Capítulo 24 #3
Y… Mouse. Mouse lo sabía. Tenía que saberlo. Todo lo que sabía se lo contó mi madre, y no me cabe en la cabeza que mi madre le ocultase algo así. Sobre todo porque los Bastos también raptaron a alguno de sus seres queridos . Mouse debía de estar al tanto… y me lo ocult ó a sabiendas.
«¿Le habrá tendido una trampa a Mara ?».
Odio plantearme la idea siquiera. Y odio más el hecho de no poder estar segura.
Si le mandó alguna tarea a Mara y, luego, trasladó a la familia de improviso…
Es algo que ya ha hecho antes, por lo general sin explicación.
Yo jamás puse en duda sus motivos. ¿ Por qué no lo hice?
—¿Cómo puedes estar tan tranquilo? — digo entre dientes—. Hay una persona que está muriendo ahora mismo porque tiene alguna relación contigo.
—Sí, así es —dice en tono quedo—. Pero no he sido yo quien la ha puesto ahí, ni tampoco puedo salvarla.
—Hay mucho dolor bajo esas palabras que dice como si estuviese vacío.
No, vacío no, entumecido. Todo su asentamiento murió y la Torre se siente culpable por ello, tenga motivos para hacerlo o no.
La muerte de quienquiera que hayan raptado los Bastos no puede competir con ese dolor.
Sin embargo, cuando escruto su rostro, porque en parte quiero desesperadamente demostrar que este hombre no es un monstruo, sí que veo pena en las profundidades de su mirada.
—No pueden ganar, Kestrel —añade—. No quieren que nadie les dé voz dentro de la Cinque a quienes no la tienen. No permitas que ganen .
—Regresa a tu asiento.
Tan centrada estaba yo en la Torre que no me he dado cuenta de que Nonnie se ha acercado. Apenas le llega al hombro, pero consigue mostrarse amenazante de todos modos. No obstante, la Torre parece imperturbable. Gira su oscura mirada vacía hacia Nonnie.
—Lo mejor que podrías hacer ahora mismo es marcharte. De inmediato.
Nonnie aprieta la boca y sus oscuros ojos se desorbitan.
—No puedes tocarme.
—Aún no —conviene tranquilo la Torre. Demasiado tranquilo —.
¿Has visto alguna vez a un humano destruido por la magia de la Torre, caballere?
Es muy desagradable. Si vuelves a cruzarte en mi camino, puede que en alguno de esos paseos nocturnos que tanto te gustan gires un recodo y… te topes conmigo.
Nonnie palidece aún más, pero consigue controlarse.
—Está bien. Haz lo que quieras. No supone ninguna diferencia. —Gira su desagradable rostro hacia mí, Vesper y Cato —. Todos van a morir, aunque seáis tan cobardes como para no presenciarlo.
—Nonnie, si no te largas ahora mismo, encontraré el modo de arrancarte la piel.
—La voz de Vesper no es la de siempre, suena casi tan vacía como la de la Torre, impregnada de la misma amenaza—.
Tardaré un rato, y probablemente sobrevivirás, pero me parece que será interesante descubrir cuánto dolor aguanta un ser humano antes de desmayarse.
—Espero que mueras esta noche, pedazo de zorre.
—Nonnie gira en redondo con un revuelo de su larga melena y se aleja, siguiendo la curva de la grada inferior hasta la mesa que ocupan los demás miembros de la Corte de Bastos.
Desde allí nos observan como si el entretenimiento fuéramos nosotros , y no el derramamiento de sangre en la arena.
Porque justo eso es lo que somos. Para ellos, todo esto no es sino un juego.
Ven morir a la gente en este estadio todo el puto tiempo y se entretienen con el sufrimiento que ellos mismos provocan .
—Kestrel. —La voz de la Torre me trae de regreso a la realidad. La intensidad con la que pronuncia mi nombre me recorre como un terremoto—. Mírame.
No puedo evitar alzar la vista hacia esos ojos oscuros que tiene, tan oscuros que no consigo diferenciar entre el iris y la pupila.
—Mara no merece morir.
—Ninguno de ellos merece morir . —Continúa mirándome a los ojos para inmovilizarme en mi asiento tan efectivamente como la mano de Cato, que me va a dejar una marca en el muslo, o como los dedos de Vesper, que van a reducir los míos a polvo—.
Esto es lo que quiere la Corte Menor. Las únicas personas a las que considera reales son su propia familia.
Todos los demás somos herramientas que pueden ser usadas y desechadas.
—Eso no es…
Alguien grita, interrumpiendo la protesta de Vesper. Otra persona solloza, pero apenas un instante. Y la Torre sigue clavándome la mirada, como si pudiese mantenerme en el sitio por mera fuerza de voluntad, hablando con ese tono firme insoportablemente empático:
—En cuanto se ponga el sol, tienes que huir. El Carro pretende acabar con tu alianza esta noche. No se lo permitas.
—Ya me lo ha dicho la Muerte. —Aún no he tenido tiempo de procesarlo del todo—. Si tanto te preocupa, ¿por qué no lo matas tú ?
—Esta noche tenemos otra presa.
Estoy a punto de replicar a esa frase tan absurda, pero entonces veo a Mara justo detrás del brazo de la Torre .
Está corriendo, en medio de una nube de arena, moviendo frenéticamente los brazos.
Una hoja aparece en medio de sus omoplatos como por arte de magia.
Un segundo no pasa nada y al siguiente la tiene clavada en su cuerpo .
Le sale un chorro de sangre por la boca y cae, cae, cae.
Muere antes de desplomarse sobre la arena .
No puedo reprimir mi chillido de protesta, no puedo evitar cubrirme la boca con la mano libre, no puedo detener el dolor abrasador en mis ojos. Aunque los Bastos no hayan empuñado el arma que la ha matado, son responsables de su muerte.
Me giro hacia la mesa a la que se sienta la Corte de Bastos, tomándome mi tiempo para mirarlos a todos a los ojos, advirtiendo el gozo que sin duda les provoca presenciar el dolor que han causado entre los campeones, o al menos entre la mayoría de ellos.
No sé cuál de las nueve personas del estadio tiene relación con la Torre, pero, si los Bastos pretendían minar su confianza, han fracasado miserablemente.
También han fracasado con los antiguos miembros de la Cinque, que contemplan la masacre impertérritos.
—Kestrel. —El tono autoritario de la Torre atrae mi atención de nuevo hacia él, a mi pesar—. Prepárate para huir.
Tan absorta he estado en todo lo que estaba sucediendo que no me he fijado en el descenso del sol, como sí he hecho los días anteriores.
Nos queda muy poco tiempo, minutos como mucho.
Vuelvo a mirar de reojo a los demás campeones.
El Mago se ha hundido en su asiento, con la cabeza entre las manos.
La Sacerdotisa tiembla visiblemente. La Estrella se toquetea los guantes de encaje con expresión aburrida, como si sus manos fuesen lo más interesante que puede presenciar ahora.
La Muerte y el Carro están tensos e inmóviles, con la cabeza ladeada, como si intentaran escuchar algo que nadie más oye.
Como si siguiesen el descenso del sol hasta el momento en que comience la matanza.
—Kestrel —dice la Torre—. Dame tu palabra de que huirás. Prométemelo.
Como si mis palabras significaran algo aparte del aliento que hace falta para pronunciarlas.
No confío en él, y él tampoco confía en mí, joder.
Sin embargo, al alzar la vista hacia sus intensos ojos, quien me devuelve la mirada no es la Torre.
Es Nero . Porque no solo es la Torre, ¿verdad?
Es un hombre que ha vivido una vida antes de presentarse a ser campeón de los dioses antiguos. Ha perdido mucho, incluso más que yo.
—Huiremos. —No puedo dejar de temblar —. Te prometo que huiremos.