Capítulo 18 #2
Al igual que Elisio, Fox me deja grácilmente al borde de la pista de baile y, tras dedicarme un cabeceo, se aleja a paso tan decidido que la gente se aparta de su camino.
Miro en derredor. Antes, los campeones, los Pentáculos y los miembros de los gremios estaban mezclados, pero ahora la pista de baile está repleta de tonos marrones, verdes y dorados, mientras que los campeones se han apelotonado alrededor de las mesas de fuera.
Los Rubíes han debido de recibir instrucciones específicas, porque han desaparecido, al igual que Fox. Todo está a punto de empezar.
—Luna . —Una mano demasiado caliente me agarra del codo y tira de mí hasta un rincón oscurecido. Al girarme, lista para atacar, me encuentro con la sonrisa de Cato—. Si te quedas ahí plantada, boquiabierta como si estuvieras intentando cazar moscas con la boca, vas a conseguir que te maten.
Me llevo la mano a la cara sin poder evitarlo.
— No estaba boquiabierta.
—¿Segura? —Me agarra con suavidad el mentón y me quedo paralizada al sentir su roce. Me acaricia el labio inferior con el pulgar, mirándome pensativamente con sus ojos de color castaño. No sé cómo lidiar con los flirteos de Cato. Valiente sinvergüenza .
—Segura. —Me aparto—. ¿Has visto a Vesper?
—Estaba… —Se calla, echando la cabeza hacia atrás como si pudiese ver el cielo a través del techo, y se estremece—. Es como una ráfaga de viento frío cada maldita vez.
Estoy a punto de preguntarle a qué se refiere, porque no es eso lo que experimento yo, cuando el soniquete que tengo en la cabeza aumenta. Ya no queda tiempo. El Sol se ha puesto.
—Cato —susurro—, ¿dónde está Vesper?
—No lo sé. —No usa el mismo tono que yo; claramente está distraído—. Pero el plan era reunirnos al final de la manzana. Hagamos lo que habíamos acordado .
Le dedico el tipo de mirada que se merece esa frase. Este lugar está a punto de convertirse en un matadero. Echar a correr calle abajo es el modo perfecto de dejar que acaben con Vesper.
—Por supuesto que no nos vamos a marchar.
Al oír a alguien gritar, me agacho de forma instintiva. No he reconocido la voz, pero eso no significa nada. Ya ha empezado. Los Pentáculos echan a correr para apartarse de nuestro camino mientras se multiplican los gritos .
—¡Fuego! —chilla alguien.
—Que el Sol los maldiga. —Cato me obliga a levantarme de un tirón—.
Tenemos que irnos. —No me da la oportunidad de seguir discutiendo con él: me lleva a empujones hasta la ventana más cercana y rompe el cristal con un breve rayo de sol.
Un segundo después cruzamos el hueco de un salto y aterrizamos en medio de la calle.
Cato señala un tejado enfrente—. Haz que lleguemos…
Pero yo ya no lo escucho. Por fin veo a Vesper, que sigue den tro, entre la campeona del Ermitaño y una mesa.
Vesper se defiende de ella con el bastón, aunque a duras penas.
No sé qué pasa con su suerte, pero bastará un paso en falso para que caiga ante la vara de la campeona del Ermitaño , más larga que su bastón.
Echo un vistazo por la estancia, de la que todo el mundo está saliendo a la carrera.
En cuanto el humo ha empezado a propagarse por este lugar, tanto campeones como invitados de la fiesta se han dirigido a toda prisa a las salidas.
Cato no es el único que ha roto las ventanas para escapar.
Veo a Elisio, que carga con un Pentáculo de más edad, con la ropa cubierta de esquirlas de cristal .
Va corriendo calle abajo sin mirar atrás. Muy listo.
—Ni se te ocurra… —La maldición que suelta Cato es lo último que oigo.
Me abalanzo hacia la ventana rota y vuelvo a entrar de un salto en medio del humo , que no para de aumentar.
Bastante peligroso sería un incendio en un edificio normal de piedra, pero, por supuesto, los Pentáculos tenían que presumir de riqueza poniéndonos en una puta estructura repleta de made ra .
Salto por encima de una mesa y corro a toda prisa a través de la pista de baile, ya casi vacía.
Las hoces aparecen en mis manos, aunque no recuerdo haberlas sacado.
Cada zancada me acerca más a los campeones, en plena lucha.
La pista de baile no me parecía tan larga cuando estaba llena de gente, pero ahora Vesper se encuentra tan lejos que bien podría estar en la Luna. No voy a llegar a tiempo.
Es entonces cuando se desploma.
No sé qué ha sucedido. Quizá se haya tropezado. Quizá sea su pie. Quizá sea algo completamente diferente. Lo único que sé es que cae al suelo. La expresión alarmada que veo en su precioso rostro es un contrapunto perfecto al de victoria que refleja la cara de la campeona del Ermitaño.
—¡No! —No hay tiempo de pensar, de planear.
Presa del pánico, arrojo la hoz con la mano derecha.
No creo que funcione. El arma no está diseñada para lanzarse como si fuera un cuchillo, capaz de seguir una trayectoria precisa.
Y, sin embargo, veo horrorizada que la hoz impacta en el hombro de la campeona del Ermitaño y que la parte dentada de la hoja curva se hinca en su carne.
La campeona chilla. Es un alarido horrible, estridente y desgarrador, pero no permito que me detenga. Pretendía matar a Vesper. Ella se unió por propia voluntad a las Pruebas. Ha elegido este camino a sabiendas de las consecuencias posibles.
Mi cuerpo actúa por voluntad propia, mientras que mi mente ocupa una posición lejana desde la que contempla mis movimientos.
Mi mano derecha aterriza sobre la mesa mientras me deslizo por su superficie de madera, desparramando platos de comida en perfectas condiciones.
La izquierda aún enarbola una de las hoces sin ningú n problema.
Mi brazo se extiende y, con un leve giro de muñeca, las empuñaduras de las dos hoces se unen y se expanden.
Me cuesta poquísimo arrancar de un tirón la hoja del hombro de la campeona del Ermitaño, cuyo grito alcanza nuevas cotas.
Más sencillo aún me resulta girar mi nuevo báculo y rajarle el gaznate.
Mi mente regresa de golpe a mi cuerpo mientras la sangre de la campeona del Ermitaño me salpica la piel.
Sus acuosos ojos castaños pierden la luz y quedan tan vacíos como su cuerpo, que se derrumba en el suelo.
Está muerta.
— La he matado.
—Sí, la has matado.
Me giro poco a poco hacia Vesper, que se esfuerza por ponerse en pie apoyándose pesadamente en el bastón. Tan solo le dedica una mirada de reojo al cadáver de la campeona del Ermitaño.
—Tenemos que salir de aquí. Deben de estar viniendo algunos Pentáculos para apagar el fuego. Será mejor que nos alejemos del edificio antes de que lleguen.
—¿Por qué? —Mi propia voz me suena extraña. Vacía.
—Porque traerán luces y más atención, y será difícil que mantengamos la discreción si hay mucha gente pendiente del más mínimo de nuestros movimientos. —Alarga la mano y me agarra con suavidad del brazo—. Vamos, Kestrel. Apárta te de ella.
—La he matado —susurro.
—Lo sé.
—Se supone que es lo que tenemos que hacer los campeones.
— Decirlo en voz alta no ayuda en absoluto a disminuir el con denado entumecimiento que siento.
Una de mis prioridades durante las Pruebas era matar a la Muerte, pero en ningún momento me detuve a pensar qué sentiría cuando la sangre de otra persona empezara a resecarse sobre mi piel, cuando contemplase cómo sus ojos se quedaban sin vida, cómo se marchaba el alma de su cuerpo.
Puede que Mouse estuviese en lo cierto. Debería haberme entrenado para esto.
En los Sedimentos hay numerosos depredadores que merecen morir.
Si hubiese accedido a darles caza, ahora no estaría aquí plantada contemplando a la campeona del Ermitaño mientras mi cuerpo se niega a moverse y mi mente apenas puede procesar que le he rajado el gaznate a la misma mujer a la que he salvado del Loco hace un rato.
—Kestrel. —Vesper me toca el brazo, pero ni siquiera soy capaz de dar un respingo. ¿Qué es lo que me pasa ?—. Me has salvado la vida. Gracias.
—Pero se la he quitado a ella. — Era muy joven . Ahora se parece aún menos a Mara, y aun así mi mente me sabotea colocando el rostro de mi antigua amante sobre el de esta mujer muerta—. La he matado.
—Sí.
En cierto modo agradezco su franqueza. Tengo que superar este extraño aturdimiento que me vuelve impotente.
—¿ Qué me está pasando?
Vesper me agarra de la mano y la aprieta. Su tacto es un salvavidas que se remonta a la noche anterior y me ayuda a volver en mí, un poco. Su tono tranquilizador también.
—Sospecho que es la primera vez que matas a alguien.
No hay modo de prepararse para lo que se siente.
Se puede imaginar y se le puede dar vueltas a la idea durante toda la eternidad, pero acabar con la vida de otra persona es una experiencia que sacude a cualquiera hasta los huesos.
—Parece que hable por experiencia propia.
Me pongo a toser por el humo cada vez más denso que hay mientras me lleva hasta la ventana.
—Estoy bien. O lo estaré.
—Sé que estarás bien. —Rodeamos una segunda mesa.
El mundo que nos envuelve está borroso y resulta extraño, pero no Vesper.
Vesper es real, está presente, me sujeta con fuerza—.
El fuego está aumentando y el humo es muy peligroso.
—Sigue hablando con calma, con un tono que me ancla al presente, mientras llegamos a la ventana—.
Tenemos que salir a la calle para ponernos a salvo.
Mientras Vesper habla, miro por encima del hombro.
No veo el cadáver de la campeona del Ermitaño entre las mesas, pero sí que veo las llamas abriéndose paso desde uno de los pasillos hacia la sala principal.
También hay cada vez más humo, tan den so que Vesper tose varias veces al tiempo que desprende los trozos de cristal que quedan en el marco de la ventana.
—Deprisa —dice, y en su tono percibo por primera vez la tensión que debe de sentir.
Cato aparece al otro lado de la ventana rota con expresión alterada.