Las Pruebas del Tarot Capítulo 17 #4
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Capítulo 17 #4

Puede que sea hora de reconocer que la Muerte no quiere acabar conmigo. No sé qué otra conclusión sacar de sus actos. Está guardando mi secreto, detuvo a la Torre un instante antes de que saliera el sol, frustró su propio ataque, sin que actuase la suerte de Vesper, al verme aparecer.

¿Es posible que se sienta culpable por haber matado a mi madre?

—¿Importa eso? —digo al fin—. Estamos en las Pruebas del Tarot. Tenemos que matarnos unos a otros.

—Todos, no. Hay cinco ganadores. —Me atrae aún más hacia sí, envolviéndome de nuevo con su fresca fragancia de invierno—. Tú a mí me interesas.

Sé que no debo permitir que me tiente su franqueza, ni su fuerza ni su belleza. Lo sabría aunque no estuviéramos enfrascados en un juego mortal.

—Pues tienes un gusto horrible.

Él suelta una carcajada de repente. Es un sonido salvaje, libre, casi chocante.

—No puede ser que te tengas en tan baja estima.

—Siento las yemas de sus dedos a través de la fina tela de mi mono.

Es un contacto íntimo que me da ganas de apartarme.

También me da ganas de acercarme, como una planta de interior que busca desesperada el sol.

Dioses, me gusta su risa. Me gusta mucho.

En un esfuerzo por recordar por qué esto es una idea espantosa, balbuceo:

—Somos enemigos.

—No tenemos por qué serlo.

—¡Deja de flirtear conmigo!

Vuelve a mostrarme esa maldita sonrisa torcida.

—Lo haré si dejas de mirarme la boca.

Centro mi atención en sus ojos, pero eso no sirve para mejorar la situación. Está complacido, se muestra interesado y es muy atractivo. Creo que voy a derretirme aquí mismo. Pero puedo controlarme. He de hacerlo.

—Tengo que irme.

Él se detiene justo al borde de la pista de baile.

—Me gustas, Kestrel. Y creo que yo también te gusto a ti.

De pronto, ya no pienso en lo bien que huele, ni en lo guapo que es, ni en el delicioso calor que se propaga por mi cuerpo cuando se ríe.

—¿Cómo es que sabes mi nombre? —Vesper no puede habérselo dicho. Ni tampoco Cato, en realidad. Ningún otro campeón lo sabe, o al menos eso pensaba yo . Otro misterio que casi con toda seguridad desemboca en la Muerte, aunque ¿cómo iba a saber él mi nombre?

—¿Importa eso? —Repite mi pregunta de antes.

—Claro que importa. Dímelo ahora mismo.

En lugar de responder, dice:

—Prefiero que estemos a la par. Me llamo Nero.

Siento algo ardiente y complejo recorriéndome.

—Nero —susurro. No debería saber su nombre. Es demasiado íntimo. Demasiado complicado.

—Dilo de nuevo, Kestrel. —Su atención es demasiado intensa. Es como…

Cuando tenía catorce o quince años, pasé por una fase rebelde.

Estaba decidida a escaparme de Caelria y del destino que Mouse y mi madre me habían impuesto cuando aún era demasiado joven como para decidir por mí misma.

Era un futuro que, de repente, ya no quería.

Me enamoré de un marinero y, a los pocos meses, lo convencí para que me metiese de polizona en una de las grandes naves que vienen de Xiv, del otro lado del mar Cojumbroso.

Quería largarme de aquí. Estaba segura de que, si salía de esta condenada ciudad, tendría una oportunidad de ser feliz de un modo que ni siquiera era capaz de concebir en aquel momento.

El marinero, por su parte, quería que me quedase , aunque eso lo comprendí más tarde.

Me llevó en bote al otro lado de la parte de la muralla que rodea la bahía, internándose entre los demás botes que se afanaban por introducir mercancías en Caelria.

En cuanto dejamos atrás las puertas de la muralla, vi un enorme navío xiviano anclado a poca distancia.

Era tan grande que me quedé boquiabierta.

En lugar de seguir a los demás botes hacia el navío, el marinero se dirigió cerca de la orilla .

Fue ahí donde vi por primera vez las tierras salvajes .

En un primer momento, no parecía que hubiese mucho que ver porque los árboles llegaban hasta la orilla. Sus gruesas ramas se curvaban hacia el agua como si intentasen conquistar su fuerza primordial. La escena era… hermosa. Yo estaba como en trance.

Pero fue entonces cuando me di cuenta de que se me erizaba el vello de la nuca.

Fue entonces cuando vi una silueta gigantesca atravesando los árboles.

Fue entonces cuando esa silueta puso rumbo hacia nosotros al mismo ritmo que los remos del marinero.

Fue entonces cuando comprendí que nos estaba acechando.

Me asusté tanto que dejé que el marinero me convenciese para regresar a la ciudad. Me llevó otra vez al puerto y la relación se enfrió pocas semanas después. Jamás intenté marcharme de nuevo.

Contemplar a la Torre ahora me provoca la misma sensación que cuando me asomé a las tierras salvajes y comprendí que había un depredador agazapado entre las sombras.

Veo a la Torre, pero no es normal. Vesper, Cato e incluso la Muerte y la Estrella son imposibles de comprender, aunque me resultan familiares de un modo que empiezo a entender que con la Torre no me pasa. No sé qué significa…, pero me da miedo.

No puedo volver a decir su nombre. Me parece que hacerlo sería prestarme a algo que no soy capaz de tolerar de ninguna manera.

—Suéltame —digo con delicadeza—. Suéltame ya.

—Claro que sí. —Me suelta lentamente, deslizando los dedos por mi cadera y muñeca—. Por el momento.