Las Pruebas del Tarot Capítulo 33
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Capítulo 33

C uando abro los ojos, siento la certeza, ya familiar, de saber dónde se encuentra exactamente el s ol en el cielo.

Por algún motivo, pensaba que esa habilidad terminaría con las Pruebas.

Me provoca cierta paz durante unos segundos hasta que me asalta el recuerdo de los acontecimientos de anoche, así como de la semana pasada.

La campeona del Ermitaño. El Carro. Mara. Nero.

No maté a Nero con mis propias manos, pero tanto da. Lo llevé hasta aquel lugar y fui yo quien lo distrajo, por eso no vio venir a la Estrella. No era mi intención que lo atacasen, pero las intenciones importan menos que el daño hecho. Y ya no puedo enmendar lo que ha pasado.

Nero está muerto, al igual que Mara. Ni siquiera los dioses son capaces de hacer que los muertos se levanten. Si pudieran… Pero no es el caso.

Me pongo las ropas que me ha dejado la clériga —un vestido bastante sencillo de un tono gris intenso— y paso de largo junto a la comida que me ha traído para subir las escaleras. Las hoces están justo donde aparecieron ayer por la mañana, cruzadas modestamente sobre el altar, pero no las toco.

Lo que hago es asomarme a la puerta del templo y observar los estandartes que ondean sobre los templos de los campeones caídos. No sé por qué esperaba que a estas alturas los hubieran quitado. Quizá ese recordatorio de los que han muerto no moleste a los demás, no tengo ni idea.

Al atisbar un movimiento, me giro. La Muerte se me acerca. Va vestido exactamente igual que todos los demás días de las Pruebas, con una armadura de cuero negro, lleva una pequeña caja bajo el brazo. Se detiene justo al borde de la sombra que arroja el templo de la Luna.

—Te prometí una conversación.

—¿Pasas? —Se nos advirtió que no entrásemos en los templos de los demás durante las Pruebas, pero no sé si esto es terreno sagrado de cada dios o si solo se trata de las reglas que había que seguir durante las Pruebas. Hay muchísimas cosas que ignoro.

—Ninguna puerta puede mantener fuera a la Muerte. —Suena tan cansado como me siento yo—. ¿Tengo tu permiso?

Me aparto del camino. Aunque esta conversación podría proporcionarme las respuestas que me he pasado buscando toda la vida, no siento nada en absoluto.

La Muerte entra en el templo lo justo como para que no nos vea nadie desde el exterior y gira en redondo lentamente, echando un vistazo a la estancia. Parece resultarle familiar , como si ya hubiera estado aquí antes, hace muchísimo tiempo .

—Esto es tuyo. —Me tiende la caja.

No la cojo .

—No he visto esa caja en mi vida. —Es menos ladino que la Estrella y no tiene motivo alguno para haber inoculado algún veneno en la caja ni nada que vaya a matarme ahora. Además, se ha esforzado mucho por mantenerme con vida. Sin embargo, eso no significa que confíe en él.

—Lo sé. —No se mueve, sigue tendiéndome la caja—. Pertenecía a tu madre. Quería que la tuvieras.

Parpadeo .

—De ser así, ¿por qué me la das ahora? La tienes desde hace veintidós años.

—Ábrela y obtendrás tus respuestas .

Acepto la caja con cuidado y la coloco sobre el altar, junto a mis hoces. Es un rectángulo no muy grande y la tapa se desliza a un lado. Dentro hay dos objetos: un pergamino con un lazo desvaído y deshilachado y un retrato pintado sobre un guijarro.

Lo primero que cojo es el retrato. La mujer que representa es idéntica a mí en todos los aspectos excepto en el color del pelo, que no tiene castaño, sino negro, y en el de sus ojos, de un intenso color café , a diferencia de los míos, que son avellana.

Sin embargo , tenemos los mismos ojos, los mismos pómulos, la misma forma de la cara, la misma piel pálida por haber pasado demasiado poco tiempo bajo el sol.

«Mi madre».

Parece muy joven . Solo era un par de años mayor que yo cuando entró en las Pruebas, cuando me tuvo. Jamás me he planteado en serio ser madre, pero, joder, tampoco pienso intentarlo pronto.

«Dioses, tengo que buscar un boticario» .

La pérdida se abre paso en mi interior. Lo único peor que perder a Nero sería perderlo y, además , estar embarazada de él. Vuelvo a dejar el retrato en la caja temblorosamente y abro con cuidado el pergamino, que cruje , pero tengo que volver a dejarlo tras leer tres palabras :

Mi queridísima Kestrel

Mi madre me escribió esta carta a mí. Cierro la caja y me giro hacia la Muerte.

—¿La has leído?

—No, era para ti. Me he limitado a guardarla hasta poder entregártela, tal y como ella quería.

Noto algo en su voz. Podría interpretarlo como frialdad , pero sé que no es así. Es la misma emoción que tengo alojada en el pecho. Han pasado veintidós años y a la Muerte le sigue afectando su pérdida.

—Amabas a mi madre. —Creo que es ir demasiado lejos, aunque no mucho, porque la Muerte ha guardado esta caja y la ha mantenido a salvo durante más de dos décadas . No sé por qué no me la ha dado antes , pero estoy a punto de averiguarlo.

—Sí.

Dejo escapar lentamente el aliento. Esperaba que lo negase, aunque al parecer quiere decirme la verdad.

—Teníais una relación.

—Así es.

—¿Eres mi padre? —la pregunta me sale casi con violencia.

La Muerte contempla la caja durante varios segundos.

—Tu padre murió hace mucho tiempo. Lo siento.

No sé si lo que siento es alivio o decepción. Mouse ha sido mi padre en todos los aspectos excepto el biológico. No necesito ningún sustituto, y menos si se trata de este hombre tan aterrador, pero al menos lo que ha hecho durante las Pruebas tendría más sentido si fuera mi padre.

—Me gustaría que me contaras lo que sucedió después de que mi madre entrase a formar parte de la Cinque. Quiero saber toda la historia.

Él asiente.

—Es lo que te había prometido. —La Muerte permanece tan inmóvil que parece un espectro .

No me mira a los ojos, pero tampoco aparta la vista de mí—.

Tu madre y yo entramos juntos en las Pruebas.

Éramos jóvenes e idealistas y pensábamos que dos votos en la Cinque bastarían para cambiar Caelria.

Solo una semana después de las Pruebas, nos convencieron de que era imposible.

—¿Cómo sucedió?

Él frunce el ceño, pero no me reprende por interrumpirlo.

—Los Bastos son quienes manipulan más directamente; pero en realidad los Pentáculos, Copas y Espadas tienen el mismo interés en que todo siga como hasta ahora, que haya el mismo equi librio.

—Pero ese equilibrio no existe. La Corte Menor lo tiene todo y los Sedimentos no tienen nada.

Él inclina la cabeza.

—Exacto. Los maestros gremiales tienen un abanico más amplio de prioridades, pero en última instancia son lo mismo. No estábamos preparados para descubrir que lo que viene tras las Pruebas es tan peligroso como las propias Pruebas.

Resulta un alivio centrarse en el pasado lejano en lugar de en el dolor de los últimos días.

Es posible que la sombra de mi madre me siga durante toda la vida, pero tengo pocos recuerdos de ella en persona.

Toda la pena que su ausencia me causa se debe a que no la conocí, algo distinto a lo que estoy sintiendo en este momento.

—¿Por eso no vino a buscarme en el mes que transcurrió entre su victoria y su muerte?

—No estábamos seguros de cómo protegerte.

Yo pretendía elegir un terreno y aumentar sus defensas llenándolo de partidarios nuestros y llevarte luego allí, pero jamás tuvimos la oportunidad de hacerlo.

—Por fin se mueve : pasa la mano sobre las hoces sin llegar a tocarlas —.

No me di cuenta de que la había perdido hasta que fue demasiado tarde.

Me estremezco.

—¿A qué te refieres ?

—Mientras yo me centraba en la seguridad, ella empezó a sufrir… —la Muerte suspira— paranoia. Pensaba que podía oír a la propia Luna. Estaba convencida de que la Corte Menor les había hecho algo en el pasado lejano a los dioses, de que los había atrapado o herido para hacerse con el poder.

Sabiendo lo que sé ahora sobre la actual Corte Menor, no me sorprendería que fuese verdad, pero no me quito de la cabeza lo último que ha dicho.

—¿Tú no oyes hablar a la Muerte?

Él se queda inmóvil, clavándome sus oscuros ojos.

—Kestrel —dice lentamente—, no pretendo afirmar que sé adónde se fueron los dioses, y está claro que siguen teniendo alguna conexión con este mundo, porque aún pueden imbuir a sus campeones de poder cada vez que se celebran las Pruebas, pero no te equivoques, ya no están presentes.

Pero yo puedo oír a la Luna, incluso la he visto dos veces. Me esfuerzo por mostrarme impasible.

—Soy muy consciente de ello.

Él se me queda mirando, tanto rato que tengo que esforzarme por no retorcerme a causa de esta mentira por omisión. Por fin, la Muerte prosigue:

—Osprey empezó a comportarse de manera errática y yo no me percaté de ello, a pesar de mis esfuerzos. De haber comprendido hasta qué punto estaba afectada… — Niega con la cabeza—. Pero no fue así. Es un error que me atormentará durante el resto de mi vida. ¿ Qué sucede, Kestrel?

—¿Osprey? —Es el nombre de mi madre. Mouse jamás me lo ha dicho. Siempre la llamaba Luna, el nombre con el que murió.

—Sí, Osprey. —La Muerte suaviza la mirada.

Siento una quemazón en los ojos, pero no sale nada de ellos.

—¿Qué sucedió luego?

—Tu madre esperó hasta que me marché de nuestro nuevo territorio para completar una… misión. —Sigue antes de que pueda preguntarme qué misión era; tampoco sé si es asunto mío—. Entonces fue a la parte de la muralla que abarca toda la bahía e intentó calcinarla.

Intento encontrarles algún sentido a sus palabras, pero no sucede. Lo que está dando a entender es incomprensible.

—¿Mi madre intentó destruir la muralla ?

—Sí. — Hunde los hombros y, de pronto, parece haber envejecido una década—. La atraparon los Bastos y se la llevaron de inmediato para someterla a juicio. Para cuando yo me enteré de lo sucedido, ya la habían condenado por traición.