Capítulo 32
P or suerte, la ceremonia es breve. Cada uno de los campeones que han sobrevivido es ungido en nombre de su dios.
Nos dicen que repitamos el juramento de proteger Caelria y de mantener el orden, dándonos cada frase como si fuese veneno que tragar.
Mantener el orden…, valiente broma. Lo único que les interesa mantener es su poder.
Yo ya lo sabía al llegar, pero en algún momento del camino todo se ha emborronado.
Permití que se me acercasen algunas de estas personas, aunque sabía que no debía hacerlo, y todo lo que he recibido a cambio de mis esfuerzos han sido traiciones y dolor.
El único punto positivo de toda esta farsa es que se lleva a cabo en el patio de los campeones, por lo que estoy a tiro de piedra del templo de la Luna.
Necesito esforzarme al máximo para no apartarme de las conversaciones intrascendentes que me rodean y cruzar a toda prisa la puerta para sumirme en una bendita soledad.
Quizá pueda pensar con claridad si consigo tener suficiente espacio y tiempo. Quizá.
Suelto un genuino suspiro de alivio cuando el sol asoma por la muralla. La Reina de Pentáculos alza la voz para que se oiga por encima del murmullo de las conversaciones.
—Permitamos que nuestros campeones disfruten del descanso que tanto necesitan. —Nos dedica una sonrisa radiante a cada uno—. Dentro de una semana, toda la Corte Menor se reunirá para celebrar una fiesta en honor de los nuevos miembros de la Cinque.
Una semana. Me parece demasiado tiempo, pero qué sabré yo. Nada, al parecer.
—Kestrel.
Me envaro. Parece que esta noche no puedo escapar de ninguna manera a la presencia de la Muerte.
—¿Qué?
Se detiene a mi lado, pero no tan cerca como para que su hombro roce con el mío.
— Te debo una conversación.
Sí, es cierto. Por pocas que sean las ganas que tengo de hablar con nadie ahora mismo, es mi oportunidad de encontrar las respuestas que busco sobre mi madre. Quizá así esta victoria parezca menos hueca.
—¿ Cuándo?
—Cuando tú quieras.
Lo que yo quiero es que me dé esas respuestas inmediatamente, pero, aun en medio de todo lo que está sucediendo, reconozco lo cerca que estoy de venirme abajo.
—Mañana.
Él asiente.
—Muy bien. Vendré a buscarte cuando den las doce campanadas.
Me aparto sin mediar palabra. No hay nada que quiera decirle a ninguno de los presentes, nada que no contravenga la adver tencia de Vesper de andarme con cuidado a la hora de mostrar mis debilidades.
Entrar en el templo de la Luna no me proporciona alivio alguno.
Esta quietud es opresiva y el suave resplandor de la estancia se me antoja grotesco.
En el altar del centro reposan mis hoces; están aquí aunque las dejé en otra parte.
Toco las empuñaduras, pero sigo de largo y bajo las escaleras que dan a la planta residencial.
Allí me espera la clériga, con una sonrisa temblorosa y brillo en sus pálidos ojos.
—Lo has conseguido.
¿ Seguro? Porque me parece que el juego fue amañado a mi favor.
La Muerte ha intervenido sin cesar para asegurarse de que yo sobrevivía a las Pruebas.
¿Por qué lo habrá hecho? Imagino que no será por el sentimiento de culpa por haber asesinado a mi madre; no me parece que sea capaz de semejante emoción.
—¿La Muerte es amigo de la Luna?
Le cambia la cara.
—La Muerte ejecutó a la Luna anterior.
—Eso no es ninguna respuesta.
—Ah, ¿no? —Ladea la cabeza—. Está bien. No voy a fingir que sé lo que piensa la Muerte, como tampoco sé lo que piensa ningún otro ser vivo. La Muerte toma sus propias decisiones. Si quieres una respuesta, tendrás que preguntarle a él.
—Planeo hacerlo, créeme. —Paso junto a ella en dirección al baño—. Ahora quiero estar sola.
Cuando miro hacia atrás, la clériga ha desaparecido como si jamás hubiera existido. Siento un escalofrío por toda la columna. Para ser una anciana, desde luego es muy enérgica. Casi me distraigo del peso opresivo que amenaza con aplastarme contra el suelo.
Entro en el baño y cierro la puerta para poder apoyarme contra ella.
Estoy sola. Por fin estoy sola. Aunque no me parece suficiente, no hasta que abro los grifos y el agua empieza a llenar la bañera.
Me quito las botas, pues es lo único que puedo hacer ahora mismo, y me meto en la bañera mientras se llena.
Pego las piernas al pecho, abrazándolas tan fuerte como puedo, hundo la cara entre las rodillas y dejo escapar las lágrimas que no han dejado de acumularse en mi interior desde que Nero cayó, desde que me di cuenta de que no volvería a respirar.
Los sollozos me rasgan la garganta al salir, tan violentos, furiosos y llenos de pena que parecen más animales que humanos.
—Lo siento, Nero. Lo siento mucho. —Si no me hubiese pasado de la raya…
, si le hubiese hecho caso cuando me dijo que esperá semos al alba dentro de la casa de baños…
, si no hubiese corrido tras él para intentar separarlo de Cato …
Fue la Estrella quien le dio el golpe mortal, pero no habría tenido oportunidad de hacerlo si no hubiera estado tan pendiente de mí .
Durante las noches anteriores, en las demás batallas, jamás había bajado la guardia.
Y Mara. Estaba en el estadio, fue secuestrada por los Bastos, solo por su vínculo conmigo. Era vulnerable porque le pedí que cuidase de mi familia mientras no estaba. Otro de mis seres queridos que acaba muerto porque yo participé en las Pruebas .
Bien podría gritar que es culpa de la Corte Menor , que fueron sus miembros quienes organizaron las Pruebas y, por tanto, los culpables. Pero lo que nos ha traído hasta aquí son mis propios ac tos. Aunque no les haya dado el golpe de gracia a Nero o a Mara, soy responsable de todos modos.
Se me escapa un gemido, y luego otro. Los disimulo lo mejor que puedo, pero no sé si la clériga está lo bastante cerca como para oírme. Mi único consuelo es que me ha demostrado que no se mete en los asuntos de los demás.
Vomito mi pena antes de que se enfríe el agua caliente . Parpadeo con las pestañas mojadas y saboreo la sal de mis lágrimas mientras quito el tapón de la bañera, entumecida . Me cuesta bas tante desprenderme de la camisa y los pantalones porque la tela se vuelve rígida cuando está empapada.
Me pongo un albornoz que encuentro colgado en la pared y salgo al pasillo, que está vacío. Cuando llego a mi dormitorio, me derrumbo bocabajo sobre el colchón. No esperaba dormir , pero la oscuridad se me lleva consigo.
No me sorprende comprobar que ya no estoy en mi dormitorio cuando abro los ojos, sino en un extraño lugar intermedio. Es el reino de las sombras y, al mismo tiempo, no lo es. Para empezar, porque veo . Y, para continuar, porque no estoy sola.
La Luna no tiene el mismo aspecto que la última vez que la vi, tras desmayarme por haber usado demasiada magia. Su piel es más brillante, resplandece por dentro con una fría luz, sus ojos son ahora de un azul oscuro intensísimo y tiene el pelo alborotado por una brisa que yo no siento. Sonríe.
«Bien hecho, hija».
—No pensaba que fuera a ser así. —Me llevo una mano al pecho—. Me duele.
«Sobrevivir suele implicar dolor».
Vuelvo a mirar en derredor, mayormente para ganar algo de tiempo. Aún me siento embotada por haber llorado tanto durante tanto tiempo. La Luna no tenía respuestas sobre mi madre, pero puede que alguna respuesta sí que tenga, si es que sé qué pregunta he de hacerle.
—¿El campeón de la Muerte es mi aliado?
La Luna se lo piensa unos instantes.
«Le gustaría serlo. Queda por ver si tendrá éxito en su objetivo».
Es una respuesta y , al mismo tiempo, no lo es. Empiezo a notar que así es como habla la Luna.
—Y tú, ¿eres mi aliada?
«Igual que lo fui durante las Pruebas. —Se encoge de hombros—. Mis poderes se han visto minados en gran medida por culpa de los actos de la Corte Menor. Solo puedo ayudarte de modos indirectos, pero habré de hacer lo que sea mejor para mi hija».
Sigue refiriéndose a mí como «hija». No sé si me gusta , pero no puedo negar que siento una punzada en el corazón cada vez que pronuncia esa palabra.
—¿Y qué hago ahora?
«Lo que quieras. Eres parte de la Cinque, una representante de los dioses. Los únicos límites a lo que puedes hacer residen en tu imaginación».
Suelto una risa amarga.
—Sí, claro. Entonces ¿puedo hacer que se levanten los muertos?
—No pretendía hacer esa pregunta. Sé que no debería darme a mí misma falsas esperanzas, pero el dolor que siento por Nero y Mara está vivo en mi interior y aúlla para que le haga caso.
Nada de esto tiene sentido . Es normal que lamente haber perdido a Mara , pero a Nero apenas lo conocía. Su muerte no debería dolerme tanto.
La Luna vuelve a encogerse de hombros.
« Todo es posible con suficiente poder».
Me quedo inmóvil.
—¿Puedo alzar a los muertos?
«Levantar a los muertos no entra dentro de mi alcance».
Hundo los hombros.
—Claro, por supuesto. ¿Por qué me habré molestado en preguntarlo? —Aunque así fuera, aumentar mi poder es una tarea imposible. Es la Luna quien me dio mi magia. Si quisiera que tuviese más poder, me lo habría concedido—. Me gustaría volver a dormir.
«Como desees, hija».
Esta vez doy la bienvenida a la oscuridad que me envuelve. La nada jamás me ha parecido tan dulce como ahora, cuando me arrastra, aunque solo sea durante un rato.