Capítulo 23
H ace solo un par de días estaba cruzando estas mismas puertas con Mouse a mi lado.
Los nervios me estaban dando náuseas y me preocupaban todos los escenarios que pudieran tener lugar durante la Criba.
Volver ahora junto con los nueve campeones supervivientes se me antoja extraño.
Se supone que hemos venido a que celebren una fiesta en nuestro honor, pero resulta difícil centrarse en eso al entrar en el estadio propiamente dicho y ver las gradas llenas hasta los topes de gente vestida de púrpura y negro.
Aquí hay más Bastos de los que jamás he visto juntos en un único lugar.
Se me paralizan las piernas y mi columna se vuelve de piedra.
Una vez más es la mano de Cato en mi espalda lo que me ayu da a avanzar, aunque sea con pasos pesados, por las escaleras hasta la grada más cercana a la arena.
Estamos tan cerca que sien to cómo al reflejarse en ella se intensifica el calor del sol que brilla por el techo abierto.
Hay mesas dispuestas para nosotros, todas tan cargadas de comida que el enorme derroche me distrae un instante.
Hago un esfuerzo por volver a mirar a la multitud.
Los Copas y los Pentáculos permitieron que asistieran a sus eventos numerosos miembros de los gremios, pero no es el caso de los Bastos.
Si hay gente por aquí que lleve otros colores aparte de esa abrumadora cantidad de tonos púrpura y negro es muy poca como para distinguirla.
—Esto no me gusta —murmuro.
—Esto no le gusta a nadie —espeta Cato. Su postura ya no me parece relajada. Mira en derredor, como si esperase un ataque en cualquier momento.
Deberíamos estar a salvo. Aún quedan horas hasta el ocaso y los miles de Bastos presentes no deberían ser fuente de preocupación.
Aunque en los Sedimentos los Bastos sean depredadores naturales, ahora mismo soy una campeona.
Estoy lo más cerca de ser intocable que se puede ser en Caelria, al menos sin pertenecer a ninguna familia noble de la Corte Menor.
Los otros campeones están tomando asiento en las tres mesas dispuestas.
El Mago se dirige a la mesa con la Muerte y la Torre.
El Carro se une a sus aliadas, la Sacerdotisa y la Estrella.
Vesper y Cato se acercan a la tercera mesa, dejándome el sitio central.
Y ya está . No hay nadie más. Somos los que quedan.
Si las luchas de esta noche son lo bastante agresivas, las Pruebas quizá hayan acabado por la mañana.
Habría que dividir por la mitad nuestro número, pero desde que empezaron las Pruebas al menos cua tro campeones han muerto cada noche.
Definitivamente, es posible. Incluso probable.
Si bien yo no puedo controlar quién llega a la Cinque, si va mos a por el Carro y los demás campeones luchan por los puestos restantes… Me estremezco. Esto no me gusta.
Cato se inclina hacia m í cuando me hundo en la silla.
—El único modo de tener una oportunidad de vencer al Carro es luchar con él en un recinto estrecho para que no pueda aumentar su inercia.
—Esto va a ser muy difícil, sobre todo si el Mago hace alguna necedad como echar a correr en medio de la calle.
—Vesper tamborilea con los dedos sobre la mesa—.
Aunque ha sobrevivido todo este tiempo, quizá haya comprendido lo mismo que nosotros e intente alguna maniobra astuta.
Podríamos tratar de que cometa algún error parecido.
— Si descubriese nuestra intención, también podría hacer lo contrario de lo que queremos. —Alargo la mano hacia el vaso que tengo delante, pero Vesper me agarra de la muñeca. Miro en su dirección—. ¿Qué pasa?
—No confíes en nada de lo que te den los Bastos.
Parpadeo. Evidentemente, ya sabía que tenía que andarme con ojo con los demás campeones — o al menos con la Estrella—, pero por más que odie a los Bastos en el fondo creía que envene nar a alguien es una línea que no se atreverían a cruzar.
Qué ingenua y necia he sido. Los Copas nos encerraron en una torre para aumentar las probabilidades de que todo acabase en una matanza.
No puedo demostrar que los Pentáculos hayan prendido fuego a su edificio, pero tampoco que no lo hayan hecho.
Por supuesto que los Bastos nos han preparado alguna maldad.
—Si sobrevivimos a esta noche y las Pruebas continúan, ¿qué nos tiene preparado la Corte de Espadas?
—Lo descubriremos a la vez. —Vesper me suelta lentamen te la muñeca—.
Que yo sepa, cada vez que se celebran las Pruebas, las cortes negocian para ver quién es el primero que organiza un evento para los campeones.
Quieren tener la oportunidad de entretener a los campeones de los dioses , aunque la mayoría de ellos no vayan a llegar a la Cinque.
Contamos con nuestra propia magia y nuestros propios dioses, pero tememos el poder y la valía de los arcanos mayores.
—O sea, que esta vez los Espadas han perdido. —Cato resopla y aparta nuestras copas—. No puede decirse que dé buena impresión, ¿verdad?
—Al contrario —dice Vesper con la mirada perdida—. Mi madre se ofreció a ocupar el puesto menos codiciado. Eligió con toda intención organizar el último evento que celebra la Corte Menor para los campeones.
Me muerdo el labio inferior, intentando entender su estrategia.
Sentí cierto asombro con la fiesta de los Copas, aunque sus excesos me dieron náuseas.
Con el transcurso de los eventos, ese asombro ha ido disminuyendo.
Lo que ha aumentado ha sido el agotamiento.
Los tres tenemos heridas que no se han curado del todo, y seguro que los demás campeones también.
No estamos en las mejores condiciones y difícilmente vamos a poder apreciar un espectáculo ostentoso más.
Si sobrevivimos a esta noche, lo último que quiero es ponerme otra prenda que deje poco a la imaginación y desfilar con ella por la Corte de Espadas.
Cato se inclina en la mesa y entrecierra los ojos.
—¿A qué está jugando la Reina de Espadas?
—Pues tendrás que preguntárselo tú cuando la veas. —Vesper se encoge de hombros, aunque con aire tenso—. La reina jamás aborda directamente un problema si puede esquivarlo. Los Espadas han tenido pocos aliados entre los últimos miembros de la Cinque y mi madre pretende cambiar eso.
Le tengo mucho más que cariño a Vesper, pero eso no significa que quiera la atención del Rey y la Reina de Espadas.
—¿Somos un problema que hay que resolver?
Los dos me miran perplejos.
—Piensa, Kestrel. —Cato me da un golpecito con el dedo en la frente—.
Los miembros de la Cinque representan cinco votos dentro del Concilium.
Rara vez se alinean los intereses de las facciones caelrianas, pues la Corte Menor suele estar en el lado opuesto al de los gremios.
En esa ecuación son los gremios los que pierden, porque solo tienen cinco votos frente a los ocho de la Corte Menor.
Asegurarse los votos de la Cinque le garantiza a la Corte Menor hacer lo que quiera.
Por otro lado, si nos marginan, se arriesgan a que nos unamos a los gremios y acabemos con sus planes.
Vesper enarca las cejas.
—No solo eres guapo, también eres listo.
—Sí, ya te lo había dicho. Lo que pasa es que presto atención.
—Se reclina en el asiento—. He estado en suficientes sesiones de voto junto con el Carro como para comprender cómo funciona el sistema.
Siempre vota lo mismo que los maestros gremiales del Dia mante y del Granate porque le han proporcionado parte del territorio fronterizo que hay entre ellos, y además prefieren mirar para otro lado cuando el Carro aterroriza a la gente que vive allí.
Lo que dice tiene sentido, pero…
—Y, entonces, ¿por qué no nos agasajan los maestros gremiales? —Se juegan más que la Corte Menor, al menos cuando se trata de votar.
Vesper se encoge de hombros.
—Eso sucedería si las Pruebas se alargasen más allá del evento de mañana de los Espadas, aunque no tendrán la oportunidad de llevarnos a cada territorio, porque algo así dificultaría que regresásemos a la isla de los campeones antes de la sexta campana.
Los equipos volverán a rotar por los territorios de la Corte Menor, pero esta vez con todos los gremios y cortes presentes.
Suena como una pesadilla. Por malo que sea que te acechen en la oscuridad, las fiestas lo empeoran todo mucho más.
Nadie dice qué es lo que significan. Los mismos que me quieren matar me sonríen a la cara y me hablan con amabilidad.
Estoy harta de esta puta falta de sinceridad tan innecesaria, pero supongo que así es la vida en la colina.
A quien no tiene que luchar para sobrevivir cada hora de cada día le queda mucho tiempo para gilipolleces.
Un murmullo se extiende entre las gradas por encima de nosotros, pasando de mesa en mesa hasta convertirse en un rugido. Yo me tenso, lista para huir, pero no se trata de ningún ataque, al menos en el sentido tradicional de la palabra.
Dos mujeres bajan lentamente por la escalera por la que hemos venido.
Una parece igual de alta que la Torre y tiene pinta de poder levantar por encima de la cabeza sin el menor esfuerzo a cualquiera de los caballos que han tirado de nuestros carruajes.
Su piel canela es tersa, exceptuando algunas arrugas en torno a su boca y ojos.
Lleva un cinto de bronce tan ancho que le cubre la cintura entera y parece tener una escena tallada en la parte delantera, aunque desde esta distancia no consigo apreciar los detalles.
La mujer que va a su lado es mayor, o eso creo, porque resulta difícil adivinar la edad de los nobles de la Corte Menor.
También está más delgada y no hay ni rastro de canas en su larga cabellera negra.
Aunque Vesper no hubiera dicho que el rey es la tía de le Caballere de Espadas, me habría fijado en el gran parecido que tienen: la misma piel trigueña, la misma complexión menuda, los mismos ojos negros.