1. LA MUJER DE MI HERMANO #3
—Te estás equivocando de persona, zorra —le siseé cerca del oído, aplicando presión en su articulación hasta arrancarle un gemido de dolor—.
Pablo podrá ser un ingeniero demasiado confiado, pero es mi hermano.
Yo no le haré esta perrada. Y tú deberías de plantearte dejarlo en paz, porque si esto haces conmigo, qué no harás con los demás.
Así que te advierto, que si no cortas cuando antes, te las verás conmigo, menuda cabrona.
Límpiate lo mojada, compórtate y camina hacia la camioneta de inmediato.
Giré sobre mis talones y salí del salón, dejándola de pie con una expresión de asombro y una excitación indiscutible tatuada en su rostro.
Fui fuerte. Mantuve la postura correcta y salvé la honra de Pablo una vez más.
Sin embargo, al salir a la calle, la tensión acumulada en mi cuerpo resultaba abrumadora.
La verga me palpitaba con una furia irracional, doliéndome contra la cremallera.
La idea de tener a esa hembra espectacular suplicando por mi atención, ofreciendo esas tetas descomunales y ese culo perfecto, alimentaba mi ego a niveles insospechados.
Requería una válvula de escape inmediata antes de cometer una locura imperdonable.
En cuanto dejé a Olga en su domicilio, tomé el teléfono celular y me comuniqué con Mónica, la mujer de mi ex amigo y actual compañero de trabajo.
—¿Renzo? —me dijo ella por teléfono.
—Inventa cualquier pretexto con Arturo y vete para el motel de siempre. Te quiero encuerada y empinada a cuatro patas, en media hora —le ordené autoritariamente, y corté la llamada antes de que pudiera pronunciar una sola queja.
Treinta minutos después, estaba en la habitación oscura de nuestro establecimiento de paso.
Al final yo llegué más pronto que ella. Mónica llegó con prisa, temerosa de levantar sospechas en su inútil marido.
Apenas cruzó la puerta, la sujeté de la cintura, le arranqué la blusa de seda, le bajé los calzones de encaje hasta los tobillos y la arrojé boca abajo sobre la cama matrimonial.
¡Zas!
—¿Qué te pasa, cabrón?
—¿Quieres pito o no?
—Sí… pero…
—¡Entonces cállate!
No hubo preliminares de ningún tipo. Prescindí de cualquier romance ridículo. Me bajé el cierre del pantalón, saqué mi verga rígida y se la ensarté por el coño de un solo golpe, seco y brutal.
—¡Ahhh! —Mónica soltó un grito ahogado contra las sábanas, aferrándose al colchón.
La empecé a follar con una violencia desmedida. Agarré sus caderas y la azoté contra mi pelvis sin piedad.
¡Plaf, plaf, plaf!
El sonido de nuestros cuerpos sudorosos chocando húmedamente resonaba en el cuarto cerrado. Estaba furioso. Descargaba en ella toda la frustración contenida por las constantes provocaciones de la perra de mi cuñada.
—¡Dime quién es tu verdadero dueño! —le exigí a Mónica, jalándole el cabello hacia atrás para obligarla a arquear la espalda, embistiéndola profundamente—. Dile a tu pobre marido que su vieja está siendo follada como se debe follar a una perra callejera.
—¡Tú, Renzo, siempre tú! ¡Me follas riquísimo! —gemía la mujer entre sollozos histéricos, totalmente doblegada en su patética sumisión.
Yo la cogía, la castigaba cruelmente, inflando mi ego con la rendición de la esposa de mi detractor.
Pero la jodida y retorcida verdad, es que, en el fondo de mis pensamientos, con los ojos cerrados, la imagen recurrente seguía siendo la mirada verde felina, esas tetas inmensas y el culo perfecto de Olga apretado en esos jeans azules.
Mónica resultaba insuficiente para mis apetitos.
Arturo era un don nadie; follar a su mujer ya se había vuelto un trámite aburrido.
Mi verdadero capricho, y la prueba máxima de mi superioridad como macho alfa, continuaba habitando en el departamento de mi hermano, planeando detalladamente una boda que era una completa y descarada farsa.
-
Mi resistencia moral colapsó, inevitablemente, dos semanas después de aquel incidente en el salón.
Ocurrió un viernes por la noche. Pablo había viajado a Monterrey para certificar la cimentación de un proyecto corporativo gigante.
Yo permanecía en mi departamento, sirviéndome un buen vaso de whisky de malta, disfrutando de mi soltería empedernida frente al ventanal de la ciudad, cuando el timbre de la entrada principal sonó con insistencia.
Caminé despacio, vaso en mano, y observé a través de la mirilla de seguridad.
Era Olga.
Llevaba puesta una gabardina color arena, apretadamente atada a la cintura, y el cabello negro suelto, enmarcando su rostro con una belleza perturbadora.
Abrí la puerta, recargándome en el marco, adoptando una postura defensiva.
—¿Qué se te perdió aquí, Olga? Pablo está en Monterrey revisando toneladas de concreto, lo sabes perfectamente bien.
—Lo sé —dijo ella, con una calma espeluznante.
Me esquivó con un movimiento ágil, rozándome el brazo intencionadamente, y cruzó el umbral sin pedir permiso alguno.
Cerré la puerta tras de ella. ¡Clack! La observé caminar con paso firme hacia el centro de mi sala, inspeccionando mis muebles de diseñador con total familiaridad, sintiéndose ama y señora del puto lugar.
—Vine a traerte unas muestras para las invitaciones de la boda, para que me des tu refinada opinión —mintió con un descaro apabullante, mostrando las manos completamente vacías.
—No seas cínica, Olga. Lárgate de mi casa ahora mismo. No tengo ganas de tolerar tus putos juegos hoy.
Ella detuvo su marcha en el centro del tapete persa. Giró lentamente hacia mí. Sus ojos verdes brillaron bajo la luz cálida de las lámparas, mostrando su venenosa lujuria.
—¿Así es como tratas a la prometida de tu único hermano, Renzo? —empezó a decir, utilizando esa voz suave y aterciopelada de zorra profesional—. Es verdad que todo mundo dice que no tienes códigos, pero no creí que pudieras ser tan grosero conmigo.
—¿Y quién carajos dice que no tengo códigos?
—Pues en el entorno de Pablo todos aseguran que eres un cabrón de primera, un semental indomable que hace lo que se le da la gana con las mujeres. Pero yo creo firmemente que todo es una pinche fachada.
Apreté el vaso de cristal con fuerza, sintiendo que mi monstruoso ego levantaba la cabeza de inmediato, exigiendo sangre.
—No tientes a tu suerte, niñita. Vas a salir perdiendo.
—Eres un puto cobarde —me soltó, dando un paso hacia mí, acortando la distancia peligrosamente—.
Te mueres de ganas por cogerme. Te mueres de ganas por saber si mi culo es tan rico como se ve y si mis tetas saben tan bien como te imaginas.
Me vigilas en cada reunión familiar como un perro hambriento, babeando por mis escotes, pero te da terror tocarme.
Te da miedo descubrir que una simple niña de veinticuatro años puede demostrarte que no eres tan cabrón como presumes.
Se paró a escasos centímetros de mí. Su respiración se aceleró, haciendo subir y bajar su pecho voluptuoso bajo la gabardina.
—Te escudas cínicamente en el papel del hermano mayor protector. Pero los dos sabemos la verdad, Renzo. Pablo es un niño aburrido, un ñoño de las matemáticas que coge con la luz apagada en posición de misionero. Tú y yo somos animales. Y a ti te aterra no poder domarme.
Mi paciencia se fracturó irreparablemente.
Mi moralidad fraternal se hizo añicos contra el muro infranqueable de mi propio narcisismo.
Ninguna puta de veinticuatro años iba a cuestionar mi hombría en mi propio territorio.
El imbécil de Pablo la iba a perder tarde o temprano; era una zorra desatada que no podía controlar sus instintos.
Si no me la follaba yo, se la iba a follar cualquier otro pelmazo.
En el fondo de mi psique retorcida, me autoconvencí de que le estaba haciendo un inmenso favor a la familia al comprobar de qué material estaba hecha esta golfa.
Así que arrojé el vaso de whisky al suelo con furia. El cristal se hizo pedazos sobre el suelo con un estruendo agudo.
Olga dio un respingo, asustada genuinamente por un microsegundo, pero su miedo se transformó velozmente en una dura excitación cuando levanté las manos.
La agarré brutalmente de las solapas de la gabardina y la aventé contra la pared de la sala con una violencia que le sacó el aire de los pulmones. Le sujeté ambas muñecas con una sola mano, apretándolas durísimo, y se las clavé por encima de la cabeza contra el muro, inmovilizándola por completo.
—¿De verdad crees que te tengo miedo, estúpida zorra?
—le siseé a milímetros de la boca, sintiendo su cálido aliento mezclarse con el mío—.
¿De verdad crees que mi parentesco con Pablo es lo que me mantiene alejado de ti?
Yo no te toco porque me das un profundo asco.
Porque eres una puta barata que se va a casar con un hombre trabajador y bueno, mientras le calienta descaradamente la verga a su hermano mayor.
Lejos de ofenderse, llorar o indignarse, la respiración de Olga se volvió un jadeo errático. Abrió las piernas de forma instintiva, intentando frotar ansiosamente su intimidad contra el muslo de mi pantalón. Su rostro era el de una ninfómana irremediablemente desatada.
—Pruébame entonces, gran semental... —me retó en un susurro húmedo, rozando sus labios carnosos contra los míos—. Demuéstrame que eres infinitamente mejor que tu hermanito. Cógeme la concha a cogidas si tan cabrón eres.
Y perdón… pero cuando un hombre está caliente y tiene a una hembra como esta perra frente a ti, se te olvida todo, incluso que tienes hermano.
Así que no esperé una puta invitación más.
Solté sus muñecas de golpe. Agarré el nudo de su gabardina y lo tiré de un solo jalón frenético, abriendo la tela por completo.
Lo que traía debajo me nubló la poca razón que me quedaba en el cerebro. Olga no llevaba blusa, ni jeans. Llevaba puesto un conjunto de lencería de encaje negro minúsculo. Un brasier de media copa diminuto, que era totalmente incapaz de contener esas inmensas ubres.