Las putas de Renzo (novela de infidelidad, cornudo, hotwife) 1. LA MUJER DE MI HERMANO #4
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1. LA MUJER DE MI HERMANO #4

Las tetas se le desparramaban gloriosamente por encima de la tela, dejándole los pezones completamente de fuera. Y, tal como mi morbo lo había imaginado, eran pezones grandísimos, rosados y duros como balas, rodeados por areolas perfectas que invitaban a ser succionadas salvajemente.

Un liguero negro atado a unas medias de red subía por esos muslos perfectos, pálidos y torneados.

Era el disfraz de una ramera VIP, puesto exclusivamente para profanar la casa de su futuro cuñado.

La agarré por el cuello, apretando apenas lo suficiente para someterla físicamente, y le devoré la boca con lujuria.

Fue un beso sucio, carnívoro. Sus labios eran un maldito paraíso.

Me abrió la boca de inmediato, metiendo su lengua ávidamente, saboreando el whisky de mi aliento.

Empezó a gemir eróticamente, como una gata en celo contra mi garganta.

Sus manos fueron hacia mi cinturón, desesperadas, torpes por la calentura extrema que la devoraba.

Me separé de sus labios de golpe, dejándola jadeando. Agarré el encaje de su braguita negra y lo arranqué de un solo tirón contundente, rompiendo la fina tela en dos pedazos.

Olga jadeó ruidosamente, abriendo aún más las piernas contra la pared. No traía un solo pelo. Su panocha estaba completamente rasurada, blanca, hinchadísima y escurriendo abundantemente de lubricación.

Estaba tan mojada que un hilo espeso de sus jugos le bajaba lentamente por la parte interna del muslo. Se había venido calentando todo el puto camino en el auto, fantaseando maniáticamente con traicionar a mi hermano.

Me bajé el cierre del pantalón apresuradamente, saqué mi verga, dura como el puto acero, palpitante, y sin darle el menor tiempo de prepararse, la levanté en vilo agarrándola de ese culazo monumental y me la ensarté entera de un solo impacto demoledor.

—¡AAAAHHH, PUTA MADRE! —gritó Olga, echando la cabeza hacia atrás dramáticamente, clavándome las uñas profundamente en los hombros.

La penetración fue bestial. Sentí cómo sus paredes vaginales, sumamente apretadas y ardientes, me comprimía los veintidós centímetros de golpe. Estaba apretadísima, pero tan ridículamente resbalosa por su propia putería que mi miembro entró hasta la base sin obstáculos.

La empecé a follar ahí mismo, sosteniéndola contra el yeso de la pared, con los pies de ella colgando en el aire.

Cada embestida era un castigo corporal y una afirmación de mi poder.

Sus inmensas tetas perfectas rebotaban violentamente contra mi pecho con cada choque de mi pelvis, rozando sus duros pezones rosados contra mi camisa.

—¡Dímelo, zorra! —le gruñí al oído, bombeando con una fuerza mente animal—. ¡Dime de quién es este coño! ¡Dime quién es tu verdadero dueño, puta barata!

—¡Tuyo, Renzo! ¡Ahhh! ¡Es tuyo, cuñado, cógeme, cógeme duro! —bramaba ella descontroladamente, llorando lágrimas de placer, apretándome el cuello con ambas manos.

Mi ego sobrepasaba las nubes. La adrenalina inyectada en mis venas por estarme follando a la virginal prometida de mi hermano, la futura nuera modelo de mis devotos padres, me tenía sumido en un estado de euforia sádica.

Yo me sentía Dios en ese momento. Yo era el rey indiscutible de esta selva.

Caminé con ella ensartada, sin sacar la verga de su coño húmedo, cruzando la sala paso a paso hasta llegar al inmenso sofá de piel negra de mi departamento. La tiré boca arriba sobre los cojines sin contemplaciones.

Olga cayó despatarrada, respirando agitadamente, con las medias de red intactas y el brasier negro empujando hacia arriba sus inmensos melones.

Su panocha húmeda e hinchada se ofrecía hacia mí como un festín divino.

En su mano izquierda, el diamante de su carísimo anillo de compromiso brillaba destellante bajo la luz, un recordatorio ridículo y dolorosamente patético del amor ciego que Pablo le profesaba.

Me acerqué jadeando, me arrodillé frente al sofá, agarré sus piernas torneadas y me las puse sobre los hombros firmemente. Me incliné hacia el frente y volví a enterrarle la verga hasta rozar mis huevos contra sus nalgas, penetrándola profundamente una y otra vez.

El sonido húmedo de la fricción resonaba escandalosamente en todo el departamento.

¡Plaf, slurp, plaf!

Mis testículos chocando rudamente contra sus obesas nalgas. No tuve piedad de su cuerpo.

—Pobre Pablito... —me burlé con saña, mirándola desde arriba, embistiéndola con una profundidad que la hacía retorcerse de éxtasis, agarrándole con una mano un melón y estrujándolo—.

Allá en Monterrey, matándose entre planos estructurales y toneladas de cemento para pagar tu puta boda, creyendo ingenuamente que tiene a una princesa de cuento esperándolo en su casa.

Olga abrió los ojos, desorbitados y empañados por el placer intenso, y soltó una carcajada sucia, totalmente carente de cualquier ápice de culpa conyugal.

—Pablo no me coge así... ¡Ahhh! ¡Pablo no me satisface ni la mitad, Renzo! ¡Eres un semental, me vas a partir a la mitad! —gritaba, agarrándose desesperadamente de los cojines del sofá, moviendo la cadera frenéticamente para recibir mis embestidas con más fuerza y profundidad.

Ese era el maldito trofeo que yo quería. Esa era la validación máxima de mi superioridad varonil. No me bastaba con cogérmela furiosamente; necesitaba que ella lo pronunciara en voz alta. Necesitaba que confirmara verbalmente que mi exitoso hermano era un puto inútil a mi lado en la cama.

Saqué la verga de su coño bruscamente, provocando un sonido de succión obsceno. ¡Slurp!

Olga gimió de frustración al sentir el inesperado vacío en sus entrañas. La agarré del oscuro cabello sin ninguna delicadeza, obligándola a sentarse en el borde del sofá, y le empujé la cabeza sin miramientos hacia mi entrepierna húmeda.

—Trágatela toda, perra —le ordené—. Demuéstrame de una vez para qué sirven esos hermosos labios de mamadora que tienes.

No lo dudó ni un maldito segundo. Olga abrió la boca grande y tomó mi miembro hasta el fondo de su garganta.

No era ninguna novata asustadiza, la muy cabrona.

Lo hizo con una técnica supremamente experta, ahogándose ligeramente, tragando saliva ruidosamente, usando la hábil lengua para masajearme el frenillo, mientras me miraba hacia arriba con esos ojos verdes inmensos y manipuladores.

—¡Ohhh, qué rico la chupas, puta!

Le agarré la cabeza firmemente y empecé a cogerme su boca, bombeándole la garganta con fuerza, sintiendo sus labios gruesos apretarme deliciosamente la base de la verga. Era el verdadero paraíso en la tierra.

—¡Suficiente! —jadeé, sacando la verga de su boca, que quedó reluciente y brillante por su abundante saliva.

—¡Quiero más verga, cuñadito, quiero más!

—Y te voy a dar más, cuñadita zorra.

La agarré vigorosamente por los brazos, la levanté del sofá y la empiné sin piedad sobre el respaldo. Su culazo monumental quedó expuesto grandiosamente ante mí, levantado, como pidiéndome a gritos que se la ensartara.

Entonces le abrí las nalgas blancas con ambas manos, dejando a la vista su ano rosado y su coño intensamente enrojecido, chorreando mis propios fluidos combinados con los de ella.

Le di una nalgada brutal que resonó por toda la estancia como un disparo.

¡Zas!

La marca de los dedos de mi mano se pintó de un rojo carmesí al instante sobre su piel pálida. Olga soltó un alarido gutural, mezcla de dolor y gozo, pero en lugar de huir o quejarse, echó el culo más hacia atrás, rogando silenciosamente por más castigo y degradación.

Acomodé la cabeza de mi verga en la ardiente entrada de su coño mojado, y con un empuje brutalmente seco, se la volví a clavar entera por detrás.

El ángulo era sencillamente letal. La fricción fue tan absurdamente intensa que sentí que se me iba a reventar la cabeza de tanto placer.

La froté como a un animal sin raciocinio, agarrándola fuertemente de las caderas, azotándola implacablemente contra el grueso sofá de piel.

La sala entera olía a sexo sucio, a sudor y al perfume carísimo que la zorra se había puesto exclusivamente para venir a cazarme.

—¡Ahhh, cuñado, me vengo! ¡Me estoy viniendo, puta madre, me vengo! —empezó a aullar Olga escandalosamente, temblando descontroladamente de pies a cabeza.

Sentí sus paredes vaginales contraerse furiosas, exprimiéndome la verga con espasmos sumamente violentos.

Su orgasmo fue verdaderamente salvaje, animal.

Se mordía el dorso de la mano izquierda (donde lucía la sortija) para no gritar más fuerte y alertar a los vecinos, arqueando la espalda mientras sus jugos brotaban a borbotones, empapándome la base del pene y los testículos.

La excitación sublime de verla destrozada por mi culpa me llevó al límite. No iba a salirme por nada del mundo. Quería marcarla permanentemente. Quería que llevara mi leche nadando en sus entrañas.

—¿Te sientes bien, cuñadita? —le pregunté mientras descargaba mi leche en su agujero…

—¡Sí… aunque… de pronto siento una culpa muy adentro!

Casi me hecho a reír, maldita cínica de mierda.

Mi cuñada decía que sentía una culpa muy dentro… pero de momento lo único que tenía dentro, bien retacado, era mi enorme verga. El pensamiento cruzó por mi mente mientras la veía deshacerse en gemidos, evidenciando la falsedad de su decencia.

—¡Trágatela toda, puta de mi hermano! —gruñí ferozmente, clavándome hasta lo más profundo que me permitía la física.