2. LA ESPOSA DE MI AMIGO
-
Para entender la magnitud de mi desprecio hacia el imbécil de Arturo, hay que retroceder un poco en el tiempo, a la época en la que nosotros éramos lo que la gente ingenua y sentimental llama «amigos».
Hace cinco años, Arturo y yo entramos casi al mismo tiempo a la firma financiera. Los dos éramos ejecutivos de cuenta. Compartíamos proyectos, salíamos a beber los viernes por la noche y, en su estúpida cabeza de oficinista mediocre, éramos un equipo.
Yo, por supuesto, lo toleraba. Siempre he sabido que para escalar en este mundo de tiburones, necesitas tener a un par de rémoras nadando a tu alrededor para que te limpien la mierda y te hagan lucir más grande.
Arturo era mi rémora perfecta. Un tipo chaparro, de cabello ralo, con un carisma equivalente al de una piedra y una ética de trabajo sumamente aburrida.
Todo iba de maravilla en nuestra dinámica de macho alfa y su perrito faldero, hasta que apareció la cuenta de Grupo Alianza.
Un contrato multimillonario. Yo había hecho todo el puto trabajo sucio: las comidas con los directivos, los análisis de riesgo, las presentaciones impecables.
Arturo solo me ayudaba a imprimir los malditos reportes y a cargarme el maletín.
Pero el día de la presentación final, el pelmazo vio su oportunidad.
Yo tuve un retraso por un accidente en la autopista, y él se metió a la sala de juntas de los socios mayoritarios.
Cuando llegué, el cabrón no solo había expuesto mis ideas apropiándoselas descaradamente, sino que me había tirado debajo del autobús.
Dijo que yo había sido negligente, que él había corregido mis «múltiples errores» la noche anterior y se adjudicó la cuenta entera. Le dieron la gerencia a él. A mí me dieron una palmadita en la espalda.
Recuerdo la cara del muy hijo de puta cuando salió de la sala. Se me acercó con una sonrisa hipócrita, encogiéndose de hombros, fingiendo una falsa pena que me revolvió el estómago.
—Lo siento, Renzo. Los negocios son los negocios, ya sabes cómo es esto. No te lo tomes a lo personal, amigo.
Le sonreí. Una de mis mejores sonrisas. Fría. Calculadora.
—Claro que no, Arturo. Los negocios son los negocios.
Ese día decidí que lo iba a destruir. Pero no en el trabajo.
Quitarle la gerencia habría sido demasiado fácil, demasiado rápido.
Yo quería aniquilarlo como hombre. Quería castrarlo psicológicamente.
Y para destruir a un hombre en su núcleo más íntimo, no hay nada más efectivo que follar a su mujer hasta dejarle el cerebro frito.
Conocía a Mónica desde hacía un par de años. Arturo la presumía como si se hubiera ganado el premio Nobel de la decencia. Tenía treinta y dos años en ese entonces. Era maestra de preescolar. Una mujer bajita, de curvas generosas que siempre escondía debajo de faldas largas y blusas recatadas.
Tenía el cabello rubio ondulado, una voz dulce y unos modales de santa que daban ganas de vomitar. Era la típica esposa abnegada que le preparaba el tupper a su marido y lo esperaba con la cena caliente todos los putos días.
El objetivo perfecto.
Mi plan de venganza comenzó una semana después del incidente en la oficina. Arturo, en un alarde de su nueva gerencia y de su estupidez colosal, nos invitó a su casa a varios del departamento para celebrar su "ascenso".
Llegué a su domicilio en un barrio residencial de clase media.
Mónica andaba de un lado a otro con un delantal, sirviendo botanas y sonriéndole a todo el mundo con esa actitud de señora bien portada.
Arturo estaba en el patio, alardeando frente al asador, presumiendo su aumento de sueldo y su supuesta genialidad financiera.
Me aparté del grupo deliberadamente. Fui hacia el interior de la casa fingiendo buscar el baño, pero me desvié hacia la cocina.
Ahí estaba Mónica, de espaldas a la puerta, inclinada sobre la estufa revisando una olla. Llevaba unos jeans que, por primera vez, me dejaron ver que la mujer del pelmazo tenía un culo bastante respetable. Carnoso, ancho, perfecto para ser agarrado a dos manos y azotado hasta el cansancio.
Me acerqué en absoluto silencio. Cuando estuve a centímetros de su espalda, hablé con voz grave y baja.
—Hueles delicioso, Mónica.
Ella dio un respingo, asustada, y se giró de golpe, llevándose una mano al pecho. Sus ojos castaños se abrieron de par en par.
—¡Ay, Renzo! Me asustaste... gracias. Es un guiso que preparé para...
—No hablo del puto guiso —la interrumpí, dando un paso más, acorralándola contra la barra de la cocina. Incliné mi rostro hacia el suyo, invadiendo su espacio vital hasta que pude respirar su mismo aire—. Hablo de ti. Tienes un aroma exquisito. A mujer de verdad. A mujer desperdiciada.
Sus mejillas se tiñeron de rojo carmesí al instante. Retrocedió un poco, topando con el granito de la barra.
—¿Qué... qué estás diciendo, Renzo? Por favor, Arturo está allá afuera con los demás.
—Arturo es un idiota —le siseé, clavando mis ojos en los suyos con una intensidad depredadora que la hizo temblar—.
Un idiota que se la pasa alardeando de su trabajo y ni siquiera se da cuenta de la hembra que tiene metida en la cocina.
¿Cuándo fue la última vez que te hizo sentir como una mujer y no como su sirvienta, Mónica?
¿Cuándo fue la última vez que te cogió hasta dejarte sin aliento?
—¡Cállate, por Dios! —susurró ella, horrorizada, mirando hacia la puerta con pánico.
Pero no se movió.
No me empujó.
Sus labios temblaban.
«Lo sabía», pensé. «La decencia es solo una máscara para el aburrimiento y la falta de orgasmos».
Levanté mi mano derecha. Lentamente, deslicé el dorso de mis dedos por su mejilla, bajando por su cuello, hasta rozar la tela de su blusa justo en el nacimiento de sus pechos. Ella respiró hondo, cerrando los ojos por una fracción de segundo, traicionada por su propia piel.
—Eres demasiado hermosa para vivir a dieta estricta con ese pelmazo —le susurré al oído, sintiendo cómo se le erizaba la piel—. Piénsalo… yo te puedo ayudar con eso.
Me alejé de ella, me di media vuelta y salí de la cocina. La dejé ahí, temblando, con la cabeza hecha un puto torbellino y el coño palpándole de confusión y morbo.
El veneno estaba inyectado. Solo era cuestión de tiempo para que la infección hiciera su trabajo.
Y no tardó mucho. Apenas tres días después, recibí un mensaje en mi celular personal.
«Renzo, soy Mónica. Lo que me dijiste el sábado fue una falta de respeto gravísima hacia mí y hacia mi esposo. Exijo que nos veamos para aclarar esto, porque no quiero que Arturo se entere y haya problemas en la oficina».
Solté una carcajada en mi cubículo.
¡Clásico! La puta excusa de la mujer decente: "nos vemos a solas para exigir respeto".
Si de verdad quisiera respeto, se lo habría dicho a su marido desde el primer segundo.
Quería verme porque se había pasado tres putas noches fantaseando con mis palabras, tocándose la rajita en la oscuridad de su cama mientras el imbécil de Arturo roncaba a su lado.
Decidí jugar con ella un poco, apretarle las tuercas.
Así que le escribí:
«Si quieres respeto, quédate en tu casa lavando los platos. Si quieres que hablemos, ven a mi departamento. Te veo a las seis. Ven sola».
La respuesta tardó una hora en llegar. Un simple:
«Ahí estaré».
Y en efecto, a las seis y diez sonó el timbre.
Abrí la puerta. Mónica estaba ahí, con un suéter cerrado y unos pantalones de vestir, aferrada a su bolso como si fuera un escudo. Entró a mi departamento mirando hacia todos lados, nerviosa, sudando.
Cerré la puerta y le puse seguro. ¡Clack! El sonido metálico resonó en el silencio del lugar.
—Vine porque quiero dejar las cosas claras de una buena vez —empezó a decir, con voz temblorosa, dándose la vuelta hacia mí, intentando adoptar una postura de maestra regañona—.
Yo amo a Arturo. Somos un matrimonio feliz, llevamos siete años juntos y tú no tienes ningún derecho a hablarme así. Eres su amigo. Lo que hiciste...
No la dejé terminar el estúpido monólogo.
La agarré brutalmente de la cintura, la jalé hacia mí y le aplasté la boca con la mía.
No fue un beso dulce. Fue un asalto en toda regla.
Le metí la lengua a la fuerza, saboreando su aliento asustado y el temblor de sus labios.
Mónica emitió un sonido ahogado, un quejido de pánico.
Sus puños golpearon mi pecho una, dos veces, intentando empujarme, pero yo la apreté más fuerte, fundiendo sus pechos contra mi torso.
Su resistencia duró exactamente cinco putos segundos.
La decencia se fue a la mierda. Las manos que antes me golpeaban se ablandaron. Sus dedos se aferraron a mi camisa con desesperación. Mónica me abrió la boca, devolviéndome el beso con una necesidad asquerosa, gimiendo como una gata hambrienta a la que le acaban de poner un plato de comida.
—¡Eres una zorra mentirosa! —le gruñí, separándome de sus labios, agarrándola del cabello por la nuca—. Viniste a que te cogiera, ¿verdad? Viniste a comprobar si soy más hombre que el mediocre de tu marido.
—No... no me digas así... —lloriqueó ella, pero sus piernas le temblaban y su pecho subía y bajaba rítmicamente, respirando por la boca.
—¿Que no te diga zorra? ¡Mírate nada más!
—Le arranqué el suéter de un tirón, reventando un par de botones de la blusa que llevaba debajo—.
Llevas cinco minutos en mi casa y ya te estás derritiendo.
Eres una puta reprimida. Arturo no sabe cómo tocarte.
Arturo es un oficinista fracasado que te coge en misionero los sábados por la noche con la luz apagada.
—¡Cállate! ¡No hables de él! —sollozó, intentando cubrirse el sujetador blanco que había quedado expuesto.
—Hablo de lo que se me da la puta gana —le metí la mano directamente dentro de los pantalones, rompiendo el cierre con un jalón, por debajo de sus bragas de algodón de señora.
La agarré del coño.
Estaba empapada. Literalmente escurriendo de jugos espesos y calientes. Mis dedos se hundieron en su agujero hinchado y resbaladizo.