Las Pruebas del Tarot Capítulo 16 #3
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Capítulo 16 #3

Así pues, tener un edificio entero cubierto de paneles de madera es un alarde de riqueza aún más impresionante que lo que vimos con las gemas en la torre de los Copas.

Siento un nudo en el estómago para cuando salimos al salón del banquete, que tiene un techo bajo curvado y unos ventanales que dan a un hermoso patio repleto de vegetación.

Estoy dirigiéndome a la ventana cuan do me distraen unas mesas dispuestas formando un cuadrado.

En cada una hay carteles con nombres escritos con letra florida, o nuestros títulos en el caso de los campeones: nos han asignado asientos.

Vesper aparece a mi lado casi por arte de magia y tengo que esforzarme por no dar un respingo.

—Te han puesto entre la Sacerdotisa y la Estrella.

— Me agarra del brazo y me gira de cara a la ventana, dándole la espalda a la estancia.

El patio es muy hermoso, una versión más silvestre del jardín que me encontré la primera noche.

Casi puedo oler la vegetación; parece más apetecible que lo que me espera durante la cena.

Suelto un suspiro.

—Estupendo. —Al menos esta vez sé que no he de permitir que la Estrella me toque—. ¿ Sabes hasta dónde llega el veneno de la Estrella? ¿Funciona mediante el tacto o también puede envenenar la comida y la bebida?

—Nunca ha presumido mucho de su magia, así que no lo sé a ciencia cierta. —Vesper esboza una sonrisa—. Creo que no vale la pena correr el riesgo de comer ni beber nada cerca de ella.

Eso era lo que me daba miedo. Anoche, la Estrella intentó envenenarme directamente, pero eso no implica que vaya a emplear el mismo método.

Al otro lado de la estancia, se abre una puerta por la que sale un tropel de Pentáculos con enormes bandejas repletas de comida.

Huele muy pero que muy bien. Aunque he comido algo antes, resulta asombroso lo rápido que se acostumbra el cuerpo a comer con regularidad. Tengo hambre .

—A veces, en los Sedimentos, se habla de la riqueza de los Pentáculos. Al parecer es legendaria. —Nadie que yo conozca ha estado jamás en el Distrito de Pentáculos, ni mucho menos disfrutado de esa supuesta riqueza. Aun así, los rumores siguen circulando por ahí.

Vesper me aprieta el brazo.

—Voy a buscarte un plato, uno que sea seguro. —Lanza una mirada por encima del hombro—. Intenta averiguar si su alianza es frágil. La Estrella es una de los campeones más fáciles de eliminar, si está sola.

—Vesper, de nuestra alianza, no soy yo a quien se le da bien hablar. Sois Cato y tú.

—Inténtalo. —Dicho esto, se marcha. Pasa entre las mesas y ocupa un asiento entre la Muerte y el Carro.

Me basta un vistazo por la estancia para comprobar que los Pentáculos han asignado los asientos con toda intención.

No hay una sola alianza que se siente junta. Esta cena va a ser muy larga, joder.

Tanto la Sacerdotisa como la Estrella ya se han sentado y se dedican a charlar despreocupadamente.

Esta noche, la Estrella lleva un caftán azul oscuro intenso con diminutas gemas cosidas sin seguir patrón, con lo que da la impresión de ser un trozo del cielo nocturno.

Es precioso, pero preferiría ahogarme con mi propia lengua antes que reconocerlo.

Vuelve a llevar sus acos tumbrados guantes de encaje del mismo tono que el vestido, los cuales le llegan hasta el codo.

Y su corto cabello rubio está peinado hacia atrás, acentuando sus facciones. Es muy guapa, cosa que me irrita.

La Sacerdotisa es una mujer baja y morena, tanto que se perciben matices azules en ella.

Resulta imposible adivinar su edad, pues tiene la piel tersa y ni una sola cana en su melena negra.

Por otro lado, se comporta con una seguridad en sí misma que indica un alto grado de experiencia.

Lleva el cabello corto en trencitas y luce un vestido morado claro ajustado a su esbelta figura, junto con una capa corta de color azul oscuro.

Ambas prendas cuentan con intrincados bordados con hilo un poco más oscuro que la propia tela, con una textura sutil tan abstracta como hermosa.

Al igual que la Estrella, la Sacerdotisa es tan bella que me rechinan los dientes.

Con esa piel perfecta, ese cabello y esa ausencia de cicatrices, las dos tienen un aspecto casi inhumano.

La Estrella me dedica una dulce sonrisa, como si no hubiese intentado matarme ayer mismo, antes de que cayera la noche. Como si no me hubiese llamado «rata de los Sedimentos» y luego se hubiese hecho la víctima al verse reprendida por ello.

—Luna. Qué placer volver a verte.

—Estrella. —Le dedico un cabeceo y tomo asiento. Las mesas están dispuestas de modo que solo los laterales que dan a la pared cuentan con asientos. El espacio en el centro de la estancia queda abierto, de forma que todo el mundo puede ver los demás. O quizá se haya dejado libre para bailar.

«Resérvame un baile».

Me estremezco y me dispongo a agarrar el agua que tengo delante, pero me detengo al recordar la advertencia de Vesper.

No sé de dónde salen estas ganas instantáneas de hacer algo que me acaban de decir que no haga.

Alargar la mano hacia el vaso ha sido instintivo, aunque no tenga mucha sed.

Sin embargo, en cuanto dejo la mano en el regazo, siento la boca sequísima. Ahora lo único que deseo es beber algo.

La Estrella se echa de repente a reír con un tono melódico.

—¿Por qué estás tan nerviosa, Luna? ¿Acaso crees que alguien ha manipulado tu comida? Eso sería juego sucio.

—Ya, claro, porque a ti las reglas te importan muchísimo.

—Pues claro que nos importan —murmura la Sacerdotisa. Sonríe y en sus ojos castaños asoma la misma amabilidad que en los del Paje de Pentáculos—. Violar las reglas de las Pruebas del Tarot es un modo estupendo de morir.

No llego a poner los ojos en blanco, pero por poco.