Capítulo 17
L os Rubíes ofrecen un espectáculo hipnótico.
Los bailarines se cruzan unos con otros sin que las telas que llevan se enreden ni arrastren por el suelo y contraen su cuerpo adoptando formas que desafían la lógica.
Cada uno de sus movimientos es intencionado y de una hermosura incomparable.
Aparecen más bailarines con disfraces fantásticos que resultan tan aterradores como preciosos.
Tardo unos instantes en comprender qué es lo que representan y, cuando por fin lo logro, se me olvida el hambre: la fundación de Caelria.
Los monstruos persiguen a los bailarines, los dispersan, dan la impresión de despedazarlos.
De pronto, los tonos rojos y ro sados de estos disfraces evocan sangre y violencia y sus holga das mangas se arrastran por el suelo formando gráciles ríos.
Uno tras otro van cayendo. Es una matanza, si bien hermosa.
Entran más bailarines. Estos representan claramente a los dioses antiguos, aunque solo hay trece, en lugar de veintidós.
Imagino que no es ninguna coincidencia que se correspondan con los campeones supervivientes, ni que lleven ropa similar a la nuestra, incluyendo el mono de la Luna.
Enarco las cejas. La Luna tensa un arco imaginario, suelta la cuerda y un monstruo cae.
La Estrella acaricia con los dedos a otro monstruo, que también se desploma junto con el primero.
La Muerte acaba con otro. Ahora hay muchos cadáveres por el suelo, tantos que no comprendo cómo es posible que los bailarines no se tropiecen a cada paso que dan.
Cuando solo queda un monstruo, el Sol alza las manos y las luces se intensifican tanto que tengo que taparme los ojos. Para cuando consigo volver a enfocar la vista, los «cadáveres» han desaparecido y los trece campeones entrelazan los brazos. Es la creación de la muralla.
Según las leyendas, la construyeron en un único día, aunque las leyendas tienden a dejar de lado el realismo en favor de la teatralidad.
Sin embargo, es imposible pensar que no la hayan creado los dioses, pues la piedra parece haber brotado de las entrañas de la tierra.
Según los relatos que cuentan entre susurros los marineros, los monstruos de las tierras salvajes son más temibles que cualquier otra criatura del mundo conocido.
Pueden correr más rápido que un humano, saltar más alto y trepar sin apenas agarres.
No hay motivo por el que no hayan podido abrir una brecha en las partes inferiores de la muralla al menos unas cuantas veces a lo largo de la historia. Y, sin embargo, jamás ha sucedido.
A mi lado, la Sacerdotisa se despereza.
—Qué cena tan encantadora. ¿No tienes hambre, Luna? —Lo pregunta en un tono tan inocente que bajo la vista a mi plato, que está lleno.
Y me quedo petrificada. No hay rastro de las hermosas frutas y verduras de antes, ahora parece que este plato lleve aquí sema nas.
Al ver que brotan gusanos de uno de los melocotones, me da una arcada y echo la silla hacia atrás.
¿Qué está pasando? ¿Me han cambiado el plato?
Pero eso no tiene ningún sentido. Me habría dado cuenta… Estoy segura.
La Sacerdotisa se echa a reír.
—¿Pasa algo?
Parpadeo y, de pronto, mi plato tiene el mismo aspecto que antes del espectáculo.
¿Qué ha sucedido ? Tiene que deberse a su magia, pero no comprendo cómo lo ha hecho.
¿Ha sido una alucinación o es capaz de alterar la realidad, de hacer que avance a toda prisa el tiempo y, luego, obligarlo a retroceder?
Al pensarlo bien, comprendo que algo así es imposible.
Ninguno de los campeones tiene poderes de esa magnitud.
Una cosa es manipular la suerte, pero hacer lo mismo con el tiempo…
Si algún campeón hubiera sido capaz de hacer eso, Mouse habría estado al tanto, aunque hubiesen eliminado a ese campeón en las primeras noches de las Pruebas, como sucedió con la Sacerdotisa. Carraspeo. No pienso concederle la reacción que claramente está esperando.
—No, no, no pasa nada. Es que no tengo hambre. —La música vuelve a subir de volumen, esta vez con un inconfundible ritmo que reconozco de la fiesta de los Copas. Al parecer, sí que vamos a bailar esta noche.
«Resérvame un baile».
Aparto de mi cabeza la voz de la Torre. Otra vez.
No sé por qué sigo pensando en él. Da igual que haya la más mínima atracción entre nosotros.
Está aliado con la Muerte , y de todos modos es otro campeón, por lo que no hay ninguna garantía de que vaya a sobrevivir a las Pruebas.
Permitir que se me encoja el estóma go al pensar en él es la mejor manera de acabar con el corazón roto.
Algo así no tiene ningún futuro, y no puedo permitirme distracciones, por breves que sean.
No pienso irme a la cama con nadie durante las Pruebas, ni tampoco después.
Si la necesidad de sexo y contacto me distrae demasiado, siempre puedo ir a alguna casa del Rubí.
Al menos sé que quienes trabajan allí no se aprovecharán de mis necesidades.
Me aparto de la Estrella y la Sacerdotisa, que empiezan a conversar en voz baja enseguida, con la cabeza inclinada la una hacia la otra.
Los demás campeones también se levantan.
El Ermitaño ocupa el asiento que acabo de abandonar.
El Carro es el primero que irrumpe en la pista de baile, arrastrando consigo a un Pen táculo con aire reticente.
La Muerte se pone en pie muy despacio, una vez más con la clara intención de escabullirse del baile.
Yo estoy a punto de seguirlo en cuanto atraviesa la puerta más cer cana, pero el gruñido de mi estómago me recuerda que tengo que comer para mantener las fuerzas.
Puedo saltarme alguna que otra comida sin consecuencias negativas prolongadas, pero ahora que he de luchar por mi vida cada noche me veo obligada a elegir entre sonsacarle información a la Muerte o comer para no perder energía.
«Ya te pillaré más tarde», juro, aunque me domina la preocupación.
Está claro que la Muerte tiene respuestas para muchas de las preguntas que me atormentan desde la infancia , pero no sobreviviré para sonsacárselas si sigo siendo el eslabón más débil de mi alianza.
Más le vale sobrevivir a esta noche para que pueda abordarlo mañana.
Aprieto los dientes y me giro hacia Vesper, que no tiene a nadie en las sillas de al lado.
En cuanto me siento, me acerca su plato.
—¿Qué ha hecho la Sacerdotisa para agriarte tanto la expresión?
—Es capaz de crear ilusiones . —Al pensar en la imagen que me ha metido en la cabeza, siento un nudo en el estómago. La comida que tengo ahora delante tiene buen aspecto, pero ¿y si ha creado justo la ilusión opuesta? ¿Podrá conjurar también sabores y olores?—. ¿Sabes algo al respecto?
—Solo que tiene alcance limitado. —Vesper me llena un vaso de agua—.
No puede sumergirte en un mundo completamente diferente y conseguir que creas que es real.
Sus poderes solo afectan a objetos pequeños, como tu plato.
Quizá pueda lograr que pienses que es otra persona, pero no lo sé a ciencia cierta.
En los registros que he leído, las víctimas de la Sacerdotisa caían por sus armas, no por su magia.
Le doy un mordisco a un trozo de carne. En cuanto la saboreo, se desvanecen mis reticencias. Casi me olvido de los peligros que implican las palabras de Vesper.
—Si puede fingir que es otra persona, ¿cómo vamos a saber si estamos hablando con nuestros aliados o con ella?
—Supongo que necesitaremos una clave. —Vesper tamborilea con los dedos sobre la mesa—. Me limitaré a llamarte por tu nombre.
Me lo pienso y doy otro bocado.
—Sí, eso funcionará de momento. — Miro en la dirección por la que ha desaparecido la Muerte. Se me ocurre que quizá Vesper sepa más de él que yo, o al menos que tenga información más reciente—. ¿Qué sabes de la Muerte, aparte de lo que ya me has contado?
—Sé que tenéis un pasado compartido. Puede que quieras vengarte de él por algo. —Le lanzo una mirada afilada, pero Vesper se limita a suspirar—. Sigue comiendo mientras yo hablo. El baile está a punto de comenzar. —Habla con un tono melancólico.
Pincho una verdura asada y me la llevo a la boca. Emito un sonido que espero que quede ahogado por la música.
—Esto está buenísimo .
—Los productos de los Pentáculos son de primera calidad.
— El modo en que Vesper habla, casi como un canturreo, me lleva a pensar que no lo dice como cumplido.
Más tarde volveré a enfadarme por el hecho de que los Pentáculos se guarden toda esta abundancia.
Más tarde me preguntaré por qué esta ciudad permite que su mierda fluya colina abajo hasta los Sedimentos.
Está claro que hay recursos suficientes para todos. Y también está claro que…
—La Muerte y los Espadas también comparten un pasado.
—Vesper agarra su vaso de agua y lo hace girar con gesto contemplativo —.
Durante sus años como parte de la Cinque, la Muerte ha tenido varios roces con los Espadas.
En ocasiones, enfrentamientos bastante acalorados.
Es… —Se estremece con sutileza—. Mi madre es increíblemente ambiciosa y mi padre es el hombre más listo que conozco, pero ambos tienen mucho cuidado de no jugársela a la Muerte.
—¿Piensan que les hará daño?
—No, no es eso. Su voto tiene más peso que el de los demás miembros de la Cinque, aunque no se preste a los mismos juegos de popularidad que la Estrella. Todo el mundo tiene cuidado con la Muerte, incluso la Corte Menor.
Vesper me pone varios trozos más de comida en el plato con aire despreocupado.
Así me doy cuenta de que me lo he acabado todo.
No comenta nada sobre mi apetito, ni yo comento nada sobre el hecho de que me esté alimentando.
Siento un extraño calor en el pecho, un puto calor para el que ahora no tengo tiempo.