Capítulo 29 #2
—Todo. —Alzo la mirada hacia el techo y me cuesta percatarme de que también está embaldosado.
La luz de las velas titila sobre los mosaicos azules de un modo muy elegante.
Es muy hermoso . Todo en esta casa de baños es hermoso y relajante .
Ojalá hubiera tenido dinero para venir antes a un sitio así, para traer a Mara antes de que… Siento una punzada en el pecho y digo:
—Nada de este lugar es lo que parece. Ni nadie. Todo el mundo miente , juega a jueguecitos y espera que hagamos lo mismo.
—Lo que haga todo el mundo da igual.
Parpadeo lentamente.
—Claro que no da igual. Tienen el poder.
—Aun así, da igual. —Cambia de postura y su voz también cambia, como si ahora estuviese de cara a la tela que nos divide—. No puedes controlar lo que hacen, Kestrel. Solo puedes controlar lo que haces tú, quién eres tú. Eso no te lo pueden arrebatar, por más jugadas que hagan.
—No quiero participar en esto —susurro—.
Entré en las Pruebas buscando respuestas.
Pretendía hacer de Caelria un lugar mejor para la gente que no tiene voz, poder ni dinero.
No quiero tener que asesinar ni perderme en circunloquios constantes porque, de lo contrario, la gente pensará que soy una necia y que se me puede aplastar sin dudarlo.
—Tú puedes ser quien quieras y lo que quieras. —Lo dice con naturalidad , como si pronunciarlo en voz alta pudiese hacerlo realidad—. La Corte Menor no te puede arrebatar eso, por más que se esfuerce.
—Nada es como yo pensaba, como se suponía que iba a ser. —Inspiro hondo, lenta y deliberadamente—. Estoy muy cansada, Nero.
—Tus motivos para entrar en las Pruebas son más válidos que los de la mayoría de los demás campeones. Los Sedimentos te necesitan. Tu familia te necesita . —Suena tenso por primera vez desde que empezó esta conversación .
—Mi familia… —Suelta una risa estrangulada—.
La mujer que murió en el estadio anoche era mi mejor amiga.
Más que una amiga, en realidad. Ella no quería que entrase en las Pruebas, pero me apoyó aunque no estaba de acuerdo con mi decisión.
Prometió cuidar de mi familia mientras yo no estaba.
—Cada palabra es un cuchillo clavándose en mis pulmones.
Un cuchillo que se retuerce, se retuerce, se retuerce —. Y ahora ha muerto.
—Lo siento. —Suena como si lo sintiese de verdad.
—La persona que los Bastos trajeron al estadio… ¿qué relación tenía contigo?
Nero guarda silencio durante unos instantes.
—Era un posadero. Yo tenía suficiente dinero para viajar hasta Caelria después de la muerte de mi familia, pero se me acabó poco después de llegar.
Me dejó quedarme en su granero a cambio de limpiar los establos.
Ya tenía un chico al que pagaba por hacer esa tarea, así que no le hacía falta darme un espacio seguro para dormir ni tres comidas al día.
Lo hizo porque era bueno. Y ahora ha muerto.
La sensación de mi pecho se agrava.
—Lo siento.
—Sí, yo también.
El agua está caliente y huele muy bien. Lo único que quiero es hundirme y no volver a salir jamás a la superficie.
—¿Es esto lo que implica ser miembro del Concilium?, ¿ ser lo bastante poderoso como para cumplir nuestra misión, pero no para mantener a salvo a nuestros seres queridos? —digo con voz tomada—. Ser miembro de la Corte de Espadas no salvó a Vesper cuando era joven. Nadie está a salvo.
—No te atrevas a rendirte.
—No voy a rendirme. — Al menos eso creo. No quiero morir, así que la única opción que me queda es vivir. Matar. Sobrevivir—. Yo solo quiero cerrar los ojos durante un rato.
—Kestrel…
No quiero oír nada más. Podemos seguir dándole vueltas a lo mismo y tener en mente nuestras metas para seguir adelante, pero ahora no quiero dar ni un paso más.
Me meto bajo el agua sin cerrar los ojos.
Mi objetivo no es la oscuridad, sino el silencio.
Bajo la superficie, justo eso es lo que me sale al paso.
Sin preguntas, sin respuestas más allá de mi alcance.
Me limito a estar ahí, con la presión del agua a mi alrededor.
No es como el espacio entre las sombras, donde no hay nada que me ancle a la realidad.
La luz parpadea sobre la superficie de la bañera en las alturas y el peso del agua es muy real.
Me hundo hasta el fondo y me acomodo sobre la piedra, ligeramente rugosa, una piedra dura que no cede ante mi contacto.
Me arde el pecho, pero ignoro la sensación. No quiero dejar esta paz perfecta. Aún no, hasta que no me quede otra alternativa. La realidad siempre viene, quiera yo o no. Esta vez también lo hará, pero no hasta que yo lo decida.
Atisbo un leve movimiento en mi campo de visión que me lleva a girar la cabeza, pero soy demasiado lenta. Entreveo la sombra de un cuerpo pálido y noto unas manos fuertes agarrándome de los brazos y subiéndome hasta la superficie de un tirón.
Jadeo al sentir el dulce aire abrasándome los pulmones y contemplo los oscuros ojos de Nero, frenéticos.
—¿Qué haces?
—¿Qué haces tú ? —Me zarandea, con tanta fuerza que sospecho que me saldrán moretones. Eso si no sobrevivo tanto como para que la Luna me cure—. No puedes rendirte.
—No me estoy rindiendo. —Intento apartarlo de un empujón, pero me quedo en blanco en cuanto toco su piel desnuda.
Viste lo mismo que yo, es decir, nada en absoluto.
Contemplo mis manos sobre su pecho. Está más pálido aún que yo , su piel es tan blanca como la Luna—.
Nero… —No sé qué decir. No sé nada en absoluto.
Él afloja su agarre, aunque solo un poco.
—Kestrel. —Inspira hondo, expandiendo su pecho bajo mis manos. Echa la cabeza hacia atrás y cierra los ojos, con gesto de dolor—. Kestrel, por favor.
Uno de los dos tiene que apartarse ya. Esto es el colmo de la imprudencia, prácticamente un suicidio. Aunque el sol siga en el cielo, la luna se alzará pronto y, cuando lo haga, se espera que luchemos a muerte.
—Nero —susurro. La verdad florece en mi interior, esa misma que llevo ignorando con todas mis fuerzas desde el momento en que me desperté tras ser tocada por la Luna y comprendí que nada de las Pruebas era lo que yo esperaba—. Tengo mucho miedo.
Él inspira hondo y, de alguna manera, se acerca más a mí.
Baja las manos de mis brazos a mis caderas.
En este momento se convierte en alguien diferente.
No es solo un campeón, ni siquiera es la Torre, que debería ser un enemigo, pero es la única persona a quien entiendo.
Apoya los dedos en la curva de mi culo. Su contacto es ligero, casi inexistente, ni lo sentiría de no ser porque hasta el último resquicio de mi ser está concentrado en él.
Pero sí que lo siento. La leve presión que ejerce me atraviesa como un rayo. Su corazón se desboca bajo mi mano. Si yo no estuviera ahogada por el estruendo de mi pulso, quizá oyese el suyo.
Finalmente, Nero abre los ojos, con las pupilas dilatadas.
—De mí no tienes que tener miedo.
—Lo sé. —Y es verdad.
Lenta y agónicamente, Nero lleva una mano a la parte baja de mi espalda y alza la otra para apartarme el cabello húmedo de la cara con una caricia. No quita la mano una vez que lo consigue, sino que acuna mi rostro, mirándome a los ojos con toda intención .
—No voy a hacerte daño.
«¿Y si quiero que me lo hagas?».
No soy tan temeraria como para decir eso en voz alta, al margen de lo que esté sucediendo aquí.
Ahora me siento cómoda en mi propia piel por primera vez desde que me entregué a la Luna .
Ni siquiera me había dado cuenta de lo extraño que era todo hasta este momento en que me siento yo misma : Kestrel, una mujer que conoce su fuerza y su determinación. Una superviviente.
Pero no soy solo Kestrel. Ya no .
—Yo tampoco quiero hacerte daño —digo suavemente—. Me da miedo lo que pase esta noche.
—No tendrás que decidir nada . Te lo prometo. —Me acaricia el pómulo con el pulgar , tocándome como si estuviera hecha de vidrio en lugar de fango, sangre y acero.
No puede hacerme esa promesa, pero en ese momento lo quiero un poco por la clara intención de sus palabras, porque lo dice con sinceridad. La expresión de Nero es totalmente franca y su deseo lleva mi nombre.
Me muerdo el labio inferior y tiemblo cuando su mirada se posa en mi boca.
Me he acostado con varias personas a lo largo de los años, pero nadie me ha mirado como me mira él, como si fuera a morir si dejo de tocarlo.
No hay ningún artificio, no hay ningún juego ni flirteo en la profundidad de su deseo. Me quiere a mí. Me necesita incluso.
Al final deja la decisión en mis manos. No tengo razón alguna para confiar en él, para creer que, si doy un paso atrás y salgo del baño, me respetará y me dejará marchar.
De todos modos, sé que es así. Por eso deslizo las manos hasta sus hombros, recorriendo con los dedos las cicatrices que cubren su pálida piel.
Le acuno el cuello con la mano, aplicando una leve presión, y Nero se inclina como un junco ante un vendaval. Su rostro desciende hacia el mío.
Y, aun así, no salva esa última distancia diminuta entre los dos. Me deja la elección a mí. Me permite llevar la voz cantante. Como si hubiese podido haber un destino diferente desde el momento en que me sonrió cuando contemplamos juntos el alba por vez primera.
Y, así, beso a Nero.