Las Pruebas del Tarot Capítulo 26
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Capítulo 26

M is pensamientos son difusos, extraños.

Me siento como si me hubiera pasado toda la vida como una rata, en el sentido más literal de la palabra: escabulléndome de una seguridad percibida a otra , aunque ninguna de ellas fuera real.

A mi espalda solo existe el peligro, un peligro que me respira en la nuca.

Si estuviera sola, ya habría perdido. Cuando me escoltaron hasta la salida tras la Criba, sentí una sobrecarga de los sentidos, por lo que, aunque me esfuerce por recordar la ruta, los detalles han ido desapareciendo con el paso de los días.

Sin el increíble conocimiento de Vesper del estadio, cualquiera que nos persiguiese nos habría dado caza a placer.

En cambio, tardamos solo unos minutos en recorrer los pasadizos y llegar a una puerta que lleva a la calle.

No estamos a salvo, ni de lejos, pero empiezo a respirar con más tranquilidad cuando ponemos algo de distancia con el estadio repleto de Bastos a nuestra espalda.

—¿Por dónde vamos? —Cato mira en derredor.

Yo sigo su mirada . Las calles están vacías de momento, pero imagino que eso se acabará en cuanto los miles de Bastos empiecen a salir del estadio a la noche.

Se supone que no pueden tocarnos, pero las suposiciones ahora no importan.

¿Quién iba a castigarlos? ¿Informarían los centinelas de lo sucedido durante las Pruebas?

Estamos en el Distrito de Bastos . Con otro par de campeones muertos, las Pruebas acabarían esta noche y, a buen seguro, nadie haría muchas preguntas.

Odio haber sido tan ingenua como para pensar que las reglas se aplicarían a otros que no fuesen los campeones.

—Tenemos que salir del Distrito de Bastos tan rápido como sea posible. —Aún me siento horriblemente mareada, pero no creo que corra peligro de desmayarme. Esta vez.

Vesper asiente. El sudor le cubre la cara, aunque en las últimas noches no ha dejado de moverse más rápido y durante más tiempo.

Nonnie le ha hecho daño de verdad. Aprieto los puños a los costados.

Hay muchos motivos por los que odio a los Bastos en general, y a la corte en particular, pero en mi cabeza siempre habían sido figuras uniformes.

No se puede confiar en los Bastos en conjunto.

Son como los perros salvajes que deambulan por las calles de algunos barrios , tan probable es que te muerdan como que te den un lametón.

Solo hace falta verlos morder a alguien una única vez para hacer todo lo posible por no acabar llevándote un mordisco.

Ahora es personal. Quiero que Nonnie sufra . Quiero que se hunda. Y quiero ser yo la causa de todo su dolor y sufrimiento.

—Vesper.

—Estoy bien. Dame un segundo. —Se gira y empieza a avanzar calle abajo —.

No estamos lejos del río y de un puente que da al Distrito de Espadas.

No creo que sea necesariamente más seguro, pero los Bastos no nos seguirán.

—Echa un vistazo hacia el estadio—. Eso si nos siguen.

Se supone que no pueden. Pero también se supone que no pueden contravenir las reglas que dictan los Espadas.

—No hay motivo para quedarse aquí a comprobarlo. —Cato se gira hacia donde ha señalado Vesper y echa a andar. Apenas hemos recorrido una manzana cuando hace una pregunta para la que no tengo respuesta—: Kestrel, ¿qué cojones ha sido eso? ¿Has matado al Carro?

Me estremezco ante el recuerdo del peso que he sentido en las manos, el recuerdo de los gritos del Carro.

—No lo sé.

—¿Sabías que podías hacer eso con tus sombras?

—Evidentemente, no —espeta Vesper—. Basta mirarla a la cara. Todo esto la ha traumatizado.

—Eh, que estoy aquí mismo. —Me paso una mano por el rostro, intentando concentrarme—. Todo está conectado con las sombras, las puedo atravesar , así que quizá haya enviado al Carro a algún otro sitio .

Vesper frunce el ceño.

—Atraviesas las sombras entre lugares que ves, sin crear nuevas sombras con las manos. Esto parece ser un poder diferente.

Cato ya está negando con la cabeza.

—Todo proviene de la misma fuente, al igual que mi luz. Lo que cambia es cómo concentro la magia, no la magia en sí misma.

Me contemplo las manos. Tienen el mismo aspecto que siempre, cubiertas de líneas que representan la vida y el amor, con otro centenar más pequeñas que las conectan. Y también cicatrices. Si mi destino está realmente escrito en esas líneas, hace mucho que una vida de estrecheces lo ha empantanado.

Pika me convenció en cierta ocasión para que fuéramos a un adivino que leía la palma de la mano en el Distrito del Peridoto, junto al puerto.

Era un hombre viejísimo y canoso , tanto que habría jurado que tenía más de cien años .

Nos leyó el porvenir por un par de monedas, literalmente .

Al parecer, Pika está destinada a tener una vida larga y feliz, con pareja y unos cuantos críos.

En cuanto a mí, el adivino observó la palma de mi mano tanto tiempo que empecé a sentir el miedo subiéndome por la columna.

Cuando alzó la vista, con sus ojos castaños tan apagados que parecían lechosos bajo la tenue luz, se limitó a cerrar mis dedos y decirme que me aguardaba un gran destino.

Por más que intenté convencerlo de que me dijese más, se negó y no tardó en acompañarnos a la salida.

En aquel momento me lo tomé a broma, pero ahora empiezo a dudar.

¿Acaso vio en la palma de mi mano la muerte del Carro gracias a la magia de la Luna? No me extraña que me mirase como si fuese uno de esos monstruos que campan por las tierras salvajes.

—No sé si lo he matado —digo en tono quedo—. Chillaba como si se estuviese muriendo.

—Puede. —Cato sigue mirando en derredor, centrándose en las puertas, los tejados, las calles que se cruzan con la nuestra—. No lo sabremos a ciencia cierta hasta que cuelguen un estandarte del templo del Carro.

Otro estandarte , otra muerte en mi conciencia. Esta ha sido desde lejos , no como con la campeona del Ermitaño, pero eso no me hace más inocente. Al menos, la campeona del Ermitaño murió rápido.

—Ahí está el puente. —El alivio en la voz de Vesper me saca de mis pensamientos. No puedo permitirme caer en distracciones. La lucha contra el Carro se me ha antojado eterna, pero en realidad ha acabado a los pocos minutos. Aún tenemos que sobrevivir toda la noche hasta el alba.

El puente es sencillo, lo cual resulta casi chocante, teniendo en cuenta que estamos en los distritos de la Corte Menor.

No hay nada muy ornamentado ni ridículo.

No es más que una franja de piedra arqueada sobre la corriente de agua que pasa por debajo .

No hay ninguna cobertura propiamente dicha, pero deberíamos poder pensarlo con rapidez.

Una sencilla esperanza. Pero también falsa.

—Quietos ahí .

Cato suelta una maldición y gira en redondo, llevándonos a Vesper y a mí con él. Imagino que nos vamos a encontrar con los Bastos, pero la pareja que sale de entre las sombras es mucho peor.

La Muerte. La Torre.

Esto pinta mal . El Carro ha muerto —probablemente— y , si estos dos están aquí, eso significa que el Mago también.

No tengo ni idea de dónde se encuentran la Estrella y la Sacerdotisa ahora que hemos matado —quizá— a su aliado, pero no están aquí.

Solo hace falta que mueran dos personas más para que acaben las Pruebas.

Escruto el rostro de la Muerte, pero está demasiado tenso y con tenido como para que comprenda a qué está jugando. Si real mente quiere matarme, ¿a qué han venido todos los dimes y diretes de antes? ¿Por qué dio su palabra de no hacerme daño? ¿Por qué me da caza ahora?

«La Muerte no puede mentir».

Qué idiota soy por habérmelo creído . Sabía que no podía confiar en él.

Sabía que traicionó a mi madre, que era su aliada.

¿Por qué he creído remotamente en su palabra cuando dijo que no quería matarme?

Me cago en la puta, que estamos en las Prue bas del Tarot.

Solo puede haber cinco ganadores y, si la Muerte ha decidido que yo he de morir para que él viva, acabará conmigo sin vacilación.

Tal y como hizo con mi madre.

Agarro a Cato del hombro y alargo la mano hacia Vesper.

Aunque sigo algo mareada, puedo conseguir que salgamos de aquí.

Luego podemos escondernos y… No sucede nada.

Siento las sombras justo aquí , pero es como si estuvieran a un lado del río y yo en el otro.

No puedo entrar en ellas, ni llevar conmigo a Cato y Vesper.

—Mierda.

—Se acabó el tiempo. — La Muerte y la Torre avanzan al unísono, ambos con su enorme espada desenvainada y lista para acabar con nuestras vidas.

Cato nos empuja a Vesper y a mí para que retrocedamos y alza las manos, de las que brotan unos rayos de luz solar.

La otra noche, esos rayos eran como enormes ríos de magia que contuvieron a los dos espadachines, pero esta vez más bien parecen puñales.

La Muerte le sale al paso con un restallido de poder que me sacude hasta los huesos.

Sin embargo, la Torre no apunta a Cato. Viene a por mí . Otra vez.

Traza un arco con su sable y dirige el golpe hacia mi puta cabeza. Yo me aparto rodando, pero me doy cuenta de que intentan separarnos. Al ver los ojos desorbitados de Vesper, tengo que rodar una vez más, retirándome hacia el otro extremo del puente.

—¿Qué estás haciendo ? —Me pongo en pie a toda prisa y saco las hoces.

Uno sus empuñaduras para crear un báculo largo con una hoja en cada extremo.

La primera vez que lo hice me pareció un arma demasiado agresiva, pero, frente al sable de la Torre, ya no estoy tan segura de si tener más alcance supondrá diferencia alguna.

—Huye, Kestrel. —Vuelve a atacarme. El muy cabrón ni siquiera tiene la respiración alterada—. Esto va a acabar pronto.

Llego incluso a retroceder un paso antes de asimilar del todo sus palabras. De pronto, lo comprendo todo con una oleada de rabia. La Muerte no me ha mentido, ni tampoco la Torre. No quieren matarme a mí . Quieren matar a Cato y a Vesper.

—No. No voy a permitir que los matéis.