Las Pruebas del Tarot Capítulo 28
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Capítulo 28

M e lavo hasta dejarme la piel arrugada e irritada.

Cuando por fin llego a la cama , tardo mucho en dormirme.

No dejo de pensar en todo lo que ha sucedido, una vida entera en solo cuatro días.

No creí que ninguno de los demás campeones fuese a llegar a importarme, pero no puedo negar que tanto Vesper como Cato me importan.

Tampoco esperaba que el deseo hiciese su aparición, mucho menos hacia uno de los campeones más peligrosos.

Joder, y desde luego no pensaba que la Muerte custodiase los secretos de mi madre con la misma fiereza con la que le quitó la vida.

Al parecer , es más cuidadoso con sus secretos de lo que jamás fue con ella .

Me giro y me tapo hasta los hombros con las mantas.

La conmoción en el rostro de la campeona del Ermitaño destella en mi mente.

Sus ojos castaños quedan vacíos a causa de la muerte.

No tengo ninguna imagen de la muerte del Carro, aunque sí muchos sonidos que amenazan con invadirme el cerebro: sus gritos de terror, el chapoteo de sus entrañas al caer al suelo. Me estremezco.

Y Mara. Siento la garganta caliente y oprimida, como si un puño iracundo impidiera que pase el aire.

Se suponía que Mara no iba a ser parte de todo esto, ni siquiera quería que entrase en las Pruebas.

Si le hubiese hecho caso a ella, en lugar de a Mouse y a mi propia ambición, seguiría con vida.

Saco el par de monedas que me dio y contemplo la de la Rueda de la Fortuna.

Si se la hubiera quedado, ¿la habría salvado la suerte de su diosa?

Quiero echarle la culpa a los Bastos. Fueron ellos quienes la secuestraron, quienes la arrastraron hasta el estadio y quienes la involucraron en una matanza por el vínculo que tenía conmigo.

Sin embargo, lo cierto es que los Bastos no habrían buscado a ninguno de mis seres queridos si yo no hubiese entrado en las Pruebas como campeona.

De no haber sido Mara, habrían raptado a Mouse, a Pika o a Quoll.

Dioses, podrían haber secuestrado a alguno de los pequeños.

Me llevo un puño a la boca. Tengo muy pocos seres queridos en esta ciudad y los he puesto a todos en peligro.

«Mouse lo sabía».

No puedo librarme de esa sensación. Los miembros de la Cinque no se sorprendieron ante el plan de los Bastos porque ya habían pasado por lo mismo durante las últimas Pruebas.

O por algo lo bastante similar como para que la Muerte y los demás esperaran semejante muestra de crueldad.

Mi madre le contó a Mouse hasta el último detalle de sus Pruebas, con lo que no hay ningún motivo lógico para que le hubiese ocultado esa parte, sobre todo porque lo ponía a él en peligro.

¿A quién mataron para hacerle daño a mi madre?

Abro los ojos y contemplo el techo. ¿Fue mi padre?

Mouse jamás habla de él y, cuando fui lo bastante mayor como para comprender que preguntar por el hombre que había contribuido a mi existencia le hacía daño a él, dejé de indagar por completo .

¿A mí qué más me daba? O bien mi padre había decidido abandonarnos a mi madre y a mí, o bien había muerto.

Mouse era la única figura paterna que necesitaba.

Pero ¿y si los Bastos mataron a mi padre durante las últimas Pruebas?

Creía estar preparada para cualquier eventualidad al entrar en estas Pruebas, pero, con cada hora que pasa , cada vez está más claro que hay tantas cosas que desconozco que podría llenar con ellas el mar Cojumbroso entero .

Cuando por fin me vence el sueño, lo hace con sigilo, colándose por las grietas de mi mente y cubriéndome con una oscuridad muy bienvenida. Sueño que huyo, balanceando los brazos, moviendo las piernas, a través de una oscuridad infinita .

Cuando despierto, me enderezo de golpe. No tengo modo de saber cuánto tiempo he estado dormida, pero siento que podrían haber sido minutos…

o días. Parpadeo y me restriego los ojos con los nudillos.

Un rápido examen interno me dice que el sol sigue en las alturas, por lo que tengo tiempo antes de reunirme con los pocos campeones que quedan y ver por fin el Distrito de Espadas.

Bajo de la cama y cruzo el pasillo hacia el baño . Para cuando acabo, mi cerebro ya empieza a despertarse en condiciones. Al volver al dormitorio, encuentro otro atuendo impecable preparado para mí.

No es un vestido, cosa que ya de por sí es un pequeño milagro.

No he tardado en odiar el verme obligada a correr con falda larga.

Estos pantalones son más normales que nada que me haya puesto desde que me convertí en la campeona de la Luna .

Están hechos a medida y son de un negro tan profundo que me recuerdan a las sombras que brotaban de las palmas de mis manos anoche, algo que me incomoda .

Me estremezco y me pongo la parte superior.

Si bien los pantalones son prácticos, esta camisa no lo es.

Las mangas son exageradamente voluminosas y lo único que impide que me traguen las manos son los puños ajustados.

El escote es tan pronunciado que, si no fuera por la estructura del corpiño, mis pechos estarían en peligro de salirse con cada movimiento.

El conjunto es de un tono gris resplandeciente , lo cual he de reconocer que es hermoso, por poco práctico que resulte.

La clériga llega antes de que decida qué hacerme en el pelo. Entra con delicadeza en la habitación y me observa con una sonrisa.

—Estás preciosa.

—Gracias . Me siento como una absoluta idiota, pero ya me estoy acostumbrando a esa sensación.

—Tomo asiento en el taburete, tal y como he hecho todos los días de las Pruebas .

Aunque antes la he acribillado con preguntas sobre su pasado como clériga de la Luna, ahora elijo un enfoque diferente —: ¿Qué puedes decirme de la Torre?

Detiene las manos.

—La Torre es tremendamente peligroso.

—Sí, ya me he dado cuenta . ¿Qué más sabes?

—¿Me preguntas por el dios o por el campeón?

Me ruborizo y me maldigo por dentro por ello.

—Por ambos, creo. Comprendo que no sabes mucho sobre esta Torre, pero ¿qué me dices de la anterior?

Un instante después vuelve a… lo que sea que esté haciendo … con mi pelo.

—La Torre es uno de los dioses más incomprendidos.

La gente lo teme, y con razón. Los cambios bruscos y a veces violentos resultan aterradores, aunque desemboquen en un futuro mejor.

—Escoge una pinza para el pelo de una mesita junto a nosotras—.

Pero no siempre es así. A veces se acaba peor que como se empezó .

A pesar de la influencia creciente de la Corte Menor , el culto a los dioses antiguos ha prevalecido en buena parte de la ciudad.

Siento un nudo en el estómago al pensar en Mara delante de aquel altar improvisado a la Rueda de la Fortuna.

La gente sigue rezando para pedirle suerte a ella, o fertilidad a la Emperatriz, o seguridad a la Muerte.

Jamás he oído que nadie le rece a la Torre.

—¿Y qué me dices del último campeón?

—Campeona. Era temible, extremadamente osada. Disfrutaba del cambio que trae la destrucción. —Otra pinza, y otra má s—. Eso fue lo que acabó matándola, no otro campeón. Estaba tan decidida a destruir a la Muerte que se derrumbó encima un edificio entero.

—Eso no lo sabía. —Mouse me habló de la última campeona de la Torre, pero solo de pasada .

Se centró mucho más en los campeones con los que había interactuado mi madre, así como en los que formaban parte de la Cinque.

No hay motivo alguno para ponerme emotiva por la muerte de la última Torre.

Dioses, ni tampoco por la posible muerte de esta Torre.

Solo nos conocemos desde hace un par de días, podría contar nuestras conversaciones con una mano y me sobrarían dedos.

Sin embargo , la Torre me ve de un modo distinto al de los demás campeones, incluyendo Cato y Vesper.

Nero quiere que la situación de Caelria cambie, igual que yo.

Creció lejos del entorno de los demás campeones, como yo.

Y tiene esa sonrisa torcida y esa sutil amabilidad. No quiero que muera.

—Lista. —La clériga da un paso atrás y me lleva hasta el espejo para que me mire.

Como siempre , mi peinado es una obra maestra. Trenzas de diferentes tamaños enroscadas de un modo que parece desafiar toda lógica. Y , lo que es más importante, no molestan ni permiten que nadie me las agarre durante una pelea.

—Gracias.

—Lo más seguro es que esta noche sea la última de las Pruebas.

—Lo sé. —Me pongo de pie y me aliso el corpiño con las manos—. Estoy lista.

—Que vaya bien la lucha. Sobrevive.

—Lo haré. —Me coloco el arnés de las hoces, no muy segura de si esas palabras son mentira.

Me quedo mirando las monedas que me dio Mara mientras acaricio el relieve con los pulgares.

Aunque los dioses antiguos jamás han hecho nada para ayudarnos antes de las Pruebas, no puedo evitar preguntarme si ella no seguiría viva de haberse quedado con la moneda de la Rueda de la Fortuna. Quizá hubiese tenido buena suerte.

«¿Quién preferirías que hubiera muerto en su lugar?, ¿Mouse?, ¿Pika?».

Me estremezco y aparto de mí ese espantoso pensamiento. No quiero que muera ninguno de mis seres queridos. Jamás lo he querido. Pero , claramente, lo que yo deseo no importa en absoluto. Meto las monedas en sus respectivas ranuras en el arnés y me dirijo a la estancia principal.

Mis hoces me esperan sobre la mesa de medialuna, al igual que todos los días anteriores. Sé a ciencia cierta que no las dejé ahí cuando entré a trompicones justo después del alba, pero bastantes cosas confusas suceden en este lugar como para preocuparme de que mis armas se muevan mágicamente.