Las putas de Renzo (novela de infidelidad, cornudo, hotwife) 1. LA MUJER DE MI HERMANO
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Las putas de Renzo (novela de infidelidad, cornudo, hotwife)

Las putas de Renzo (novela de infidelidad, cornudo, hotwife)

Por Reina de Picas

© inepub.com

1. LA MUJER DE MI HERMANO

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Hay dos tipos de hombres en este mundo: los que nacieron para ser dueños totales de la situación, y los pelmazos que nacieron para que otros les pisoteen el orgullo sin que siquiera se den cuenta.

Yo, gracias a una genética privilegiada, a una cartera bastante gorda y a un ego que francamente no me cabe en el pecho, pertenezco orgullosamente al primer grupo.

Tengo cuarenta y un años, un divorcio que me costó un buen billete (pero que pagué con una sonrisa), dos hijos a los que mantengo a distancia para que no me jodan la existencia diaria, y una reputación de semental que me he ganado a puro pulso entre sábanas ajenas.

Las mujeres me ven y saben exactamente a lo que van.

Jamás les ofrezco flores ni romance; les ofrezco la mejor cogida de sus putas vidas.

Y ellas lo agradecen abriendo las piernas complacidamente.

Y si alguien piensa que soy un cabrón cínico, tiene toda la maldita razón. Me fascina serlo. Me excita sobremanera saberme superior, tenerla más grande que el promedio y rendir el triple que la bola de pusilánimes con los que me cruzo todos los días.

Para muestra, un botón: Arturo.

Arturo es un gerente de medio pelo en la firma financiera donde trabajo.

Es un tipo resentido, chaparro, que siempre busca llevarme la contraria en las juntas ejecutivas para sentirse importante y tratar de humillarme.

Me odia a muerte. Y yo dejo que me odie.

Me encanta sentarme en la sala de juntas, recostarme en mi sillón de piel y sonreírle con una superioridad que lo saca de quicio, mientras él expone sus ridículas gráficas de ventas trimestrales.

—Como pueden observar, el déficit del licenciado Renzo nos está pegando en el margen operativo —dijo Arturo apenas el martes pasado, apuntándome con su láser rojo, creyéndose muy cabrón.

Yo simplemente le di un sorbo a mi café, esbocé una sonrisa torcida y le guiñé un ojo.

Lo que el pobre cornudo de Arturo pretende olvidar cuando estamos en la oficina, o la razón por la que intenta humillarme en las juntas para salvar un poco de su pisoteada dignidad… es porque me cojo a su esposa.

Le sonrío porque, exactamente dos horas antes de esa junta, su abnegada y santurrona esposa, Mónica, (con su hermosa cabellera rubia) estaba de rodillas sobre la alfombra de mi departamento, atragantándose con mis veintidós centímetros de verga como si fuera su último alimento en la tierra.

Llevo tres años cogiéndome a la mujer de mi examigo. Y les juro que no existe una sensación más deliciosa que ver a un pelmazo intentando humillarte en público, cuando tú le dejaste las nalgas rojas a su vieja y le vaciaste los testículos en la garganta antes del desayuno.

Pero bueno, esa es mi rutina habitual. Un parque de diversiones donde yo dicto las reglas. O al menos, así era la dinámica, hasta que el ingenuo de mi hermano menor decidió poner a prueba mi paciencia y mi brújula moral.

Pablo tiene veintisiete años. Es mi único hermano, catorce años menor que yo, y representa la antítesis de todo lo que soy. Ojo, no es un idiota.

De hecho, el cabrón es un ingeniero civil brillantísimo, acaba de terminar una maestría y tiene su propia constructora.

Gana bien, es muy inteligente para los negocios, pero en temas de mujeres...

es un niño de pecho. Es un tipo noble, decente, de esos que todavía creen ciegamente en el amor eterno y en la fidelidad conyugal.

Mis padres, por supuesto, lo adoran. Él es el orgullo indiscutible de la familia, el hijo modelo que nunca se divorció, que evita los vicios y que es incapaz de decir una grosería en la mesa.

Yo soy la oveja negra a la que toleran porque tengo dinero y les resuelvo los problemas.

Yo quiero a Pablito, de verdad lo quiero.

Siempre lo defendí de los abusivos en su infancia.

Sin embargo, el pobre ingeniero carece de la menor idea sobre la naturaleza manipuladora de las hembras.

Todo este enredo comenzó un domingo por la tarde, hace unos meses. Mis padres organizaron una comida familiar porque Pablo anunció que tenía una noticia crucial. Yo llegué con retraso deliberado, arrastrando una resaca monumental y oliendo levemente al perfume de una aventurilla del fin de semana.

Entré a la casa de mis viejos y los encontré reunidos en la sala.

Pablo lucía radiante, exhibiendo una sonrisa de oreja a oreja mientras sostenía la mano de su pareja.

Llevaban tres años de noviazgo formal, pero por azares del destino, mis viajes a Europa y apatía, yo jamás había coincidido con ella en persona.

Me acerqué, frotándome los ojos con desgano. Y entonces, ocurrió el impacto.

—Renzo, hermano, qué bueno que llegas —dijo Pablo, dando un paso al frente, henchido de orgullo—. Te presento a Olga.

Levanté la vista y, por un instante, mi cinismo habitual quedó suspendido.

¡Madre mía!

Olga tenía veinticuatro años. Llevaba puesto un vestido blanco, de corte conservador, por debajo de las rodillas, con un cuello cerrado que proyectaba una imagen de inocencia total. Pero la ropa era incapaz de ocultar su rimbombante cuerpo.

Era una mujer despampanante. Poseía una piel blanca como la leche, un cabello negro, larguísimo y lacio cayendo por su espalda, y unos ojos verdes, inmensos y felinos, que me escanearon de arriba a abajo en una fracción de segundo.

Y sus labios... carajo. Tenía unos labios gruesos, carnosos, rosados al natural. Eran los labios de una mamadorsita nata, resultaba imposible describirlos de otra forma.

Pero lo que casi me hace soltar una expiración fue el cuerpazo que ocultaba bajo ese atuendo recatado.

Al girarse para saludar a mi madre, la tela se tensó en la parte de abajo.

Olga tenía un culo precioso, espectacular, bien carnosito y sin tocarlo lo adiviné durito.

Una obra de arte redonda, firme y pesada que desafiaba la gravedad y las buenas costumbres.

Un culo hecho a la medida para rebotar salvajemente contra la verga de un cabrón.

Y ni siquiera quiero describir la inmensidad de sus melones. Dos ubres gigantescas, morbosas, pesadas, que amenazaban con reventar las costuras del recatado vestido.

Apenas se movía y esas tetas botaban con una vida propia que hipnotizaba.

Solo de ver esa barbaridad de escote contenido, mi cabeza enferma empezó a trabajar aceleradamente, imaginando que debajo de esa tela seguramente tendría unos pezones rosados, con areolas enormes, perfectas para morderlas, succionarlas y hacerla chillar como la ramera que seguramente era en la intimidad.

—Hola, cuñado. Por fin te conozco —dijo ella, con una vocecita suave, casi angelical, extendiéndome la mano.

Tomé su mano. Su piel era suave, pero en su apretón demostró una firmeza inusitada. Y en ese instante, ocurrió el primer indicio. Mientras nuestros padres y Pablo nos observaban, Olga deslizó la yema de su dedo índice por el centro de mi palma, en una caricia deliberada y sutil.

Apenas duró un microsegundo, pero yo entendí lo hija de puta que era.

Cualquier pelmazo habría considerado el gesto un simple descuido. Pero yo soy un depredador experimentado. Reconozco a una hembra calculadora en cuanto la tengo enfrente.

Sus ojos verdes se clavaron en los míos. Su mirada albergaba un fuego desafiante. Me estaba evaluando con frialdad. Estaba tanteando al macho alfa.

—El gusto es todo mío, Olga —respondí, soltándole la mano y esbozando mi clásica sonrisa arrogante—. Mi hermanito se sacó la lotería contigo, indudablemente.

Pasamos al comedor. Mi madre sirvió mole tradicional. La sobremesa transcurrió entre anécdotas de la infancia y las pláticas de Pablo sobre sus proyectos de ingeniería.

—Ahorita traemos un desarrollo de cien viviendas al sur de la ciudad —explicaba Pablo, moviendo las manos con pasión, demostrando su indudable capacidad analítica—.

Los cálculos estructurales de la cimentación profunda nos están tomando tiempo, pero el margen de ganancia será excelente.

Es el proyecto que nos va a dar la base para... bueno, para la noticia.

Pablo se puso de pie, sonrojado por la emoción, y sujetó la mano de Olga.

—Es que Olga y yo... hemos decidido casarnos.

Mi madre soltó una exclamación de júbilo, casi tirando la copa, y mi padre se levantó a estrecharlo en un abrazo. Yo permanecí sentado, dándole un trago a mi cerveza, analizando la escena con una mezcla de aburrimiento y lástima.

«Pobre cabrón», pensé. «Es un genio para los números, para calcular las toneladas de acero de un edificio, pero no sabe en la trampa monumental que se está metiendo con esta mujer».

Olga sonreía con timidez, exhibiendo su anillo de compromiso y recibiendo las felicitaciones de sus futuros suegros con la serenidad de una santa mártir.

Pero mientras ella interpretaba magistralmente el papel de nuera ejemplar, sentí una presencia física bajo la mesa del comedor.

Un pie descalzo.

Olga se había quitado la zapatilla de tacón con sigilo extremo. Sentí los dedos de su pie subiendo por mi tobillo, deslizándose con lentitud pasmosa por mi pantorrilla, acariciando la tela de mi pantalón de vestir.

Di un respingo interno, pero mantuve la compostura externa sin pestañear. Levanté la vista del plato y le clavé la mirada directamente.

Olga continuaba sonriéndole a mi madre, expresando lo "emocionada que estaba de integrarse formalmente a una familia tan unida", mientras debajo del mantel de roble, su pie avanzaba con un descaro desmedido hacia mi entrepierna.

Jugaba al filo de la navaja.

¡Zorra de porquería!

Apreté los dientes. Mi vanidad masculina se disparó al instante.

La novia de mi hermano, a los pocos minutos de formalizar su compromiso matrimonial, me buscaba el miembro por debajo de la mesa frente a mis propios padres.

Era una zorra redomada. Una hembra calculadora y carente de pudor.

Y el pendejo de Pablo, sentado junto a ella, la contemplaba como a un ser celestial.

Moví la pierna con un golpe seco, apartando su pie de inmediato. Le dirigí una mirada severa de advertencia.