Capítulo 30 #2
Sin embargo, cuando vuelvo a salir del agua, con las manos alzadas en gesto defensivo , veo que está justo donde lo dejé. Y lo que es peor en muchos sentidos: parece realmente sorprendido y… ¿ dolido?
—Si te mueves, te mato —jadeo. No es una amenaza ni remotamente convincente. En el estado en que me encuentro ahora mismo, ¿qué podría hacerle yo?
«Húndelo en las sombras», susurra una voz en el fondo de mi mente.
Pero me niego. No pienso volver a hacerle eso a nadie jamás . Al menos si tengo alternativa, cosa que quizá no tenga ahora mismo.
¿Por qué no se ha movido?
Retrocedo hasta que mi espalda toca la tela que separa las dos mitades del cuarto.
—Por favor, no me obligues a hacer esto.
Nero se inclina hacia delante y apoya los codos en los muslos. No parece preocuparle en absoluto el hecho de estar desnudo, ni que yo vea las pruebas de todo lo que acabamos de hacer en su cara y su regazo.
—Prometí que no te haría daño. Iba en serio.
—Las Pruebas acabarán esta noche. No me irás a decir que no se te ha ocurrido aprovechar nuestra proximidad. —Su gesto de dolor se acentúa, así que le espeto—: ¡El sol ya se ha puesto!
—Lo sé. Ha sido mientras te corrías con mi lengua —habla lenta y francamente, sin presumir por haberme distraído.
—No… —Eso es imposible. Pero no puedo estar segura, ¿verdad? No estaba prestando atención. Estaba demasiado concentrada en estar presente en mi cuerpo, en perseguir el placer que me provocaba el contacto de este hombre—. No lo entiendo —susurro.
Aun así, Nero sigue sin moverse. Se percibe la angustia en su expresión .
—Aunque no hubiera sido parte del plan de la Muerte , no te habría hecho daño, Kestrel. Ya te lo dije , los dos queremos una Caelria diferente.
Dado que está claro que no pretende atacarme, bajo las manos.
—Por si no te has dado cuenta, todo el mundo de este maldito lugar miente más que habla. ¿Por qué ibas a ser tú diferente?
—Porque yo no soy de este lugar…, ni tú tampoco.
—Se mueve despacio, deslizándose por el borde de la bañera hasta quedar plantado en medio.
Todavía está a más de un metro de mí, pero me sigue pareciendo demasiado cerca—.
No somos miembros de la Corte Menor ni de los gremios, ni de nada parecido. Puedes confiar en mí.
—No, no puedo —digo a las claras , aunque entonces me doy cuenta de lo demás que ha dicho—. ¿A qué te refieres con «el plan de la Muerte»? Sé que dijo que no me haría daño, pero no te refieres a eso, ¿verdad?
Una vez más percibo algo en su rostro, como si no hubiera querido contar tanto.
—No es nada.
Desde luego que es algo . Sigo presionando:
—Cuéntamelo, Nero. Cuéntamelo todo ahora mismo, joder. ¿Qué está planeando la Muerte? ¿Te va a dar una recompensa por follar conmigo?
—No. —Niega vehementemente con la cabeza—. Si se entera, no le va a hacer gracia.
—¿Entonces qué ?
Está claro que no quiere contármelo, pero, si no vamos a luchar a muerte, más le vale empezar a darme respuestas . Al cabo, Nero suspira.
—Tras la primera noche, me oblig ó a darle mi palabra de que no te haría daño. Desde entonces, ha conseguido que tanto la Estrella como la Sacerdotisa le hagan la misma promesa a cambio de unirse a su alianza.
— ¿Qué? —La Muerte ya me dijo que no pretendía hacerme daño, pero obligar a otros a hacer la misma promesa es harina de otro costal—. La Muerte no tiene ninguna alianza con la Sacerdotisa y la Estrella. Se habían aliado con el Carro.
—Así es, pero tú le mataste.
Yo ya estoy negando con la cabeza.
—Eso no tiene ningún sentido. ¿Por qué no unirse a nuestra alianza y asesinar a la Sacerdotisa y la Estrella? Es un plan demasiado complicado.
—¿De qué alianza hablas, Kestrel? —Lo dice casi con ternura—. El Sol y la Rueda de la Fortuna te han dado la espalda.
—Por culpa de vuestro ataque.
—Eso no cambia nada. —Se encoge de hombros, pero cede al ver mi expresión, sea la que sea—.
La Muerte tiene sus propios planes, pero no los comparte conmigo.
Yo solo puedo sacar conclusiones de lo que hace.
Desconfía profundamente de los Espadas, por lo que no permitirá que ningún miembro de esa corte vuelva a tener voto en el Concilium.
Jamás habría aceptado una alianza con nadie que tenga que ver con los Espadas, por eso no lo ha hecho.
«Va a matar a Vesper».
Me pongo en marcha antes de acabar de formular ese pensamiento. Nero no intenta detenerme, pero sí que sale del agua y me sigue por la estancia. Yo agarro una toalla y me apresuro a secarme.
—¿ Qué haces?
—No podéis matar a Vesper.
Él suspira.
—Esta noche, yo no voy a matar a nadie. —Nero me toca el hombro—. Quédate aquí. Estaremos a salvo. Las Pruebas habrán acabado al alba.
Lo aparto de un manotazo .
—Nunca he sido una persona capaz de darle la espalda a la gente que le importa solo porque resulte conveniente y no lo voy a ser ahora. Vesper y yo tenemos una alianza.
—¿Seguro? No tardó en alejarse de ti cuando apareciste anoche. —Me mira con atención, pero no intenta volver a tocarme—. No confía en ti. Y tampoco el Sol: si la Muerte le hubiese propuesto una alianza a cambio de tu vida, habría aceptado sin dudarlo.
Tiene toda la razón. Al margen de todo lo demás, Cato es un superviviente y está resuelto a sobrevivir para proteger a su madre. Yo no pretendía traicionar su confianza, pero las intenciones importan menos que los hechos.
—Yo no controlo sus decisiones.
—Kestrel…
—No. —Me pongo la ropa y maldigo este corpiño que se me queda atascado en los hombros… hasta que Nero me lo coloca de un tirón. Lo asesino con la mirada—. No necesito tu ayuda.
—La tienes igualmente . —Por una vez, casi parece nervioso—. No me he acostado contigo para engañarte. No pretendía que sucediese. De verdad que pensaba que estabas ahogándote y trataba de salvarte. Y entonces …
Y entonces. Por más que ahora quiera estar enfadada con él, no lo consigo. Nero intentó resistir la atracción entre ambos. Yo no.
—Lo sé.
—Bien. —Suelta el aire lentamente —. No vas a permanecer en esta estancia hasta el alba , ¿verdad?
—Anoche no tuve más alternativa que quedarme quieta mientras mataban a uno de mis seres queridos.
—Siento una punzada en el pecho al recordar la cara de Mara.
¿ Es eso cierto? ¿Podría haber hecho algo?
En cuanto me presionaron para que me que dase en mi asiento, cedí al instante .
Es algo con lo que tendré que lidiar durante el resto de mi vida.
Carraspeo—. Vesper y yo tenemos una alianza.
No permitiré que la Muerte le haga daño, ni a Cato tampoco.
Tras lo que parece ser un rápido debate interno, Nero asiente.
—Está bien. Dame un momento para vestirme y te ayudaré.
Yo parpadeo.
—¿Disculpa?
—No pienso luchar contra la Muerte. —Alza una mano—. Dio su palabra de que no haría daño ni a la Estrella ni a la Sacer dotisa, pero yo no. Si las matamos antes de que caigan la Rueda de la Fortuna y el Sol , todo habrá acabado.
—No puedo confiar en ti.
Él se encoge de hombros.
—No tienes motivos para desconfiar de mí. He mantenido mi palabra.
—Estás rompiendo tu alianza con la Muerte. —« ¿Por mí? ». No consigo pronunciar esa última parte. Sí, hemos alcanzado un entendimiento porque los dos somos foráneos. Sí, acabamos de acostarnos. Pero… estamos hablando de la Muerte . La Torre está arriesgando su vida por mí.
Él esboza una leve sonrisa.
—Supongo que sí.
No hay nada más que decir. Puedo confiar en él o puedo no hacerlo. Agarro mis botas.
—Vístete rápido. Quiero largarme de aquí lo antes posible.
No hace falta que se lo diga dos veces. Nero aparta la tela divisoria y se acerca a su ropa pulcramente doblada en un montón.
Estoy a punto de caer en la tentación de contemplar cómo se viste, pero el tiempo apremia, así que me aparto y me pongo las botas.
Luego me coloco el arnés de las hoces y ya estoy vestida.
No tengo un aspecto tan elegante como esta mañana, pero me da igual.
Al girarme compruebo que Nero también se ha vestido, aunque no se ha puesto esa capa tan teatral e innecesaria que llevaba. Toca la empuñadura de su espada, que asoma por detrás de su hombro, como si quisiera asegurarse de que sigue ahí.
Yo me dirijo a la puerta.
—Vamos.
La capacidad de Vesper de aprovechar sus conocimientos sobre los barrios de la colina depende de que ponga distancia con los demás campeones. Sin mi magia para moverse entre las sombras, no habrá podido alejarse suficiente de quienes lo persiguen.
Ha pasado casi una hora desde el ocaso. Es demasiado. Es demasiado, maldita sea. El miedo intenta adueñarse de mis extremidades, mi corazón y mis pulmones, pero lo ahuyento. No puedo permitirme tener miedo. Debo actuar.