Capítulo 23 #4
—Sea traición o no, las consecuencias son las mismas.
—Tuerce sus finos labios—. Das muestras de ser inteligente, así que empieza a comportarte como tal.
A los Bastos les interesa mucho asegurarse de que en la nueva Cinque no intentarán cambiar el orden establecido en Caelria.
Los Espadas son sus enemigos naturales , desde los inicios de la ciudad, y los Sedimentos son su patio de juegos, donde pueden operar sin mucha supervisión y poner en práctica métodos que luego usan contra el resto de la población.
A los demás también se nos ha de doblegar.
Me estremezco. No está diciendo nada que yo no sepa ya, tanto por experiencia como por mis conversaciones con Vesper y Cato. Aun así, no sé por qué me lo cuenta.
—No pueden matar a una campeona durante las Pruebas. Ellos mismos serían ejecutados.
—Tienes razón. —No parpadea—. Pero hay otros modos de imponer su dominio sin tener que matarte. Y, si eres tú quien ataca primero , acabar con tu vida estará más que justificado.
Me vuelve a hormiguear la piel, como ya ha pasado con la llegada del rey y la reina al estadio. Es una advertencia. No entiendo por qué proviene de la Muerte, pero no soy tan necia como para ignorarla.
—Crees que intentarán ejecutarme por haberle dado un empujón a le Caballere de Bastos.
—Eso no ha sido más que un roce, pero no hay testigos que puedan dar fe de cualquier versión exagerada que cuente Nonnie, así que las demás cortes no permitirían ninguna reacción extrema, y los Bastos lo saben.
—Niega con la cabeza—. No, lo que harán será intentar provocarte , a ti y a todos nosotros, esta tarde. Una y otra vez. No se lo permitas.
—¿Por qué me cuentas esto? Soy tu rival en las Pruebas. Mataste a mi madre. ¿Acaso no te interesa que muera?
—No, Kestrel, no me interesa que mueras. —De pronto no parece dar ningún miedo. Se lo ve agotado , un hombre que ha perdido toda esperanza—. Ya le fallé en su día a tu madre. No pienso volver a fallarle permitiendo que mueras.
De repente no puedo respirar. El modo en el que habla me indica que hay algo más profundo de lo que pensaba.
Como si mi madre y la Muerte no fueran solo supervivientes de las Pruebas que hubieran establecido una alianza beneficiosa para ambos.
Como si mi madre no hubiese sido una aliada a la que la Muerte dio la espalda voluntariamente.
Como si mi madre le importase de verdad. Retrocedo un paso.
—¿Qué relación tenías con mi madre?
—Hazme esa pregunta cuando hayas entrado a formar parte de la Cinque. Entonces te responderé.
La falta de respuesta viene a ser una confirmación. Cada vez que Mouse hablaba de la Muerte y los demás, lo hacía con rencor. Este hombre fue el aliado de mi madre y, luego, le dio la espalda y se convirtió en la espada de la Corte Menor que le cortó la cabeza. Y nada más.
El resto de lo que ha dicho la Muerte cala por fin hasta lo más hondo de mi ser: «Cuando hayas entrado a formar parte de la Cinque».
Eso solo sucederá si sobrevivo… Si los dos sobrevivimos.
Por primera vez me atrevo a considerar qué sucederá realmente si la Muerte sobrevive a las Pruebas.
No estaba dispuesta a escuchar a Cato y a Vesper cuando hablaban de él.
Estaba demasiado dominada por la necesidad de encontrar respuestas, por vengar a mi madre.
Quizá debiese haberles prestado más atención.
Odio todo esto. Todo lo que creía saber ha quedado destruido, trozo a trozo, en cuanto me puse en pie para entrar en la Criba y convertirme en la campeona de la Luna. Mis planes, mis suposiciones sobre otros campeones, mis certezas sobre la Muerte.
—Lo dices en serio, ¿verdad? No quieres que muera.
—No hay forma de negar esta evidencia que no deja de repetirse durante las Pruebas.
La Muerte detuvo a la Torre: desvió el golpe cuando se dio cuenta de que me iba a alcanzar.
Y ha interferido para asegurarse de que Nonnie no pida que me corten la cabeza.
—Lo digo en serio. —Se endereza, y de pronto vuelve a ser la Muerte, frío e intocable, aunque sigue mirándome con demasiada atención, casi como si examinase todos los rasgos de mi car a—.
Cuando se ponga el sol, tienes que huir, aunque eso suponga dejar atrás a tus aliados .
El Carro ha decidido que el Sol presenta una amenaza demasiado grande como para ignorarla.
Esta noche intentarán matar al chico… y, por extensión, a ti y a la Rueda de la Fortuna.
—¿Y tú cómo sabes eso? ¿Tenéis una alianza secreta? —balbuceo—. ¿Y por qué debería creerte?
—La Muerte no miente. Ya te lo he dicho. —Empieza a darse la vuelta—. Y tengo que mantener mi palabra: no te haré ningún daño.
En lugar de aclarar nada, esa frase solo me plantea más preguntas.
—¿Por qué has dado tu palabra? Si de verdad no puedes mentir, ¿no deberías haber moderado un poco esa frase?
Si cometo traición, te obligarán a empuñar la espada que me cercene la cabeza.
—¿Y por qué le ha dado su palabra a Vesper?
No significa nada para él. A menos que…—.
¿Es una promesa que le hiciste a mi madre? ¿Le prometiste que no me harías daño?
¿Pero por qué iba a hacer tal cosa? Y, si así fue , se le da de puta pena protegerme. A lo largo de los años he sufrido muchísimo.
Se me queda mirando durante tanto tiempo que tengo que hacer un esfuerzo para no removerme.
—Huye, Kestrel. Huye en cuanto se ponga el sol. Tan rápido como puedas y muy lejos. Tu vida depende de ello.