Capítulo 19 #2
—No estás ayudando —jadea Cato. Esquiva por los pelos un brutal zarpazo del Loco, pero se lleva un largo tajo en el pecho.
Aunque no es muy profundo, supone una señal clarísima de que estamos en aprietos.
Por muy rápido que sea Cato, bajo su forma actual el Loco lo es aún más.
Le da un golpe de revés a Cato , que sale volando hasta estamparse contra una pared cercana. Se desploma.
—¡No!
El Loco echa la cabeza hacia atrás y aúlla.
Yo me encojo y me llevo las manos instintivamente a las orejas.
En los Sedimentos hay muchísimos perros callejeros , que a veces se juntan en una manada que aúlla hasta echar los pulmones por la boca.
Esto no se le parece. En absoluto. Es un sonido casi musical y tan dañino que me dan ganas de arrancarme la piel del cuerpo de puro terror.
Es el rugido de un monstruo de caza en la oscuridad, tan cerca que noto su aliento en la nuca y saboreo la muerte en la lengua. Es el sonido de la desesperación.
No veo moverse a Vesper, pero de pronto aparece a mi lado.
—Tenemos que luchar —dice con voz ahogada. Me agarra de la nuca; tiene la mano sudorosa, pero el contacto es preferible a este hormigueo que me perseguirá durante el resto de mi vid a—. Confía en mí.
—Confío en ti . —Es verdad. No tengo otra alternativa. Saco las armas y siento náuseas. Si Cato no lo ha conseguido, no sé cómo vamos a lograrlo Vesper y yo. Le lanzo una mirada a mi compañero, apoyado en la pared con expresión aturdida. Sigue vivo. Gracias a los dioses.
El Loco se abalanza en nuestra dirección, tan rápido que me va a ser imposible esquivar el golpe.
Y, sin embargo, lo consigo . Con un destello púrpura, mi cuerpo se mueve por sí solo y gira hacia la derecha lo bastante como para evitar sus crueles garras.
Me doy cuenta vagamente de que Vesper imita mis movimientos a mi espalda en una danza coordinada a la perfección.
—Deja de huir. —El Loco vuelve a atacar, con la boca literalmente llena de espuma por la rabia—. Cobarde.
Lo esquivo con otro destello púrpura, aunque esta vez me cuesta más. No hemos comprobado el alcance de la magia de Vesper. Lo peor que podría pasar ahora mismo es que se le aca be la suerte. Tenemos que matar al Loco lo más rápido posible.
La tercera vez que me ataca estoy lista.
Le lanzo varios tajos con mis hoces, creando un remolino de hojas que no tarda en obligarlo a retroceder.
Sin embargo, el Loco consigue mantener la distancia mientras lo persigo.
Casi agradezco el vacío que me domina, tal y como ha sucedido antes.
Ahora mismo, no tengo que sentir nada, ni miedo ni horror ni pena.
Lo único que debo hacer es matar a este monstruo antes de que tenga la oportunidad de asesinarnos.
Mi confianza está a punto de suponerme la ruina .
Tan concentrada estoy buscando la oportunidad de acabar con él que no espero que se abalance sobre mí.
En lugar de intentar darme en la cara o en el cuerpo , el Loco se deja caer y me lanza una patada , entrelazando la pierna con la mía y la de Vesper para derribarnos.
Vesper cae al suelo y soy capaz de sentir el momento en que su suerte me abandona, pues mis movimientos se vuelven menos seguros, dejando una abertura ante el Loco tan grande que podría pasar por ella una carretilla.
Mi enemigo aprovecha la oportunidad y me da un puñetazo tan fuerte en la cara que juraría que veo el rostro de la Luna: trágico, perfecto y muy muy decepcionado. Para cuando quiero darme cuenta, estoy tumbada de espaldas en mitad de la calle y el Loco acaba de alejar mis hoces de mí de una patada.
Sonríe y se sienta a horcajadas sobre mí.
De entre sus colmillos gotea saliva hasta mi cara, una pútrida promesa de dolor.
Alzo las manos y lo agarro del cuello para evitar que se me acerque más, pero es demasiado fuerte.
Se abalanza sobre mi garganta dejando caer su peso a plomo.
Se me doblan los brazos a pesar de mis esfuerzos, así que lo único que puedo hacer es dirigir su ataque adonde yo quiera.
Desesperada, intento esquivarlo empujándolo a la derecha.
Así, sus enormes mandíbulas se cierran en torno a mi hombro en lugar de mi garganta.
A los doce años, me caí de un tejado mientras huía de los Bastos.
Tuve suerte de aterrizar sobre un montón de basura, lo cual me ayudó a esconderme de ellos, aunque no sirvió para amortiguar el golpe.
Me rompí el brazo y fue tan grave que agotó los pocos recursos que teníamos, porque Mouse no fue capaz de recolocármelo.
Sufrí una agonía extrema, el tipo de dolor que obliga a un animal a arrancarse una extremidad a mordiscos para escapar. Esto es mucho peor.
Todo mi cuerpo queda laxo. Los colmillos del Loco entrechocan contra mis huesos, salpicando sangre por todas partes.
Mis brazos caen inútiles a los costados, pues mi cuerpo ya no sigue las frenéticas órdenes de mi cerebro.
Creo que grito, pero no consigo oír nada más allá del estruendo de mis oídos, de los hierros al rojo vivo que siento tras los ojos.
Es el fin. El siguiente ataque del Loco me dejará fuera de combate, y eso si tengo suerte. Si no la tengo, seré muy consciente del momento en que me mate, en que me haga pedazos…
El Loco se echa hacia atrás y esboza una sonrisa con el hocico ensangrentado.
—Sabes muy bien, Luna. Dame otro… —Suelta un chillido mientras un rayo de luz le brota del pecho. Algo húmedo me salpica la cara y se desploma, haciendo desaparecer el peso que me aplastaba las costillas y los pulmones.
Parpadeo deprisa, intentando apartar la película roja que me cubre los ojos.
—¿Qué…?
—Kestrel. —Vesper se arrastra con gran esfuerzo hasta mí y apoya mi cabeza en su muslo—. Kestrel, háblame.
—Estoy bien. Gracias por preocuparos tanto por mí —dice una voz seca en las alturas .
Sigo parpadeando hasta que por fin soy capaz de ver suficiente como para identificar a Cato: está plantado ante mí jadeando. La cegadora luz de sus manos disminuye hasta no ser más que un suave resplandor.
—Lo has… —Intento continuar , pero se me traban las palabras. Noto una sensación rara en la mandíbula…, me da miedo que me la haya roto.
—Matado, sí. —Se inclina hacia delante y apoya las manos en los muslos. Respira con fuerza y sus ojos no se centran del todo. Por más jodido que esté, no me ha dejado morir. Me ha salvado.
—Aguanta, Kestrel. —Vesper me roza con suavidad el hombro y suelto un grito . Murmura—: Esto no pinta bien.
—Puedo volver a cargar con ella. —Cato se echa un poco hacia un lado. Tiene un feo moratón en la mejilla y el ojo izquierdo tan hinchado que está cerrado del todo.
—Nnnn… —Es todo lo que puedo pronunciar, pues el dolor me roba la voz.
Vesper me ignora.
—Tiene el hombro hecho pedazos. Hay que cortar la hemorragia antes de que…