Capítulo 30
L a boca de Nero sabe como el final de absolutamente todo.
Mi mundo entero se hace pedazos. Él me aprieta contra sí y me devuelve el beso, como si no fuera a tener ninguna oportunidad más de experimentar esto.
Quizá sea así. Yo podría morir esta noche.
Podría morir él, aunque me parece menos probable . Dioses, podríamos morir los dos .
Esto es un error, pero jamás me he encontrado con un hermoso error que no quisiera hacer mío. No ha salido bien ni una sola vez, y esta tampoco lo hará. Me da igual.
Me suelta solo un instante, pero para agarrarme por los muslos y alzarme, de manera que pueda rodearle la cintura con las piernas.
Pensaba que estaba preparada para sentir su cuerpo contra el mío, pero no hay modo alguno de prepararse para esto.
Es pura fuerza y músculos marcados, y me sostiene sin la menor dificultad mientras me devora la boca .
Resulta abrumador. Jamás me he sentido tan viva.
Le hundo las manos en el cabello y giro su rostro en el ángulo exacto que necesito para devorarlo yo también. Gime pegado a mis labios, un sonido ribeteado de un ansia tan profunda que me arrebata el aliento.
Aunque yo hubiera sido tan necia como para imaginarme besándolo, deseando más, jamás habría podido anticipar esto . Nero se ha mostrado muy contenido desde el momento en que nos conocimos. Y sus deslices no han sido más que eso…, deslices. Esto es totalmente diferente.
Me alza aún más y me recorre con la boca desde el cuello hasta el pecho. Los dos estamos mojados por el baño, resbaladizos por el aceite del masaje , pero su agarre es férreo. Mordisquea la parte inferior de mi pecho derecho y, luego, atrapa mi pezón con la boca.
Ahora me toca a mí gemir y retorcerme para él.
Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que me tocaron con deseo en lugar de con violencia.
El ansia florece en mi interior, exigiéndome que tome, tome y tome más de él, porque esta oportunidad no volverá a aparecer.
Yo no debería estar aquí ahora mismo, pero la advertencia se desvanece cuando Nero cambia ligeramente de postura y me acaricia el coño con las yemas de los dedos .
Nos quedamos petrificados. Creí que ya habíamos pasado el punto de no retorno, pero me equivocaba. Está aquí, ahora, en este momento. Nero me contempla con sus ojos completamente negros, lamiéndose los labios.
—¿Kestrel?
—No pares. —Muevo las caderas, intentando guiarlo para que me toque con más firmeza.
Vacila solo un instante. Luego atraviesa el agua hasta el borde de la bañera, donde me deja y me abre del todo los muslos. Y entonces se limita a… contemplarme, como si quisiera memorizar cada momento.
Yo también lo contemplo. Es tremendamente hermoso , con los hombros anchos y el pecho esculpido.
Bajo la titilante luz de las velas, encuentro con la mirada lo mismo que han hallado mis dedos: cicatrices.
Muchas, muchas cicatrices . Apenas las noté cuando estábamos frente a frente, pero ahora no veo otra cosa.
Líneas de tajos que cruzan su pecho y su vientre, algunas tan grandes que es todo un milagro que haya sobrevivido.
Tiene una cicatriz en la cadera izquierda que parece una quemadura, pero no lo sé a ciencia cierta.
—Nero…
—Quiero saborearte. —Se arrodilla sobre el asiento tallado de la bañera y recorre con los dedos la parte interior de mis muslos. Parece hacerlo con reverencia , pero eso no es posible. Esto no es más que sexo. Sexo imprudente y temerario.
Inclina la cabeza y abarca mi coño con la boca. Todo pensamiento, toda capacidad de hablar desaparece con el lento roce de su lengua. Echo la cabeza hacia atrás y gimoteo. Llevo las manos a sus cabellos y me lo acerco al clítoris.
—Ahí. Por favor. Necesito…
No hace falta que se lo diga dos veces. Me besa, chupa y, finalmente, alcanza el ritmo que me altera la respiración y me arranca pequeños gemidos con cada aliento.
La presión aumenta cada vez más de un modo abrumador, convirtiéndome en una criaturilla que se deshace entre gimoteos, que le suplica que no pare.
Y Nero no para. Me agarra de los muslos y me mantiene con las piernas separadas mientras me lleva hasta un orgasmo que me arquea la espalda y me arrebata todo lo malo que me ha sucedido, al menos durante unos segundos.
No basta. Lo necesito dentro de mí y lo necesito ahora mismo. Tiro de su cabello con demasiada fuerza.
—Ven aquí .
Nero me obedece, con los ojos desorbitados y la parte inferior de la cara mojada con mi deseo.
Lo vuelvo a besar, deleitándome con mi propio sabor en su lengua .
Aunque me siguen temblando las piernas, soy yo quien lo obliga a sentarse en el borde de un empujón.
Casi me caigo cuando cambio de postura para ponerme a horcajadas sobre él, pero Nero me agarra y evita que quede como el culo.
Con un rápido vistazo a su cara, compruebo que no hay en ella ni rastro del humor que podría ahogar mi deseo.
Solo veo ansia, tanta ansia que podría tragarse el mundo entero y seguir pidiendo más.
Yo no puedo darle el mundo, ni siquiera puedo darle una noche entera.
Lo único que puedo darle es este instante, tendrá que bastar.
Agarro su carne, larga y gruesa.
—¿Sí?
—Sí. —La palabra le sale atormentada, como si lo tuviese agarrado por la garganta con dedos trémulos.
Subo un poco para colocármela justo en la abertura.
Aunque mi anterior orgasmo me ha dejado empapada, la tiene tan gorda que va a costar encajarla.
Nero aprieta la frente contra la mía mientras me la voy introduciendo con dificultad.
Su respiración está más alterada que cuando luchó conmigo la primera noche.
Sus dedos se crispan sobre mis caderas. No intenta guiarme, solo me acompaña en el movimiento.
—Por los dioses, Kestrel, joder. —No sabía las ansias que tenía de hacer que este hombre perdiese el control hasta que lo veo. Hasta que soy yo quien se lo hace perder. Le doy un beso en la comisura de la boca, en la mandíbula.
—Confía en mí. —Sigo murmurando incoherencias mientras acabo de deslizármela dentro del todo. Él se tensa.
—No te muevas.
—¿Qué?
Nero se echa hacia atrás y cierra los ojos.
—Dame… un segundo.
No quiero. Quiero mover las caderas y llevarlo hasta el clímax a su pesar.
Nadie me había deseado tanto en mi vida.
Me siento poderosa de un modo que no durará, pero me da igual.
Agarro su rostro y me lo acerco para besarlo de nuevo.
Rozo levemen te sus labios con los míos, y luego otra vez.
La tercera vez, Nero susurra mi nombre y yo pierdo el control.
Me sujeto a sus hombros para afianzarme y nuevo las cader as. La baldosa se me clava en las rodillas, pero el dolor me asegura que esto es real, que no es mentira. Rara vez es la vida una única cosa, así que no confiaría en nada bueno que no viniera acompañado de algo malo.
Nero baja la vista al punto en el que estamos unidos, con la mandíbula tensa.
—Kestrel…
—Confía en mí. —Deslizo mi mano libre por mi vientre hasta acariciarme el clítoris—. Yo me ocupo del placer de los dos.
Suelta un suspiro tembloroso y me agarra del culo, manteniendo el mismo ritmo aunque yo esté a punto de flaquear porque se acerca un segundo orgasmo.
Esta vez, al correrme, lo arrastro hasta las profundidades conmigo.
Me dejo caer sobre su pecho, agotada por completo, y Nero me rodea con brazos trémulos.
Pronto llegará el remordimiento, pero no puedo negar el absoluto alivio que supone dejarme llevar en este instante sin ningún tipo de expectativa.
Nero me acaricia la espalda con una mano, un roce lo bastante tierno como para que se me agriete levemente el corazón.
—Kestrel.
—Nero. —Sonrío, pegada a su pecho —. Probablemente esto ha sido un error.
—Sin la menor duda . —Pero no suena como si ya estuviese pensando en las posibles consecuencias, sino que habla con indolencia, pues el placer perdura. Detiene la mano justo en el centro de mi espalda—. ¿Qué tienes aquí?
Ya sé a qué se refiere : a la cicatriz que me recorre horizontalmente la columna.
—Uno de los muchos encontronazos que he tenido con los Bastos a lo largo de los años. Ella blandía una maza y yo no fui lo bastante rápida, aunque conseguí escapar .
Me da un beso en la sien.
—Lo siento.
—Mis cicatrices no son nada comparadas con las tuyas. —Me echo hacia atrás lo justo como para tocar la que le cubre el hombro. Es una cicatriz protuberante, no tan limpia como las otras, las plateadas—. Aquí parece que intentasen arrancarte el brazo de un mordisco.
Si le resulta raro estar teniendo esta conversación mientras sigue dentro de mí, no hace el menor movimiento para poner espacio entre los dos. Yo tampoco. Nero se encoge de hombros.
—Cuando vives en un lugar sin murallas, a veces los habitantes de las tierras salvajes se cuelan.
—No hay mucho más que decir, pero tomo nota mental de volver a abordar el tema en la siguiente cita…
, si es que sobrevivimos, si conseguimos entrar en la Cinque.
Como si esa mera idea abriese una puerta, la realidad cae como un jarro de agua fría .
Había perdido la noción del tiempo entre los brazos de Nero, pero el ocaso se…
«Ay, mierda».
Ya se ha puesto el sol. Ni siquiera me había dado cuenta . Estaba demasiado ocupada corriéndome gracias a la polla de Nero como para pensar en el hecho de que, básicamente, le estoy ofreciendo la garganta al mayor depredador de todos los campeones.
Me echo hacia atrás, resuelta a poner tanta distancia entre los dos como sea posible. Las velas están demasiado lejos, la habitación es demasiado pequeña. Joder, voy a morir .
Caigo al agua y me hundo, pero solo un instante . Un instan te demasiado largo. He visto lo rápido que se mueve Nero cuando quiere. Lo único que tiene que hacer es inmovilizarme bajo el agua y dejar que esta se me meta en los pulmones y acabe con todo lo que tanto me he esforzado por conseguir.