Las putas de Renzo (novela de infidelidad, cornudo, hotwife) 2. LA ESPOSA DE MI AMIGO #2
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2. LA ESPOSA DE MI AMIGO #2

—¡Estás hecha un charco, Mónica! —me burlé con saña, restregándole mis dedos mojados por el clítoris hinchado—. ¿Así te pones con Arturo? ¿O el cabrón no sabe ni dónde tienes el clítoris?

—¡Ahhh...! Renzo, por favor... ¡no! —gemía, echando la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos con fuerza mientras mi dedo medio entraba y salía de su vagina empapada.

—Ponte de rodillas. Ahora. Demuéstrame para qué sirve esa boquita de maestra educada.

La “señora decente” no lo dudó ni una fracción de segundo. La educada maestra de preescolar, la esposa abnegada e intachable de Arturo, se dejó caer de rodillas sobre la costosa alfombra de mi sala con una sumisión que me infló el ego hasta el techo.

Me bajé el cierre del pantalón. Saqué mi verga, dura como el acero, venosa y palpitante.

Mónica abrió los ojos desorbitados. Se quedó mirando mis veintidós centímetros con una mezcla de terror absoluto y una lujuria enferma.

Era obvio que en su puta vida había visto algo de ese calibre.

Acostumbrada al horrendo de Arturo, mi anatomía le resultaba un desafío inmenso.

—Chúpala. Cómete toda la verga del hombre al que tu marido odia. Chúpamela bien.

—¡Pero… no… no me va a caber!

—Te cabe porque te cabe, vamos zorra.

Mónica acercó el rostro temblando. Abrió esos labios delgados y tomó la cabeza de mi miembro.

¡Slurp! El sonido de su boca húmeda envolviéndome el falo fue el inicio oficial de mi venganza.

Era torpe, sí, los dientes me rozaban un poco al principio, pero la desesperación que tenía por complacerme lo compensaba.

Le agarré la nuca y empecé a cogerme su boca. No la dejé guiar el ritmo. Empecé a empujar profundamente hasta hacerla tener arcadas.

—¡Trágatela toda! —le exigía, bombeándole la garganta, sintiendo cómo se asfixiaba agradablemente bajo mi control—. Siente lo que es la verga de un semental. Abre más la garganta, puta.

¡Slurp, slurp!

Las lágrimas le empezaron a escurrir por las mejillas a causa de las arcadas, el rímel se le corría, pero no paraba. Me mamaba la verga como si su vida dependiera de ello.

Cuando me cansé de follarle la boca, la levanté del suelo jalándola por los brazos con brusquedad. La empujé hacia el respaldo de mi sofá de piel. Le bajé los pantalones y las bragas hasta los tobillos, dejándole el culazo blanco, redondo y carnoso completamente expuesto.

—¡Ahhh, Renzo, me duele, ve despacio! —suplicó ella, aferrándose al sofá, sintiendo el tamaño de mi miembro rozando su entrada.

—Aquí no hay amor, Mónica. Aquí hay verga —le sentencié.

Me acomodé en la entrada de su coño encharcado, y con un solo golpe, me la ensarté entera.

¡Plaf!

Mónica soltó un alarido desgarrador que rebotó en los ventanales del departamento.

Su cuerpo entero se arqueó hacia adelante.

Estaba apretadísima, a pesar de lo mojada que estaba, demostrando lo poco que el imbécil de su marido la usaba.

Mis veintidós centímetros la llenaron de golpe, dilatándole las paredes vaginales al máximo.

Comencé a embestirla salvajemente. Cero contemplaciones. Cada golpe de mi pelvis contra sus nalgas resonaba en la sala con un eco húmedo y vulgar.

¡Plaf! ¡Plaf! ¡Plaf!

Sus pechos, liberados de la blusa, rebotaban pesadamente debajo de ella.

—¡Dímelo! —le gritaba, azotándole el culo blanco con la mano abierta. ¡Zas! La marca de mis dedos se puso roja al instante—. ¡Dime que Arturo es un inútil! ¡Dime quién es tu puto semental ahora!

—¡Arturo es un inútil... ahhh! ¡Renzo, me vas a romper! ¡Ay, Dios mío, qué rico me la metes! —bramaba la esposa de mi enemigo, llorando de dolor y de placer, perdiendo por completo cualquier atisbo de dignidad.

—¡Dime de quién es este coño!

—¡Es tuyo! ¡Cógemelo, Renzo! ¡Cógeme fuerte!

Se vino de una forma escandalosa, animal.

Sus paredes vaginales se contrajeron furiosamente alrededor de mi verga, exprimiéndome con unos espasmos que me volvieron loco.

Gritaba como una posesa, mordiendo la piel del sofá para no hacer tanto ruido.

Y yo, inflado por la victoria suprema, me corrí profundamente dentro de ella.

Le vacié toda mi leche en el fondo de las entrañas.

Cuando terminé, me alejé un paso, subiéndome el cierre del pantalón. Mónica se quedó tirada sobre el sofá, a cuatro patas, con la respiración entrecortada, el maquillaje corrido y un hilo de mi semen mezclado con sus propios fluidos escurriéndole por el muslo.

La miré con asco y superioridad.

—Vístete. Límpiate esa mierda, regresa a tu casa y prepárale la cena al cornudo de tu marido —le ordené fríamente.

Esa noche marcó un antes y un después. Aquella fue la primera vez, pero fue solo la punta del iceberg de mi obra maestra de perversión.

Mónica se volvió una puta adicta a mí. Literalmente.

El contraste entre la mediocridad sexual de su marido y la brutalidad con la que yo la dominaba le fundió los circuitos del cerebro.

Empezó a buscarme desesperadamente. Inventaba clases extracurriculares, juntas de padres de familia, cualquier pendejada con tal de tener una hora libre para ir a abrirme las piernas.

Y yo, encantado de la vida, me dediqué a degradarla sistemáticamente. Ya no me bastaba con cogérmela en mi departamento. Quería humillar a Arturo de todas las putas formas posibles. Quería que el peligro estuviera siempre ahí, latiendo.

Comencé a citarla a la hora de su almuerzo. La hacía ir al estacionamiento subterráneo de nuestro edificio corporativo. La obligaba a arrodillarse en el asiento trasero de mi camioneta y a mamármela mientras yo veía de reojo a los oficinistas caminando hacia los elevadores.

En más de una ocasión, el propio Arturo pasó a escasos metros de mi vehículo, con su maletín de gerente mediocre, saludándome con la mano desde lejos.

Y yo le devolvió el saludo con una sonrisa, ignorando él por completo que a tres metros de distancia, debajo de la línea de la ventana, su intachable y abnegada esposa estaba ahogándose con mis huevos en la garganta, tragándose mi leche para después ir a darle un beso de buenas tardes.

Luego, las exigencias subieron de tono.

Empecé a dictar cómo debía vestirse.

«Cómprate la lencería más barata y vulgar que encuentres. Un puto hilo dental rojo y un brasier sin copas», le escribí un día por mensaje. «Y te la pones debajo de ese estúpido vestido de maestra que usas para ir al kinder».

Ella obedecía religiosamente. Le excitaba el peligro. Se presentaba a las citas con su cara de mujer puritana, y en cuanto cerrábamos la puerta del motel, yo le arrancaba el vestido y veía esa lencería de ramera que la excitaba a niveles asquerosos.

Un jueves por la noche, me citó en su propia casa. Arturo se había ido a un viaje relámpago de la empresa para revisar una sucursal en otra ciudad.

Llegué a su domicilio a las diez de la noche. Mónica me abrió la puerta vistiendo un camisón de seda azul que le había regalado su esposo para su aniversario. Apenas entré, la agarré del cuello, le arranqué el camisón rajando la seda fina y la tiré sobre la mesa del comedor.

La follé ahí mismo, tirando los saleros y los floreros al piso de un manotazo. Me la cogí en la sala, contra la pared de la cocina, y finalmente, la llevé arrastrando por las escaleras hasta su propia recámara matrimonial.

La tiré sobre la inmensa cama que compartía con Arturo. Mónica estaba desquiciada, gimiendo, rogándome que se la metiera por el culo.

—¡Por favor, Renzo, métemela por atrás, destrózame el culo! —me suplicaba, abierta de piernas sobre las sábanas blancas de su marido.

—Eres una pinche cerda insaciable, Mónica. ¿Qué pensaría Arturito si viera a su princesita rogando que le rompan el fundillo? —me burlé, sacando mi verga manchada de sus propios jugos vaginales y acomodándola en su ano rosado.

Con una estocada brutal, entré sin usar ni una gota de lubricante extra.

Mónica aulló, apretando la almohada de su esposo con los dientes, mientras yo le daba por el culo en la cama de mi enemigo.

Y para añadirle el toque sádico perfecto a mi venganza, agarré su teléfono celular del buró.

—Llámalo —le ordené, deteniendo mis embestidas por un segundo, dejándosela ensartada hasta el fondo del intestino.

—¿Qué? No... Renzo, por favor, está en el hotel con los demás ejecutivos... —balbuceó ella, aterrada, sudando frío.

—¡Que lo llames, puta madre! —le solté una nalgada que resonó en el cuarto. ¡Zas!—. Ponlo en altavoz. Quiero oír la voz del cornudo. Si no lo haces, saco mi verga, me visto y no te vuelvo a dirigir la palabra en tu puta vida.

El pánico a perderme la dominó por completo. Con las manos temblorosas, Mónica marcó el número de su esposo y activó el altavoz.

El tono sonó tres veces. El silencio en la habitación era mortal, interrumpido solo por las respiraciones agitadas de ambos.

—¿Bueno? ¿Moni, mi amor? —contestó la voz de Arturo, sonando cansada pero afectuosa.

El pelmazo siempre tan considerado.

Le hice una seña a Mónica.

—Ho-hola, mi vida... ¿cómo estás? —dijo ella, esforzándose titánicamente por no temblar y mantener la compostura.

—Bien, mi amor, apenas llegando al cuarto del hotel. Fue un día pesadísimo con los reportes. Extrañé mi casa. ¿Tú qué tal? ¿Ya estás acostadita?

En ese preciso instante, empecé a bombearla. Lenta y profundamente. Retiraba la verga casi por completo y la volvía a hundir en su culo estrecho.

—Sí... sí, ya... estoy en la cama... —dijo ella, cerrando los ojos con fuerza, reprimiendo un gemido, mientras mi verga entraba y salía de su culo resbaladizo.

—Ay, mi amor, te extraño mucho. Me hace falta abrazarte.

Aceleré el ritmo. ¡Plaf, plaf, plaf! Mis huevos empezaron a chocar contra sus nalgas ruidosamente.

—Yo... yo también te extraño... ¡Mmh! —a Mónica se le escapó un quejido pequeñito, mordiéndose un dedo para ahogarlo.

—¿Todo bien, amor? Escucho un ruido raro. ¿Te sientes mal?

—No, no... es que me estoy... acomodando... ¡Ah! Tropecé con el... con el buró... —mintió ella descaradamente, mientras yo la agarraba de las caderas y la azotaba contra el colchón con saña—. Todo bien, amor.