Capítulo 31
A pesar de mi miedo de no encontrar a Vesper, en cuanto salimos de la casa de baños —que ahora parece estar vacía—, se oye una lucha lejana.
Nero da un paso al frente y abre la marcha.
No sé cómo sentirme al respecto, pero no hay tiempo para discutir.
Corremos por la calle bajo la brillante luz del sol, que se adivina en la lejanía.
«Cato».
Si me ve llegar con la Torre , lo interpretará como otra traición, aunque me da igual que me odie con tal de que siga vivo.
No puedo controlar lo que sucedió anoche.
Tampoco los tratos que esté haciendo la Muerte entre bambalinas.
No puedo controlar nada . Pero eso no va a impedir que lo intente.
Se trata de mis aliados. De mis… amigos.
No sé qué venganza quiere cobrarse la Muerte con los Espadas, pero Vesper no va a pagar el precio, me niego.
Nero se adelanta enseguida, pues sus piernas son más largas y devoran la distancia que nos separa de la batalla, más estridente a medida que pasan los segundos.
Cuando gira un recodo, aprieto el paso todo lo que puedo, forzando a mi cuerpo maltratado a mantenerle el ritmo.
Con independencia de las promesas que me haya hecho, no puedo confiar en él.
Lo primero que hizo fue forjar una alianza con la Muerte , aunque este no quiere que yo muera, por lo que quizá con eso baste para que Nero se nie gue a matar a Cato y a Vesper. Pero no puedo estar segura.
Tan centrada estoy en aguantar su ritmo que no me doy cuenta de que se ha detenido y casi choco contra su espalda.
Me tambaleo en un intento de mantenerme en pie.
La escena que tengo ante mí corta las palabras bruscas que podría haberle dicho: Vesper y Cato están espalda contra espalda mientras el trío de los campeones restantes los rodea.
Son depredadores a la espera de que bajen la guardia.
Yo saco las hoces y dejo atrás a Nero. No sé cómo arreglar la situación, pero Vesper y Cato no van a luchar solos. Si puedo…
Solo he dado un par de pasos cuando algo se lía alrededor de mis tobillos y caigo sobre los adoquines. Mis hoces repiquetean por el suelo lejos de mi alcance. Giro hasta quedar bocarriba, lista para defenderme, pero Nero ya está pasando por encima de mí con la espada desenvainada.
¿ Va a matar a mis aliados? ¿Los va a proteger?
No estoy segura y, como no estoy segura, me abalanzo sobre mis hoces. La primera no está muy lejos, pero, al pasear la vista en busca de la otra, veo que está debajo de la delicada bota de la Estrella, que alza una ceja.
—De verdad, querida, ahora mismo te estás portando de ma nera muy exagerada. La Muerte se ha esforzado mucho para asegurarse de que sobrevives, a pesar de tu empeño en lo contrario. Sería una pena que no hubiera servido para nada.
Podría asesinarla ahora mismo. Aunque su arma es el veneno, tiene que tocarme para inoculármelo. Además, ha prometido que no va a hacerme daño, lo cual la pone en desventaja.
Vesper suelta un grito, apartando mi atención de la Estrella.
Tardaría demasiado en rajar por completo a la muy perra.
Tengo que intervenir en la pelea. Me pongo en pie y, dando por perdida la segunda hoz, corro tras Nero hacia el lugar donde la Muerte se enfrenta a mis aliados.
Aunque me atreviese a moverme entre las sombras, ahora mismo Cato emite demasiada luz.
«¿Seguirá ahí dentro el cadáver del Carro, podrido y hediondo?».
Da igual. No puedo hacerlo. Mi incapacidad me provoca alivio, una vergüenza que me llevaré a la tumba.
La Muerte enarbola la espada y consigue separar a Vesper de Cato.
Vesper se arroja a un lado, sin rastro de sus destellos púrpura: la suerte no está de su parte.
Malditos sean los dioses. Bastará un único corte para que la magia de la Muerte se ponga en funcionamiento y le arrebate a Vesper la vida de sus ojos castaños, de la tensa curva de su sonrisa, de la sagaz maraña de planes de su impresionante mente.
No quiero que muera. No quiero que muera nadie más.
Es un deseo imposible. Las Pruebas solo pueden acabar de una manera: con cinco campeones vivos y diecisiete muertos.
Es que no quiero que muera ninguno de mis seres queridos.
Quizá sea extremadamente egoísta por mi parte, pero así soy yo.
He cometido el error de dejar que Vesper se me acerque demasiado, de empezar a disfrutar de la arrogancia despreocupada de Cato, de caer en brazos de Nero, encontrando en ellos una comodidad y un placer que jamás habría imaginado.
Aprieto el paso y cruzo el espacio que me separa de Nero, que acaba de llegar hasta Cato. Sin pensarlo siquiera, lo aparto de un empujón. Él se desplaza varios pasos e hinca la rodilla, aún con la espada en ristre.
En cuanto a Cato…, alza la mano de golpe e interrumpe el rayo mortal de luz solar que estaba a punto de lanzarle al pecho a Nero. Sus ojos se desorbitan.
—¿Qué estás haciendo aquí? ¿Estás con ellos ?
—¡No! —No salvo la distancia que nos separa, solo alzo la mano libre. Detrás de Cato, Vesper vuelve a arrojarse al suelo y a rodar para evitar los golpes de la Muerte—. La Muerte quiere acabar con Vesper. Necesita nuestra ayuda.
En lugar de girarse en redondo, Cato mira de reojo a Nero, que se pone lentamente en pie.
Lo ve como un enemigo, y no piensa darle la espalda a ningún enemigo, ni siquiera para ayudar a Vesper.
Si vuelve a orientar sus rayos solares hacia Nero y este no se defiende…
Me muevo antes de que Cato tenga oportunidad de hacerlo, saltando delante de Nero con los brazos extendidos.
—¡Detente!
—Si no te apartas…
—No vas a hacer nada —dice Nero detrás de mí, y su fría voz se propaga rápidamente por el aire nocturno—. Si la tocas, la Muerte acabará contigo.
A Cato empiezan a temblarle las manos y sus oscuros ojos se desorbitan.
—Han de morir dos, Kestrel. Y yo no pienso sacrificarme.
—¡Yo no quiero que te sacrifiques!
La Muerte lanza un tajo y no acierta a Vesper por poco. Vesper no debería ser capaz de evitar todos los ataques, pero siempre se las arregla para quedar a un centímetro del filo de su espada. ¿Cuánto va a aguantar así? Sobre todo, si Cato decide luchar con Nero y conmigo.
«Mátalo. Es una amenaza».
Ignoro esa voz. Es cierto que Cato es una amenaza, pero me niego a creer que lo sea para mí .
Trata de sobrevivir, al igual que todos nosotros.
Cato quiere a su madre tanto como yo a Mouse y a los pequeños.
Durante las Pruebas, me ha protegido una y otra vez, mantenién dome con vida.
Sin su ayuda, yo habría muerto. Me da igual que esta noche me haya dado la espalda, pues entiendo por qué lo ha hecho.
Me da igual lo que me susurra la voz de la Luna, no pienso matarlo; al menos si tengo alternativa. Agarro su brazo con la mano libre.
—Cato, basta .
—Apártate de mi camino. — Me agarra de las muñecas y me arroja contra los adoquines del suelo con tanta fuerza que se me escapa el aire de los pulmones y siento un crujido en el cráneo que me provoca náuseas.
—¡No! —Alargo una mano, pero ya es demasiado tarde. La Muerte va a matar a Vesper. Cato va a matar a Nero, o quizá Nero vaya a matar a Cato. Sea cual sea el resultado, voy a perder a alguno de mis seres queridos. Agarro a Cato del tobillo—. ¡Detente, por favor!
Él me dirige una mirada rayana en el odio.
—¡Te largaste! Ahora no puedes exigir nada. —Libera el tobillo de un tirón y sigue acercándose a Nero, que aguarda con la espada alzada ante él en un ángulo que conozco bien.
Sin embargo, el arma se le cae de los dedos, de pronto laxos, golpeando el suelo con un repiqueteo que parece reverberar en esta encrucijada repentinamente silenciosa.
Nero suelta una tos húmeda y se lleva los dedos a los labios.
—¿Qué…? — Se desploma. La Estrella está justo detrás de él, poniéndose despreocupadamente los guantes de encaje.
— Hay que prestar más atención al entorno, querido. Hice un trato con la Muerte…, pero no contigo.
—No. No . —Recorro a gatas los adoquines que nos separan, sin apenas darme cuenta de las rozaduras en mis rodillas, ya magulladas, hasta estar agachada junto a Nero.
No, junto a Nero no. Junto a su cadáver .
La sangre le cubre los labios y sus ojos han quedado vacíos ante la presencia de la muerte.
Alargo una mano temblorosamente…, pero Cato me agarra de la muñeca.
—Ha usado veneno —murmura.
—Venga ya. No soy ninguna aficionada. Es interno. No brota de la piel de la preciosa princesa.
Alzo la vista hacia la Estrella, que parece ajena por completo a la violencia que acaba de ejercer, igual que siempre.
Se dedica a revolotear de aquí para allá soltando comentarios maliciosos y manipulando a quienes la rodean.
¿Cómo puede ser que ella viva y Nero muera?
Nero era más honorable de lo que ella llegará a ser jamás.
Ella ya ha tenido una oportunidad como miembro de la Cinque y no ha hecho nada para ayudar a nadie más que a sí misma.
Detrás de ella, la Sacerdotisa desaparece de repente. Solo intuyo su silueta acercándose a la Estrella por la espalda. En el sigilo con el que se desplaza quedan claras sus intenciones. En lugar de mirarla, me centro en la mujer que acaba de asesinar a Nero .
—Vas a pagar por esto.
—Por desgracia, pequeña, eso solo sucede en las historias que cuentan los Rubíes. —Se inclina con aire engreído—. En pocos instantes, la Muerte acabará con la Rueda de la Fortuna y toda esta tarea tan cansina habrá terminado. —Su sonrisa se ensancha—. De verdad, deberías aprender a jugar mejor.
La Sacerdotisa está casi encima de ella. Atisbo el leve destello de una hoja en su mano. No es del todo invisible, pero está claro que usa sus ilusiones para ocultar sus movimientos.
—Oye, Estrella.
La Estrella pone los ojos en blanco.
—¿Qué pasa?
Tengo la boca demasiado seca. No puedo pensar, no puedo sentir nada en absoluto.
—Quizá deberías prestar más atención a lo que te rodea.
—¿Qué…?