Capítulo 29
L os campeones —excepto Vesper y Cato— son las únicas personas en la estancia, aparte de los acompañantes Rubíes y la Reina de Espadas, que está ahí plantada, ociosa, con una co pa de vino en la mano.
El sitio es demasiado pequeño como para prestarse a intrigas, pues oigo sin problema cada palabra de la conversación entre la Estrella y la Sacerdotisa, que se están sirviendo sendas copas de vino.
Aun así, busco instintivamente a la Muerte.
Si pudiera hablar con él, aunque tengamos que andarnos con ojo sobre qué decimos, quizá pudiese…
Pero ya es demasiado tarde: la Muerte está saliendo de la estancia con un acompañante.
Suelto un suspiro tembloroso y noto mi corazón como si acabase de correr una gran distancia.
No paro de darles vueltas a mis ideas, cada vez más rápido.
Todo esto es demasiado, lleva siendo demasiado desde el momento en que subí al escenario, desde que se lo ofrecí todo a la Luna. Estoy condenadamente cansada.
Me acerco a la fila cada vez menor de asistentes que esperan junto a la Reina de Espadas.
—Estoy lista.
—Disfruta de tu tiempo con los Espadas, campeona de la Luna. —La reina señala a una mujer alta de piel aceitunada y cabello ondulado—. Sophia se ocupará de ti.
No sé por qué me sorprende que conozca el nombre de la ayudante.
Sería algo propio de Vesper, un pequeño gesto tan considerado como calculado.
Asiento y salgo de la habitación con Sophia, que me guía en silencio por el edificio hasta que llegamos a dos puertas que parecen estar demasiado cerca una de otra.
Con un rápido vistazo, compruebo que todas las puertas van en parejas.
En cuanto entro en la habitación, comprendo por qué. La risa que se me escapa no es ni amable ni alegre. Es seca y tan amar ga que incluso la saboreo.
—Por supuesto. Sabía que esto era demasiado bueno para ser verdad.
La estancia es más grande de lo que esperaba…
porque las dos puertas del pasillo dan al mismo sitio.
El único resquicio de intimidad lo proporciona una tela semitransparente que recorre el espacio.
Cuelga sobre la piscina que hay dentro, rozando el agua, aunque sin llegar a dividirla .
Van a meter aquí a otro campeón y, luego, el sol se pondrá y estaré atrapada. Malditos sean.
El suelo de la estancia es de baldosas, parecido al de los baños principales. También veo media docena de mesas con velas encendidas, que proporcionan una atmósfera oscura e íntima. Se supone que esto es relajante. No lo sé.
Inspiro hondo una vez, y luego otra. Todo va a ir bien. Será fácil apagar de un soplo estas velas, con lo que se creará suficiente oscuridad como para esconderse. Puedo usar las sombras…
Se me encoge el estómago y tengo que cerrar los ojos para concentrarme en respirar durante unos cuantos segundos.
El recuerdo de aquella implacable oscuridad me golpea.
Si intento usar las sombras para moverme, ¿acabaré allí dentro de nuevo?
La idea me pone la piel de gallina por todo el cuerpo.
Aunque ahora sepa cómo salir, no puedo dominar este miedo, que me exige que evite ese lugar imposible.
—Campeona de la Luna.
—¿Sí?
Miro hacia Sophia, plantada junto a una mesa del mismo tamaño que la cama del templo.
—Voy a salir para que te desnudes. Puedes dejar tu ropa y tus armas aquí .
—Señala un banco que no he advertido del primer vistazo —.
Por favor, luego ponte bocabajo para que empecemos.
—Se desplaza por la habitación y enciende una vela más en cada mesa.
Casi de inmediato se propaga por el espacio un aroma suave y relajante.
Con cada inspiración que doy, mis pulmones se van distendiendo un poco más.
Esto no tiene sentido. No dejo de darle vueltas a la cabeza, pero todo mi cuerpo se relaja, músculo a músculo, hasta que me siento laxa, casi inerte.
—Deja que las velas cumplan su cometido. —Esboza una dulce sonrisa—. Los campeones habéis pasado por mucho. Nos ocuparemos de vosotros. Túmbate y relájate . Volveré enseguida.
Podría protestar. Debería protestar. Si hay algo peor que la posibilidad de tener que luchar por mi vida en este espacio cerrado es hacerlo desnuda. Pero aún faltan horas para el ocaso y estoy increíblemente cansada de luchar.
Con un profundo suspiro empiezo a desnudarme.
El banco está apoyado contra la pared opuesta a la puerta, a algo más de un metro de la mesa, así que puedo rodar sobre mí misma y agarrar las hoces en un instante.
No voy a estar indefensa. Independientemente de los trucos que intenten poner en práctica los Espadas, esto es preferible a lo que nos hicieron los Bastos.
Y, aun así, una mosca atrapada en miel sigue estando tan muerta como una a la que aplastan de un manotazo en el aire.
Doblo mi ropa y deposito con cuidado las hoces sobre ella, con las empuñaduras hacia mí, listas para que las agarre a toda prisa.
—Odio esto —susurro. Sabía que las Pruebas serían difíciles, pero no esperaba el asco que me despierta la violencia. No esperaba que esa violencia salpicase a las personas a las que más quiero en todo el mundo.
Me meto bajo la suave manta que hay sobre la mesa y, en cuanto me tumbo, las velas aromáticas parecen multiplicar por diez su intensidad.
Noto mi cuerpo flácido y raro. La sensación aumenta tanto que me envuelve el cerebro, tornando mis pensamientos lentos y nebulosos.
Como buena necia que soy, no me visto de inmediato para salir corriendo de la habitación, sino que me quedo aquí tumbada, flotando.
Un sonido me impulsa a girar la cabeza , lenta, muy lentamente.
Veo que las velas del otro lado de la pálida tela que divide la habitación en dos también se han encendido y llega hasta mí una voz grave, pero no comprendo las palabras que pronuncia.
Solo cuando el aroma de las velas aumenta y la puerta se cierra advierto que hay otro campeón tras la tela divisoria .
Bajo la neblinosa luz de las velas atisbo una figura alta de hombros anchos y… Oh, dioses, es Nero.
Intento tensarme, pero la orden se pierde en alguna parte. Solo puedo quedarme tumbada, indefensa. La silueta de Nero se quita la camisa y se inclina para bajarse los pantalones. Se me acelera el corazón, pero es la única reacción que me permite este relax forzado. Eso y una breve inspiración .
No hay modo de que Nero lo haya oído por encima del suave murmullo del agua en la piscina. Sin embargo, se gira hacia la tela divisoria con un movimiento que no es tan rígido como acostumbra.
—¿Kestrel?
Me dispongo a responder justo cuando se abre la puerta y entra Sophia. Es mejor así. Ahora mismo no estoy pensando con claridad por culpa del aroma de esas velas, que me enfanga los pensamientos y los instintos.
La sensación aumenta mientras Sophia se unta aceite caliente en las manos y empieza a darme el masaje.
No puedo ni pensar mientras alivia mis contracturas.
Que una desconocida me toque así mientras estoy tan vulnerable debería bastar para que me tensase de pánico , pero el miedo no penetra el muro de vidrio que me rodea.
Veo ese miedo, sé que debería estar experimentándolo , pero no llega hasta mí.
En algún momento, Sophia hace que me dé la vuelta y empieza a masajearme el cuello y la parte frontal del cuerpo. Me siento muy bien. Demasiado bien. Se detiene en la parte superior de mis muslos.
—¿Te gustaría…?
De pronto comprendo a qué se refiere, lenta y pesadamente. Niego con la cabeza de inmediato .
—No. —Por mucho que respete a los Rubíes, no puedo aceptar este tipo de servicio en estas condiciones, compartiendo habitación con la Torre, separada por un lienzo. Carraspeo—. Pero gracias .
—Por supuesto. —Sonríe—. Cierra los ojos. Casi he acabado.
No tomo la decisión consciente de obedecer, pero los ojos se me cierran de todos modos.
Cuando Sophia acaba con mis pier nas, dedica algo de tiempo a trazar unos círculos delicados en mis sienes con las yemas de los dedos.
Tras una última caricia en la parte superior de la cabeza , se aparta de mí.
Soy vagamente consciente de que la puerta se abre y vuelve a cerrarse. Se ha marchado de la habitación.
Me resulta muy tentador dejarme llevar, pero mi instinto de supervivencia no ha desaparecido por completo.
Dormirme tan cerca del ocaso sería extremadamente necio por mi parte , así que hago un esfuerzo por moverme y bajo de la cama…
, pero estoy a punto de caer de culo porque mis pies aceitados resbalan sobre las baldosas.
Esto no va a salir bien. Miro despacio en derredor y reparo en una pequeña caja con viales de cristal junto a la bañera.
Tardo el doble de tiempo de lo normal en llegar hasta el borde de la bañera y meterme en el agua caliente.
Sin embargo, una vez que me he sumergido hasta las caderas, me resulta difícil mantener la misma urgencia que me ha obligado a moverme.
Me hundo en el asiento curvo de piedra, de una altura perfecta para que el agua me llegue justo hasta la barbilla .
La sensación que me ha provocado el masaje y las velas aumenta hasta que tengo el cuerpo tan laxo que bien podría flotar.
—Qué listos han sido.
No me sobresalto . Estoy demasiado relajada como para reaccionar a la voz de Nero.
—Odio esto. —Giro la cabeza lo suficiente para mirar entre las sombras titilantes de la tela divisoria. No veo a Nero, pero suena demasiado cerca como para sentirme tranquila . Demasiado cerca para estar en el mismo baño al otro lado de esta ridícula tela. Me recorre un escalofrío al pensarlo.
—¿Qué parte es la que odias? —Habla más bajo que nunca, con un tono acaramelado.