2. LA ESPOSA DE MI AMIGO #5
—¡Y tú, perro hijo de puta! —logró balbucear, con un hilo de voz patético, señalándonos con el dedo índice que le temblaba incontrolablemente—. ¡Es lo que eres, Renzo! ¡Eres un hijo de puta! ¡En mi propia casa! ¡En mi cama!
Sonreí. Una sonrisa torcida, cínica, desprovista de cualquier mínima empatía humana.
—Los negocios son los negocios, Arturito. Ya sabes cómo es esto. No te lo tomes a lo personal, amigo —le repetí, palabra por palabra, exactamente la misma frase que él me dijo hace años cuando me robó la gerencia.
Arturo sollozó, llevándose ambas manos a la cabeza, como si quisiera arrancarse el cabello.
—¡Mónica! ¡Eres una puta! —le gritó a su esposa, avanzando un paso hacia nosotros, pero deteniéndose al instante, aterrorizado por la crudeza de la escena, sin el valor suficiente para acercarse a golpearme.
Mónica lloraba desconsoladamente sobre las sábanas.
—¡Perdóname, Arturo, perdóname! ¡Pero no lo puedo evitar! —lloriqueaba la muy cínica, temblando de miedo bajo mi agarre.
Pero aquí viene la parte retorcida. La parte que demuestra verdaderamente quién es la mujer en su estado más primitivo y quién es el semental que domina.
Mientras Mónica lloraba y pedía perdón histéricamente, su cuerpo, sumido en la excitación más brutal y prohibida que jamás había experimentado, la traicionaba de la peor manera posible.
La combinación letal de la adrenalina de ser descubierta in fraganti, el miedo atroz a su esposo y la presencia innegable de mi verga gruesa palpitando dentro de ella, le provocaron un espasmo incontrolable.
Sus paredes vaginales empezaron a contraerse furiosamente. Mónica estaba teniendo un orgasmo. Ahí mismo. Mientras le rogaba perdón a su marido llorando a gritos.
Yo sentí cómo su coño me exprimía la polla con ondas eléctricas de placer.
—¿Escuchaste eso, Arturo? —le dije, rompiendo su llanto con una voz grave, sin sacar mi verga de su mujer, moviendo ligeramente mis caderas—.
Dice que no puede evitarlo. Y es que solo tienes que mirar cómo me aprieta la verga con su puto coño.
Se está viniendo. Tu esposa se está corriendo de placer viéndote llorar como un puto marica en la puerta de tu propia recámara.
—¡Cállate! ¡Cállate, maldito enfermo! —gritó Arturo, tapándose los oídos como un niño asustado, incapaz de acercarse a defenderme el honor, completamente castrado psicológicamente y emocionalmente.
—¿Sabes por qué está aquí, empinada como una perra?
—continué, usando mi voz más letal, clavando puñales en su orgullo destrozado—.
Porque tú eres un inútil, Arturo. Le robaste a la empresa la gerencia que me correspondía, creyendo que eras mejor que yo.
Pero en tu propia casa, no sirves para nada.
Como ya te dije la otra vez, llevo tres putos años cogiéndome a tu mujer en los baños de la oficina, en mi carro, y en tu propia cama cada vez que sales de viaje.
Y ella me busca como una puta adicta porque por fin conoció lo que es tener la verga de un hombre de verdad adentro.
—¡No es cierto, Arturo, es mentira, no lo escuches! —gritaba Mónica entre sollozos, pero sus espasmos eran tan fuertes que sus caderas rebotaron levemente contra mi pelvis de forma involuntaria.
—¿Mentira? —me reí, dándole un tirón a su cabello—. Mírala, Arturo. Mírale el culo rojo. Se lo dejé así a nalgadas, y ella me lo suplicó de rodillas.
Arturo se dejó caer de rodillas en el umbral de la puerta. Lloraba como un niño chiquito, golpeando el piso con los puños, completamente roto, destrozado en su núcleo más íntimo. Era un cascarón vacío de hombre.
Yo, alimentado por el morbo de la escena, por la venganza consumada a la perfección y la humillación total del gerente mediocre, sentí que la presión en mis testículos llegaba al límite.
—Aprende tu lugar, cornudo —le sentencié a Arturo.
Y frente a sus ojos inyectados en sangre, me vine.
Comencé a bombear profundamente una última vez.
¡Plaf! ¡Plaf! Y le vacié toda mi leche en el coño de su mujer.
Los espasmos del orgasmo de Mónica ayudaron a succionar cada gota.
Me quedé ahí unos largos segundos, disfrutando del silencio interrumpido solo por los sollozos del esposo arrodillado y los jadeos asfixiados de la esposa infiel.
Saqué la verga lentamente. El sonido de succión resonó en el cuarto, ¡slurp!, y un escurrimiento blanco, espeso, cayó desde la rajita de Mónica directamente a las sábanas matrimoniales inmaculadas.
Retrocedí un paso. Agarré mis calzoncillos y mi pantalón, y me vestí con parsimonia frente a ellos. No tenía prisa.
Mónica se hizo un ovillo en la cama, jalando las sábanas manchadas de mi semen para cubrirse la desnudez, llorando a mares, sin atreverse a mirar a su esposo. Arturo seguía de rodillas en la puerta, con la mirada perdida en el suelo, sollozando con una agonía que a mí me sabía a gloria.
Me puse la camisa, agarré mis llaves y caminé hacia la salida de la recámara.
Me detuve justo al lado de Arturo. Lo miré desde arriba, echándole en cara mi victoria. Él ni siquiera levantó la vista para mirarme. Estaba aniquilado.
—Nos vemos el lunes en la junta de gerencia, Arturito. Trata de llevar las gráficas bien hechas esta vez, no me vayas a decepcionar.
Pasé por su lado, bajé las escaleras con paso tranquilo y salí de su casa rumbo a la calle.
Esa fue la historia de Mónica y Arturo. Una de las venganzas más deliciosas de mi vida. Él intentó robarme el triunfo profesional, y yo le robé la masculinidad, su matrimonio y el alma entera.
Y aun así… el muy cobarde no la mandó a la mierda. Siguen juntos, viviendo un infierno silencioso donde ambos saben quién es el verdadero dueño.
Y ahora, con toda esa experiencia en destruir orgullos, castrar hombres y doblegar voluntades femeninas, me encontraba frente al mayor reto de mi existencia.
Mi propia sangre.
Porque si Arturo fue un aperitivo exquisito, Olga, la hermosa, manipuladora y de culo divino prometida de Pablo, se perfilaba como el platillo principal que me coronaría eternamente como el depredador alfa indiscutible de mi puta vida.