3. LA MUJER DE MI TÍO
Hay una regla no escrita en el mundo de los depredadores: cuando pruebas la sangre, ya no hay vuelta atrás. Y yo, Renzo, llevaba años con el hocico manchado de la sangre de los egos destrozados de otros hombres.
Tener a Mónica, la esposa rubia de mi examigo Arturo, convertida en mi puta personal, rindiéndome tributo cada vez que yo tronaba los dedos, era un manjar delicioso.
Haber reducido al gerente de mi empresa a un mísero cornudo llorón que sabía perfectamente que yo le llenaba de leche a la mujer, era una victoria colosal. Pero, como todo adicto, la dosis habitual empieza a perder su efecto.
Y entonces, el destino, en su infinita y retorcida sabiduría, me puso a Olga en bandeja de plata.
La futura esposa de mi hermano menor, Pablo. Una hembra de veinticuatro años, de piel blanca, ojos verdes felinos, tetas inmensas y un culo que desafiaba a la gravedad. Una zorra que, detrás de su máscara de niña buena y recatada, escondía un apetito sexual tan perverso y calculador como el mío.
Ya me la había cogido en mi departamento. Ya le había reventado la panocha y le había llenado el útero de semen mientras ella gritaba que mi hermano era un inútil a mi lado.
Sin embargo, a pesar de tener a la cuñadita comiendo de mi mano, yo no había terminado con Arturo.
Arturo me había robado la gerencia años atrás.
Se adjudicó un contrato multimillonario que yo había trabajado, me tiró debajo del autobús con los directivos y se quedó con el puesto.
Yo me vengué destruyéndole el matrimonio y castrándolo psicológicamente, obligándolo a vivir en un infierno silencioso donde él sabía que yo era el verdadero dueño de su mujer.
Pero mi ambición no se conformaba con follarme a Mónica. Yo quería mi puto puesto de regreso. Quería sentarme en esa silla de gerente. Y para lograrlo, iba a usar a sus propios peones para darle el jaque mate definitivo.
Era jueves por la tarde. Había citado a Mónica en nuestro motel de siempre, el mismo agujero de lujo donde le había desbaratado las entrañas cientos de veces.
La estaba follando por detrás. Brutalmente.
Mónica estaba a cuatro patas sobre las sábanas blancas, con la cara hundida en las almohadas.
Llevaba puesto un coordinado de lencería negra que yo le había obligado a comprar con la tarjeta de crédito del imbécil de su marido.
Sus nalgas blancas y carnosas rebotaban violentamente contra mi pelvis con cada embestida.
¡Plaf! ¡Plaf! ¡Plaf!
El sonido de mis huevos chocando contra su culo llenaba la habitación.
—¡Dímelo, Mónica! —le gruñí, agarrándola del cabello y jalándole la cabeza hacia atrás—. ¡Dime de quién eres perra!
—¡Tuya, Renzo, soy tuya! ¡Cógeme, cógeme la concha! —gemía ella, completamente desquiciada, escurriendo de jugos por mis veintidós centímetros que entraban y salían de su coño sin piedad.
La estaba bombeando con saña, sintiendo cómo sus paredes vaginales se contraían alrededor de mi verga.
Mónica era una adicta. La había pervertido a tal grado que ya no concebía la vida sin mis humillaciones.
Arturo, en su casa, era solo un fantasma, un proveedor patético al que ella apenas y toleraba.
Me corrí dentro de ella. Profundamente. Le vacié toda mi carga en el fondo de la matriz, sintiendo cómo su cuerpo entero temblaba con los espasmos de su propio orgasmo.
Saqué mi verga con un sonido húmedo y obsceno. ¡Slurp!
Mónica se dejó caer sobre el colchón, respirando por la boca, con el maquillaje corrido y un hilo de mi leche escurriéndole por el muslo. La miré con esa mezcla de asco y superioridad que me excitaba tanto. Caminé hacia el baño, me lavé, y regresé a la habitación secándome con una toalla.
Me senté en el borde de la cama, mirándola de reojo.
—Mónica, siéntate. Tenemos que hablar de negocios —le ordené fríamente.
Ella parpadeó, confundida, saliendo del trance del orgasmo. Se incorporó torpemente, jalando una sábana para cubrirse los pechos, obediente como siempre.
—¿Negocios? ¿Qué pasa, Renzo? —preguntó, con voz sumisa—, ¿desde cuándo una maestra de preescolar hablar de negocios con su amante?
—Ya me aburrí de ver la cara de soberbia de tu marido en la oficina. Ya le quité su dignidad, ya le quité a su mujer, pero quiero mi gerencia de regreso. Y tú me vas a ayudar a recuperarla.
Mónica tragó saliva. Sus ojos castaños se abrieron con preocupación.
—¿Ayudarte? ¿Yo? ¿Qué quieres que haga? Renzo... él ya está destruido por dentro. Llora en las noches, a veces ni siquiera quiere ir a trabajar. ¿Qué más le quieres quitar?
Solté una carcajada cínica, recargándome en la cabecera.
—Me vale tres hectáreas de verga si el cornudo llora en las noches —le siseé, clavándole una mirada letal—.
Me robó mi puesto, y lo quiero de vuelta.
Así que vas a hacer exactamente lo que te diga.
Sé que Arturo tiene la laptop de la empresa en la casa.
Sé que a veces trabaja en el comedor. Vas a conseguirme su contraseña de acceso remoto al servidor principal.
—¡Estás loco! —Mónica dio un respingo, negando con la cabeza—.
Si los directivos se dan cuenta de un acceso irregular, lo van a investigar.
¡Lo pueden despedir, o hasta meter a la cárcel por robo de información confidencial!
Renzo, yo... yo dependo de su sueldo, porque con lo que gano no es suficiente. Él paga la casa, los gastos...
—¡Cállate ya! —le di un manotazo a la cama que la hizo callar de golpe—.
Yo no te estoy preguntando si quieres, Mónica.
Te lo estoy ordenando. Voy a usar a Gerardo, el analista al que tú misma le abriste las piernas en la fiesta de cumpleaños de Arturo.
Él está en mi bolsillo desde ese día. Gerardo va a filtrar unos documentos alterados desde el usuario de tu marido.
Arturo va a quedar como un corrupto que vendió información a la competencia.
Lo van a correr a patadas y yo voy a tomar su lugar…
y por tus gastos no te preocupes… te daré un buen sueldo por concepto de puta, y a tu marido lo puedo contratar como mi chofer.
Mónica empezó a temblar. Las lágrimas se asomaron a sus ojos. A pesar de todo el daño que le habíamos hecho, a pesar de que Arturo ya era una piltrafa humana, la idea de destruirlo profesionalmente y dejarlo en la ruina financiera le removía la poca consciencia que le quedaba.
—No... no puedo hacer eso, Renzo. Por favor. Destruimos nuestro matrimonio, sí, soy una puta, lo acepto. Pero si él pierde su trabajo, lo va a perder todo. Se va a matar. No me pidas que haga eso.
Sonreí, una sonrisa gélida y calculadora. Me incliné hacia ella, agarrándole la barbilla con fuerza.
—¿Te estás haciendo la digna ahora? ¿Tú, la esposa que se empina para que yo le llene el culo de leche mientras su marido te espera con la cena? —le dije, soltando el veneno lentamente—. Escúchame bien, zorra. Si no me traes esa contraseña mañana mismo... esto se acaba.
Mónica dejó de respirar. El pánico absoluto le desfiguró el rostro.
—¿Qué... qué quieres decir?
—Lo que escuchaste. Te bloqueo del teléfono. No me vuelves a ver. Vas a tener que regresar a tu vida aburrida, cediendo al sexo en posición de misionero con tu marido deprimido, sin volver a probar una verga de verdad en tu perra vida. Y por si te lo preguntas... ya tengo un reemplazo.
Los ojos de Mónica se inyectaron de celos enfermos al instante. Su instinto de posesión, su adicción a mi dominio, borró cualquier rastro de piedad por su marido.
—¿De qué reemplazo hablas? —preguntó, con la voz temblorosa, agarrándome del brazo.
—Adivina a quién me estoy follando, Mónica. Adivina quién es la nueva puta que me abre las piernas y me ruega que le rompa la madre.
Ella negó con la cabeza, llorando.
—No lo sé... dime quién es. ¡No me dejes, Renzo, por lo que más quieras, yo hago lo que me pidas!
—Olga, mi cuñada…
El nombre cayó en la habitación como una bomba. Mónica no conocía a Olga. Pero por las redes sociales, luego supe que ella sabía que era la novia de mi hermano.
—¿La... la prometida de tu hermano? —Mónica se llevó la mano a la boca, horrorizada y fascinada al mismo tiempo—. ¡Pero si se van a casar! ¡Es la mujer de Pablo!
—Me la cogí hace poco, riquísimo, Mónica —le confesé, torturándola con los detalles, sabiendo que su morbo era tan grande como sus celos—.
Me la llevé a mi departamento, le arranqué la lencería cara que traía debajo de sus vestiditos de niña santa, y me la follé hasta hacerla gritar.
Tiene unas tetas inmensas, mejores que las tuyas, y un culo que bota maravillosamente.
Me la empiné igual que a ti. Ella insiste en seguir cogiendo. Quiere más. Y yo se lo voy a dar.
Mónica sollozaba, apretando las sábanas, imaginándose la escena. Estaba destrozada de celos, pero la perversión de saber que yo era capaz de follarme a la futura esposa de mi propio hermano, la excitaba irremediablemente.
—Estás enfermo, Renzo... es tu hermano —balbuceó ella, pero su mano se deslizó instintivamente hacia mi entrepierna, buscando mi verga semi flácida y empezando a frotarla—. Le vas a hacer un daño terrible a Pablo.
—Lo sé —admití, mirando el techo—. A veces pienso en el daño que le voy a causar.
Yo quiero a Pablo. Pero es inevitable. La hembra me busca, me ruega, se me ofrece en bandeja de plata.
Mi ego es más fuerte que mi moral, Mónica.
Y ella es una zorra que necesita que un hombre de verdad la domestique.
Si yo quiero, disfrutaré a mi cuñada y te botaré a ti a la mierda.
—¡No, no, no! —Mónica se arrojó sobre mi regazo, abrazándose a mis piernas, besándome el estómago y el tronco de la verga—.
¡Disfruta a tu cuñada si quieres, cógetela, rómpela, hazle lo que quieras, no me importa!
¡Pero no me dejes a mí, Renzo! ¡Yo te necesito!
¡Te juro que te consigo la contraseña de Arturo esta misma noche! ¡Haré lo que me pidas!
Sonreí. La tenía exactamente donde quería. Totalmente domesticada, dispuesta a aniquilar al pobre cabrón de su marido para no perder su dosis de humillación.