Las Pruebas del Tarot Capítulo 31 #2
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Capítulo 31 #2

La Sacerdotisa le hunde una daga a la Estrella en la espalda.

La rubia grita y cae de rodillas. La Sacerdotisa la arroja de un empujón al suelo y la apuñala una y otra vez.

Me doy cuenta vagamente de que lleva guantes de cuero para asegurarse de no entrar en contacto con la piel de la Estrella.

Sus ilusiones se desvanecen, dando paso a una furia y dolor tan profundos que penetran la horrible burbuja que se ha formado a mi alrededor.

—Sé que fuiste tú quien les dijo a los Bastos que fueran a por mi hermana, zorra . —Vuelve a apuñalar a la Estrella—. Te conté que la había escondido. Eres la única a quien se lo conté. —Otra puñalada. La Estrella no se mueve , pero no seré yo quien interfiera.

Cato gira en redondo hacia donde la Muerte acecha a Vesper con la espada alzada, a punto de cortarle la cabeza.

—¡Se acabó! —grita —. ¡Solo quedamos cinco!

Por un instante veo que la Muerte se está pensando si debería matar a Vesper de todos modos. Sin embargo, retrocede de una larga zancada y envaina la espada con diligencia.

—Muy bien.

Se ha acabado, pero … esto está mal .

—No tenía que salir así. —Acuno el rostro de Nero entre mis manos—.

No puede haber muerto . Era intocable. Era el más fuerte de todos los campeones .

Ni… ni siquiera era de la ciudad. Vino aquí por la injusticia a la que se enfrentan los asentamientos fluviales .

Quería que Caelria… y Zaersia… fueran un lugar mejor.

Quería darles voz a quienes no la tienen.

—No puedo dejar de hablar—. Había sobrevivido a mucho y ha acabado muriendo aquí…

—Siento algo húmedo alojado en el pecho que apenas me deja respirar—.

No. Esto está mal. No debería haber salido así. Nero va a ser parte de la Cinque .

—Kestrel.

Me dispongo a escupirle en la cara a Cato , pero no es él quien se agacha junto a Nero …, junto al cadáver de Nero. Es la Muerte. Por primera vez tiene un aspecto humano, agotado y dolido, con los hombros hundidos y los labios apretados. No intenta tocarme.

—Tienes que ponerte en pie —dice.

—¿Por qué? —No sueno como yo misma. Tengo la voz tomada, líquida, lista para vomitar ácido ante la menor provocación—. ¿Por qué molestarse en nada ? Se ha acabado.

Hay tanta compasión en sus ojos castaños que me dan ganas de golpearlo.

—Ahora eres parte de la Cinque. Los Espadas han colocado a gente para que siga el transcurso del combate.

El último estandarte ya estará desplegado sobre el templo de la Torre, porque siempre apostan a un mensajero a la espera de ver cuándo quedan cinco.

La Corte Menor sabía que era probable que las Pruebas acabaran esta noche, así que sus miembros estarán preparados para venir pronto.

—¿Y por qué iban a venir?

Él tuerce la boca.

—Para felicitarnos.

—Me da igual. —Vuelvo a fijarme en el hermoso rostro de Nero, que ahora está congelado con una expresión vacía. Jamás volverá a dedicarme esa sonrisa torcida. Jamás tendré la oportunidad de conocerlo de verdad. Dioses, me he acostado con él y ahora ha muerto, fuera de mi alcance para siempre.

—Kestrel. —Al percibir el tono brusco de la Muerte, alzo la cabeza de golpe por puro instinto.

Él extiende las manos y me agarra de los hombros—.

Ahora eres parte de la Cinque . La Corte Menor buscará cualquier debilidad que pueda aprovechar contra ti.

Si te encuentran así de rodillas, entenderán que pueden conseguir que te arrodilles.

—Que te follen. —Al percibir un movimiento por el rabillo del ojo, me giro. Cato, la Sacerdotisa y Vesper me dan la espalda, una muralla humana que me oculta a ojos de quien se acerque por la calle—. ¿Qué…? ¿Por qué?

—Porque-somos-la-Cinque. —Me aprieta los hombros, clavándome sus huesudos dedos—.

Al margen de lo que creyeras que significaba, esto es más y a la vez menos que la verdad.

Nuestros votos suelen ser decisivos en los conflictos entre distritos.

Tanto los maestros gremiales como la Corte Menor harán todo lo que puedan para asegurarse de que tu voto los beneficia.

Si creen que eres débil, se esforzarán mucho más por doblegarte.

Trago saliva , intentando respirar para deshacer el horrible nudo que tengo en la garganta.

—¿Y qué te importa a ti lo que yo haga? Que piensen lo que quieran.

Él suelta el aire de un siseo y mira a un lado. Cuando vuelve a dirigir su mirada hacia mí, hay algo distinto en su expresión, algo cruel.

—Entraste en las Pruebas para encontrar respuestas sobre tu madre y para ocuparte de esa pequeña familia que tienes en los Sedimentos.

Intento echarme hacia atrás, pero me agarra con demasiada fuerza.

—No hables de ellos.

—Sé de su existencia y los demás miembros del Concilium se enterarán pronto, si es que no lo saben ya.

El único modo de proteger a esos niños, a ese viejo es siendo fuerte .

La gente fuerte no permite que sus oponentes la vean de rodillas ni sufriendo abiertamente.

Guárdate tus emociones, contrólalas. Puedes darte el lujo de sentirlo todo cuando estés a solas, en privado.

—Te odio —digo con tono apagado.

—Lo sé. Y, ahora, en pie.

No puedo evitar cerrarle los párpados a Nero con las yemas de los dedos.

Esto no debería haber sucedido. Si le hubiera hecho caso y me hubiese quedado en la casa de baños…

, ¿qué habría ocurrido?, ¿estaría pasando el duelo por Vesper y Cato en su lugar?

Odio que estas fuesen mis opciones. ¿Por qué no deja de morir la gente que me importa?

Mi madre, Mara, Nero. ¿Quién será el siguiente?

El leve repiqueteo de los cascos sobre la piedra me indica que la Muerte tenía razón: estamos a punto de tener compañía.

La Corte Menor ha venido a comprobar si de verdad han terminado las Pruebas.

Me restriego las mejillas, pero tengo los dedos secos.

A pesar de las horribles emociones que me recorren, no he derramado ni una sola lágrima por Nero.

Soy tan mala como los demás. Cierro los ojos y hago acopio de toda la fuerza que me queda.

Se ha acabado. Por más que odie a la Muerte, comprendo que tiene razón.

Ya habrá tiempo para el dolor cuando esté sola.

—Suéltame.

La Muerte espera un instante y, luego, se aparta.

—Hablaremos cuando estés lista.

Lo último que quiero hacer es pasar otro segundo más en presencia de este hombre, pero estoy tan entumecida que ni siquiera respondo.

Además, me debe varias respuestas. Hace un día, incluso hace unas pocas horas , habría estado dispuesta a pagar cualquier precio por esas respuestas, aunque ahora no estoy tan segura.

Cuatro carruajes de diferente color se las arreglan para llegar al mismo tiempo a pesar de venir cada uno desde una dirección.

El desprecio que siempre he sentido por la Corte Menor —y por los maestros gremiales y cualquier persona que tenga el privilegio de vivir en la colina en lugar de en los Sedimentos— se vuelve afilado y se me clava en el pecho: odio.

Aunque ya conocía su forma, esta sensación me resulta abrumadora y consume mi dolor, mi pena, todas mis emociones, convirtiéndome en un lienzo negro.

Los carruajes se detienen y, uno tras otro, se apean los reyes y reinas de cada corte.

A pesar de que estamos en mitad de la noche, todos van vestidos como si acabasen de salir de una fiesta.

Las mejores telas, los tintes más intensos, cada prenda hecha a medida de unos cuerpos a los que jamás les ha faltado nada por tener la suerte de haber nacido donde han nacido.

La Reina de Espadas es la primera en acercarse, con los brazos bien abiertos.

—Las Pruebas del Tarot han terminado. Los arcanos mayores han sido honrados como se merecen. Bienvenidos sean los miembros de la Cinque.

Nos llevan a los cinco campeones que quedamos hasta los carruajes.

La Sacerdotisa va con los Copas y su lenguaje corporal se suaviza a cada paso que da.

La Muerte me lanza una larga mirada que se me antoja una advertencia y, al tiempo, algo completamente distinto.

Luego se dirige al carruaje de los Bastos con la espalda recta y los hombros relajados, sin mostrar ni un ápice de la repulsión que demostró sentir hacia ellos anoche mismo.

Cato se acerca al Rey y la Reina de Pentáculos sin mirar atrás, quienes lo conducen hasta su carruaje mostrando una gran sonrisa, claramente disfrutando de la oportunidad de hablar con él en privado.

Los únicos que quedan son los Espadas. No sé si son mejores o peores que los demás. No puedo ni pensar . Lo único que quiero es huir, perderme entre las sombras hasta que tenga el tiempo y el margen suficiente como para procesar lo rápido que ha pasado esta situación de mala a incomprensible.

Vesper no pronuncia palabra mientras seguimos a la Reina de Espadas hasta el carruaje que nos espera.

Apenas me fijo en el rey. Debe de ser de mi altura, tiene la piel morena, lleva gafas y esboza una sonrisa amable en la que no confío ni por un momento, ni siquiera cuando le da un fuerte abrazo a Vesper.

—Lo has conseguido.

Vesper le devuelve el abrazo con idéntica vehemencia. Está claro que se quieren, que se quieren mucho. Quizá eso no me dé igual en el futuro, no lo sé. En este momento no consigo que nada de esto me importe.

—Lo he conseguido. — Vesper me mira por encima del hombro con cautela—. Gracias a Kestrel.