2. LA ESPOSA DE MI AMIGO #4
—No, Arturo. No la he visto. Debe estar platicando con alguna de las esposas de los directivos. Ya sabes cómo es ella, tan atenta con todo el mundo.
Arturo asintió, aunque la duda persistía en su mirada.
—Sí... tienes razón. Es que... me pareció verla venir hacia acá —murmuró, acercándose a la puerta del baño de mujeres.
—Arturo, espera —lo detuve, poniendo una mano en su hombro—. Hay alguien ahí adentro. No creo que sea prudente que entres.
En ese preciso instante, un gemido ahogado y gutural escapó desde el interior del baño. El sonido era inconfundible. Era la voz de Mónica, desgarrada por una mezcla de terror y un placer forzado que no podía controlar.
El rostro de Arturo palideció. Sus ojos se abrieron desmesuradamente, reconociendo el tono de la voz de su esposa. Empujó la puerta del baño con violencia.
La escena que se reveló ante nosotros fue el clímax de mi obra maestra.
Gerardo estaba de espaldas a la puerta, embistiendo salvajemente a Mónica, que estaba echada contra la pared del último cubículo, con el vestido de satén negro arremangado hasta la cintura, dejando al descubierto su desnudez completa.
Su rostro, bañado en lágrimas y sudor, reflejaba el horror de ser descubierta en la degradación total.
Arturo se quedó congelado, incapaz de procesar la masacre de su vida marital.
Sus manos temblaban, y su boca se abría y cerraba sin emitir sonido.
El gerente pelmazo, el hombre que me había robado mi puesto, estaba presenciando cómo su pilar, su amada Mónica, era profanada como una ramera en su propia fiesta de cumpleaños.
Gerardo, al escuchar la puerta abrirse, se detuvo en seco y ni siquiera giró la cabeza, pues estaba pálido por el terror de que lo descubriera Arturo.
—¡Hijo de puta! —gritó Arturo, finalmente recuperando la voz, lanzándose hacia Gerardo con los puños en alto.
El caos estalló en el baño. Los gritos de Arturo, los intentos de Gerardo por cubrirse la cara y defenderse y los sollozos histéricos de Mónica llenaron el baño.
Yo me quedé observando la escena, apoyado en el marco de la puerta, con una sonrisa fría y calculadora.
Mónica, con el vestido rasgado y el maquillaje corrido, el pelo rubio pegado al cuello, se deslizó por la pared hasta caer de rodillas en el suelo de azulejos, cubriéndose el rostro con las manos. Era la imagen de la ruina absoluta.
Arturo, después de asestar un par de golpes torpes a Gerardo, que logró escapar por la puerta a empellones, se giró hacia su esposa. Su rostro era una máscara de dolor, humillación y rabia impotente.
—¡Eres una puta! ¡Una zorra descarada! —le gritó Arturo, escupiendo las palabras con asco—. ¿Cómo pudiste hacerme esto? ¡En mi propia fiesta! ¡En mi cumpleaños!
Mónica lloraba desconsoladamente, sin atreverse a mirarlo a los ojos.
Yo di un paso hacia adelante, entrando en el baño, asumiendo mi rol de ejecutor final.
—Tranquilízate, Arturo —le dije, con un tono burlón y sosegado—. No tienes por qué indignarte tanto. Al fin y al cabo, Mónica solo estaba siendo Mónica.
Arturo se giró hacia mí, con los ojos inyectados en sangre.
—¿Qué estás diciendo, Renzo? ¡Tú sabías de esto! ¡Tú estabas vigilando!
—Claro que lo sabía, Arturito —me reí, dándole una palmada en la espalda que él rechazó con un manotazo—.
Llevo tres años sabiendo exactamente de qué material está hecha tu esposa.
Tres años cogiéndomela en los baños de la oficina, en mi camioneta, y en tu propia cama cada vez que sales de viaje.
Y ella me busca como una puta adicta porque por fin conoció lo que es tener la verga de un hombre de verdad adentro.
Arturo retrocedió, como si lo hubiera golpeado un tren. Sus ojos saltaron de mí a Mónica, buscando una negación que jamás llegó. Mónica seguía en el suelo, sollozando, destrozada por la verdad revelada.
—¿Es... es cierto, Mónica? —balbuceó Arturo, con la voz quebrada.
—Dile la verdad, Mónica —le ordené, acercándome a ella, agarrándola del cabello y obligándola a mirar a su esposo—. Dile a tu pobre marido quién es tu verdadero dueño. Dile que prefieres ser la perra de un analista que la esposa de un gerente mediocre.
Mónica, aterrada, cerró los ojos y asintió débilmente, susurrando entre lágrimas:
—Sí... es verdad...
Arturo se dejó caer de rodillas, sollozando con una agonía que a mí me sabía a gloria. Estaba aniquilado. El hombre que se creía superior, que intentó humillarme profesionalmente, ahora estaba roto, castrado psicológicamente en el suelo de un baño asqueroso, mientras su esposa lloraba a mis pies.
Lo peor y mejor, es que Arturo estaba tan absorto, en shock, y bebido, que nunca se enteró que el hombre que se estaba tirando a su mujer era Gerardo, uno de sus subordinados.
Esa noche marcó el fin de Arturo. No se divorció de Mónica; era demasiado cobarde para enfrentar el escándalo y el qué dirán.
De hecho, siguen juntos, viviendo un infierno silencioso donde ambos saben quién es el verdadero dueño.
Y uno esperaría que Mónica, arrepentida por ser una perra adúltera, se hubiera calmado…
que me hubiera dejado de buscar… pero… tan solo dos semanas después, Mónica me había mandado un mensaje desesperada al mediodía.
Llevábamos casi dos semanas sin vernos desde lo ocurrido, y estaba histérica por un buen polvo.
«Arturo tiene la cena anual de gerentes regionales hoy en la noche. No va a regresar hasta la madrugada. Ven a la casa a las siete. Necesito que me castigues, Renzo. Me urge sentirte. Te necesito adentro de mí.»
Leí el mensaje en mi oficina y sonreí. Era el cierre perfecto para la semana.
A esta puta no le importaba nada…
Llegué a su casa a las siete y cuarto de la noche. Mónica me abrió la puerta vestida con el uniforme de maestra del kinder. Falda de mezclilla a media pierna, blusa polo azul y zapatitos planos. Estaba sudando de la calentura.
Apenas cerré la puerta, me abalancé sobre ella.
La estampé contra la pared del recibidor, le levanté la falda de mezclilla y me di cuenta de que la muy zorra no llevaba bragas.
Estaba completamente desnuda por debajo.
La empujé escaleras arriba, besándole el cuello, mordiéndola, haciéndola gemir a cada paso hasta llegar a la recámara principal.
La aventé sobre la cama, la desnudé violentamente y me quité la ropa a tirones.
La puse a cuatro patas, empinada sobre las almohadas. Mónica jadeaba, suplicando que me la cogiera. Su coño estaba escurriendo, rosado e hinchado, listo para ser destrozado. Le abrí las nalgas y me la ensarté por el coño de un solo impacto contundente.
Empecé a follarla con una intensidad desquiciada. El sonido en la habitación era ensordecedor.
¡Plaf, plaf, plaf!
La cama rechinaba con furia bajo el peso de nuestros cuerpos. Mónica gemía a todo pulmón, olvidándose por completo del mundo exterior, perdida en su propio éxtasis de ramera.
—¡Cógeme, Renzo! ¡Cógeme como a la puta barata que soy! —aullaba, restregando su cara contra las sábanas de su marido, perdiendo la cordura.
Yo le azotaba las nalgas con la mano abierta, dejándoselas de un rojo carmesí brillante.
¡Zas! ¡Zas! Estaba tan concentrado en el poder de mis embestidas, y ella gritaba tan fuerte, que ninguno de los dos escuchó el sonido de la puerta de la entrada principal abriéndose abajo.
Y ninguno de los dos escuchó los pasos apresurados subiendo por la escalera.
De pronto, la puerta de la recámara, que estaba entreabierta, fue empujada de golpe.
Me quedé congelado. Mónica se quedó callada en seco.
Ahí, de pie en el umbral de su propia recámara, con el portafolio en una mano y las llaves del carro en la otra, estaba Arturo.
El gerente. El esposo. El pelmazo.
La cena anual de gerentes se había cancelado a último minuto por un problema con la sede, o tal vez olvidó unos putos papeles importantes en la casa. No lo sé ni me importa. El caso es que el cabrón regresó siete horas antes de lo planeado.
La escena que tenía frente a sus ojos debió ser un cataclismo inmanejable para su cerebro de oficinista.
Una cosa era que yo le hubiera confesado que su esposa era mi perra… y otra muy distinta a que lo viera con sus propios ojos.
Su esposa, la recatada maestra de preescolar, estaba empinada a cuatro patas, desnuda, con las nalgas al rojo vivo, y su archienemigo de la oficina, Renzo, estaba detrás de ella, agarrándola por las caderas, con veintidós centímetros de verga ensartados hasta la base en el coño de su mujer.
Arturo dejó caer el portafolio. El golpe sordo del cuero contra el piso rompió el hechizo del silencio.
Su rostro pasó del asombro a una palidez mortal, casi grisácea. Abrió la boca, pero no salió ningún sonido. Sus ojos saltaron de mí a Mónica, y de Mónica a la unión física de nuestros genitales, procesando la masacre absoluta de su masculinidad en tiempo real.
Mónica volteó la cabeza sobre su hombro. Al ver a su esposo, un grito de pánico y terror absoluto salió de su garganta, desgarrando el aire.
—¡Me dijiste que pararías con esto, Mónica! —gritó Arturo —.¡Me dijiste que lo sea que tuvieras con este cabrón… se terminaría…! ¡Y en cambio… mira lo que hiciste… lo trajiste a nuestra propia casa, a nuestra propia habitación, a nuestra propia cama! ¿Cómo pudisteee?
—¡Arturo! ¡No... no es lo que parece! —chilló histéricamente, intentando arrastrarse hacia adelante para zafarse de mí. La puta excusa más cliché del universo.
Pero mi agarre fue de hierro.
Lejos de asustarme, de sacar la verga, pedir perdón y salir corriendo por la ventana como lo haría cualquier cobarde descubierto, mi instinto sádico, mi monstruoso y retorcido ego, tomó el control absoluto de la situación.
Agarré las caderas de Mónica con más fuerza y me quedé ahí, ensartado profundamente dentro de ella, clavándole una mirada fría, cínica e inquebrantable a Arturo.
El pelmazo empezó a temblar de pies a cabeza. Las lágrimas de humillación, furia y un dolor devastador brotaron de sus ojos instantáneamente.