Capítulo 24 #2
—Si el plan es salir por ahí, más nos valdría quedarnos y dejar que los demás campeones nos rajen el gaznate. Acabaremos con alguna enfermedad horrible.
—Estoy de acuerdo, pero vale la pena considerar todas las opciones en caso de que algo se tuerza. Si te rajan el gaznate, la muerte es segura. Si contraes una enfermedad, solo tienes unas probabilidades altísimas de morir.
Probabilidades altísimas. Eso no supone ningún alivio. Trago saliva para contener una réplica mordaz instintiva.
—Podemos huir por las puertas de los prisioneros.
Un gran chirrido acalla todas las conversaciones del estadio. Al mirar en derredor veo el ansia con que los Bastos contemplan la arena. Ni siquiera parecen humanos. Tienen una expresión casi violenta, anticipando el éxtasis.
El Rey de Bastos se pone en pie ante todos nosotros y alza los brazos. Al hablar consigue proyectar la voz de un modo que sospecho que llega hasta los rincones más alejados del estadio.
— Gracias por asistir a este espectáculo durante las Pruebas.
Hemos preparado algo especial tanto para vosotros como para los campeones.
Espero de verdad que lo disfrutéis. —Sonríe con frialdad, tan ávida de violencia como los demás Bastos del público—.
Todos sabemos cómo funciona el estadio, pero para quien esté aquí por primera vez lo explicaré.
Cato y Vesper están tan tensos a mi lado que prácticamen te vibran. La tentación de seguir mirando en derredor es fuerte, pero consigo centrarme en el rey. A fin de cuentas, eso es lo que ella quiere.
—Dado que la población de Caelria amenaza constantemente con consumir todos nuestros recursos, incluso con nuestros beneficiosos acuerdos comerciales, los Bastos no dejan de intentar implantar planes que aborden el problema de la sobrepoblación.
Se oyen vítores a mi alrededor, el rugido de miles de gargantas. Me estremezco . Jamás me he sentido tan en peligro como en este momento, rodeada de Bastos listos para ver sangre derramada.
El rey hace un grácil gesto para ordenar que la multitud guarde silencio. Una vez lo consigue, continúa:
—Nuestros hermanos del Concilium no han considerado oportuno seguir nuestro consejo, aunque poner en práctica la decisión de los Espadas recae sobre los Bastos.
—Esboza una leve mueca desdeñosa que no va del todo dirigida a Vesper, aunque la connotación es la misma —.
Por ello, a los prisioneros condenados a muerte se les concede la oportunidad de decidir el método.
Aunque la mayoría elige la senda de los cobardes, muchos prefieren caer como guerreros, con honor.
Honor. Menuda broma. El honor es un privilegio de quienes pueden elegir. La mayoría de nosotros no tenemos esa opción. Si estamos entre el honor y la supervivencia, la supervivencia siempre gana.
—Nuestros prisioneros de esta noche son culpables de asesinato, violación y terrorismo contra nuestra querida ciudad.
Me tenso. ¿Qué cojones entienden ellos por terrorismo ?
Jamás he oído que se acuse de algo así a una persona.
¿Y cuántos violadores llegan a ser detenidos, por no mencionar condenados a muerte?
Si una víctima es lo bastante ingenua como para denunciar una agresión de este tipo, los Bastos suelen reírse en su cara y acaba más traumatizada de lo que estaba.
—¿Empezamos?
El rugido que se oye como respuesta sacude hasta el mismísimo suelo bajo mis pies .
Estos Bastos no ven a los prisioneros como personas.
Los ven como entretenimiento . Siento un nudo en el estómago.
Las tres puertas se abren y de cada una sale un trío de personas: nueve en total.
Tantas como campeones que dan en las Pruebas.
Es imposible no ver la relación, pero es la exclamación ahogada de la Sacerdotisa la que me lleva a comprender del todo.
Se ha tapado la boca con una mano y tiene los ojos desorbitados, fijos en una mujer que podría ser su hermana: la misma piel oscura azulada, la misma complexión menuda. ¿Qué está sucediendo?
Entonces Cato se queda inmóvil.
—Ese de ahí es Calvin. ¿Qué cojones está haciendo aquí? —S igo su mirada hasta un hombre alto de piel pálida y cabello rubio.
Vesper suelta una maldición en voz baja.
—No, joder, no . Dea es inocente . Fui yo quien la declaró inocente . No debería estar aquí .
La Muerte debía de saber que esto iba a suceder .
Está sentado, inmóvil y frío, con el rostro impasible.
La Torre tampoco muestra ninguna emoción, pero siempre me ha costado descifrar qué es lo que siente.
La Estrella y el Carro parecen aburridos ; este último incluso suelta una risotada estridente .
—Buen intento, Dahlia, pero todos sabíamos que esto iba a suceder. Yo ya me he asegurado de que no ibas a echarles la mano encima a mis favoritas.
¿Sabían que esto iba a pasar? Vuelvo a mirar a la Muerte, a la Estrella, al Carro: no hay ninguna sorpresa en sus caras. ¿Hicieron los Bastos algo parecido en las últimas Pruebas? De ser así…, ¿por qué no me advirtió Mouse? Este espectáculo es demasiado público como para que no lo supiera.
«¿Por qué no me advirtió?».
El Carro se inclina hacia delante con una sonrisa.
—La verdad es que no recuerdo ni el nombre de aquel.
—Se llama Luce —susurra Cato, que suena asqueado—. Era marinero antes de…, antes. Le gusta hacer coronas de flores para los niños.
En la arena, algunos de los prisioneros enarbolan armas.
No tengo ni idea de dónde las han sacado, pero por supuesto los Bastos no se iban a contentar con verlos matarse entre ellos con las manos.
Repaso frenéticamente el rostro de los prisioneros en busca de alguien a quien reconozca.
Ahí abajo habrá alguien que me importa, alguien cuya muerte me dolerá.
La crueldad de este espectáculo resulta inimaginable, incluso para los Bastos.
Y entonces la veo. Una mujer flacucha de piel pálida y cabello castaño: Mara .
—No. —No puede ser. Mara tiene las manos más rápidas que haya visto en mi vida. Jamás la han atrapado los Bastos, ni una sola vez. Me prometió que protegería a Mouse y a los pequeños. Me…
Y está aquí, en el estadio, condenada a morir ante mis ojos.
Empiezo a ponerme en pie, pero Vesper me agarra de la mano y entrelaza los dedos con los míos, apretándomelos tan fuerte que me rechinan los huesos.
Sin embargo, no me duele tanto como para apartar la vista de Mara, que corre a toda velocidad por entre la arena blandiendo una daga.
El arma parece diminuta en sus manos. Mara no es ninguna luchadora, nunca lo ha sido.
No sabe ni dar un puñetazo. En su día intenté enseñarle a pegar y…
—Joder. Joder, joder, joder. Tenemos que… —Vuelvo a intentar ponerme en pie, pero Cato me pone la mano en el muslo y me sienta, clavándome sus fuertes dedos en la piel.
—No lo hagas —dice con voz estrangulada.
Su atención oscila entre Calvin y Luce, con un intenso horror en sus ojos castaños.
Los dos están espalda contra espalda, claramente idean do una estrategia.
No va a funcionar: si están aquí es que van a morir.
Aun así, espero equivocarme. Cato carraspea, pero la voz le sale tan ronca que apenas comprendo sus palabras:
—No puedes ayudarlos. Ninguno de nosotros puede.
—Esto está mal . —Inspiro bruscamente entre dientes al tiempo que la Sacerdotisa suelta un grito. Quienquiera que fuera esa mujer para ella ya ha muerto. Calvin la ha matado cuando ella se le abalanzaba—. Tenemos que detener esto.
—No podemos —susurra Vesper. Si ahora mismo mostrase compostura, no lo soportaría, pero tiene la voz quebrada—. Lo único que podemos hacer es presenciarlo.
— Y una mierda. —Intento quitarme la mano de Cato del muslo—. Suéltame. —Creía estar segura de que los Bastos no tendrían ningún modo de encontrar a mi familia. ¿Habrán atrapado a Mara en lugar de a Mouse?, ¿en lugar de a Quoll o a Pika? Está en el estadio, luchando por su vida, por mi culpa.
Cato me clava los dedos en el muslo con más fuerza todavía.
—Si interfieres, les das motivos para matarte.
—No me importa. —Tengo que hacer algo. Mara no es ninguna luchadora.
Es tan rápida que nunca ha tenido que luchar.
La mayoría de sus víctimas ni siquiera se dan cuenta de que les ha robado hasta mucho después.
Solía jugar a birlarme objetos de los bolsillos.
Si yo no me daba cuenta lo bastante rápido, empezaba a contar en voz alta.
Y yo casi nunca me daba cuenta lo bastante rápido—. No merece morir.
«Así es la Corte Menor. Dicen que somos ratas, pero son ellos la plaga que asola la ciudad».
Una sombra cae sobre nuestra mesa. Los tres nos sobresaltamos y, al alzar la vista, contemplamos a la Torre. Este planta las manos en la mesa y se inclina, ocultando con su ancho cuerpo la violencia que se está desatando en la arena a su espalda.
—Mírame a mí, Kestrel. No los mires a ellos.
—¿Qué haces? —susurro.
—Están intentando hacerte daño. No dejes que ganen. —Sus oscuros ojos rebosan de empatía—. No te apartes de la silla. Mantén la vista centrada en mí, no en el estadio. —Desvía la mirada hacia Vesper y Cato—. No os mováis.
—Cabrón. —Cato se inclina hacia delante, y ahora me toca a mí detenerlo con el brazo. Podría zafarse sin problema, pero se queda inmóvil en el mismo momento en que le toco el pecho—. Quítate de en medio.
—Ver cómo sucede no cambiará nada. Ahorraos la imagen de su muerte.
No entiendo cómo puede mostrarse tan sereno ahora mismo.
—¿Sabías que esto iba a pasar?
—Me lo contó la Muerte. —Pone una mueca de dolor cuando se oye un grito a su espalda —. Todos mis seres queridos han muerto. No se me ocurrió … —Niega con la cabeza—. No se me ocurrió advertirte.
La Muerte lo sabía. Por eso me estaba advirtiendo antes. Sabía que los Bastos iban a matar a uno de mis seres queridos delante de mí porque, si interfiero, podrán acabar conmigo, tal y como claramente desean.