Capítulo 25
E l sol se pone.
En los días anteriores, al anochecer hemos estado todos desperdigados por alguna de las fiestas , mezclados con los ciudadanos de cada corte. Siempre me he centrado tanto en sobrevivir, en escapar, que jamás me he fijado en lo que hacían los demás campeones. Ahora sí lo veo.
Habría apostado a que el Mago estaría demasiado consternado como para reaccionar con rapidez. Y, sin embargo, apar ta la silla y echa a correr por las escaleras por las que hemos ve nido.
La Muerte y la Torre cruzan la mirada. Todo sucede muy rápido.
En cuanto sus ojos se encuentran, la Torre vuelca nuestra mesa, tirándonos de espaldas …
y creando así una barrera entre nosotros y lo que sucede en la arena.
La Torre se lanza por encima de los tres y aterriza al otro lado sin problema , tras lo que echa a correr junto con la Muerte detrás del Mago.
No sé qué poderes tendrá este último , pero no me cabe duda de que al alba habrá un estandarte ondeando sobre su templo.
Me pongo en pie y ayudo a Vesper a hacerlo.
—Tenemos que movernos ya . —El Carro se levanta lentamente, con la atención fija en nuestro grupo.
Es la peor situación posible. Estamos en el maldito estadio .
Es un espacio abierto, incluso esta grada.
El Carro tiene posibilidades de sobra de acumular inercia…
y apenas hay sombras en las que ocultarse.
Cato me agarra del brazo y me aparta de la mesa volcada de un tirón, y a Vesper conmigo.
—Es hora de irse.
Aquí hay demasiado espacio, demasiado ruido . Los Bastos dan pisotones en el suelo entre vítores y abucheos. No piensan irse a ninguna parte. Dioses, les encanta este espectáculo. Han seleccionado a propósito a gente a la que matar en un intento de hacernos daño y ahora quieren ser testigos.
Quieren vernos morir .
—Que te diviertas, querido —le dice la Estrella al Carro , que estira los brazos por encima de la cabeza.
No tiene la menor prisa. ¿Por qué iba a tenerla?
La Sacerdotisa se planta tras la Estrella y contempla la escena con expresión indescifrable; probablemente se alegra de que el plan de esta noche sea acabar con nosotros en lugar de con ella.
Yo empujo a Vesper para que vaya frente a mí. Escaleras o arena. No hay opciones buenas. Se mueve más despacio de lo normal, a trompicones, con el rostro contraído de dolor. «Te voy a matar, Nonnie». Le ha hecho daño a Vesper, mucho más de lo que pensaba.
—Yo te ayudo. —Rodeo su cintura con un brazo, ignorando la maldición que lanza, y prácticamente va en volandas hasta la arena, que nos queda más cerca que la puerta, en lo alto del estadio. Espero que sea más fácil cruzar por ahí, aunque no vamos lo suficiente rápido.
Cato incluso se detiene y se gira porque se ha adelantado demasiado.
—¡Deprisa!
«Vamos a morir».
No. Maldita sea, no. No he llegado tan lejos para caer ahora .
Si muero en este estadio, los Bastos habrán ganado.
Este horripilante espectáculo que se han montado habrá tenido éxito y nadie de la próxima Cinque intentará detener sus abusos.
Nadie defenderá a los Sedimentos. Tenemos que sobrevivir, porque ellos tienen que pagar.
La barrera que hay entre la grada inferior y la arena apenas me llega a la cadera.
Los Bastos no quieren que algo tan mundano como la seguridad les impida disfrutar de sus deportes sangrientos.
Los muy cabrones . Con cada latido de mi corazón, mi mente me grita que corra, que me apresure, que interponga toda la ciudad entre el Carro y yo.
Ni siquiera sé si es posible, pues hasta ahora solo he saltado distancias cortas valiéndome de las sombras.
De cualquier modo, el riesgo es demasiado alto, ya que, si lo inten to y fracaso, quedaré incapacitada .
No puedo confiar en que Cato vaya a protegerme otra noche más.
Y, desde luego, no estoy tan loca como para pensar que se va a sacrificar para salvarme, joder .
El Carro suelta un bramido a nuestra espalda, más bestial que humano. Cato da un respingo y centra su atención por encima de mi hombro.
—No lo vamos a conseguir.
—Sí lo vamos a conseguir. —Empujo a Vesper en su dirección—. Llévale en brazos.
Hay que reconocerle a Cato que no me lleva la contraria.
Las protestas de Vesper se ven acalladas cuando Cato le alza en brazos.
Ningún miembro de nuestro trío es muy alto, pero Vesper tiene un aspecto muy frágil en brazos de Cato.
Siento una horrible punzada en el pecho, pero el zumbido en mi cabeza es demasiado alto como para pensar en ello.
Cato salta sobre el murete de piedra que nos separa de la arena.
Yo apoyo una mano en él y me impulso con menos elegancia.
El entrenamiento de Cato queda del todo patente cuando lo veo correr a toda prisa por la arena, como si el terreno fuese tan plano como los adoquines del exterior.
Como si no intentase tragarse sus pies a cada paso, tal y como está sucediendo con mis botas.
Mi único consuelo es saber que el Carro también verá dificultado su avance.
Otro bramido, esta vez más cerca. Aunque mi mente grita que no mire por encima del hombro, eso es justo lo que hago.
Los Bastos han iluminado tan bien el espacio que rodea la arena que no necesito utilizar mi visión mejorada para presenciar la transformación del Carro: veo con toda claridad cómo crece a cada paso que da.
Su cuerpo se hincha. Los músculos de sus brazos, su pecho y sus hombros se abultan de un modo que debe de resultarle doloroso.
Aunque no parece darse cuenta. Está centrado por completo en mí.
Lleva mi muerte reflejada en sus siniestros ojos azules.
No se molesta en apoyarse para rebasar el murete que rodea la arena. Se limita a saltarlo y aterriza limpiamente en medio del estadio, con tanta fuerza que el suelo se sacude bajo mis pies, haciendo que me tambalee.
—Kestrel, muévete .
No me había dado cuenta de que había dejado de correr. El miedo me llena de espinas y veneno por dentro, amenazando con convertir mis piernas en plomo y mi cerebro en serrín. No quiero morir. Todavía me duele el hombro tras el ataque del Loco. Dioses, no quiero morir .
«Pues no mueras. Lucha. Sobrevive. Vive».
La voz, suave y firme, se cuela en mi torbellino de pensamientos. Es innegable que se trata de la Luna . Si contempla cada lucha que tiene lugar bajo su dominio, entonces debe de estar contemplándome ahora mismo.
Aprieto el paso, balanceando los brazos para ganar tanta velocidad como pueda y alcanzar a Cato.
Si este no cargase con Vesper en brazos, yo no tendría ninguna oportunidad de llegar hasta él, pero ha reducido el ritmo lo suficiente como para que lo alcance a medio camino entre nuestros asientos y las puertas de los prisioneros.
—Rápido —jadeo—. Hay demasiada luz. No puedo…
—Lo estoy intentando . —Toma impulso… y cae al tropezar con las piernas de un cadáver. Y no se trata de cualquier cadáver: es Calvin, cuya melena rubia está ahora negra a causa de la sangre—. Joder.
Cato intenta ponerse en pie, pero se lo impide Vesper, que pretende hacer lo mismo.
En los pocos segundos que tardan en levantarse, el Carro ha llegado hasta nosotros.
En el brevísimo tiempo que ha pasado desde que lo he mirado, ha crecido; ahora debe de rondar los dos metros y medio.
Sus protuberantes múscu los casi resultan cómicos de lo grandes que son; lo serían si no fuera porque pretende matarnos.
No se detiene a luchar. Lo que hace es apuntar su enorme cuerpo hacia mí y aumentar de velocidad, cargando más rápido de lo que jamás he visto moverse a nadie. Me va a aplastar.
Cada vez más deprisa. Cada vez más cerca. No hay ningún lugar al que huir, ningún lugar en el que esconderse en medio de esta arena repleta de cadáveres. Entre un paso y el siguiente, parte de la luz por la arena se atenúa, proyectando sombras a nuestro alrededor.
«Cato ».
El Carro esboza una sonrisa, seguro de que va a matarme, y alza su enorme pie para hacerme pedazos. Yo agarro las sombras con todas mis fuerzas. No me preocupa adónde ir, solo sé que tengo que salir de aquí.
Un parpadeo.
El Carro está tan cerca que veo el blanco de sus ojos, el sudor en su sien.
Un parpadeo.
Aterrizo de rodillas sobre la fría arena a trescientos metros de donde estaba hace un segundo.
El Carro arrampla el lugar que yo ocupaba hace un instante.
Pasa tan cerca de Vesper y Cato que se me sube el corazón a la garganta, pero, en vez de girarse para ir tras ellos, continúa avanzando y traza un gran arco siguiendo la curva más cercana del estadio.
De pronto, lo entiendo: pretende mantener la inercia.
Ahí radica la fuente de su magia, lo que lo vuelve imparable.
Yo ya lo sabía, por supuesto, me enteré después de la Criba, pero esta batalla es diferente.
Le cuesta cambiar de rumbo. Quizá podamos aprovecharnos de ello. Atraigo las sombras hacia mí una vez más, en esta ocasión para saltar junto a Cato y Vesper.
—Le cuesta mucho girar.
—Lo sé —jadea Cato, y ayuda a Vesper a levantarse con un tirón—. Tenemos que separarnos.
Abro la boca para protestar, pero Vesper ya está asintiendo.
—Dispersaos, ¡ahora!
El Carro da otra vuelta. Resulta difícil de decir, pero creo que ahora es más grande que hace unos pocos segundos.
Cada paso me sacude hasta los huesos. Mi mente, solícita, me ofrece una imagen del aspecto que tendrá mi cuerpo cuando me haya arrollado: aplastado, ensangrentado, apenas reconocible como el de un ser humano.
Si algo así sucede, si esta noche el Carro nos mata a los tres y el Mago también cae, las Pruebas habrán acabado. Se reconocerá a los nuevos Cinque, tan horribles y egoístas como los anteriores, y las concubinas del Carro seguirán atrapadas; entre ellas, la madre de Cato.