Las putas de Renzo (novela de infidelidad, cornudo, hotwife) 1. LA MUJER DE MI HERMANO #5
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1. LA MUJER DE MI HERMANO #5

Mi cuerpo entero se tensó rígidamente. El orgasmo me llegó con una fuerza volcánica. Le vacié litros de leche caliente y espesa directamente en el fondo de su útero, sintiendo cada contracción de mi verga inyectándole mi puto ADN con fiereza.

Olga gemía débilmente con cada chorro invasivo, aceptando sumisamente su rol de recipiente de semen, completamente doblegada.

Me quedé abrazado pesadamente a su espalda sudada por unos largos segundos, respirando con extremada dificultad, sintiendo el vacío en mis testículos y la gloria personal después del inmenso clímax.

Lentamente, saqué mi verga de su interior. Un hilo blanco de mi propio semen mezclado con la lubricación de Olga escurrió desde su coño hinchado y rojizo, hasta gotear densamente sobre la costosa alfombra de mi sala.

Me alejé tambaleante, caminando hacia la cocina, dejándola ahí, a gatas sobre el sofá, exhausta, temblando notoriamente, pareciendo un trapo sucio desechado con su fina lencería negra y su liguero.

Me serví un gran vaso de agua fría del dispensador y me lo tomé de un solo trago, sintiendo cómo el líquido me devolvía a la realidad. Regresé caminando a la sala.

Olga ya se había levantado de su vergonzosa posición. Estaba buscando su braguita rota esparcida en el piso. Se limpió torpemente entre las piernas con un pañuelo de papel desechable, topándose con la cantidad obscena de leche que le había dejado celosamente guardada adentro.

Se puso la gabardina beige rápidamente, atándose el nudo a la cintura con firmeza, cubriendo el liguero de ramera y el brasier que a duras penas sostenía sus ubres.

Se arregló el despeinado cabello frente a un espejo de la pared y limpió cuidadosamente los rastros de maquillaje corrido bajo sus ojos verdes.

En menos de dos minutos, la bestia insaciable que aullaba por mi verga había desaparecido misteriosamente. Frente a mí volvía a estar la prometida inmaculada de mi hermano, el ángel casto que mis padres adoraban con devoción.

La transformación rápida era cínica, profundamente aterradora, y al mismo tiempo, inmensamente hilarante para mí.

Olga se acercó a la puerta principal, agarró su bolso fino y se giró hacia mí. Su rostro estaba relajado, sumamente satisfecho. Una sonrisa angelical e impecable se dibujó en esos gruesos labios de mamadora experta.

—Muchas gracias por la valiosa ayuda con las muestras de los manteles, Renzo —me dijo, con la voz suave y dulce que usaba habitualmente frente a la familia, fingiendo demencia de manera magistral—.

Le diré a Pablito que me orientaste muy bien en mi elección.

Nos vemos el domingo en la comida de tu mamá.

Solté una carcajada ronca, burlona, que retumbó en la estancia. Negué con la cabeza, recargándome en la barra de la cocina, cruzado de brazos.

—Eres una pinche zorra y cínica de mierda, Olga. Salúdame al ingenuo de mi hermano cuando hables por teléfono con él. Y lávate bien el chocho, no vaya a ser que le huelas a hombre de verdad cuando regrese.

Ella me guiñó un ojo verde, descarada, y cerró la puerta de mi departamento detrás de sí suavemente.

Me quedé completamente solo, de pie en mi sala, rodeado del olor a sexo sucio y viendo el charquito pegajoso de semen que brillaba descaradamente en la alfombra.

Un pinchazo minúsculo e insignificante de culpa intentó asomarse por mi mente. Estaba a punto de destruir irremediablemente la vida del único miembro de mi familia que genuinamente me importaba.

Pablo iba a casarse solemnemente con una puta, una mujer manipuladora que lo iba a utilizar de cajero automático para financiar todos sus lujos mediante los proyectos de su constructora, mientras se venía a ahogar en mi verga cada fin de semana que pudiera inventarse una excusa de compras o de salones de fiesta.

El matrimonio civil y religioso era una broma de mal gusto antes de siquiera empezar, y yo me había convertido oficialmente en el arquitecto ejecutor de su dolorosa perdición.

Cualquier tipo decente debería sentirse como una mierda. Debería sentir remordimiento por apuñalar a su propia sangre por la espalda de esta forma, por ser el peor traidor que un hermano menor pudiera tener en su círculo de confianza.

Y sí lo sentía… pero no lo suficiente para parar.

Sonreí ampliamente, mirándome en el gran espejo del recibidor, sabiendo perfectamente que no me iba a detener jamás.

Que el próximo domingo en la clásica comida familiar, mientras Pablo anunciara orgullosamente los planes y presupuestos millonarios de la luna de miel en Europa, yo iba a estar sentado debajo de la mesa de roble, frotando descaradamente mi pie contra la pierna de Olga, saboreando el perverso recuerdo de cómo la había rellenado implacablemente como a un pavo en mi propio sofá.

Mi hermano viviría pacíficamente en una enorme burbuja de mediocridad y engaño.

Una burbuja de paz, mientras trabajaba de sol a sol.

Y yo... yo seguiría siendo el dueño total y tiránico de la situación.

El semental intocable que siempre, irremediablemente, al final del día, se queda con la mejor tajada del pastel.

Y la verdad, es que no cambiaría este puto sentimiento de superioridad por nada en el maldito universo.