Las putas de Renzo (novela de infidelidad, cornudo, hotwife) 2. LA ESPOSA DE MI AMIGO #3
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2. LA ESPOSA DE MI AMIGO #3

—Cuidado, mi vida. Bueno, te dejo descansar. Mañana te llamo temprano. Te amo, preciosa.

—Te... te amo, Arturo.

El pendejo colgó.

Mónica soltó el teléfono y estalló en llanto.

Lloraba de la culpa, de la adrenalina pura del peligro, sí, pero su cuerpo la delataba vilmente: su culo se contraía con una fuerza brutal, ordeñándome la verga con espasmos rítmicos.

La excitación de haber engañado y humillado a su esposo por teléfono, mientras le daban por el culo, la hizo tener uno de los orgasmos más violentos que he presenciado.

—¡Eres una puta de verdad, Mónica! —le grité, viniéndome profundamente dentro de su ano, vaciándole litros de leche caliente ensuciando las entrañas de la esposa del gerente pelmazo.

Esta rutina enfermiza se mantuvo durante tres gloriosos años.

Arturo, el gran gerente, el que me había robado la cuenta de Grupo Alianza para sentirse superior, vivía en la ignorancia absoluta.

Yo lo veía en la oficina, saludando con su sonrisita altiva, dándome órdenes, y yo asentía, porque sabía que su autoridad era una farsa.

Yo era el dueño de su mujer. Yo era el que le llenaba de leche la boca a su esposa antes de que ella le diera el beso de buenos días.

Pero como todo artista que se enorgullece de su obra magna, sentí que la simple rutina de humillación a puerta cerrada ya no era suficiente.

Arturo necesitaba un recordatorio público, aunque él fuera demasiado imbécil para darse cuenta de lo que estaba sucediendo frente a sus propias narices.

Mi obra de perversión requería un escenario más grande, una audiencia involuntaria para magnificar el desprecio que le tenía al gerente que se creía intocable.

-

La oportunidad perfecta se presentó un par de meses antes de que Arturo cumpliera los treinta y cinco. Él, con su característico ego inflado y su afán de protagonismo, organizó una fiesta enorme en el salón de eventos de un club deportivo de la ciudad.

Invitó a la mitad del departamento, a directivos menores y, por supuesto, a varios de los padres de familia del exclusivo kínder donde Mónica daba clases, asegurándose de mezclar su vida personal con su estatus profesional para aparentar ser el hombre perfecto.

Una semana antes de la fiesta, durante una de nuestras sesiones clandestinas en mi camioneta, le di la instrucción a Mónica.

Le dije que quería que se pusiera un vestido de noche ajustado, pero que debajo no usaría absolutamente nada.

Ni bragas, ni sostén. Mónica se mostró renuente al principio, temerosa de ser descubierta, pero la adicción a mi dominio y el pánico a que yo la abandonara la hicieron ceder con rapidez.

Ella haría lo que fuera por mantener la cuota de brutalidad que Arturo jamás le podría proporcionar.

La noche de la fiesta, Arturo estaba radiante. Se paseaba por el salón con un traje gris claro, sosteniendo una copa de champán, saludando a todo el mundo con esa sonrisa hipócrita que me revolvía el estómago.

Yo llegué acompañado de Gerardo, un analista de riesgos de la empresa que también conocía a Arturo, un tipo callado pero con un historial de ser un mujeriego empedernido.

Gerardo, sin embargo, no sabía absolutamente nada de mi relación con Mónica.

Para él, ella era simplemente la intocable y santurrona esposa del gerente.

Me instalé en una mesa cerca del centro de la pista de baile, desde donde podía observar a Mónica. Ella vestía un diseño negro de satén, largo y elegante, que le moldeaba cada curva de su cuerpo, dígase tetas y nalgas.

Su comportamiento era impecable: conversaba con las esposas de los directivos, reía suavemente y, de vez en cuando, le daba la mano a Arturo, desempeñando el rol de la señora perfecta con una maestría que me producía una risa interna constante.

Pero yo sabía la verdad. Sabía que debajo de ese satén negro, su cuerpo estaba desnudo, vulnerable y listo para mí.

Arturo, en un momento de la noche, se subió a un pequeño escenario para dar unas palabras. Habló sobre su puesto de trabajo, sobre los retos de la firma financiera y, finalmente, le dedicó un brindis a Mónica.

—Y quiero agradecer especialmente a la luz de mi vida, mi maravillosa esposa Mónica —dijo Arturo, levantando su copa hacia ella—. Sin su apoyo, su decencia y su comprensión, yo no estaría donde estoy hoy. Eres mi pilar, mi amor. Te amo.

La audiencia aplaudió. Mónica, con su hermosa cabellera rubia, se sonrojó, bajando la mirada con modestia, y Arturo bajó del escenario para darle un beso casto en la frente. La escena era asquerosa en su falsedad. El gerente pelmazo celebrando a la mujer que, en secreto, era mi perra personal.

Aprovechando la distracción, me levanté de la mesa y caminé hacia la barra. Mientras esperaba mi trago, Mónica se acercó, fingiendo ir por un vaso de agua. Se colocó a mi lado, manteniendo una distancia prudente, pero su respiración estaba agitada.

—¿Te gusta el vestido? —susurró, sin mirarme.

—Te ves bien. Pero me interesa más lo que hay debajo —le respondí, en voz baja—. Ve hacia los baños del fondo. Los que están cerca de la salida de emergencia. En cinco minutos.

—Renzo, no... —suplicó ella, con los ojos muy abiertos por el pánico—. Hay mucha gente. Arturo está aquí mismo. Si alguien entra, si nos ven... me muero. No puedo hacerlo hoy. Por favor.

—¿Te estoy preguntando si puedes? Dije en cinco minutos, Mónica. ¿O quieres que le diga a Arturo que brinde también por las maravillosas mamadas que das en mi camioneta?

Mónica tragó saliva, aterrorizada. Asintió levemente y se alejó con paso tembloroso, desapareciendo entre la multitud.

Me dirigí hacia la zona de los baños. En el trayecto, me crucé con Gerardo. Él acababa de salir de los sanitarios de hombres y se acomodaba la corbata.

—Oye, Renzo, ¿ya viste a la esposa de Arturo? —me comentó Gerardo, con una sonrisa lasciva, bajando la voz—. Está buenísima. Nunca la había visto tan arreglada. Con todo respeto, pero qué desperdicio de vieja para ese enano. Si no fuera la mujer del jefe, te juro que le tiraba los perros.

Las palabras de Gerardo me encendieron una idea perversa.

La venganza perfecta. La humillación suprema para Arturo.

¿Por qué limitarme a ser el único que disfrutaba de su esposa?

Si la idea era castrarlo psicológicamente y degradarla a ella por completo, ¿por qué no involucrar a alguien más?

Alguien que, sin saberlo, se convertiría en mi instrumento de destrucción, profanando a la intocable Mónica a escasos metros de donde su marido celebraba su cumpleaños.

—Gerardo... —empecé, mirándolo fijamente—. ¿Qué tan dispuesto estás a divertirte esta noche? ¿Te atreverías a tirarte a una vieja aquí mismo, en los baños?

Gerardo soltó una carcajada, creyendo que bromeaba.

—¿Aquí? No mames, Renzo. Hay demasiada gente. Además, ¿qué vieja va a querer coger en un baño asqueroso?

—Conozco a una que se muere de ganas —le aseguré, con una sonrisa sádica—.

De hecho, me está esperando ahora mismo en el último cubículo del baño de mujeres.

Te lo apuesto. Ve y métete. Ella no va a decir nada.

Es una zorra que le gusta el peligro. Y te garantizo que te va a dar la mejor cogida de tu vida.

Gerardo me miró con incredulidad, pero el morbo y el alcohol en su sangre le nublaron el juicio.

—¿Hablas en serio? ¿Quién es?

—Eso no importa. Tú solo entra, ponla contra la pared y haz lo tuyo. No hables, no preguntes nombres. Solo fóllatela. Yo me quedaré afuera vigilando. Si alguien se acerca, te aviso y sales rápido. ¿Tienes los huevos o no?

Gerardo se relamió los labios, la excitación borrando cualquier rastro de duda.

—Okey, okey, ¿pero y si no quiere?

—Claro que va a querer.

—Bueno, ya dijiste…

—Okey. Confía en mí.

Asintió, con una sonrisa de depredador, y se dirigió hacia el baño de mujeres.

Yo me quedé parado cerca de la entrada, recargado en la pared, con el corazón latiéndome a mil por hora. La adrenalina de la perversión me embriagaba. Había orquestado la caída final de Mónica y la humillación absoluta de Arturo.

Pasaron unos minutos interminables. Me acerqué sigilosamente a la puerta del baño, entreabriéndola apenas unos milímetros. Podía escuchar los ruidos desde el interior.

—¿Qué haces? ¡Suéltame! —susurró Mónica, con una voz cargada de terror y confusión, al darse cuenta de que el hombre que había entrado no era yo—. ¡No, por favor! ¡Alguien nos va a ver!

—Tranquila, preciosa... Renzo me dijo que me estabas esperando —respondió Gerardo, su voz grave resonando en los azulejos del baño.

El sonido de la tela rasgándose y los jadeos ahogados de Mónica se oyeron por todos lados. Ella intentaba forcejear, intentaba resistirse, pero el miedo a hacer un escándalo y exponer su presencia en el baño la paralizaba. Estaba atrapada en la trampa que yo había diseñado.

—¡No, no! ¡Por favor, no! —sollozaba Mónica, pero sus protestas eran débiles, ahogadas por la fuerza de Gerardo, que la empujaba contra la pared del cubículo.

Y entonces, el sonido húmedo y rítmico de la penetración comenzó a resonar, acompañado de los gruñidos de Gerardo. Mónica, la esposa abnegada, la maestra de preescolar, estaba siendo profanada por un analista mujeriego en el baño del club donde su marido celebraba su cumpleaños…

Y todo porque en el fondo Mónica sabía que a ese tipo lo había mandado yo, y ella tenía más miedo a que yo la dejara, que a que su marido la descubriera.

Yo me mantenía afuera, vigilando, sintiendo una mezcla de poder absoluto y una lujuria enfermiza. La venganza se estaba consumando con una brutalidad poética.

De repente, la puerta del pasillo se abrió. Era Arturo.

Caminaba apresurado, con el rostro enrojecido y la mirada desorientada. Se dirigía hacia los baños. Me vio recargado en la pared y se detuvo en seco.

—Renzo... ¿qué haces aquí? —preguntó, frunciendo el ceño—. ¿Has visto a Mónica? La estoy buscando por todas partes.

Mi corazón dio un salto, pero mantuve la compostura, esbozando una sonrisa cínica.