Las Pruebas del Tarot Capítulo 27
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Capítulo 27

L os lentos pasos del Carro suponen un horrible contrapunto a la estampida que siento en el corazón.

Me agacho en este suelo tan blando e intento calcular la distancia que nos separa.

Tengo las manos sudadas de sujetar las hoces.

Por más tentador que resulte mantenerlas en forma de vara, no puedo confiar en que mis golpes vayan a ser muy certeros…

Por otro lado, si me acerco, estaré al alcance de su temible fuerza.

No sé qué hacer. No me he entrenado para asesinar a nadie, ni siquiera de este modo. Aunque hubiese cedido a las presiones de Mouse para aprender a matar, mi tutor no podría haber previsto que tendría que matar así .

Quizá pueda razonar con el Carro. No se sabe si mi muerte lo liberará de este lugar, o si quedará aquí atrapado y sufrirá una muerte lenta.

Si yo pudiera… ¿qué?, ¿proponerle que voy a sacarlo de aquí?

Ni siquiera sé si puedo salir yo misma, mucho menos transportar a otra persona.

Esto no es como saltar de sombra a sombra.

No sé dónde estoy realmente. Si el Carro fue ra listo, no eliminaría a quien podría ser su única posibilidad de escapar.

Sin embargo, está claro que ahora mismo no piensa más que en ejercer violencia.

Eso significa que no puedo permitirme pensar en ninguna otra alternativa.

Aguanto la respiración y me echo a un lado. Él sigue caminando derecho hacia el lugar donde me ha oído por última vez. Si consigo colocarme a su espalda, quizá tenga una oportunidad.

—Me robaste una víctima, ratita. — Ahora está resoplando, como si le costase mucho más esfuerzo que a mí caminar por este espacio. Bien. De eso puedo aprovecharme.

Me domina la resolución. Dejé atrás el punto de no retorno cuando me uní a las Pruebas.

Esto no es más que otra parte de mí misma que entrego voluntariamente a cambio de seguir viva.

Sé bien lo que hay que hacer para sobrevivir, me lo ha enseñado la vida que he llevado.

Esta noche he vuelto a aprender la lección al ver morir a Mara —dioses, Mara, lo siento— solo porque tenía un vínculo conmigo.

Y no he hecho nada, porque mi objetivo principal era más importante que salvarla.

Por mucho que finja que Cato y Vesper, me tenían inmovilizada, que la Torre me cerraba el paso, lo cierto es que apenas me he resistido. Me he quedado sentada viéndola morir.

—¿Dónde estás? —Ruge. Justo delante de mí.

Suelto un jadeo. No puedo evitarlo. Pensaba que lo había ubicado, no me imaginaba que estuviera tan cerca, que fuera tan rápido.

—Te encontré. —Se oye un gruñido de esfuerzo, un movimiento.

«A la izquierda. Ahora».

Sigo esa orden por instinto y me arrojo a la izquierda. He de mantener los brazos bien abiertos para no cortarme con mis armas. Al aterrizar oigo los puños del Carro estrellá ndose contra el suelo a mi espalda, probablemente en el lugar donde me encontraba hace un instante.

«Otra vez a la izquierda».

No hay tiempo de pensar, solo de actuar. Vuelvo a saltar a la izquierda, ruedo sobre mí misma y acabo agachada. Otro impacto. Está siguiendo el sonido de mis movimientos del mismo modo que yo sigo el de los suyos.

—¡Deja de huir! —Su pie me impacta en la cadera y caigo de espaldas.

Ruedo sin parar, no muy segura de adónde voy, pero tengo que poner tanta distancia entre los dos como sea posible.

Sin embargo, el Carro es demasiado rápido.

Aunque jadee del esfuerzo, mantiene mi ritmo.

Da un pisotón a unos centímetros de mi cara.

Por puro instinto, lanzo un tajo con la mano derecha. La hoz alcanza su pierna, creo. El Carro suelta un aullido y retrocede a trompicones.

—¡Serás zorra!

Le rajo . No se está moviendo lo suficiente como para ser invulnerable, lo cual significa que tengo una oportunidad. Me echo hacia atrás y retrocedo medio a gatas. Iría mucho más rápida si soltase las hoces…, pero eso me dejaría indefensa.

«Quieta ».

La voz de la Luna no es un susurro. Suena como si estuviera justo detrás de mí, como si me hablase directo al oído. Obedezco su orden, concentrada en el Carro, que se tambalea un poco, aunque enseguida se estabiliza.

—Solo por eso me voy a tomar mi tiempo antes de matarte.

«Arriba».

Me incorporo hasta quedar de cuclillas y exhalo muy despacio.

Me sudan las palmas de las manos, me tiemblan los muslos, pero mi mente por fin se ha calmado.

Puedo hacer esto. Tengo que hacer esto. Se trata de él o yo.

Morir ahora implicaría que todo el sacrificio, el dolor y la muerte no han servido para nada. No voy a permitir que sea así.

«No respires».

Aguanto la respiración y aguzo el oído en un esfuerzo por detectar su ubicación exacta. Mis energías no durarán para siempre. Tengo que acabar con esto lo antes posible.

El Carro avanza hacia mí, ligeramente hacia la derecha, aunque resulta difícil saberlo a ciencia cierta, teniendo en cuenta cómo se propaga el sonido en este lugar.

—Maldita zorra.

«Está justo delante de ti».

Me abalanzo hacia él trazando con las hoces un arco feroz, apuntando hacia el lugar donde debería estar su vientre.

Mis armas chocan contra algo carnoso y se enganchan, pero la inercia juega a mi favor y lo atravieso por completo.

La sangre me salpica la cara al tiempo que algo pesado y húmedo aterriza en el suelo.

—Zooooo… —Su voz se va apagando hasta que se desploma entero con un golpe aún más pesado en el suelo. El aroma a muerte impregna este lugar: sangre y mierda y pena.

Me giro justo en el momento en el que sufro una arcada y escupo lo poco que he comido hoy después de despertar .

Menos mal que no veo nada, porque no quiero presenciar la violencia que acabo de ejercer, por más necesaria que haya sido.

Me he pasado la vida entrenando para entrar a las Pruebas y sobrevivir a ellas, y resulta que no tengo estómago para el asesinato.

Giro en redondo y me alejo. Al no ver, mi sentido del olfato parece más agudizado, así que no quiero pasar más tiempo con este horrendo olor a muerte y acabar vomitándolo todo.

Tardo muchos pasos en convencerme de que ya no capto el hedor que despide el Carro. Me tiemblan las piernas y me da vueltas la cabeza. Podrían haber pasado minutos, horas o días desde que he entrado en las sombras. No tengo modo alguno de saberlo.

—¿Luna? —Mi voz suena muy débil—. ¿Estás ahí?

«Estoy aquí, hija».

Hundo los hombros un poco. No estoy sola en este espacio entre mundos , no del todo.

—¿Qué hago para salir de aquí?

« Lo mismo que para entrar».

Algo horrible y caliente en mi pecho amenaza con explotar.

—¿Te importa dejarte de gilipolleces crípticas de una puta vez y decirme cómo salir de aquí?

La Luna guarda silencio durante tanto tiempo que empiezo a temer que me haya abandonado. Justo cuando estoy a punto de suplicarle que regrese, su voz vuelve a colarse en mi mente, fría y tranquilizadora:

«Visualiza tu destino y da un paso al frente».

Inspiro hondo una vez , y luego otra. ¿No es eso lo que ya sospechaba que debía hacer? Lo que pasa es que, con el Carro buscándome, no podía pensar .

Una vez más cierro los ojos e intento visualizar el puente donde estaban Cato y Vesper.

Y, una vez más…, no puedo. No es más que un puente, piedra sobre agua.

Todos los puentes de Caelria se parecen tanto que podrían ser idénticos; al menos para una rata de los Sedimentos que rara vez los ha visto, y mucho menos cruzado.

Puedo visualizar sin problema los Sedimentos, o al menos mi hogar en ellos.

Me conozco cada recodo y cada hueco, cada grieta y cada rincón podrido.

Pero tardaría bastante tiempo en llegar desde los Sedimentos hasta el Distrito de Bastos.

Demasiado tiempo, maldición. Tengo que regresar al templo de la Luna antes de la sexta campanada.

«Se acerca al alba».

Abro de golpe los ojos. ¿Tanto rato ha pasado? Entonces no tengo alternativa. Solo hay un destino posible: el único lugar en el que he pasado suficiente tiempo durante los últimos días.

La isla de los campeones. Específicamente, justo delante del templo de la Luna.

Casi siento los adoquines bajo los pies.

Puedo visualizar sin problema las columnas de mármol desvaídas con intrincados relieves en ellas.

Quiero descansar, quiero tenderme en esa cama que ahora es mía y alejarme del mundo unas cuantas horas. Quiero…

Doy un paso al frente. En lugar de este terreno pantanoso, poso el pie sobre un suelo de piedra.

Mis piernas eligen ese momento para ceder y caigo de rodillas dolorosamente.

Alzo poco a poco la mirada y me encuentro con el patio que tan bien conozco.

El s ol está a punto de rebasar la escarpada muralla por el este.

He sobrevivido otra noche, aunque lo tenía todo en contra.

¿Ha sobrevivido también Vesper?, ¿y Cato?

Levanto más la mirada y cuento los nuevos estandartes que cubren las entradas de los templos.

Se me escapa un sollozo al comprobar que los del Sol y la Rueda de la Fortuna siguen sin estandarte.

Están vivos. No sé cómo lo han conseguido, pero así es.

Anoche murieron dos campeones: el Carro, a mis manos, y el Mago, a manos de la Muerte. Quedan siete.

Esta noche será la última. Tiene que serlo. No sé si puedo continuar mucho más, pues el agotamiento me pesa. No me extraña que todo el mundo esté tan empeñado en acabar las Pruebas tan deprisa como sea posible. Los humanos no deberían enzarzarse en un ciclo de violencia como este.

Al oír pasos, levanto la cabeza y veo que la Estrella y la Sacerdotisa cruzan el puente más cercano.

Parecen tan relajadas como si acabasen de salir del…

evento de los Bastos. Me niego a llamarlo «fiesta».

Las dos se ríen al verme. La Estrella se acerca casi flotando; se mueve tan grácilmente que su vaporoso vestido apenas toca el suelo.