Capítulo 25 #2
Las muertes de Calvin, Dea y Luce habrán cumplido su propósito. La muerte de Mara habrá sido para nada . Tantísimas personas que han vivido y amado ahora han muerto solo porque tuvieron la desgracia de significar algo para los campeones de las Pruebas del Tarot.
Tenemos que acabar con el Carro. Nuestro plan original de atraparlo en un recinto estrecho no funcionará aquí, así que o bien llegamos a esas malditas puertas, o bien encontramos el modo de detener su inercia en medio del estadio.
— ¡Kestrel!
Me arrojo a un lado por puro instinto y mi hombro izquierdo se lleva la peor parte. El dolor brota del fondo de mi garganta, tan intenso que sufro una arcada. El Carro pasa tan cerca que siento cómo se desplaza el aire y oigo su respiración, húmeda y pesada.
Me pego las piernas contra el pecho para empequeñecerme, pero mi mente va a mil por hora. Esto no funcionará. ¿Qué creíamos que íbamos a conseguir? ¿De verdad pensábamos que podíamos ganar?
Y, aun así, el sonido de los vítores de los Bastos se propaga por cada rincón del estadio. Suenan como una bestia hambrienta que se alimenta de nuestro dolor y miedo. Creía saber hasta dónde llegaba mi capacidad de odiar, pero me equivocaba.
Me pongo en pie de golpe y lanzo una mirada frenética en derredor.
Ya he recorrido tres cuartas partes del camino hasta las puertas que nos sacarán de aquí.
Cato ha virado a la izquierda, en un claro intento de atraer al Carro y alejarlo de Vesper y de mí.
Y Vesper está…, joder, apenas ha avanzado un par de metros desde donde Cato la ha dejado.
Atraigo las sombras y, tras entrar en ellas, atravieso la gran distancia que nos separa en un instante sin tener realmente un plan. Tengo que poner a Vesper a salvo. No he conseguido salvar a Mara, pero ni en sueños pienso dejar que Vesper muera.
Cuando aparezco a su lado, Vesper retrocede de un salto y está a punto de desplomarse. Tiene la piel cerúlea y los ojos desorbitados.
—No lo voy a conseguir. —Suelta un suspiro tembloroso—. Nonnie sabía lo que se hacía. No me responde la pierna.
—Calla la puta boca. — Le paso un brazo por la cintura y avanzo a empellones hacia las profundas sombras que hay junto a la puerta.
El desgaste al saltar sola apenas es perceptible, pero, al igual que ya pasó la otra noche, llevar conmigo a Vesper resulta mucho más difícil.
No sé si es porque estoy cargando con otra persona o porque representa a otro dios, no hemos tenido tiempo de entender las reglas de nada .
Jadeo cuando aparecemos, pues siento los pulmones contraídos .
—Voy a por Cato.
—Espera. —Vesper me agarra del brazo con los dedos como garras—. No puedes saltar con tanta gente. Te volverás a desmayar.
Tiene razón, y odio que la tenga. Ahora mismo la prioridad es que seamos veloces . Si Cato tiene que cargar conmigo, podemos darnos por muertos .
—Salté varias veces antes de desmayarme.
—No podemos arriesgarnos. —Vesper suelta una maldición—. No deberías haber saltado ahora mismo.
Por más ganas que tenga de esconderme tras esa puerta, de atraer todas las sombras hasta que seamos invisibles tanto para el Carro como para los Bastos, me niego a dejar a Cato.
Anoche me salvó, aunque podría haberme dejado atrás .
No pienso recompensar esa lealtad abandonándolo aquí para salvar el pellejo.
—Tú encárgate de abrir la puerta. —Me zafo de Vesper.
El Carro está centrado en Cato. Debe de haber pasado a su lado ahora mismo, porque está trazando un gran círculo, cambiando de dirección para volver a encaminarse hacia él.
Cato, por su parte, es un resplandeciente sol con forma huma na, es como si hubiese absorbido toda la luz del estadio.
Sus manos son más brillantes que el resto de su cuerpo y su fulgor aumenta con cada segundo que pasa.
Puedo ver claramente la determinación en su ceño, la intensidad de sus ojos, el tinte asesino de su amplia sonrisa. Ya no piensa volver a huir .
Lo que va a hacer es luchar, y eso significa que nuestra alianza también luchará. Maldición. Echo la mano hacia atrás y le toco el hombro a Vesper.
—Cambio de planes . ¿Puedes usar tu suerte contra el Carro desde aquí?
—No lo sé. Puedo intentarlo. —Vesper me agarra la man o—. Kestrel …, ¿estás segura?
—No. —Pero aun así empiezo a caminar hacia Cato y el Carro sacando las hoces. Tanto me he acostumbrado a su peso en la espalda que prácticamente me he olvidado de que las llevo. Pero ya no. Ahora parecen una extensión de mis manos, con sus hojas aserradas listas para cortar y cercenar.
No recuerdo lo que sentí al hundirlas en el cuerpo de la campeona del Ermitaño. No puedo permitirme lamentar su muerte…, ni la muerte que está a punto de suceder. No hay espacio para vacilaciones.
Un paso más y me encuentro al lado de Cato. Planto bien los pies, tanto como soy capaz. Puedo hacer esto . No me queda elección. Cato me dirige una sonrisa fiera y demente.
—Vamos a luchar.
—Vamos a luchar. —Si mi voz tiembla, Cato no lo menciona.
No queda tiempo. El Carro vuelve a dirigirse hacia nosotros.
La arena que se traga mis pies no parece afectarle lo más mínimo, aparte de ascender en forma de nubecillas a su paso.
Esta vez viene directo hacia mí. Necesito hasta el último resquicio de valor para mantenerme inmóvil hasta el último instante.
Luego me aparto girando y lo ataco con ambas hojas.
Le acierto . Debería haberle abierto el torso con dos tajos profundos.
Las heridas deberían bastar para que aminorase la marcha, para incapacitarlo .
Sin embargo, lo que sucede es que mis hoces rebotan contra una piel que más bien parece piedra.
El impacto me reverbera por los brazos y mi hombro grita de dolor cuando mis huesos entrechocan contra partes que se supone que no han de rozar.
Caigo de rodillas. Me duele . Dioses, me duele todo más de lo que creía posible .
Al alzar la vista, veo que Cato también está de rodillas, en una posición idéntica a la mía…
y con idéntica desesperanza. Sus manos brillan tanto que debe de haber intentado usar sus rayos contra el Carro.
Este último está trazando otro arco más amplio y sus pasos siguen los mismos movimientos confiados. No está herido en absoluto .
—Mierda. No le hemos hecho ni un arañazo. —Cato apoya las manos en el suelo—. Mierda, mierda, mierda . Hemos perdido.
Le Caballere de Bastos se echa a reír.
Es imposible que yo oiga a Nonnie entre los agresivos gritos de la multitud de Bastos, que ahogan todos los sonidos individuales.
Y, sin embargo, al mirar hacia la mesa ante la que se sienta en la Corte de Bastos, veo una sonrisa victoriosa en el rostro de Nonnie.
Porque cree lo mismo que cree Cato: que estamos a punto de morir.
El Carro no gira hacia nosotros. Al parecer, ha decidido que Vesper es un objetivo más fácil y va directo en su dirección.
Ves per, con valor y necedad a partes iguales, ha extendido el brazo y muestra una expresión de concentración.
Está intentando reunir toda la suerte de la que dispone para salvarse.
No obstante, el Carro no cae. No se le dobla la rodilla.
No se le tuerce el tobillo. Sonríe , comprendiendo claramente lo que intenta hacer Vesper.
Segundos. Faltan segundos para que le dé alcance.
«Usa tus sombras, hija. Acaba con él».
No sé qué significan esas palabras. No sé qué hacer.
Por mero instinto, alargo las manos y grito, volcando hasta la última pizca de energía que tengo en las palmas de mis manos, tal y como me enseñó Mouse.
Aunque unos rayos de sombra no lo detengan — no he sido capaz de invocarlos hasta ahora, así que ¿por qué iba a tener éxito?
—, no puedo quedarme aquí arrodillada viendo a Vesper morir.
Me hormiguean las manos, una sensación que se convierte en picor y, luego, en dolor. No hay tiempo ni margen para comprender qué me está sucediendo. Las sombras salen de mis manos. No es un rayo, limpio y cortante. Lo que brota de mis palmas es un torrente que parece líquido.
Las sombras caen en cascada por la arena, creando un espacio aún más oscuro que el negro, un espacio que se traga la luz a su alrededor, incluida la de la Luna. El charco negro se desplaza por el suelo con un movimiento errático y anómalo .
Pero me da igual. Si nos sirve, no me importa.
Me concentro en el Carro, que carga hacia Vesper.
Hay un destello púrpura y el gigante tropieza: se le traba el pie con uno de los cadáveres.
La suerte de Vesper ha hecho aparición. Sin embargo, la inercia del Carro lo mantiene en movimiento y la caída se convierte en una carrera aún más veloz. No hay nada que lo detenga, maldición.
De todos modos, mis sombras son más veloces.
El charco de sombras se extiende, cada vez más fino, por toda la arena.
Dos hilos lo mantienen pegado a mis manos, por las que brota mi magia formando un vertiginoso caudal.
Siento los ojos increíblemente pesados, los huesos imposibles de soportar.
Es toy llegando al límite. No sé cómo parar.
No he tenido acceso a este poder antes, así que, si hay algún modo de regularlo, de hacerlo más preciso, lo desconozco. Lo único que siento es desesperación.
Mis sombras interceptan al Carro tres pasos antes de que este llegue hasta Vesper.
Se alzan ante él, siguiendo mi voluntad, y se dividen hasta formar un círculo a su alrededor.
Por primera vez desde la puesta de sol , el Carro se detiene a trompicones.
Su pecho asciende y desciende con fiereza y tiene el cuerpo cubierto de sudor .
Veo que se encoge levemente, si bien no hasta el tamaño que tiene durante el día, pero sí hasta ser más pequeño que esa monstruosa criatura de dos metros y medio en la que se había convertido.
—¡Mátalo! — chilla Cato.