Capítulo 26 #2
De haber visto algún tipo de disfrute en su rostro, odiar ía a la Torre, pero lo que hay en sus oscuros ojos es desesperación.
—Han de morir dos más. —No vuelve a atacarme, pero se interpone entre mis aliados y yo—. Casi hemos terminado.
— Ellos no. —Doy un paso lateral. Vesper se pega a la espalda de Cato.
Saltan chispas púrpuras mientras emplea hasta el último resquicio de su suerte para mantener la espada de la Muerte a un pelo de distancia de él.
Se le acabará la suerte antes de que se agoten sus fuerzas.
La Muerte no necesita darle un golpe mortal para ganar. La Muerte es el golpe mortal.
Si yo pudiera tocar a Cato y a Vesper, lograría que saliésemos de aquí.
De alguna manera. Antes no he podido recurrir a mis sombras, pero ahora me impulsa una verdadera desesperación.
Aunque no pensase que estos hombres fueran a hacerme daño, ni siquiera después de todo lo que ha pasado, la protección con la que yo cuento no se extiende a Vesper y Cato. No puedo permitir que mueran. Me niego.
—Kestrel. —La Torre adopta una postura que lo hace parecer más imponente, con su sable cruzado —. No lo hagas. Por favor.
—No tengo alternativa. —Atraigo las sombras hacia mí. Acuden lenta y farragosamente, pero acuden , y entro en ellas. O lo intento, porque esta vez las noto diferentes, densas y viscosas, respondiendo muy despacio. En lugar de transportarme justo detrás de Cato y Vesper, lo que sucede es que caigo.
Y caigo y caigo y caigo .
Me golpeo contra el suelo con una fuerza que debería romperme los huesos, aunque solo doy un pequeño bote.
Apoyo las manos en el lugar donde he aterrizado, pero se me hunden como si hubiese barro, a pesar de que claramente estoy en un suelo fir me.
Sin embargo, mis manos se hunden aún más.
De pronto se me ocurre la horrible idea de que podría hundirme del todo, atravesar esta barrera y seguir cayendo durante toda la eternidad.
—¿Dónde estoy ? —Mis palabras no causan ningún eco. Parpadeo una y otra vez, pero no hay suficiente luz como para ver. La oscuridad me oprime la piel de un modo casi físico y la noto fría y caliente al mismo tiempo.
Aunque mi cerebro intenta desesperadamente escapar de mi cráneo por mis orejas y echar a volar en mitad de la noche , soy tan capaz de identificar las pruebas que tengo delante como cualquiera.
He atraído las sombras hacia mí y, al entrar en ellas, en lugar de salir al instante en mi destino, he acabado… ¿dentro de las sombras?
Lo mismo que le ha sucedido al Carro.
Si yo estoy viva, eso significa que quizá él también.
Esa mera idea basta para que me ponga en pie.
Mis botas se hunden, pero no lo bastante como para evitar que camine.
El problema es que no veo nada. Hasta ahora no había tenido que atravesar el espacio entre las sombras y no tengo ninguna garantía de poder salir de aquí andando.
He entrado usando magia, así que cabe pensar que será la magia lo que me saque de aquí. La cuestión es cómo conseguirlo.
Sin estímulos externos, no hay nada que me distraiga de mis latidos desbocados, de la dificultad con que el aire entra y sale de mis pulmones. Al menos aquí hay aire. Si hubiera peligro de asfixiarse, ya estaría muerta .
Esa certeza sería más tranquilizadora si no confirmase también que el Carro estará agazapado en algún lugar de estas impenetrables sombras. Tengo que actuar y ha de ser pronto.
La oscuridad me distrae tanto que he de cerrar los ojos .
Eso me ayuda mucho, pero ahora soy más consciente aún de la extraña quietud de este lugar.
No hay viento ni insectos ni ningún ruido de fondo proveniente de la gente que viva cerca.
Ni siquiera en el templo de la Luna hay tanto silencio como aquí.
Y aún me gusta menos cuando oigo algo.
El lento rumor de unos pasos, regulares y constantes, mucho más familiares de lo que me gustaría. Las pisadas del Carro, la sensación de que está aquí, nutrirán mis pesadillas en los años venideros. Eso suponiendo que vaya a vivir tanto. Si no salgo de aquí, no llegaré a ver ni el alba.
«Vamos, vamos, vamos».
Intento hacer lo contrario de lo que me dijo Cato: atraer mi poder hacia mis manos.
Con las sombras que me rodean no hay forma de ver mi destino, así que la única oportunidad que tengo es imaginarlo a la perfección.
Solo que… lo cierto es que no recuerdo la calle en la que estábamos antes de llegar al puente.
Es una calle como otra cualquiera; al menos , entre las calles de los distritos de la Corte Menor .
Escaparates muy bonitos, calles limpias, ventanas de vidrio e invernaderos y depósitos de agua en los tejados.
Intentar recordar el puente tampoco me ayuda: piedra, piedra y más piedra, y el río por debajo.
Todo ello no son más que imágenes fugaces, no un recuerdo real. «Mierda».
—Te oigo respirar , Luna. ¿Has venido a acabar lo que empezaste? —Se oye una risa ronca—. Bien. Sospecho que, si te arranco la cabeza de los hombros, esta maldita magia desaparecerá.
Inspiro entre dientes y comprendo demasiado tarde que intenta hacerme reaccionar para localizarme. Retrocedo a trompicones, alejándome de la dirección de la que provenía su voz, aunque no veo nada. Podría estar a pocos centímetros delante de mí y no lo sabría.
Me muevo tan lenta y silenciosamente como puedo. Al llevarme las manos a la espalda para desenvainar mis hoces …, descubro que no están. Claro. Las tenía en las manos al entrar en este lugar; al caer en este lugar , mejor dicho. ¿Me habrán acompañado en el viaje? Dioses, espero que sí.
Los pasos del Carro se acercan cada vez más, pero no puedo echar a correr. Si lo hago , jamás podré regresar a este lugar para tener la más mínima posibilidad de recuperar mis armas.
En contra de todos mis instintos, me agacho poco a poco hasta quedar de rodillas y empiezo a tantear este extraño espacio, que no puede considerarse del todo un suelo, en busca del tac to familiar de mis empuñaduras.
—Vamos, no seas cobarde. —No acelera el paso; al menos eso es una buena noticia.
Se mueve lo suficiente como para activar parte de su magia , pero, si no echa a correr, no podrá usarla al máximo.
Es lo bastante listo como para haber comprendido lo mismo que yo: no hay garantía alguna de que este terreno se extienda indefinidamente.
Podría estar a pocos centímetros de distancia de un acantilado.
La mala noticia es que sigue caminando directo hacia mí.
No sé cómo de lejos está , pero por desgracia no es mucho.
Me muerdo el labio inferior. Prefiero sacrificar algo de sigilo para ir más rápida .
Mis nuevos poderes amortiguan el sonido de mis movimientos, pero no lo borran por completo.
En este extraño lugar en el que solo hay silencio, no me había dado cuenta hasta ahora.
—Te oigo, pequeña. —Suelta una risa oscura y malvada—. Si no fueras una campeona, te convertiría en una de mis concubinas. Así aprenderías cuál es tu lugar. —Como Luce, el marinero desventurado. Como la madre de Cato, que ha debido de sufrir mucho, en vista del odio tan fuerte que alberga su hijo.
Aprieto los dientes y sigo tanteando. Teniendo en cuenta que este suelo parece absorber cada movimiento, no puede ser que las hoces hayan caído muy lejos.
—¿No tienes nada que decir? Típico. Eres igual que la última Luna.
Me quedo petrificada. Está hablando de mi madre, su aliada, aunque, cuanto más descubro de este monstruo , menos comprendo cómo pudo aliarse con él .
Por más que ansíe saber todo lo que la Muerte pueda contarme de la mujer que me trajo al mundo, de pronto no me apetece saber qué pensaba de ella el Carro .
Decirlo en voz alta solo servirá para que consiga ubicarme .
No quiero correr ese riesgo, pues está demasiado cerca.
—Pero no era una cobarde, como tú. Cuando vino a proponerme una alianza, comprendí que podría rajarle la garganta si intentaba traicionarme, pero ganamos.
—Se está confiando. Creo que me tiene justo donde quiere.
Ojalá se equivocara. Sin una sola arma , no podré derrotarlo.
El Carro prosigue—: Luchó bien . Mató casi a tantos campeones como yo mismo.
Fue una pena que se volviese loca y que la Muerte tuviese que acabar con ella como si fuera un perro rabioso.
—¡Cállate! —Me tapo la boca con una mano. «Maldición».
Él se ríe.
—Parece que te he dado donde duele. Ya me parecía que me sonaba tu cara . ¿Eres su prima?, ¿su hija? Eres demasiado joven para ser su hermana. La gente no vive tanto en los Sedimentos .
«Que te follen».
Siento una punzada de dolor brotando en la punta de los dedos, pero reprimo el gemido que intenta salir de mis labios.
Mis hoces. Las dos , porque las uní para luchar contra la Torre.
Aunque estoy sangrando, no tengo tiempo de ocuparme de la herida.
Palpo con cuidado la parte plana de la hoja y cierro los dedos en torno a la empuñadura. Ahora sí que tengo una oportunidad.
—Deja de huir, ratita. Nos estás haciendo perder tiempo a los dos.
Huir es lo único que me gustaría hacer. Bastante me ha costado pensar que he matado al Carro con mis sombras. Tener que hacerlo con mis hoces…
Pero no hay alternativa. No sé cómo salir de este extraño lugar y no puedo concentrarme en descubrir el modo de escapar sin que él me persiga por la oscuridad. Tengo que luchar para sobrevivir. Tengo que matar para sobrevivir.