Arturo estaba ahí, sentado en su silla de gerente, tomando su cafecito, revisando sus gráficas ridículas. No tenía ni puta idea de la tormenta de mierda que se le venía encima.

A través del cristal, vi cómo el director general le gritaba. Le aventaron unos reportes impresos en el escritorio. Arturo se puso de pie, pálido como un papel, moviendo las manos desesperadamente, negando con la cabeza. Intentó abrir su computadora, pero los de auditoría se la arrebataron.

La escena fue gloriosa.

Arturo, el hombre que me había robado mi puesto, el tipo que se creía superior, estaba siendo humillado, destrozado y despojado de su imperio de cartón en menos de diez minutos.

Lo escoltaron fuera de su oficina. Los de seguridad llegaron para acompañarlo a la salida. Arturo caminó por el pasillo central, sudando frío, con los ojos inyectados en sangre, mirando a todos los analistas que murmuraban a sus espaldas.

Al pasar frente a mi cubículo, Arturo se detuvo por un segundo. Me miró. Su mirada era una mezcla de terror, confusión y una derrota aplastante. Él sabía que yo lo odiaba, pero jamás se imaginó que yo sería el arquitecto de su aniquilación profesional.

Yo me quedé sentado, recargado en mi silla, y le esbocé la misma sonrisa torcida y cínica que él me había dado años atrás.

Le guiñé un ojo.

Arturo bajó la cabeza, destruido, y siguió caminando hacia los elevadores, acompañado de los guardias.

Dos horas después, fui convocado a la oficina del director general.

—Renzo —me dijo el viejo de traje gris, pasándose la mano por la frente—.

La situación con Arturo es insostenible.

Fraude, filtración de datos... es un desastre.

La junta directiva necesita a alguien con experiencia y mano dura para estabilizar el departamento de inmediato.

Conoces las cuentas, conoces a los clientes. La gerencia es tuya, a partir de hoy.

Acepté el puesto con una fingida humildad, prometiendo lealtad a la firma.

Salí de esa oficina sintiéndome el dueño del puto universo.

Lo tenía todo. Tenía el sueldo de gerente, tenía a la esposa de mi enemigo lamiéndome las botas, tenía a la prometida de mi hermano rogándome por leche a escondidas, y había destruido la vida de los hombres débiles que se habían cruzado en mi camino.

Esa noche, para celebrar mi coronación, invité a la hermosa rubia Mónica a mi departamento.

Llegó a las nueve de la noche, llorando, demacrada. Su conciencia la estaba carcomiendo viva. Arturo había llegado a su casa en la tarde, destrozado, borracho, llorando en el piso de la sala, confesándole que lo había perdido todo y que no sabía cómo había pasado.

Mónica, la muy cínica, tuvo que consolar al hombre al que ella misma había apuñalado por la espalda para complacerme a mí.

—Renzo... está muerto en vida —me dijo Mónica, sentada en el borde de mi cama, con las manos temblorosas—. Se la pasa llorando. Dice que no entiende cómo hackearon su computadora. Yo... yo me siento un monstruo. Me da asco mirarlo a los ojos.

—Te acostumbrarás, mi amor —le respondí fríamente, desabrochándome la camisa, mirándola desde arriba—. Y agradécele a la vida que tienes a un semental como yo para que te mantenga la concha caliente, porque con un desempleado llorón en casa, te vas a morir de aburrimiento.

Mónica me miró, con lágrimas en los ojos, pero la sumisión enfermiza que sentía por mí superaba cualquier culpa moral.

—No me vayas a dejar nunca, Renzo... —me suplicó, arrodillándose en la alfombra, abrazándome las piernas, enterrando la cara en mi entrepierna—.

Haría cualquier cosa para que no me dejes.

Acepto lo de tu cuñada... acepto que te la folles.

Disfrútala, Renzo, cógetela todo lo que quieras.

Sé que te excita el morbo. Pero prométeme que yo sigo siendo tuya.

Le agarré la cabeza, acariciándole el cabello, sintiendo el poder absoluto fluir por mis venas.

—Claro que eres mía, perra —le susurré, bajándome el cierre del pantalón y empujándole la cabeza hacia mi miembro—. Y siempre lo serás. Ahora chupa, y hazme sentir como el nuevo gerente de esta puta empresa.

Mientras Mónica se atragantaba con mi verga, cerré los ojos.

Mi mente viajó hacia el rostro angelical de Olga, hacia el rostro ingenuo de mi hermano Pablo, y hacia la cara destrozada de Arturo.

Y la perversión en mi entorno, apenas comenzaba.

Entre otras cosas, me exigí que tenía que volver a follarme a la tía Cecilia…

Y de paso, si se podía… a su hija, mi primita Sofía.