Las Pruebas del Tarot Capítulo 28 #2
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Capítulo 28 #2

Salgo del templo . El sol no está a la vista, se oculta tras un banco de nubes bajas.

Suelto un suspiro de alivio por pura costumbre.

Han pasado semanas desde la última vez que llovió y nuestras reservas estaban cada vez más bajas.

No tenemos elegantes depósitos de agua, como la gente de la colina, pero nuestros barriles nos sirven de sobra.

Mouse no tendrá que gastar dinero en agua. Bien.

La sensación de que alguien me observa me provoca un hormigueo en la piel.

Al pasear la vista en derredor, mi mirada aterriza sobre Cato, que está cerca de su templo con los brazos cruzados.

Tiene tan buen aspecto como siempre. Lleva un kilt de un intenso tono dorado y una larga pieza de tela sobre un hombro.

Su piel resplandece formando patrones que no alcanzo a identificar en la lejanía.

Doy un paso hacia él, decidida a explicarle todo lo sucedido anoche, pero, al instante, Cato gira en redondo y se aleja hasta desaparecer tras la esquina del templo.

De verdad piensa que lo abandoné. Se me hace un nudo en el estómago.

Debería darme igual, pues solo lo conozco hace un par de días.

Aunque me haya salvado la vida en unas cuantas ocasiones, desde luego ya le he devuelto favor.

Eso debería bastar para que me conceda el derecho de explicarme, pero al parecer no es así.

Me dirijo al templo de la Rueda de la Fortuna. No pienso perseguir a ese pedazo de arrogante del Sol, pero tampoco voy a permitir que Vesper me evite.

Sale justo cuando me acerco. Parece que el agotamiento también le ha hecho mella, como a mí.

Viste una larga prenda plateada que podría ser una túnica o un vestido, con bordados que forman un diseño laberíntico que me da dolor de cabeza si intento recorrerlo con la mirada.

Su armadura de hombro es de un brillante tono plateado, pero se curva de una manera que no parece funcional en absoluto, y lleva plumas de un color carmesí intenso pegadas de modo que le cubren el pecho.

Trago saliva. De pronto tengo la garganta seca.

—Estás despampanante.

Vesper aprieta los labios con fuerza.

—Los cumplidos no te van a servir para nada. — Sin embargo, no se marcha, que es lo único que puedo pedirle.

—Anoche intenté llegar hasta vosotros —digo en tono quedo.

Me vibra todo el cuerpo de pura desesperación, pero me esfuerzo por evitar que no me tiemble la voz—.

Quise agarraros a ti y a Cato, pero en cuanto entré en las sombras…

quedé atrapada. Estaba dentro de una oscuridad absoluta, de una quietud total.

El Carro seguía ahí dentro, aún vivo. Empezó a perseguirme y me resultó imposible concentrarme para huir de allí.

—Carraspeo—. Después de matarlo , no recordaba suficientes detalles del puente como para llegar hasta vosotros, así que tuve que regresar aquí.

Vesper sigue apretando los labios, pero suelta un suspiro.

—Lo comprendo, pero entiéndelo tú también.

Estábamos atrapados y vimos cómo desaparecías, fuese tu intención o no, y tuvimos que saltar del puente para salvarnos.

Esa caída… —Se estremece—. Y el río fue incluso peor.

Casi nos ahogamos en dos ocasiones antes de que pudiésemos alcanzar la orilla. Fue horrible.

—Lo siento.

Vesper asiente lentamente.

—Supongo que yo también lo siento. No debió de resultarte sencillo enfrentarte tú sola al Carro. Me alegro de que sigas con vida.

Una vez más, un puño imaginario me atenaza la garganta con fuerza.

—Yo también me alegro de que sigas con vida. No quiero perder a nadie más.

Vesper cambia de postura y se apoya en el bastón.

—Independientemente de cómo me sienta yo, Cato no tiene ganas de hablar contigo hoy. Nuestra alianza está destruida por completo.

No es eso lo que quería oír, pero tampoco me esperaba algo distinto.

—La Torre y la Muerte no quieren hacerme daño. Es más seguro para vosotros seguir conmigo. Podríamos dar caza juntos a la Estrella y la Sacerdotisa.

—Eso quedó descartado anoche. —Vesper niega con la cabeza —. Pero sigo pensando que sería mejor que nos mantengamos juntos . Ya hablaré yo con Cato. Tú mantén la distancia hasta el ocaso, a ver si puedo calmarlo lo suficiente como para que entre en razón.

—Todo va a acabar esta noche —digo en tono quedo—. De un modo u otro . No quiero que mueras, Vesper. No quiero que muráis ninguno de los dos.

Vesper sonríe.

—Yo tampoco quiero que mueras . Hablaré con él. —Da un golpecito con el bastón en el suelo y se aleja en dirección al templo del Sol.

No sé qué se supone que he de hacer ahora.

Siento un extraño alivio al oír el ya conocido sonido de los carruajes al acercarse.

Esta vez solo hay dos, de color bermellón y blanco con detalles plateados .

Los caballos también son blancos y deben de haber costado una pequeña fortuna; o quizá una gran fortuna.

No supero la ridiculez que supone tener un grupo de caballos iguales , que a su vez combinan con los carruajes. Lo considero del todo innecesario.

La mujer que sale del primer carruaje me resulta vagamente familiar, pues la vi en la Criba .

Es la Reina de Espadas, la madre de Vesper.

Resulta interesante que los Espadas hayan sido la única corte que nos envía a su reina o rey.

¿Habrá aceptado la reina este papel en el último minuto como respuesta al espectáculo que montaron ayer los Bastos?

No, Vesper dijo que lo tenía todo planeado, que había decidido que la suya fuese la última de las Cortes Menores en celebrar su fiesta.

Si lo tenía todo pensado desde hace tanto tiempo , entra dentro de lo razonable que también haya planeado estar presente al inicio.

La reina lleva una ornamentada armadura que , por una vez, sí que parece funcional. Sus rizos canosos se tornan negros en las puntas y su piel morena se ve tersa y con aspecto saludable. Parece haber descansado .

En lugar de darnos un pequeño discurso, como los demás días, la reina va pasando de un campeón a otro y conversa brevemente con cada uno.

Hace una semana, me habría preguntado si de verdad tiene algún interés en nosotros , pero ahora comprendo que esto no es más que una estrategia.

Quedan siete campeones y cinco llegarán a formar parte de la Cinque, por lo que merece la pena dedicar algo de tiempo y energía a la posibilidad de ganar aliados entre los que sobrevivirán.

Soy la última a la que se acerca, sin contar a Cato y Vesper, que aún no han regresado.

—Hola, campeona de la Luna.

— Hola.

Esboza una sonrisa jovial.

—Vas muy bien en estas Pruebas. Espero de verdad que te hagas con la victoria. Al Concilium le vendría bien una bocanada de aire fresco.

«Una bocanada de aire fresco, siempre que no implique que vos dejéis vuestro cargo».

Me trago esas palabras. Por más agotada y frustrada que me sienta, atacar a la reina sería un error.

Me quedan pocos aliados, y ninguno entre la Corte Menor.

Aunque Elisio se mostrase receptivo a mis críticas, eso no significa una mierda a la hora de pasar a la acción.

Así pues, no hay ningún motivo para insultar a la Reina de Espadas, porque podría ser una aliada en el futuro.

—Estoy de acuerdo. Los últimos miembros de la Cinque apenas hicieron nada para fomentar cambios positivos. Yo pretendo hacerlo mejor.

Ella se echa a reír , fuerte y vivazmente.

—Qué ambiciosa. Me gusta. —La reina mira en derredor y da un paso al frente, bajando la voz—. Te debo un favor, campeona de la Luna.

Parpadeo .

—¿Disculpad?

—Me dicen que salvaste la vida de mi hije , no solo una vez, sino dos.

«Vesper». Me acaloro.

— Compartimos una alianza.

—Aun así. —Lanza un vistazo hacia el lugar por el que se ha perdido Vesper—.

Mi hije es brillante más allá de toda medida y ha afrontado admirablemente los desafíos que implica ser parte visible de nuestra familia.

Ha elegido bien al tenerte como aliada. No hay duda de que eres leal y más que capaz de mantenerte firme, dos cualidades muy preciadas en cualquier aliado.

No estoy segura de qué se supone que he de responder.

Es la segunda vez que alguien da a entender que Vesper me ha elegido por motivos oscuros para que me convierta en su perro de presa.

Si yo de verdad fuese tan capaz, no habríamos necesitado a Cato.

«Pero sí que mataste a la campeona del Ermitaño y al Carro».

Una vez más, aparto esa horrible voz susurrante de mí e intento centrarme en la mujer que tengo delante.

—Gracias.

— No, gracias a ti. —Empieza a darme la espalda—. Creo que disfrutarás de la tarde que os hemos preparado los Espadas.

Lo dudo mucho, pero me reservo mis dudas mientras la reina se aleja. Al parecer, sabe adónde han ido su hije y Cato, porque ella también rodea el templo del Sol.

Advierto la presencia de Nero a mi espalda antes incluso de que este hable, por lo que no me sobresalto cuando dice:

—Hoy tienes buen aspecto, Kestrel.

Al girarme veo que lleva otra variante del mismo atuendo: ropa que parece una armadura negra y gris con una capa muy teatral que le cubre solo un hombro. Tiene el mismo buen aspecto que desde el principio, casi intocable.

—Tú también…, esto…, tienes buen aspecto. —Su piel hasta se ve rosada, señal de haber descansado bien. Sonríe y me muestra ese hoyuelo devastador que tiene.

—Gracias.

Antes de que pueda ponerme más en evidencia, la Reina de Espadas vuelve a aparecer junto con Cato y Vesper.

—Por aquí, por favor. — Lleva a nuestro pequeño grupo hasta los carruajes y abre la puerta del primero con una floritura. Cato y Vesper no dudan en subir, pero la Sacerdotisa y la Estrella los siguen antes de que yo pueda dar ni un solo paso.

La Torre me da un golpecito con el hombro, algo tan inesperado que me lo quedo mirando.

—Parece que vamos a ir en el segundo carruaje —dice.