Capítulo 22
N o puedo dejar de rodar el hombro mientras cruzo el patio en dirección al templo del Sol.
Ya está curado, sé que lo está, pero sigo teniendo una sensación extraña .
Me duele un poco, lo noto demasiado tirante y juraría que algo cruje en su interior, donde nada debería crujir.
Quizá esté todo en mi cabeza. No estoy para nada segura.
Cato sale de su templo cuando me acerco , bajo un fuerte rayo de luz solar.
Resulta de lo más raro: todos estamos bajo el sol, pero él resplandece con algo más de intensidad.
Su piel morena reluce como si estuviese iluminada por dentro.
Al verme, me sonríe, con una expresión tan sincera que casi caigo redonda.
—Tienes mejor aspecto que anoche.
—Te refieres a que puedo moverme por mí misma en lugar de estar inconsciente en tus brazos , ¿no?
Él suelta una risita.
—Sí, algo así. —Repara en mi hombro —. Qué suerte que la luna esté creciente y te haya curado tanto en tan poco tiempo. De lo contrario, quizá te hubiésemos perdido.
No sé cómo reaccionar ante esta extraña ternura suya. Resulta más sencillo tratar con Cato cuando se muestra arrogante o cuando flirtea. Me parece que es la primera vez que no enmascara sus emociones y esta intimidad tan repentina entre ambos me descoloca.
—¿Cómo es que tu clérigo odia tanto las camisas?
Viste otro kilt, esta vez de un color púrpura intenso que resalta los trazos dorados que lleva pintados sobre la piel desnuda .
Cubren sus anchos hombros y le bajan por los brazos , forman do un diseño cada vez más intrincado y grueso, tanto que cuando llega a sus manos estas parecen estar cubiertas de oro. Tiene buen aspecto…, muy buen aspecto.
Cato entrelaza las manos tras la cabeza y marca músculo.
—¿Te gusta lo que ves?
—Aunque así fuera, no tengo impulsos suicidas . —Niego con la cabeza—. Te gusta demasiado flirtear.
—Y a ti demasiado poco. —Señala mi vestido, engalanado con adornos de plata—. La verdad es que hacemos muy buena pareja.
Otra vez no. Pongo los ojos en blanco, aunque hago un esfuerzo para no ruborizarme.
—No somos una pareja, Cato. Somos un trío .
Vesper elige ese momento para acercarse, apoyándose con fuerza en el bastón.
Viste una casaca blanca que le llega justo por debajo de las rodillas, con rajas a ambos lados para que pueda moverse libremente.
También lleva la acostumbrada férula en la pierna, así como lazos de color blanco y plateado en las trenzas.
Niego con la cabeza.
—El clérigo de Cato quiere que acabe muerto de frío y el tuyo te ha convertido en una diana con patas de cara a la competición de esta noche . ¿En qué está pensando esta gente? —Al menos cuento con mis poderes de sombra para esconderlos.
Vesper se detiene justo ante nosotros .
—Hay otros puntos que hemos de considerar.
—Habla en el mismo tono sarcástico de siempre, pero me parece que tiene que esforzarse más de lo normal, como si le pesase el cansancio mucho más que a mí—.
Tenéis buen aspecto los dos. —Observa mi hombro, al igual que ha hecho Cato , y se estremece—. Más o menos.
Jamás pensé que echaría de menos el maldito mono, pero, si esta va a ser la reacción de todo el mundo al verme el hombro, sería preferible a este vestido.
—No tenemos mucho tiempo antes de la fiesta. Deberíamos repasar el plan de esta noche.
Después de lo increíblemente mal que han ido las dos noches anteriores, sería una gran idea que huyéramos y nos escondiésemos para que nos dé tiempo a recuperarnos.
Vesper habla antes de que yo pueda proseguir:
—Esta noche vamos a ir a por el Carro.
—No. —No sabía que pretendía protestar hasta que la palabra brota de mi boca . Los dos me miran con la misma cara de frustración , pero alguien tiene que ser la voz de la razón —. No lo digo porque quiera que vayamos a por la Muerte.
—¿Entonces por qué? —espeta Cato.
—Porque yo no estoy recuperada, y Vesper mucho menos . Os dejasteis la piel por mantenerme con vida. Los tres estuvimos a punto de morir anoche, y eso contra un campeón que no ha tenido veintidós años para aprender a usar sus poderes al dedillo. Si esta noche vamos a por el Carro, perderemos .
Vesper aprieta los labios y se endereza lentamente.
—Por mucho que seas mi aliada, ni se te ocurra ponerme palabras en la boca, Kestrel.
—Yo no te estoy poniendo palabras en la boca.
—No, pero estás intentando tomar decisiones por mí, solo porque supones cómo funcionan mis habilidades. —Niega con la cabeza—. Queda muy poco tiempo. Si queremos tener el menor control sobre quién llega a formar parte de la Cinque, hemos de ir a por el Carro. Esta noche .
Sé que debería dejarlo, pero no lo consigo. Estoy demasiado preocupada por ellos, por mí, por todos nosotros.
—Ahora mismo te estabas apoyando en ese bastón como si fueses a desplomarte si lo soltases. ¿Cómo cojones vamos a ir a por el Carro si cada paso que das te provoca agonía?
Sus oscuros ojos se vuelven pétreos.
—Ya me lo esperaba.
Me siento como si acabase de caer en una trampa.
Una trampa que yo veía a la perfección y que aun así he ignorado por completo.
Maldita sea . Aunque nos conocemos desde hace pocos días, tengo claro que la pierna de Vesper es un tema delicado y que no quiere compasión alguna.
Pero no es eso lo que está pasando. Estoy… Inspiro entre dientes, frustrada.
—Quiero que vivas . No quiero que sufras. ¿Por qué va a ser eso malo?
Vesper no suaviza el gesto.
—No quieres que sufra porque mi sufrimiento te incomoda. He aguantado el ritmo hasta este momento y esta noche también lo haré.
La culpa que siento es como espinas en mi interior.
Puede que tenga razón; no sé dónde están las líneas que no he de cruzar.
Protejo a quienes me rodean lo mejor que puedo y, aunque jamás había planeado hacerlo con los demás campeones, no soporto la idea de que Vesper sufra más por precipitado.
Cada vez que cierro los ojos, me da vueltas la cabeza con los recuerdos de anoche, de todas las noches que llevamos participando en las Pruebas.
La horrible indefensión de estar oculta en las sombras mientras el Loco husmeaba el aire del pasadizo, aguantando la respiración con la esperanza de sobrevivir.
El momento en que aparecí ante la Muerte y salvé a Cato, la sorpresa y la rabia que asomó a sus ojos hundidos. El estremecimiento de Cato entre mis manos y, luego, su desmayo por haber abusado de sus poderes.
El instante en que Vesper se desplomó, la muerte escrita en el rostro de la campeona del Ermitaño, que alzó el cayado para golpearlo.
La lucha contra el Loco. El puñetazo que le dio Cato . Cuan do apartó a Vesper de un empujón como si no pesase nada. Cuando me inmovilizó contra el suelo, provocándome aquel dolor devastador por todo el cuerpo.
Me giro hacia Cato.
—Sabes que tengo razón.
—Ah, ¿ahora se me permite votar? —Su mueca de arrogancia, marca de la casa, vuelve a aparecer, ya sin rastro de preocupación—. Encantador.
—Cato.
—Kestrel — dice imitando a la perfección mi tono exasperado—.
Vesper tiene razón. —Como empiezo a protestar, alza una mano—.
No tenemos tiempo para jugar al escondite.
Solo quedan nueve campeones. No le conviene a nadie alargar las Pruebas más allá de lo necesario, así que esta noche la violencia aumentará drásticamente.
De las últimas cinco Pruebas, solo unas duraron más de cinco días, y eso fue hace más de cien años .
Tengo suficiente lucidez como para mostrarme profundamente irritada. Al parecer , todo el mundo se conoce al dedillo la historia de las Pruebas del Tarot. Todo el mundo menos yo.
—Pero …
—Además —me interrumpe—, Vesper no se va a recuperar por arte de magia después de una noche. Conoce su cuerpo mejor que tú . Cada día que prosigan las Pruebas le supondrá una carga añadida, porque no va a poder descansar en condiciones.
Me giro hacia Vesper, que no dice nada. Se limita a colocar ambas manos sobre la gema gigantesca que remata su bastón y a contemplarme. Está de acuerdo con Cato, aunque quién sabe qué pensará de sus palabras.
—Esto no me gusta —digo al fin.
—Tu opinión nos queda clara. —Vesper suspira—. Entiendo que no pretendes menospreciarme, pero esto es una alianza, somos iguales . En cuanto ese equilibrio deje de existir , quedará rota.
Cato se cruza de brazos.
—La alianza del Carro ha estado atacando a los campeones que van por libre. Esta noche irán a por el Mago. Será más fácil seguir al Mago que al Carro, y tendremos mayores probabilidades de sorprenderlos a ambos.
Cuatro muertes más. Cuatro estandartes más ondeando sobre las puertas de los templos de los dioses.
Una vez que muera el Carro —y quizá el Mago—, nos quedan la Estrella, la Sacerdotisa, la Torre y …
la Muerte. ¿A quién de todos ellos podría yo soportar como miembro de la Cinque?
A la Torre, evidentemente, pero este no piensa romper su alianza con la Muerte.
¿Quién más prefiero que sobreviva? La Estrella es un monstruo, aun que más hermoso que sus contrapartidas.
Y la Sacerdotisa parece cortada por el mismo patrón.
No hay respuestas ideales. Odio todo esto. Cuánto lo odio, joder.
Cato y Vesper tienen razón : el Carro ha de ser el primero en morir.
—Está bien —espeto—. Cuanto antes acabemos con esto, mejor.
Sin embargo , Vesper ya no me está mirando. Ha dirigido su atención al otro lado del patio, por donde se acercan dos personas, ambas con un lenguaje corporal innecesariamente agresivo. Se me encoge el estómago al ver esos tonos púrpuras y negros tan familiares.
—Bastos —susurro.
—Bastos —repite Cato con evidente desagrado —. Y de alto rango.
Veo enseguida a qué se refiere . En los Sedimentos, los Bastos visten los colores de la corte, pero no llevan metal.
Estos dos sí: tanto los cinturones como los arneses que portan son de bronce.
Los cintos parecen muchísimo más elaborados: dos gruesas bandas que les envuelven el torso. Deben de pesar muchísimo, joder.