Las putas de Renzo (novela de infidelidad, cornudo, hotwife) 1. LA MUJER DE MI HERMANO #2
5%

1. LA MUJER DE MI HERMANO #2

Reconozco mis faltas morales. He cometido infamias peores en mi vida. Pero la familia representa un límite biológico que no se puede cruzar. Pablo es mi hermano. Me negaba a propinarle semejante golpe por la espalda en su propia cara.

Olga asimiló el rechazo con pasmosa tranquilidad. Simplemente bajó los ojos hacia su plato, recuperó su calzado en silencio y, aprovechando un descuido general mientras brindaban, me dedicó una sonrisita torcida, colmada de burla y provocación.

A partir de aquella tarde dominical, la convivencia se transformó en un reto constante hacia mi autocontrol. Olga era sumamente inteligente. No se descaró de inmediato; jugaba a la orilla del precipicio, lanzando anzuelos que solo yo podía ver, escalando la tensión de manera enfermiza.

Una semana después, organizamos una carne asada en mi casa para celebrar la firma oficial de ese contrato de viviendas de Pablo.

Él estaba frente al asador, volteando los cortes de carne, dándome explicaciones detalladas sobre la resistencia del concreto en las zapatas de su nuevo edificio.

Hablaba con una seguridad aplastante sobre su trabajo.

Yo asentía, tomando mi cerveza, viéndolo ser el hombre perfecto y exitoso.

—Voy por más cervezas a la cocina, hermano —le dije, dándole una palmada en la espalda.

Entré a la cocina de mi casa. Estaba sacando las botellas del refrigerador cuando escuché unos pasos sigilosos sobre el piso.

Olga entró detrás de mí. Llevaba unos shorts de mezclilla sumamente cortos que le apretaban ese culazo celestial y una blusa de algodón delgada que dejaba claro que esas inmensas ubres no estaban contenidas por ningún brasier.

Sus pezones marcaban la tela perversamente.

—¿Te ayudo en algo, Renzo? —preguntó, con esa voz de niña buena, pero con una mirada repleta de malicia, acercándose un par de pasos más de lo socialmente aceptable.

—No. Ya tengo todo —le contesté secamente, cerrando el refrigerador de un golpe.

¡Clack!

Al darme la vuelta para salir, el espacio entre la isla de granito y el refrigerador era algo estrecho. Ella no se hizo a un lado. Al contrario, dio medio paso hacia el frente y se giró levemente, bloqueándome parcialmente la salida.

Al pasar junto a ella, la muy cínica arrastró sus caderas contra mí deliberadamente.

No podía creer que la zorra de mi cuñadita pudiera ser tan hija de puta para haberme restregado su culo en mi pito, por encima de mi bragueta, cuando pasó junto a mí, mientras el tonto de mi hermano miraba hacia otro lado.

Me quedé congelado un segundo. Sentí la firmeza de su culazo rozando mi erección incipiente. ¡Mierda! Mi cuerpo de animal reaccionó instintivamente.

—Uy, perdón, cuñado. Qué torpe soy —susurró ella, mordiéndose el labio inferior, mirándome el bulto del pantalón sin el menor pudor, antes de darse la vuelta y salir caminando hacia el jardín, meneando el culo con una lentitud calculada.

Hija de perra. Lo estaba haciendo a propósito. Estaba tanteando mi resistencia, sabiendo perfectamente que a un hombre como yo no se le torea impunemente sin sufrir las consecuencias.

Quince días más tarde, el juego subió de nivel.

Pablo nos invitó a cenar a un restaurante carísimo en Polanco para presumir que ya había comprado los boletos para su luna de miel en París.

Durante toda la cena, Pablo habló maravillas de ella, detallando cómo Olga lo apoyaba moralmente con el estrés de la constructora.

Y mientras mi hermano desbordaba cursilerías, la muy golfa deslizó su mano por debajo de la mesa y me acarició el muslo, deteniéndose a escasos centímetros de mi entrepierna.

La miré fijamente. Ella se llevó su copa de vino a la boca, dándole un sorbo y sonriéndome con la mirada, retándome a delatarla frente a todos. Le agarré la muñeca bajo el mantel y le clavé las uñas hasta que hizo una mueca de dolor, soltándome enseguida.

Me divertía la situación, sí. Me excitaba, también. Pero el ego me exigía mantenerla a raya, demostrarle que yo era inalcanzable.

Un mes después del anuncio de la boda, el ingenuo de mi hermano cometió un error táctico monumental.

Me llamó un martes por la tarde a mi teléfono de la oficina.

—Renzo, hermano, necesito pedirte un gran favor —dijo Pablo, sonando agobiado y con ruido de maquinaria de fondo—.

Tuvimos un problema serio con la tensión de las vigas en la obra sur.

Tengo a los ingenieros estructuralistas aquí y no me puedo mover por nada del mundo, pero Olga tiene cita en el salón de eventos en Polanco para elegir los manteles de la boda.

Mi auto sigue en el taller y ella no quiere ir sola.

¿Podrías llevarla tú en tu camioneta? De paso sirve que conoces el lugar donde serás el padrino de anillos.

Cerré los ojos, frotándome la frente con fastidio.

—Pablo, tengo pendientes financieros urgentes aquí. Pídele un Uber Black, yo te lo pago, bro.

—Por fa, Renzo. Ella me comentó que desconfía de los choferes, ya ves cómo está la inseguridad en la ciudad. Te lo ruego como un favor personal, hermano. Me saca de un apuro enorme con ella.

Maldije para mis adentros. Sabía con certeza que se trataba de una emboscada planificada por su prometida. "Desconfía de los choferes", mis huevos. La calentura era lo que no la dejaba en paz. Estaba armando todo este teatro para acorralarme a solas.

—Está bien. Paso por ella en una hora.

Salí del corporativo y conduje mi camioneta hasta el departamento de Pablo.

Olga me aguardaba sobre la banqueta. Vestía unos jeans tan apretados que parecían pintados con brocha, delineando cada surco de sus piernas, acompañados de una blusa blanca de tirantes sumamente escotada, que no dejaba nada a la imaginación.

Sus enormes melones amenazaban con salirse en cualquier momento, y sus pezones se marcaban a través de la tela, duros como diamantes.

Subió al vehículo, inundando la cabina con una fragancia dulce, cara y penetrante.

—Hola, cuñadito —ronroneó, acomodándose en el asiento de piel y cruzando las piernas para que la tela se le ajustara más a la ingle—. Agradezco infinitamente que seas mi chofer privado hoy.

—Ponte el cinturón y guarda silencio durante el camino —le contesté con aspereza, arrancando el motor bruscamente.

El trayecto transcurrió en una atmósfera densa, casi eléctrica. Ella me observaba de soslayo, cruzando y descruzando las piernas de manera provocativa, jugando sutilmente con el borde del escote de su blusa, permitiéndome ver el abismo que dividía esas inmensas tetas blancas.

Llegamos al salón, un recinto inmenso y desierto a esa hora, iluminado apenas por candelabros espectaculares. La organizadora nos dejó solos en el centro de la pista de baile para que Olga revisara unas muestras de tela dispuestas sobre una mesa larga de banquete.

Yo me mantuve a prudente distancia, con las manos guardadas en los bolsillos, pretendiendo estar mortalmente aburrido.

Olga se acercó a la mesa. Se inclinó hacia el frente sobre la superficie de madera, apoyando las palmas y dándome la espalda por completo. Su culo quedó apuntando directamente hacia mí, empinado, exhibiendo la tensión obscena de la costura central de los jeans hundiéndose profundamente en su raya.

Era una vista mortal. Una provocación tan burda y grotesca que me hirvió la sangre.

—¿Cuál tono crees que luzca mejor, Renzo? —preguntó sin enderezar la postura, balanceando levemente las caderas, haciendo que sus redondas nalgas rebotaran con suavidad—. ¿El color perla o el marfil? Pablo suele ser tan predecible y aburrido en estas cosas...

—Me tiene sin cuidado el color de la puta tela, Olga. Apúrate para largarnos, que tengo cosas que hacer.

Ella emitió una risa baja, gutural.

Se incorporó lentamente, giró sobre sus talones y caminó directamente hacia mí. No guardó la distancia protocolaria; se plantó tan cerca que las puntas de sus senos erizados casi rozaban mi camisa. Levantó el rostro, clavando sus ojazos verdes en los míos.

—¿Por qué te haces el difícil conmigo, cuñado? —susurró con insolencia y malicia—. Te la pasas devorándome con la mirada desde el día que nos conocimos. Deja a un lado tu falsa dignidad. Conozco perfectamente tu reputación y la clase de cabrón que eres con las mujeres.

—Mide tus palabras, niñita pendeja —le advertí, mirándola con desdén, a pesar de que el ritmo de mi respiración ya se había acelerado notablemente—.

Te veo el cuerpo porque lo andas exhibiendo como vil ramera.

Pero eres la prometida de mi hermano. Guarda tus calenturas para cuando él regrese cansado de los colados de la obra.

Olga no se inmutó. Sus labios rosados se curvaron en una sonrisa perversa, mostrando los dientes blancos.

—Pablo me aburre, Renzo. Es un niño bueno que me trata como si fuera de cristal —dio un paso al frente, invadiendo mi espacio vital por completo—.

Lo amo, pero… hay aspectos que no me llenan.

En cambio… por lo que sé, me llama la atención qué clase de hombre eres tú.

Dicen que no dejas a ninguna mujer insatisfecha.

—En eso tienes razón, cuñadita, pero es una pena que tú jamás lo vayas a averiguar.

Ella levantó las cejas, a modo de burla. Menuda pendeja.

—¿No te da morbo, cuñadito? Imaginar que voy a casarme con tu hermano mientras podríamos estar cogiendo salvajemente sobre estas mesas de lujo, y él jamás se enteraría.

Extendió la mano con osadía y, con un descaro brutal, me agarró el bulto del pantalón por encima del cierre. Apretó mi verga a través de la tela, delineando el grosor con sus dedos expertos y atrevidos.

—Dios… —se sorprendió al palpar mi enorme bulto—, ¿pero qué tienes ahí adentro, Renzo?

¡Mierda! Yo ya estaba duro como una piedra. La respuesta física de mi cuerpo fue inmediata e involuntaria, un instinto mente animal. Pero mi orgullo me obligó a ponerle un freno categórico.

Le tomé la muñeca con fuerza y se la aparté con violencia, dándole un empujón hacia atrás.