Capítulo 25 #3
«No sé cómo hacerlo». Intento obligar a mis sombras a que lo cubran, pero lo único que estas hacen es acercarse más, estrechar el círculo alrededor de sus pies. El Carro se inclina y toca las sombras con un dedo.
No pasa nada.
—No —susurro—. No, por favor .
El Carro alza la cabeza con una sonrisa salvaje.
—Con eso no basta, Luna. —Se endereza y da un paso al frente, metiéndose en las sombras… Y ahí se queda . Baja la vista y frunce las cejas con gesto confuso —. ¿Pero qué cojones…?
Como si ese contacto hubiera sido todo lo que necesitaban, las negras sombras avanzan hasta ocupar el resto del círculo. No suben por el cuerpo del Carro , pero este parece ahora más pequeño…
—Está encogiendo.
Yo doy un salto. ¿Cuándo se me ha acercado tanto Cato? Empiezo a girarme hacia él, pero me rodea con los brazos y me sujeta los codos con sus cálidas manos para obligarme a mantenerlos extendidos.
—No pares, Kestrel. Mira .
Obedezco.
El Carro se está hundiendo. Su cuerpo desciende otro par de centímetros, y luego cinco.
Le entra el pánico y se agacha para tirar de sus propias piernas, pero es como si las tuviera atrapadas bajo la mismísima tierra.
Y, lo que es peor, al forcejear, se hunde con más rapidez .
En apenas un parpadeo, sus piernas han desaparecido y lo único visible es su torso.
Es entonces cuando empieza a gritar. Es un sonido horrible, demasiado cercano y estridente. Tardo varios segundos en comprender por qué: todos los Bastos a nuestro alrededor guardan silencio. El estadio entero contempla horrorizado el espectáculo. Mis sombras se están comiendo al Carro.
Me pesan muchísimo los brazos, joder. Si no fuera por la fuerza de Cato, que los sostiene, ya los habría dejado caer. Ya habría caído yo misma . Demasiada magia, muy poco tiempo, una gran falta de control.
—Cato…
—No pares. Aún no.
Detrás del Carro, Vesper se pone en pie con gran dificultad y saca una daga de alguna parte, una pequeña hoja que brilla en la oscuridad, lo bastante afilada como para matar. Avanza a trompicones, con la muerte del Carro escrita en sus ojos castaños.
—¡No toques las sombras! — Mi voz sale ronca, pero Vesper me oye por encima de los gritos—. No sé cómo controlarlas.
Estoy temblando tanto que Cato tiene que cambiar de postura: sujeta mis muñecas con una mano y me rodea la cintura con la otra para que no me desplome.
Vesper se detiene justo al borde del charco de sombras y mira al Carro.
Ahora, lo único visible son sus hombros y su cabeza.
No ha dejado de gritar. Es un sonido horrible, el tipo de sonido que seguramente me perseguirá en sueños durante los años venideros, si es que sobrevivo.
A pesar de ello, el hermoso rostro de Vesper no muestra expresión alguna.
En el espacio entre dos inspiraciones, el Carro desaparece: se lo han tragado las sombras.
Yo me estremezco y suelto la magia. O lo intento, porque en realidad no lo consigo.
—Cato, no puedo parar. —Cierro los puños, pero las sombras continúan derramándose. El pánico llamea en mi garganta—. Ayúdame a detener la magia. Oh, dioses. Ay, mierda.
—Respira, Kestrel. —Orienta mis manos hacia el suelo con un gesto tierno pero firme—. Cierra los ojos.
Vaya frase más absurda, sobre todo porque ahora los Bastos están volviendo a la vida. Ya no hay vítores, tampoco abucheos. No, lo que se oye ahora es un murmullo que me pone de punta el vello de la nuca. Ese murmullo supone malas noticias para nosotros. Tenemos que salir de aquí.
—Cierra los ojos —repite Cato.
Ahora pega el cuerpo por completo contra mi espalda y siento un calor infernal manando de él, aunque no me duele, sino que me reconforta lo bastante como para obedecer.
—Vale.
—Bien. —Suelta una exhalación temblorosa, pero su voz es firme—: ¿Qué es lo que sientes en las manos?, ¿calor?, ¿frío?
—Las siento… pesadas.
—Atrae esa pesadez hacia ti y, al mismo tiempo, cierra la abertura.
¿ Abertura? ¿De qué está hablando? Pero no hay ni margen ni tiempo para preguntar.
Inspiro entre dientes y me esfuerzo por seguir sus órdenes.
Siento las manos muy pesadas, como si fuesen de plomo, como si intentase levantar algo sin usar los dedos.
Aprieto… el espacio entre mis manos y el peso disminuye, y sigue disminuyendo.
En pocos segundos me siento casi normal.
—Bien hecho. ¿Puedes correr?
La pregunta me sorprende tanto que abro los ojos. El charco de sombras ha desaparecido, así como el caudal que brotaba de mis manos. Siento la cabeza pesada y extraña, pero, cuando sacudo las manos, mi cuerpo me obedece.
—Creo que sí.
—Bien, porque vamos a tener que salir corriendo. —Me obliga a abrir la marcha de un empujón—. ¡Vesper, la puerta!
—¡Estoy en ello! —Vesper regresa a toda prisa a la puerta. Ahora parece caminar con más firmeza que yo. Para cuando Cato y yo le damos alcance, la puerta ya se está abriendo. Tras ella hay un pasadizo estrecho y sucio. Vesper nos dedica una débil sonrisa.
—Me has salvado. Otra vez. Gracias.
—Ya le darás las gracias luego. —Cato me mete por la puerta de un empujón y la cierra tras cruzarla—. Los Bastos están cabreados y lo más probable es que los demás campeones no anden muy lejos. Tenemos que salir de aquí de una puta vez, pero que ya. ¡Vamos!