Las Pruebas del Tarot Capítulo 18 #3
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Capítulo 18 #3

—Pedazo de imbéciles. —Mete las manos entre las esquirlas de cristal y levanta a Vesper, a quien se apresura a dejar en la calle.

Yo sigo procesando el hecho de que esté aquí , no esperándonos al final de la manzana ni huyendo para salvar la vida.

Me levanta a mí también a pulso y me saca del edificio envuelta en sus fuertes y cálidos brazos.

—No la sueltes. Está conmocionada. —Vesper avanza apoyándose con fuerza en el bastón—. Tenemos que alejarnos todo lo posible de este desastre. ¿Has visto por dónde se ha ido el Loco?

—No. —Cato maldice—. Pero me parece que ahora importa poco, teniendo en cuenta el estado de esta. —Me sacude levemente.

—Dale un poco de tiempo —espeta Vesper—. Nunca había matado a nadie.

—¿Cómo que nunca…? —Vuelve a soltar una maldición aún más agresiva—. De haberlo sabido…

—Os estoy oyendo —digo yo.

—Lo sé. —Cato abre la marcha y nos internamos en el Distrito de Pentáculos. Camina demasiado deprisa, así que Vesper no podrá mantener el ritmo.

Le doy un golpecito en el pecho.

—No tan rápido.

Él tuerce el gesto como si fuese a llevarme la contraria, pero suelta una maldición en voz baja y aminora la marcha, aunque sin dejar de maldecir.

—Cada vez estoy más convencido de que esta alianza es un error.

No puedo culparlo por esa respuesta. No se ha marchado, pero la primera pelea en la que me he enzarzado, que se ha saldado con la muerte de una campeona, me ha conmocionado hasta dejarme indefensa. Carraspeo, intentando recuperar el control de mí misma.

—Pues déjame en el suelo y lárgate.

—Me comprometí a ser parte de esta alianza . —Pone una mueca—. Y, si te dejo, vas a ir aún más lenta que Vesper. Sigues demasiado jodida como para hacer nada que no sea morir.

—Os he oído — murmura Vesper—. Tu idea de consolar deja mucho que desear. La siguiente a la izquierda.

Cato obedece sin rechistar. No sé si Vesper le habrá comentado todo lo que sabe, pero lo sucedido anoche dejó más que claro que decía la verdad: conoce todas las rutas menos transitadas de los barrios de la Corte Menor.

Cato aún no me ha dejado en el suelo. Su cuerpo está calentísimo ; no me extraña que solo lleve kilts.

En esta noche veraniega debe de estar ardiendo por dentro.

El calor me ayuda a volver a sentirme yo misma, acabando lo que ha empezado Vesper paso a paso.

Después de dos manzanas, vuelvo a hablar de nuevo.

—Déjame ya en el suelo. —Por fin sueno más como yo misma y menos como una persona a punto de hacerse pedazos.

—Espera un minuto.

Vesper se apoya sobre una puerta estrecha y lleva la mano al pomo.

—Sería toda una suerte que el dueño de esta tienda se hubiese olvidado de echar la llave.

Se ve un destello de color púrpura y la puerta se abre sin emitir ningún sonido, permitiendo que nos refugiemos en su interior y dejemos la calle.

En cuanto mis ojos se acostumbran a la pobre iluminación del interior, comprendo que Vesper ha elegido esta tienda en particular con toda intención. Hay varias hileras de ropa. Algunas prendas son idénticas, aunque de diferente tamaño. La escena me deja perpleja.

—¿Qué se hace con tanta ropa?

Cato suelta un resoplido.

—Pues lo evidente: ponérsela. —A pesar de hablar como un redomado gilipollas, se acerca a un saloncito junto a varias estancias tapadas con cortinas y me deja con delicadeza en uno de los sillones—. Lo has hecho bien con la campeona del Ermitaño.

— Tú querías marcharte —murmuro.

—Pues sí. Supongo que me equivocaba. — Vuelve a hacer lo mismo: me observa con atención, como si la opinión que se había hecho de mí hubiese cambiado. No resulta cómodo verlo, mucho menos tratándose de este hombre. Al final asiente, casi para sí—. De verdad es tu primera vez, ¿no?

Trago saliva para reprimir el ácido que intenta subirme por la garganta.

—Me he metido antes en peleas, pero así no. Ha sucedido todo muy rápido . Y la sangre…

Él se agacha frente a mí y me agarra con fuerza del mentón. Es un contacto parecido al de antes y, al mismo tiempo, totalmente diferente. Ahora no flirtea, solo percibo fortaleza.

—Kestrel, mírame.

Parpadeo, demasiado aturdida por su intensa mirada como para decirle que se aparte y se vaya a la mierda.

—¿Qué?

—Luego podrás venirte abajo y llorar hasta que se te salga el corazón del pecho por haber matado a una mujer que estaba atacando a Vesper.

Pero, ahora, la noche es joven y necesito que te centres en el puto juego.

Tienes unos minutos para recomponerte, pero no más.

O lo haces o te dejo aquí, te lo digo muy en serio.

La oleada de rabia que me invade como respuesta a sus palabras me viene tan bien que podría echarme a llorar .

—Que-te-fo-llen.

—Eso es, enfádate. Yo haré que sigas adelante cuando todo lo demás falle. —Me suelta y se pone en pie—. Vesper, ¿dónde estás?

—Aquí. —Se nos acerca con algunas prendas colgando del brazo—. No he visto nada negro y gris. ¡Ay, cómo son los Pentáculos! Pero sí que he encontrado ropa marrón oscuro que podría servir.

Yo ya estoy negando con la cabeza.

—No pienso cambiarme. —No hay motivo alguno para pensar que el atuendo que me dio la clériga sea mágico o protector, pero, ahora que mis pensamientos empiezan a moverse a un ritmo más normal, veo el valor de llevar mi disfraz de Luna, aunque esté cubierto de sangre—.

Ayúdame a limpiarme la sangre de la cara lo mejor posible.

Cato coge la prenda superior que lleva Vesper en las manos y se aleja.

—Voy a mojar esto. Convéncela tú.

Vesper deja la ropa sobre la mesita que hay en el centro del cuarto y se acomoda con cuidado a mi lado.

—Es un pedazo de gilipollas, pero tiene razón.

—Lo sé. —Me dispongo a restregarme la cara, pero entonces recuerdo la sangre y detengo la mano a medio camino.

—Kestrel… — Vesper inspira hondo—. Gracias. La campeona del Ermitaño me ha pillado con la guardia baja, pero eso no es excusa alguna. De no haber aparecido tú, probablemente me habría matado a golpes.

No quiero pensar en ese momento, ni volver a ver la vida escapándose de los ojos de la campeona del Ermitaño. Ni tampoco recordar a Vesper desplomándose. Eso me ha aterrorizado mucho más que todo lo sucedido hasta ahora. No sé cómo afrontarlo. No puedo .

—¿Por qué no te ha salvado tu suerte? Lo ha hecho en otras ocasiones.

—Sí que me ha salvado. —Vesper esboza una sonrisa tensa, con preocupación en sus ojos castaños—. Te ha mandado a ti.