Las Pruebas del Tarot Capítulo 20
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Capítulo 20

A unque la luz de la luna está curando mis heridas, pierdo la noción del tiempo.

En algún momento, Cato y Vesper mantienen una conversación callada y tensa.

De pronto, Cato vuelve a levantarme en brazos.

Está muy caliente . Con la bendición que supone sentir el dolor como algo muy lejano, me pego a él y me limito a inspirar el bálsamo que es su aroma a verano.

A verano del bueno, ese verano del que hablan los marineros del Peridoto en las historias que cuentan.

Empiezo a perder el conocimiento otra vez, pero me estremez co al oír un grito demasiado cerca. Al abrir la boca, Vesper me la tapa para amortiguar cualquier sonido que haga y me dice con voz suave al oído:

—Silencio, Kestrel. El Carro está cerca. Esta noche no podemos luchar contra él.

Otro grito, largo y tenso, cargado de dolor y miedo. Está muy cerca , tanto que juraría que, si giro la cabeza, veré lo que ha hecho el Carro para arrancarle ese alarido a alguien.

Sin embargo, no soy capaz de volverme. Parece que no tengo control sobre mi cuerpo.

Mis extremidades pesan demasiado, están impregnadas de una frialdad que batalla contra el agradable calor que emana de los brazos y el pecho de Cato.

Siento miedo. Al margen de todo lo que suceda, siempre he contado con mi cuerpo; no sé qué voy hacer si no recupero el control sobre él.

Debo de tensarme, porque Vesper me agarra con más fuerza la parte inferior del rostro, tanta que se me escapa un gimoteo.

— No puedes gritar.

El dolor aumenta de repente y me dejo llevar por él. Esta vez abrazo la oscuridad. Espero que, cuando recupere el sentido, todo haya vuelto a la normalidad.

No debería haber modo alguno de percibir el paso del tiempo estando inconsciente, pero abro los ojos en el mismo instante en que el Sol asoma por el horizonte y la Luna se retira en una danza incesante, tal y como ha sido desde el inicio de los tiempos.

Nos encontramos de nuevo en el Distrito de Copas, cerca de la isla de los campeones.

Reconozco el escaparate de la tienda en el que está apoyado Cato; hemos pasado por delante varias veces.

Me siento fatal , pero es mejor que casi muerta.

Y él tiene un aspecto horrible. Su pecho asciende y desciende con fuerza y noto el temblor de sus brazos bajo mi espalda y mis muslos.

El sudor le cubre la piel, emborronando los símbolos que su clérigo le dibujó por todo el cuerpo y dando la sensación de que brilla.

Parte de su sudor también mancha mi cuerpo, empapando mi mono justo por donde me sujeta.

—Déjame en el suelo. —Hablo con voz tensa pero inteligible. Aún me duele la mandíbula, aunque está claro que no he sufrido daños permanentes, gracias al poder curativo acelerado de la Luna.

—Me encantaría —jadea él—, pero más vale que te asegures de que puedes caminar. En cuanto te suelte, voy a sufrir calambres en los brazos y de ninguna de las maneras podré volver a levantarte.

Yo intento revolverme, pero sus brazos son una jaula a mi alrededor.

—¿Dónde está Vesper?

—Estoy aquí. —De repente aparece ante mí.

Cato suena agotado, mientras que Vesper lo parece a simple vista. Tiene la piel cenicienta y unas ojeras profundas. Al menos no ha sufrido heridas; dejo escapar un lento suspiro de alivio.

Me han mantenido con vida. Durante toda la noche. Y han pagado un gran precio por ello.

Ni que decir tiene que mis heridas han eliminado cualquier fortaleza que yo aportase a esta alianza.

Vesper y Cato deberían haberme dejado en la calle.

Dioses, deberían haberme matado y haber acabado con todo.

En cambio, lo que han hecho ha sido subirme hasta un tejado y dejar que la tierna mirada de la Luna me curase.

Y, luego, han ido cargando conmigo por toda la maldita ciudad, evitando a los demás campeones.

—Déjame en el suelo — repito—, por favor.

Vesper se me queda mirando largo rato.

— Cato tiene razón. Si te suelta, no estamos en condiciones de ayudarte a cruzar el puente.

Casi han dado la quinta cam panada, así que no podemos retrasarnos.

Tu cuerpo se había apagado, al parecer para acelerar la curación, pero yo carezco de cualquier conocimiento médico.

Probablemente tengan que examinarte en el templo, pero debes llegar allí antes de la sexta campanada si quieres que eso suceda.

Ojalá pudiera decir con cierto grado de seguridad que soy capaz de caminar por mí misma.

Aún siento mi cuerpo extraño y ajeno, cosa que espero que cambie una vez que pueda dormir en condiciones.

En realidad, lo que más deseo es dejar que Cato cargue conmigo durante la última manzana y pico que queda hasta la isla de los campeones y que me deje justo ante el umbral de mi templo, donde pueda recogerme la clériga.

Sin embargo, eso sería un error del que no creo que nuestra alianza pudiera recuperarse.

— Tengo que caminar. Todos tenemos que caminar.

—Kestrel, te juro…

— Si no llegamos a pie —interrumpo a Cato—, quedará patente nuestra debilidad.

Anoche eliminamos a dos campeones. —El recuerdo del sonido de mis hoces al hundirse en la carne de la campeona del Ermitaño amenaza con provocarme una arcada.

Trago saliva varias veces hasta estar segura de que puedo continuar sin vomitar.

Al menos, tanto Cato como Vesper me están escuchando—.

Si parece que hemos estado a punto de morir para conseguirlo, todos y cada uno de los demás campeones que quedan nos atacarán.

—Es lo que yo haría —murmura Cato.

—Tienes razón. —Vesper alza una ceja—. Pero sigue abierta la pregunta de si puedes caminar una manzana entera y cruzar el puente sin desplomarte, porque eso sería aún peor que ver a Cato cargando contigo.

Tiene razón, pero da igual. No me queda alternativa.

—Lo conseguiré.

Los brazos de Cato eligen este momento para ceder. La única advertencia que tengo es un leve temblor y, de pronto, estoy cayendo. Me doy un tremendo golpe contra el suelo y estoy a punto de morderme el labio para no gritar.

Mi hombro está curado… prácticamente…, pero el impacto de mi rabadilla contra los adoquines hace que sienta una vibración horrible por todo el cuerpo que me llega al cráneo.

—Mierda. Perdón, culpa mía. —Se inclina y apoya los brazos temblorosamente en los muslos. Una gota de sudor recorre su prominente nariz y cae sobre la piedra entre sus pies—. Me recuperaré dentro de unos minutos. Solo necesito que el sol haga su trabajo.

—Por desgracia, a mí la Rueda de la Fortuna no me ayuda de ese modo. —Vesper se apoya contra la pared y cierra los ojos, resollando—. Pero está bien que te dé un poco el sol.

Yo me esfuerzo por ponerme en pie mientras ninguno de los dos me mira.

Mis extremidades obedecen mis órdenes mentales lentamente, pero obedecen.

Tiemblo como una criaturilla recién nacida, nueva en el mundo e insegura.

Las rodillas me fallan y me tambaleo unos cuantos pasos hasta recuperar el equilibrio. Más o menos.

Agradezco el notable desinterés de Vesper y Cato en mi debilidad.

Por parte de Vesper, lo comprendo: siempre actúa deliberadamente y es muy perspicaz como para no haberse dado cuenta de lo incómoda que me siento al verme impotente.

Cato, por su parte…, es un gilipollas arrogante que, hasta anoche, había demostrado que no le importaba nadie más que él mismo.

Aunque solo me haya salvado porque tenemos una alianza, ha mantenido su palabra.

Y eso significa más que todos sus pavoneos y gilipolleces.

—Gracias. —Siento que las palabras salen de mi pecho con dificultad, desgarradas y ensangrentadas—. Gracias por salvarme.

—Tú me has salvado la vida. Habría que ser un monstruo para no devolverte el favor.

—Vesper esboza una sonrisa tensa. La pierna debe de dolerle lo indecible, porque asoman varias arrugas a las comisuras de su boca, una mueca de angustia que no estaba ahí hace unas horas.

¿Cuánto tiempo llevará corriendo junto a Cato?

—Aun así, te lo agradezco. —Miro a Cato—. Y gracias a ti también, Cato.

Por primera vez desde que lo conozco, Cato se muestra tímido. Al ver que lo observo, suelta una maldición y se endereza.

—No vayas a pensar que soy un héroe. Esta alianza es mi mejor oportunidad para acabar con el Carro. Me interesa mantenerte con vida.

Sus palabras son lo que esperaba. El tono también, brusco e irritado. Y sin embargo…

—Gracias de todos modos.

Él desecha mi agradecimiento con un gesto.

—Si te vas a empeñar en caminar por ti misma, no pienso esperarte.

—Echa a andar y no tardan en aumentar la distancia con nosotros gracias a sus largas zancadas hasta que gira el recodo que da al puente de la isla de los campeones.

La única señal de que ha tenido una mala noche es la leve rigidez de sus movimientos, apenas detectable.

—No me extraña que no haya conseguido ninguna otra alianza. Valiente gilipollas. —No consigo que mis palabras suenen acaloradas, sino que me salen con cierto afecto.

Vesper resopla.

—Le dijo la sartén al cazo.

—¿Y eso a qué viene?

—Mi querida Kestrel, ni en las mejores circunstancias puede decirse que tú seas la alegría de la huerta.

—Tú no me has conocido en las mejores circunstancias.

Ni tú ni nadie. —Sean cuales sean los desafíos a los que Vesper ha teni do que enfrentarse en su vida —y no soy tan ingenua como para pensar que ha llegado a ocupar el puesto de Paje de Espadas sin retos y quebrantos—, lo cierto es que ha crecido en el Distrito de Espadas.

Ha tenido acceso a productos frescos, a agua y a todo lo que ha querido o necesitado.

Si alguna vez ha pasado hambre , debe de haber sido una excepción, no la regla.

—Tienes razón, por supuesto. —Vesper suspira—. Está claro que mi intento de gastarte una broma no ha salido bien. Lo siento . Sé que has pasado muchas dificultades.