3. LA MUJER DE MI TÍO #2
—Buena perra —le acaricié el cabello, mientras ella me metía la verga a la boca con devoción—. Mañana en la oficina espero esa contraseña. Y ahora, chúpala bien. Límpiame la leche que me sacaste y tus propios fluidos vaginales.
Llegó el domingo.
Mis padres habían organizado una gran comida en su casa. El motivo oficial era la organización de las madrinas y los detalles de la boda de Pablo y Olga. La boda del año, la farsa del siglo.
Llegué a la casa paterna a la una de la tarde.
El jardín estaba lleno de mesas, comida y familiares.
Pablo andaba de un lado a otro, sonriendo como idiota, recibiendo abrazos y felicitaciones.
Olga estaba sentada junto a mi madre, vestida con un vestido primaveral de flores, largo y decente, actuando como la virgencita de los milagros.
Cuando me vio entrar, Olga me sostuvo la mirada por un segundo.
Un destello verde, calculador y repleto de morbo.
Me dedicó una sonrisa angelical, pero yo sabía perfectamente que debajo de ese vestido de flores seguramente llevaba una tanga minúscula y que el coño le palpitaba de solo recordar cómo la había rellenado en mi sofá.
Ese contraste entre su apariencia inmaculada y la devoción asquerosa con la que me había mamado la verga días antes me excitaba sobremanera.
Mirándola así, rodeada de mi familia, con ese rostro que gritaba pureza, mi fijación por ella encontraba su punto máximo de ebullición.
Esos labios gruesos, esos ojos felinos, todo en ella era una invitación directa a la profanación.
Era un trofeo viviente, un monumento a la falsedad femenina, y yo era el único en la sala que poseía la llave de sus instintos más animales.
Fui a saludar a mis padres.
—¡Renzo, hijo! —mi madre me abrazó, ajena a la pudrición que yo llevaba por dentro—. Pásale, estamos organizando a las madrinas de la boda. ¡Va a ser un evento precioso!
—Qué bueno, mamá. Felicidades a los novios —dije, con mi mejor cara de cinismo, dándole una palmada en el hombro a Pablo, que me sonrió con esa nobleza que a veces me daba lástima.
Me acerqué a la mesa de bebidas para prepararme un trago. Y entonces, una voz femenina, ronca y cargada de una sensualidad madura, sonó a mis espaldas.
—Yo me apunto para ser madrina de lazos. Si me dejan, claro.
Me giré de golpe.
Ahí estaba Cecilia.
Cecilia era la hermana menor de mi padre.
Mi tía. Tenía cuarenta y seis años, apenas cinco años mayor que yo.
Y Dios santo, el tiempo la había tratado como a una diosa.
Era una MILF en toda la extensión de la palabra.
Su rostro, maduro y anguloso, poseía una belleza salvaje, un atractivo que los años sólo habían perfeccionado y afilado, dotándola de una seguridad arrolladora.
Era una mujer preciosa, de pelo rojo encendido, brillante, que le caía en cascadas sobre los hombros, enmarcando un rostro que gritaba experiencia y una lujuria indomable.
Cada vez que la veía, ese cabello rojo como el fuego avivaba recuerdos prohibidos que se esforzaban por salir a la luz.
Llevaba unos pantalones blancos ajustadísimos que le marcaban unas nalgas maduras pero redondas, y una blusa de seda verde esmeralda que no lograba disimular el tamaño morboso de sus pechos.
Estaba conservadísima, bronceada, con el cabello cortado por los hombros y unos labios pintados de carmesí.
Las pequeñas arrugas alrededor de sus ojos oscuros, más que delatar su edad, añadían un toque de sofisticación maliciosa, la promesa de secretos oscuros que solo ella y yo compartíamos.
Detrás de ella, con una sonrisa tímida y un chaleco de rombos ridículo, estaba su esposo.
El tío Max. Un contador calvo, bajito, con barriga pronunciada y un carisma equivalente al de un zapato viejo.
El prototipo perfecto del pusilánime. El hombre al que le faltaban agallas para satisfacer a la fiera que tenía por esposa, el infeliz cuya incompetencia me había abierto las puertas a mi primer festín de superioridad.
—¡Claro que sí, Ceci! Tú serás la madrina de lazos —celebró mi madre, anotándolo en una libreta.
Cecilia caminó hacia la mesa de bebidas. Sus ojos oscuros se cruzaron con los míos. Una sonrisa perversa se dibujó en sus labios, una sonrisa que compartía un secreto que el resto de la familia ignoraba por completo.
—Hola, sobrino —me dijo ella, en un tono bajo que solo yo pude escuchar, rozando su cadera contra mi pierna al pasar para servirse un vaso de agua—. Estás cada día más guapo, cabrón.
—Hola, tía —le respondí, sintiendo cómo el estómago me daba un vuelco de recuerdos sucios—. Tú tampoco cantas mal las rancheras. Estás riquísima.
Ver a Cecilia me transportó inmediatamente veinte años atrás en el tiempo, a una época donde mi naturaleza depredadora apenas comenzaba a florecer, y ella, mi propia tía, la hermana menor de mi padre, me sirvió de terreno de entrenamiento.
Yo tenía veintiún años. Estaba en la universidad y mis padres me habían mandado a vivir temporalmente a la casa de Cecilia y Max en la capital mientras terminaba un semestre complicado.
El solo hecho de vivir bajo el mismo techo, conociendo nuestro parentesco de sangre, añadía una capa de morbo prohibido que hacía hervir la sangre de ambos.
El tabú del incesto era un afrodisíaco potente y oscuro, una línea que nos tentaba a cruzarla con cada roce accidental, con cada mirada furtiva.
Follarme a mi tía era la fantasía suprema de perversión, la ruptura definitiva de cualquier barrera moral.
En ese entonces, Cecilia tenía veintiséis. Acababa de casarse con el aburrido de Max. Era un matrimonio de conveniencia, un intento por parte de Cecilia de sentar cabeza, pero su naturaleza ardiente se resistía a ser domesticada por un hombre sin sangre en las venas.
Recuerdo perfectamente la tensión en esa casa.
Max trabajaba doce horas al día en un despacho, regresaba agotado, cenaba y se quedaba dormido frente al televisor.
Cecilia, joven, ardiente y desesperada por atención, se paseaba por la casa en batas de seda cortitas, cruzando las piernas frente a mí mientras yo "estudiaba" en la sala.
Sus provocaciones eran sutiles pero constantes.
Me pedía que le abrochara el sujetador, fingía pequeños tropiezos para apoyar su generoso busto contra mi brazo, y caminaba por los pasillos con una languidez calculada, asegurándose de que yo notara el vaivén de sus caderas.
Yo la observaba, consumido por el deseo y el morbo, consciente del enorme pecado que supondría ceder a la tentación, pero incapaz de resistir el magnetismo de su sexualidad desbordante.
La línea se rompió una noche de viernes. Max estaba roncando en la recámara principal. Yo estaba en mi cuarto de visitas, leyendo. La puerta se abrió sin hacer ruido. Cecilia entró. Llevaba solo un camisón transparente. Olía a crema corporal y a calentura pura.
Se sentó al borde de mi cama, su mirada ardiente clavada en mis ojos.
«Max es un inútil, Renzo», me había susurrado ella, con los ojos llenos de frustración y lujuria, deslizando una mano sobre mi rodilla y metiendo los dedos por debajo del resorte de mi pantalón de pijama. «No me toca. No sabe cómo cogerme. Me aburre hasta la muerte».
No me lo tuvo que repetir dos veces. Yo era un estudiante con las hormonas a reventar y el ego inflamado, y la invitación de la hermana de mi padre era demasiado tentadora para rechazarla. El morbo de la infidelidad y el incesto me nubló cualquier ápice de juicio.
Agarré a la esposa de mi tío, la tiré sobre mi colchón, le subí el camisón exponiendo sus pechos maduros y su pubis sin depilar, y me la follé salvajemente, en silencio, mientras el pelmazo de Max roncaba a escasos diez metros de distancia, al otro lado del pasillo.
—Eres un animal, Renzo... —jadeaba Cecilia, con la voz ahogada en el cojín, sus caderas buscando ansiosamente mis embestidas—. Mucho mejor que ese inútil... cógeme, sobrino, ¡cógeme!
—Eres mi tía, puta... —le susurraba yo al oído, apretando sus nalgas firmes, gozando de la perversidad de mis propias palabras y de tener mis dedos clavados en sus senos—. Y te encanta que te esté rellenando de leche mientras tu marido duerme, ¿verdad?
—¡Sí... me fascina... me vuelves loca... ahhhh!
Esa noche marcó mi vida. Fue casi el inicio de mi perversión. Descubrí el placer supremo de robarle la mujer a otro hombre bajo su propio techo, pero sobre todo, de profanar a mi propia familia.
Follarme a mi tía Cecilia mientras su marido dormía me hizo sentir como un dios. Me hizo despreciar a los hombres débiles y venerar mi propia capacidad destructiva. La aventura duró todo el tiempo que viví ahí, y cada encuentro era una reafirmación de mi poder y mi depravación.
La casa del tío Max se convirtió en nuestro patio de juegos.
Aprovechábamos cada instante de ausencia del pusilánime para saciar nuestros instintos.
La cocina fue testigo de sesiones improvisadas sobre la encimera de granito, donde el tintineo de los utensilios se mezclaba con sus gemidos ahogados.
La sala de estar, con su alfombra mullida, nos sirvió de escenario para encuentros furtivos y apresurados, siempre con el oído atento al sonido de las llaves en la puerta.
Pero la profanación máxima se daba en su propia recámara matrimonial.
Cuando el tío Max partía temprano hacia la oficina, yo cruzaba el pasillo y me deslizaba bajo las sábanas aún tibias por el cuerpo del marido engañado.
La tía Cecilia me recibía con avidez, desesperada por borrar el rastro de aburrimiento dejado por su cornudo y reemplazarlo con la intensidad de mis embestidas.
—Aquí, Renzo... ensártamela aquí mismo, en su puta cama —me rogaba la tía Cecilia una mañana, abriendo las piernas y ofreciéndome su sexo palpitante, empapado de lujuria.