Las Pruebas del Tarot Capítulo 21
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Capítulo 21

V esper y yo nos separamos y nos dirigimos a nuestros respectivos templos. Al cruzar el umbral e internarme en la fresca oscuridad, me inunda el alivio. Bajo los hombros y me tambaleo. Lo he conseguido . Esta vez. Siempre una vez más. Nunca hay garantías de futuro.

Me toco con cautela el hombro. El mono que llevo está desgarrado en la zona donde el Loco me rajó la carne y, debajo, tengo la piel cubierta de gruesas cicatrices a causa de sus dientes .

Intento mover el hombro, el brazo. Sé que oí los huesos crujir entre sus mandíbulas, pero ahora solo siento un dolor apagado.

Estoy increíblemente cansada, el tipo de agotamiento que parece pegado a cada extremidad, a cada gota de sangre , a cada centímetro de hueso.

Dormir. Una vez que haya descansado en condiciones, podré pensar con más claridad.

Bajo a trompicones las escaleras, un camino ya familiar, hasta la pequeña habitación que ha sido mía los dos últimos días.

Es mía y, a la vez, no lo es. Las ropas que me quité ayer han desaparecido, al igual que las de anteayer, y la cama está pulcramente hecha, algo en lo que no me había fijado hasta ahora.

Tardo el doble de lo normal en quitarme el mono.

Lo deslizo por mi cuerpo abajo y salgo de él.

En mi hombro brota un dolor tremendo, incluso por estos movimientos tan leves.

Y el resto de mi piel… Me estremezco. Estoy llena de moretones y, lo que es más importante, de la sangre que empapó mi ropa, que ahora me cubre entera.

No puedo dormir así.

Cruzo el pasillo a duras penas hasta el baño.

Ni siquiera me molesto en esperar a que se llene la bañera, pues meterme cubierta de restos humanos solo serviría para empeorar la situación.

Así, lo que hago es coger un pequeño cubo que hay detrás del lavabo y echarme agua por la cabeza.

Una vez y otra y otra. El remolino que desaparece por el desagüe tiene en un primer momento un cruel tono rojo , que luego se vuelve rosado y, por último, transparente.

Es entonces cuando lleno la bañera y me meto en ella, donde me restriego la piel hasta dejarla rosa e irritada.

Me lavo el cabello dos veces, aunque sigue sin parecerme suficiente . Nada me parece suficiente.

No sé cómo puedo estar tan aturdida y, al mismo tiempo, sentir tanto pánico. Cada una de estas emociones debería encontrarse en un lado opuesto del espectro, no ser capaces de coexistir en el mismo espacio . Y, sin embargo, no puedo dejar de temblar.

Esta noche han muerto dos personas por mis actos.

Dos luchas que bien podrían haber acabado conmigo.

La primera no la pude evitar, pero sí que pude haber optado por no atacar a la campeona del Ermitaño.

No iba a por mí …, sino a por Vesper. Podría haberles dado la espalda, ahorrado fuerzas… , pero quizá Vesper hubiese muerto.

No había planeado tener aliados, pero ahora los tengo.

Me estremezco. Si eso fuera todo, sería sencillo de asimilar, pero la verdad es que no estaba pensando en alianzas cuando Vesper cayó al suelo .

No pensé en nada más que en su protección, en detener a la campeona del Ermitaño.

Fue por puro instinto , para evitar un futuro en el que no estuviera.

Me gusta Vesper. Me gusta cómo funciona su astuta mente.

Aunque sea de los Espadas, como yo, también está fuera de lugar en el grupo.

Nos comprendemos. Salgo de la bañera y alcanzo una toalla temblorosamente.

He asesinado a alguien.

« Mara estará muy decepcionada conmigo».

Me llevo el puño a la boca y cierro los párpados, esperando a que esta abrumadora presión que siento en los ojos se pase.

Siempre me ha resultado divertido que haya dos personas en mi vida que me quieran tantísimo y que, al mismo tiempo , tengan expectativas diametralmente opuestas de mí.

Ahora mismo siento que podría romperme en dos.

Dormir. Solo necesito la dichosa oscuridad de la inconsciencia. Regreso a trompicones por el pasillo hasta mi dormitorio, donde compruebo que mi ropa ha desaparecido de forma misteriosa , reemplazada por una muda limpia.

Aunque no tengo la menor gana de hacerlo, examino una vez más mi hombro.

Las cicatrices son enormes y protuberantes, de un curioso color rojo .

Las rodean unos crueles moretones de un profundo tono púrpura negruzco.

Tardarán una eternidad en desaparecer, mientras pasan por todos los colores del arcoíris.

A juzgar por el dolor de mi cara, tengo un cardenal parecido en la mandíbula.

Me lo toco con cuidado. Está claro que mi única opción es dormir de lado.

De todos modos, estoy más o menos entera, lo cual es un puto milagro.

Si Cato no se hubiese recuperado en el momento justo…

, si no hubiese cargado conmigo desde el Distrito de Pentáculos…

Me derrumbo sobre la cama, dejando que el mullido colchón me envuelva . Lo último que pienso antes de caer dormida es en por qué me llevó la Luna a su reino cuando se me agotaron los poderes, no cuando estaba exhausta. Luego , no pienso nada más.

—Campeona de la Luna, ha llegado el momento.

Abro los ojos y me incorporo instintivamente .

En cuanto lo hago, me encojo, esperando un auténtico torbellino de dolor cuando mi cuerpo se queje por este movimiento tan brusco.

Sin embargo, lo único que siento es una leve molestia en el hombro.

Aparto el camisón y veo que el moretón ya ha adoptado un feo tono verduzco bajo las protuberantes cicatrices.

Días de curación en apenas unas horas. Cómo me gustaría confiar en el proceso.

La clériga se planta en el umbral con otra prenda colgando del brazo.

—Los Bastos reunirán a los campeones dentro de dos campanadas. Tienes que vestirte y comer algo antes.

Los Bastos . Pongo un mohín. Ya sabía que se acercaba su fiesta , pero no me había parado a pensar mucho en ella .

Me he pasado la vida haciendo todo lo que estaba mi poder para evitar a ese grupo, y ahora tengo que ponerles buena cara y comportarme como si no fuesen un régimen de terror en los Sedimentos.

—Estupendo. —Sacudo la cabeza intentando despejarme, pues sigo algo somnolienta—. Maravilloso. Me muero de ganas.

—Tendrás que aprender mentir mejor si quieres prosperar entre las Cortes Menores. —Me tiende la prenda—. Venga, a vestirte.

Agarro la larga pieza de tela de sus manos y la sacudo.

—Esto será una broma, ¿no? —Ella se encoge de hombros y yo suspiro—. Me gustaría conocer a la persona que decide qué ponerme, porque esto es absurdo.

—La Luna proveerá.

Dudo muchísimo que sea la Luna quien elige estos ridículos trajes, pero sé que llevo las de perder en esta discusión. Tengo prioridades más acuciantes en este momento, no voy a pelearme por otro atuendo que revela demasiado.

Yo pensaba que preferiría cubrir mis magulladuras y cicatrices, pero al parecer es justo lo contrario.

Esta noche voy a llevar un vestido azul oscuro con un corpiño ajustado que deja mis brazos y hombros al aire y una falda vaporosa que evoca olas rompiendo sobre riscos.

Permito que la clériga me anude el vestido a la espalda e intento dar un par de patadas al aire.

Al menos puedo moverme. Me dispongo a introducir las dos monedas en los huecos del arnés cuando me pone una mano en el brazo. La miro.

—¿Pasa algo?

—Hace mucho tiempo que no veía una de esas. —Me tiende la mano—. ¿Me permites?

No quiero separarme de las monedas. No puedo decir que hayan marcado la diferencia en lo sucedido durante las Pruebas, pero me las dio Mara.

Son como un pequeño trozo de mi hogar que llevo conmigo y odio tener que soltarlas, aunque la clériga no me ha dado ningún motivo para desconfiar de ella, así que se las tiendo.

Acuna las monedas en la palma de su mano como si estuvieran hechas de algo mucho más delicado que metal.

—Dejaron de acuñar estas monedas cuando yo era una niña. —Las deja con cuidado de nuevo en mi mano y me cierra los dedos en torno a ellas—. No permitas que nadie de la Corte Menor las vea, campeona de la Luna.

No tenía la menor intención de enseñárselas a nadie, pero la clériga habla con una vehemencia que parece excesiva. Sí, la ciu dad dejó de acuñar estas monedas, pero tampoco es que hayan da do caza a quienes aún las conservan. De cualquier modo, es importante para ella y no quiero que se preocupe.

—No lo haré. —Me meto las monedas en los bolsillitos del arnés, junto con las hoces—. Otra cosa, clériga.

—¿Sí?

Me muerdo el labio inferior, dudando si de verdad quiero formular esas preguntas a las que llevo días dando vueltas.

Pensaba que tendría más oportunidades de hablar con la Muerte, pero cada vez que nos hemos cruzado mi confusión no ha hecho sino aumentar.

No estoy más cerca de encontrar respuestas sobre mi madre que antes de las Pruebas y se me acaba el tiempo .

—¿Me hablarías de la época que pasaste en el templo de la Luna, antes de venir aquí?

No es la pregunta que quiero hacer en realidad, pero es un buen punto de inicio.

Ella empieza a trenzarme el cabello para apartarlo de la cara.

—Fue una época muy pacífica. Ninguna de las historias que cuenta la Corte Menor sobre los clérigos de los dioses antiguos que se propasaron con los niños bajo su cuidado sucedieron e n mi templo.

Ejecutábamos nuestros rituales nocturnos , nos aprendíamos los estados de la Luna y cómo servirlos en cualquier punto de su ciclo.

Supervisábamos las ofrendas de quienes buscaban la protección de la Luna.