Las Pruebas del Tarot Capítulo 23 #3
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Capítulo 23 #3

Ya había oído el rumor de las concubinas del Carro, pero su territorio está en el otro extremo de donde vivo en los Sedimentos.

Jamás he tenido que preocuparme de que su gente rapte a alguna de mis conocidas en plena calle porque a él le parezca hermosa.

Ya me di cuenta de que Vesper chinchaba a Cato justo con eso el primer día en el carruaje.

Luego me percaté de su insistencia con que el Carro debe morir, aunque no había pensado en lo que implicaba.

Su madre no eligió ese destino, y él tampoco.

Ahora que he conocido al Carro, me sorprende que haya dejado vivir a Cato después de raptar a su madre en plena calle.

—Por eso quieres matarlo. —Para proteger a su madre.

—Ha hecho daño a mucha gente. —No me mira a los ojo s—.

A mucha gente, Kestrel. No voy a fingir que tengo el impulso altruista de proteger a todo el mundo, pero es que estamos hablando de mi familia .

Ha sido un gran riesgo entrar en las Pruebas sin contárselo.

Si el Carro sobrevive, matará a mi madre y a todos mis seres queridos.

Por supuesto que Cato tiene seres queridos, no sé por qué no se me había ocurrido antes.

Todos tenemos seres queridos. Es que no esperaba que sus motivos para eliminar al Carro fuesen idénticos a los que tengo yo para eliminar a la Muerte.

Su madre sigue viva. Por mucho que yo ansíe desesperadamente encontrar respuestas sobre la muerte de mi madre, ella ha muerto.

Las respuestas que halle no le devolverán la vida.

—Lo siento. No lo sabía.

—Ni se te ocurra. —Niega rápidamente con la cabeza, de pronto sin rastro de vulnerabilidad—. No necesito tu puta compasión, ni tampoco quiero despertarte lástima.

Es casi lo mismo que me dijo Vesper. Desde luego, es lo mismo que yo he sentido cuando otra gente ha tenido ideas preconcebidas sobre mí debido al lugar del que provengo.

—No me inspiras lástima. —Trago saliva para reprimir otra disculpa, pues no servirá sino para cabrear más a Cato—.

Esta noche mataremos al Carro. No volverá a tener otra oportunidad de hacerle daño a tu madre.

Y, cuando todo esto acabe, si quieres que te ayude a destruir hasta el último pedazo de esta farsa de corte, estaré encantada de echarte una mano.

—Claro que sí, Kestrel. Me encantaría que me echaras una mano. —Su leve sonrisa desaparece de repente—. Tenemos un problema.

Sigo su mirada y veo que Nonnie cruza la misma puerta por la que ha pasado Vesper hace poco. No tiene motivo alguno para seguir a Vesper…, a no ser que quiera hacerle daño. Me pongo en pie.

—Yo me encargo.

—Kestrel —me agarra del brazo—, no puedes hacerle daño a ningún miembro de la Corte de Bastos. Te pondrás en peligro tanto a ti misma como a Vesper. Hagas lo que hagas, no ataques.

Me zafo de un tirón y echo a andar a toda prisa, pasando junto a las otras dos mesas. En pocos segundos llego a la puerta, que da a un pasillo tenuemente iluminado de techo bajo. Oigo pasos en la lejanía y sigo el sonido en silencio.

Al acercarme a un recodo, oigo las voces de Vesper y Nonnie. Haciendo lo que ya he visto que es una de las típicas gilipolleces de la Corte Menor, ambos hablan con tono neutro, como si mantuviesen una conversación normal, pero sus palabras son inherentemente violentas.

—Deberías haber muerto la primera noche — dice Nonnie con despreocupación, como quien habla del clima—. Lo único que te ha mantenido con vida es ser representante de la Rueda de la Fortuna. Sin embargo, su suerte no durará eternamente.

—Nonnie, de verdad que no soporto más esas amenazas inofensivas. Deja de malgastar mi tiempo y quítate de en medio.

Nonnie suelta una suave risa.

—Así que crees que son inofensivas, ¿eh?

Se oye un forcejeo. Un grito de dolor, que se ve sofocado enseguida.

«No».

Me pongo en marcha al instante y giro el recodo a tiempo de ver a Nonnie inclinado sobre Vesper, que ha caído al suelo.

Le Caballere de Bastos le está pisando la pierna de la férula.

Al tiempo que me abalanzo sobre ellos, Nonnie apoya todo su peso sobre ese pie y muestra una expresión entusiasta al ver que Vesper no puede contener otro gemido de dolor.

—¡Basta! —Arremeto contra Nonnie , que retrocede varios pasos hasta chocar contra la pared. Es bastante más grande que yo, aunque de complexión delgada, pero tiene de su parte tanto su entrenamiento como una buena alimentación. Me agarra de los antebrazos y aprieta. Duele .

Sin embargo, no es la primera vez que me enfrento al dolor, no va a conseguir disuadirme. Le doy un empuj ón, haciendo que vuelva a estrellarse contra la pared.

—Ni se te ocurra… tocar… a Vesper.

La expresión de sorpresa de Nonnie desaparece, para dar paso a una mueca burlona.

—Mira, Vesper, tu mascota ha venido corriendo a salvarte, tal y como le has enseñado. ¿Sabe que no es más que un puñal en tu mano, que vas a utilizarla y desecharla cuando ya no te sirva?

A mi pesar, sus palabras se cuelan en mi cerebro, me calan hondo, despertando las sospechas que no me había atrevido a considerar. Da igual que Vesper me esté utilizando; yo estoy haciendo lo mismo. Aun así, esa lógica no disminuye el efecto de las palabras de Nonnie.

—Cállate.

No me doy cuenta de que no estamos a solas hasta que un brazo delgado me rodea el pecho y me aparta de un brusco tirón de le Caballere de Bastos. Intento volver a abalanzarme sobre elle, pero es como luchar contra una marea. No consigo ni moverme.

—Ya está bien. —La seca voz de la Muerte nos petrifica. Sin vacilación alguna, el campeón prosigue—: Tu tía te está buscando, Nonnie.

Nonnie palidece tanto que su rostro se pone verdoso. Se desliza junto al muro con la mirada fija en algún punto por encima de mi cabeza, justo donde debe de estar la Muerte clavándole la mirada.

—No vayas a pensar que tú estás a salvo —espeta Nonnie, aunque es una amenaza muy poco creíble. Gira en redondo y se aleja en cuanto está fuera del alcance de la Muerte.

La Muerte se gira hacia Vesper.

—¿Necesitas ayuda?

—No, gracias. —Vesper se pone en pie con gran esfuerzo. Me fijo en que se encoge en cuanto apoya el peso en el pie izquierdo. Nonnie le ha hecho daño, maldita sea. Vesper inspira hondo—. Haz el favor de soltar a mi aliada, Muerte. Aún no se ha pues to el sol.

—La Luna y yo tenemos que hablar. —Dado que Vesper no se mueve, la Muerte suspira—. No voy a hacerle daño, Rueda. Tienes mi palabra.

«No te vayas».

Me trago esas palabras. Puede que esta sea mi única oportunidad de hablar con la Muerte antes de que acaben las Pruebas.

Cada vez que lo busco, desaparece. Me da igual lo que digan Vesper y Cato, no puedo aceptar que forme parte de la Cinque.

Quizá al final no me quede alternativa, pero no pienso proponerle ninguna alianza.

Sabe cosas que yo desconozco y, ahora mismo, por el motivo que sea, quiere hablar conmigo. No voy a dejar pasar esta oportunidad.

Vesper me hace una pregunta muda y asiento bruscamente. Aún tarda unos segundos en desaparecer por el recodo. La Muerte espera unos largos instantes hasta que sus pisadas se desvanecen. Es entonces cuando me suelta.

Me cuesta bastante controlar mi corazón desbocado y pensar.

Necesito ganar tiempo, estudiarlo. El agotamiento que aqueja a los demás campeones a esas alturas de las Pruebas a él no parece afectarle; tiene el mismo aspecto que durante la Criba.

De hecho, puede que lleve la misma armadura que cuando subió al escenario.

O bien a quienquiera que sea su clérigo o clériga le da igual la moda, o bien él se niega a seguirla.

Su cadavérico rostro sume sus ojos en sombras, por lo que tengo que hacer acopio de toda mi fuerza de voluntad para no apartar la vista.

—Si quieres volver a intercambiar preguntas, más vale que sea más de una. No quiero que perdamos el tiempo. — Mi tono es pura bravuconería. No puedo obligarlo a responderme; me lo ha dejado ya más que claro.

—No me interesa andarme con jueguecitos. —En este interior tan reducido, parece mucho más alto, más espectro que humano—. Tienes que dejar de ser tan imprudente.

Si hubiese tenido que adivinar el motivo por el que quería hablar conmigo, jamás se me habría ocurrido que fuera este . Suena… preocupado. Parpadeo.

—¿De qué hablas?

—Sabes bien de lo que hablo. —Entrecierra sus oscuros ojo s—. Atacar a le Caballere de Bastos habría sido una maniobra estúpida esta noche, y mucho más en mitad de las Pruebas. Ejecutaron a tu madre por traición. ¿Tantas ganas tienes de unirte a ella en la otra vida?

— Tú ejecutaste a mi madre. Quiero saber por qué. Y quiero que me digas el motivo real , no las gilipolleces que contó la Corte Menor tras su muerte.

Él se estremece, tan levemente que se me habría escapado de no estar centrando toda mi atención en él.

—Sí —dice al fin—. La maté. Pero fue porque no me quedaba alternativa. En cuanto entré en las Pruebas, mi vida dejó de pertenecerme, al igual que le sucedió a ella. Ella tomó sus decisiones y nosotros tuvimos que lidiar con las consecuencias.

Lógicamente, cuando dice «nosotros» debe de referirse a la Cinque, el grupo de aliados que ganaron las Pruebas y ocuparon puestos de poder. Sin embargo, me da la sensación de que se refiere a él y a mí .

—Atacar a un miembro de la Corte Menor no es cometer traición. —Al menos , estoy bastante segura de que no lo es.