Las Pruebas del Tarot Capítulo 21 #2
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Capítulo 21 #2

Conozco a mucha gente que sigue llevando a cabo los rituales de los dioses antiguos.

No solo les rezan, tal y como hizo Mara la noche antes de la Criba.

Aunque los templos sean menos accesibles estos días, las tradiciones no han desaparecido.

Cuando estábamos juntas, Paloma, una amiga de Mara , estaba desespe rada por quedarse embarazada y se pasó meses yendo al río durante la primera noche de su ciclo para suplicarle a la Emperatriz que le concediera un bebé.

Al final, lo consiguió, pero no sé si fue por obra y gracia de la Emperatriz o, sencillamente, por el propio curso de la naturaleza.

Sin embargo, no es este tipo de información la que estoy buscando. En realidad no.

—Y , cuando cerraron tu templo, acabaste aquí, ¿no?

—Sí. —Me coloca la trenza en su sitio y pasa al otro lado de mi cabeza—.

Quienes eran demasiado jóvenes para terminar su formación fueron enviados a los Sedimentos.

Los mayores… —Suspira—. No quedan muchos templos, ni mucho espacio para personas que solo han conocido una realidad.

La mayoría de ellas no se adaptaron bien a su nueva vida y acabaron muriendo.

Por el modo en que pronuncia la palabra «muriendo», me da la impresión de que decidieron suicidarse. Han pasado muchos años, pero está claro que aún le duele.

—Y tú llevas aquí desde entonces.

Ella hace una pausa.

—Pregúntame por lo que quieres saber de verdad, campeona de la Luna. Se nos acaba el tiempo.

Me resulta un alivio poder formular una de las preguntas que tan desesperadamente quiero hacer.

—¿ Me hablarías de la última campeona de la Luna?

—Ya te he dicho que está prohibido hablar de ella.

—Clériga. — Me giro hacia ella. Sabía que protestaría, pero ya he preparado un contrargumento, y creo que es imbatible—.

Por favor. Si consigo entrar a formar parte de la Cinque, el Concilium y toda la ciudad me estarán observando.

Se preguntarán si voy a seguir sus pasos, pero no sé cuáles fueron.

Lo único que sé es que se supone que se volvió loca, que fue condenada por traición y ejecutada.

Sin embargo, en una ciudad donde proliferan los rumores y cuchicheos, ¿cómo puede ser que nadie presenciase su juicio?

¿Cómo puede ser que no haya una sola persona capaz de especificar qué crimen cometió?

No creí que fuera posible que su piel se volviera aún más pálida, pero ante mis palabras así sucede.

—Date la vuelta y deja que acabe de peinarte.

—Responde a mis preguntas, por favor .

—Responderé si te quedas quieta. —Sigue haciéndome la trenza del otro lado, aunque sus manos tiemblan más que antes—. Yo solo soy una humilde clériga. El Concilium no responde ante mí.

—Eso no es ninguna respuesta.

Da un paso atrás y me escruta con aire crítico. Tras dos vueltas más, ha terminado de peinarme.

—En su día hubo rumores, pero los Bastos se apresuraron a acallarlos.

La gente tenía demasiado miedo como para hablar y, al cabo, pasó página.

La vida sigue su curso, nos guste o no. —E ncoge un único hombro, pero es un gesto demasiado tenso como para resultar creíble—.

El vínculo de la última campeona de la Luna con la diosa era fuerte, más que el de los demás campeones supervivientes con sus dioses respectivos.

Eso despertó la desconfianza del Concilium.

Necesitaban que los campeones participasen en las Pruebas del Tarot, que muriesen diecisiete y que cinco de ellos ocupasen puestos de poder.

—¿Cómo que «necesitaban»? —Una elección de palabras que resulta curiosa por ser tan específica—. En la Corte Menor no se adora a los dioses antiguos, y tampoco lo hacen los gremios, al menos en la actualidad. ¿ Por qué necesitan a los campeones?

Ella ignora mi pregunta.

— La última campeona no era como tú. En un primer momento era escéptica. La ausencia de los dioses antiguos la llenaba de amargura. Sin embargo, no tardó mucho en comprender.

—¿ En comprender qué ?

—Que, aunque los dioses operen de modos misteriosos, no son todopoderosos. Hay fuerzas en este mundo y más allá que son más que capaces de confinarlos. Necesitan la adoración de la gente.

Intento asimilar eso mientras me echa en los pómulos y cejas un polvo resplandeciente.

Antes de las Pruebas, ¿qué sabía yo en realidad sobre el funcionamiento de los dioses?

Aún quedan algunos templos de los a rcanos mayores en los Sedimentos, pero su número disminuye cada año que pasa.

Si bien se los sigue adorando, su culto se ha visto reducido a un puñado de supers ticiones: una pequeña ofrenda en un alféizar para que la Muerte pase de largo una casa donde hay un enfermo, una visita secreta al río para suplicarle fertilidad a la Emperatriz, una superficie reflectante para espantar la mala suerte de la Rueda de la Fortuna.

Aun así, lo que dice la clériga no tiene sentido.

—Si el Concilium necesita que continúen las Pruebas, es que reconoce que hay que honrar a los dioses antiguos. ¿Por qué supondría un problema que la antigua campeona de la Luna honrase a su diosa? —Frunzo el ceño—. Imagino que con eso no basta para acusarla de traición.

—El Concilium teme a los dioses antiguos. Toda la Corte Menor los teme. Puede que la conexión de tu madre con la Luna hubiera pavimentado el camino hacia algo más, algo mayor. Y no podían permitir que algo así sucediese.

—¿Pero qué significa eso?

¿Por qué está todo el mundo empeñado en hablar con acertijos y darme información de lo más escueta que no responde a una sola de mis preguntas?

—Eso es lo único que sé. — Me pone una mano en el hombro bueno y me da un leve apretón. Está claro que esta conversación se ha acabado—. Lo estás haciendo muy bien. Sigue utilizando los dones con los que te ha bendecido la Luna y alcanzarás la victoria.

Agradezco su confianza, aunque no estoy segura del todo de habérmela ganado.

Sí, he sobrevivido hasta ahora, pero solo han transcurrido tres días , y he pasado inconsciente buena parte de dos de las tres noches.

No soy en absoluto la guerrera victoriosa que imaginé cuando me convertí en la campeona de la Luna.

De no ser por Vesper y Cato, probablemente ya me habrían matado.

Estudio su semblante: no va a permitir que insista. Suspiro.

—No sé si lo estoy haciendo bien . Sigo viva, nada más.

La clériga baja la mano. Su empatía llena el espacio entre las dos.

—Con eso basta. —Me da la espalda y se aleja—. Nos vemos al alba. —Como si no le cupiese la menor duda de que voy a sobrevivir. Ojalá tuviera la misma confianza. Ojalá tuviera la menor idea de qué está sucediendo ahora mismo.

Inspiro hondo, hago rodar los hombros y salgo a la brillante luz de media tarde.