3. LA MUJER DE MI TÍO #3
—¿Te excita coger en la cama del pelmazo? —le preguntaba yo, acomodándome entre sus muslos y penetrándola con fuerza, disfrutando del sonido húmedo de la fricción—. ¿Te excita sentir mi verga dentro de tu concha donde él apenas si te roza?
—Me excita saber que tú eres mil veces más hombre que él... y que eres sangre de mi sangre... ahhh... ¡no te detengas!
El morbo de coger en su lecho matrimonial, de manchar las sábanas del tío Max con mis propios fluidos y los jugos de su esposa adúltera, era una droga embriagadora.
Le reventé el culo a la tía Cecilia en la regadera, en la sala, y, como ya dije, hasta en su propia cama matrimonial, enseñándole placeres que su marido jamás hubiera imaginado en su vida aburrida.
Le dejaba marcas en los pechos, rasguños en la espalda, firmas de mi propiedad que ella se esmeraba en ocultar de los ojos ciegos de su marido.
Eventualmente me mudé, la aventura terminó, y ellos siguieron su vida "feliz". El tío Max nunca se enteró. Siguió siendo el cornudo feliz y aburrido de siempre. El idiota complaciente que le financiaba los lujos a la mujer que yo había marcado para siempre.
Y ahora, viéndola ahí, con sus cuarenta y seis años espléndidos, sonriéndole a mi madre mientras el tío Max le sostenía el bolso como un sirviente obediente, sentí una punzada de nostalgia morbosa.
Yo había sido el responsable de los cuernos de mi propia familia mucho antes de conocer a Mónica o a Olga.
Y la tía Cecilia, con su mirada ardiente y su sonrisa cómplice, me demostraba que el recuerdo de aquellas sesiones furtivas seguía vivo en su memoria, tan fresco como la sangre en el hocico de un depredador.
Me tomé mi whisky, sacudiendo la cabeza para volver al presente.
La tarde avanzó. La familia comía y bebía. Yo me mantuve al margen, observando la dinámica. Pablo hablaba de los centros de mesa y de la banda musical con una ilusión que me daba asco y lástima.
Y entonces, Olga empezó a jugar.
La muy zorra se levantó de la mesa, alisándose el vestido primaveral. Pasó cerca de mi silla, asegurándose de que su cadera rozara mi hombro.
—Voy al baño a retocarme el maquillaje, mi amor —le dijo a Pablo en voz alta.
Pablo, el ingenuo, asintió, comiendo su postre.
Olga caminó hacia el interior de la inmensa casa de mis padres. Sus ojos me lanzaron un destello imperceptible, una invitación directa y peligrosísima.
Mi corazón empezó a latir con fuerza. El riesgo era inmenso. Estaba toda la puta familia reunida en el jardín. Si alguien entraba a la casa, si mi madre iba a la cocina, nos atraparían in fraganti. El escándalo destruiría a mis padres y aniquilaría a mi hermano.
Pero el morbo... el maldito morbo era una droga demasiado potente. La idea de cogerme a la novia en la misma casa donde el novio planeaba su boda, me cegó por completo.
Esperé dos minutos exactos. Me levanté de la silla, fingiendo buscar mi teléfono, y me metí a la casa.
Caminé por el pasillo en silencio. El baño de visitas estaba ocupado por la tía Cecilia, escuchaba el agua correr.
Giré la cabeza hacia el fondo del pasillo. La puerta de la vieja habitación de visitas —mi antigua habitación— estaba entreabierta.
Me acerqué como un depredador acechando. Empujé la puerta.
Ahí estaba Olga.
La descarada se había subido el vestido de flores hasta la cintura.
No traía bragas. Su culo blanco, redondo y perfecto estaba expuesto, apoyado contra el escritorio de madera de mi padre.
Tenía las piernas ligeramente separadas.
Su coño estaba a la vista, hinchado, brillante de lubricación, latiendo de pura adrenalina.
—Te tardaste, cuñado —susurró ella, con una sonrisa perversa, mordiéndose el labio.
—Estás completamente desquiciada, zorra —le siseé, cerrando la puerta con seguro de forma rápida. ¡Clack!
—Solo si tú tienes los huevos de hacerlo aquí mismo —me retó ella, echando las manos hacia atrás para agarrarse del borde del escritorio, empinándose más, ofreciéndome ese culazo monumental—. ¿Qué esperas? ¿Te da miedo que Pablito nos encuentre?
No lo pensé. El cerebro reptiliano tomó el control.
Me bajé la bragueta a toda prisa, saqué mi verga rígida y me pegué a ella. El choque de mi pelvis contra sus nalgas calientes me erizó la piel.
—No hagas un solo puto ruido —le ordené al oído, agarrándola por el cuello desde atrás, apretando con fuerza para inmovilizarla.
Acomodé la cabeza de mi miembro en la entrada de su coño empapado. Estaba escurriendo. El peligro de ser descubiertos la tenía excitada a niveles estratosféricos. Sin ninguna contemplación, me la ensarté entera de un solo golpe seco.
Olga ahogó un grito, cerrando los ojos con fuerza, mordiéndose el dorso de la mano para no emitir sonido. Su cuerpo entero se tensó. Las paredes de su vagina me exprimieron la verga con una fuerza descomunal.
La empecé a follar ahí mismo, de pie, contra el escritorio de mi padre.
Mis movimientos eran cortos, rápidos, brutales.
No podía permitirme el lujo de azotar mis huevos contra sus nalgas porque el ruido de las nalgadas resonaría en la casa.
Así que me dediqué a penetrarla profundamente, machacándole el cérvix con cada estocada, hundiéndome hasta la base y retirándome casi por completo.
—¡Ahhh... Dios... Renzo! —gemía ella en un susurro apenas audible, respirando por la boca, con el rostro rojo por la falta de oxígeno y el placer puro.
—Eres una puta ramera, Olga... —le susurré al oído, frotándome contra su espalda—. Pablo está allá afuera eligiendo el color de los manteles para tu boda, y tú estás aquí adentro con la verga de su hermano atravesándote las entrañas.
—¡Sí...! ¡Cógeme, cuñado! ¡Tu hermano no sirve para esto! ¡Tú eres el verdadero semental! —balbuceaba ella, completamente enajenada, moviendo las caderas para ensartarse más profundo, restregando su clítoris contra mi pelvis.
El riesgo era asfixiante. A través de la ventana del cuarto, podía escuchar las risas de mi familia en el jardín. Escuché la voz de mi madre organizando a los meseros. Escuché la risa noble de Pablo.
La culpa, pequeñita, insignificante, intentó asomar la cabeza. Le estaba haciendo una perrada monumental al hermano que me adoraba. Pero la sensación de superioridad, el morbo de tener a la hembra deseada por todos suplicándome que me corriera dentro de ella, aplastó cualquier rastro de decencia.
Era el rey. El dueño absoluto de las mujeres de otros.
—¡Me vengo, Renzo, me vengo! —susurró Olga histéricamente, temblando de pies a cabeza.
Sentí sus espasmos vaginales ordenándome la polla. Su orgasmo fue rápido y sucio. No aguanté más. La adrenalina me superó. Apreté los dientes y me corrí profundamente dentro de ella, vaciando litros de leche caliente en el fondo de su matriz, fertilizándola con mi desprecio y mi ego.
Saqué mi verga rápidamente. Olga se dejó caer sobre el escritorio, jadeando, temblando. Un hilo blanco de mi semen escurrió por su muslo pálido.
Se limpió rápidamente con un pañuelo de papel que traía en la bolsa, se bajó el vestido de flores y se arregló el cabello. En menos de un minuto, la ramera asquerosa que acababa de chuparse mi verga por el coño volvió a ser la virginal prometida de mi hermano.
Me lanzó una mirada cómplice, abrió el seguro de la puerta y salió caminando al pasillo como si nada hubiera pasado.
Me quedé solo en el cuarto de visitas, subiéndome el cierre del pantalón, sintiendo cómo el corazón me latía a mil por hora. Había profanado el santuario familiar. Ya no había línea que no estuviera dispuesto a cruzar.
El lunes por la mañana, llegué a la oficina corporativa con la mente fría y el plan en marcha.
A primera hora, Mónica me había mandado un mensaje con la contraseña de la laptop de Arturo. La muy perra había cumplido. Había traicionado al futuro padre de sus hijos (si es que querían tenerlos) por el simple terror de que yo dejara de follármela.
Pero yo sabía que Arturo no era un imbécil cualquiera. Necesitaba que la filtración pareciera un acto de desesperación, no un simple hackeo. Tenía que armar un escenario impecable.
Fui directo al cubículo de Gerardo.
Gerardo era un analista arribista, el mismo imbécil al que yo había manipulado para que se tirara a Mónica en los baños del club el día del cumpleaños de Arturo. Él me debía favores, y sabía que si yo abría la boca sobre ese incidente, Arturo lo mataría. Lo tenía agarrado por los huevos.
—Gerardo —le dije, apoyándome en su mampara gris, pasándole una memoria USB por debajo de unas carpetas—.
Aquí están los archivos. Tienes la contraseña del usuario de Arturo.
Sabes lo que tienes que hacer. Siéntate en la terminal ciega del fondo, entra a su cuenta y envía estos correos con los balances alterados al servidor de la competencia.
Gerardo tragó saliva, mirando la USB con pánico.
—Renzo, no mames. Si los de sistemas rastrean la IP, nos vamos a ir a la cárcel los dos. Es fraude corporativo. Las fechas no van a cuadrar.