Capítulo 16 #2
Los mismos Pentáculos que han venido antes a por nosotros nos aguardan ahora cada uno a un lado de una puerta resplandeciente.
Se trata de una mujer baja y recia de piel canela, cabello castaño y amplia sonrisa.
A su derecha hay un hombre alto con el cabello de un rojo intenso y el tipo de piel a la que le salen ampollas cuando le da mucho tiempo el sol.
La sonrisa de este último es tan reluciente que he de esforzarme por no apartarme.
Debe de formar parte de la mismísima Corte de Pentáculos, teniendo en cuenta el ribete de oro que lleva en las mangas.
—El Paje de Pentáculos —murmura Vesper en voz baja, confirmando así mis sospechas—. Es encantador y amable, aunque no se puede confiar en él.
Pongo los ojos en blanco.
— No se puede confiar en nadie de la Corte Menor.
Vesper sonríe.
—Ya empiezas a entenderlo.
El paje abre los brazos ampliamente.
—Es un honor para los Pentáculos celebrar el evento de esta tarde. Hemos traído una selección de la mayor abundancia que puede ofrecer nuestra corte. —Muestra una sonrisa muy cordial que le llega incluso a sus ojos ambarinos—. Esta noche, todo lo que tenemos es vuestro.
Puede que exagere un poco, pero los Copas se expresaban con el mismo aire solemne impostado.
Incluso teniendo en cuenta las suaves palabras de Vesper y lo que yo misma he observado, los esfuerzos que hace la Corte Menor en estos eventos no tienen del todo sentido para mí.
Sí, la Cinque cuenta con cinco votos en el Concilium, pero aún quedan trece campeones.
Me parece un derroche dedicar tanto tiempo, esfuerzo y dinero a agasajarnos a todos.
El paje vuelve a abrir los brazos de tal manera que casi parece miembro del Gremio del Rubí.
—Por favor, cruzad la puerta de uno en uno para que nuestro metal os otorgue protección para la noche que se avecina.
Yo estudio la puerta en cuestión y, al poco, comprendo de dónde proviene ese fulgor: cientos de pequeñas monedas cuelgan sobre el dintel formando una suerte de cortina.
Destellan y tintinean agradablemente por la leve brisa.
Esto es igual que el agua corriente del vecindario de los Copas, aunque no me he fijado en que otras puertas junto a las que hemos pasado tengan este mismo nivel de protección .
Mientras la Sacerdotisa cruza la cortina de monedas, yo me giro para contemplar las puertas de los edificios cercanos.
Ninguno de ellos tiene una cortina completa, no, pero sí que tienen una moneda clavada en cada esquina de la puerta…
y de las ventanas. Me acerco al edificio que está justo al otro lado de la calle, frente al lugar al que tenemos que entrar, y contem plo las monedas con el ceño fruncido.
No parecen tener nada de especial, aparte de ser el doble de grandes que una moneda de cobre.
También son de un color extraño que no es cobrizo, plateado ni dorado.
En términos de protección, me parece pobre como mucho. No hay barrotes en las ventanas y el vidrio es fino, por lo que distingo las formas de los muebles del otro lado, dispuestos de modo parecido a lo esperable en una casa normal. Quizá sea una tienda que vende muebles.
Quizá a un ladrón le costase sacar de ahí un armario, pero todos estos edificios de la colina carecen de medidas básicas de protección que sí hay en otras partes de Caelria. En el nombre de los dioses, ¿de qué te va a proteger una moneda? ¿O cuatro, mejor dicho?
Me giro para preguntarles a Vesper y Cato si saben para qué sirven, pero ya se están acercando a la cortina, siguiendo el goteo de campeones que entran en el edificio.
Reprimo un suspiro. Supongo que tengo preocupaciones mayores que las supersti ciones en las que caen los Pentáculos para protegerse.
No es tan diferente de llevar encima las monedas que me dio Mara con la esperanza de que me den suerte.
Puede que las mías también fuesen de ese mismo color extraño y que lo hayan perdido con el paso de los años.
Acaricio el lugar donde las llevo guardadas en el arnés y me dirijo a la puerta.
El paje me mira a los ojos al acercarme y su sonrisa se ilumina aún más, algo que me habría parecido imposible.
—La Luna. Encantado de conocerte al fin. —Prosigue antes de que se me ocurra cómo devolverle el cumplido—. Por tu culpa he perdido bastante dinero.
Parpadeo.
—¿Disculpa?
Se echa a reír y descarta mi conmoción con un gesto.
— Estaba seguro de que el Concilium iba a tener que elegir a dedo a alguien de entre la multitud y obligarlo a ser el campeón de esa diosa antigua. Si tú no te hubieras presentado, sospecho que habría ganado mucho dinero.
¿Se supone que he de disculparme? No hay nada en su tono de voz ni en su expresión que indique que está enfadado, pero ¿acaso no he aprendido ya a no confiar en que los miembros de la Corte Menor muestren la menor sinceridad?
—Si apostar en las Pruebas es tan común, imagino que mucha gente habrá perdido dinero desde que empezaron. —No consigo imitar su sonrisa—. Siento haberte decepcionado.
—Lo cierto es que sí, es bastante común.
— Se encoge de hombros con aire despreocupado sin dejar de sonreír—.
Tú limítate a no matar al Carro y estaremos en paz.
Está desenvolviéndose genial durante las Pruebas, mejor incluso que la última vez.
Está claro que volverá a ocupar un puesto en la Cinque.
«No si podemos evitarlo». Reprimo esas palabras, al igual que lo he reprimido todo desde que llegué a este lugar que debería ser débil y patético, pero que es tan peligroso como los Sedimentos.
Quizá incluso más, porque no me he pasado la vida aprendiendo dónde están los límites de la seguridad.
Al menos, en los Sedimentos, somos sinceros con respecto a la violencia y la desesperación, pero aquí todo parece ser un puto juego para los poderosos.
No espero a que las monedas dejen de girar después de que Vesper las atraviese para entrar en el edificio. Estoy alzando las manos para apartarlas de mi cara cuando el paje emite un sonido. Lo miro de reojo.
—¿Qué?
—Al apartarlas, apartas también su protección.
El caso es que no creo en la supuesta protección que otorga un puñado de trozos de metal…
, pero, bueno, no necesito que Vesper vuelva a susurrarme al oído que cierre el pico.
Aunque los pajes no tienen voto en el Concilium, si quiero ser miembro de la Cinque, tarde o temprano tendré que tratar con esta gente.
Dejar una pelea para otro día debe de ser lo más inteligente, por más que me moleste.
En lugar de discutir, atravieso las monedas dejando que rocen mi piel desnuda y la fina tela que me cubre el resto del cuerpo.
Están más calientes de lo que esperaba y despiden un olor terroso que para mí no tiene sentido.
Aún no he decidido si es un aroma agradable o todo lo contrario cuando llego a mi nuevo entorno.
Este edificio bajo no está abierto, como lo estaba la torre de los Copas.
Me encuentro en un pequeño recibidor con dos puertas que dan a unos pasillos oscuros.
Vesper cruza la mirada conmigo y me hace un gesto para que me una a los demás campeones.
El pasillo es bastante más amplio que los pasadizos del Distrito de Copas, pero aun así siento un hormigueo en la piel.
Quizá los demás campeones disfruten de la riqueza de tener paredes de madera ( ¡de madera !
), pero yo soy demasiado consciente de lo difícil que sería luchar en un espacio tan estrecho.
Resulta irónico que en su momento me preocupase que mis hoces no tuviesen suficiente alcance.
Desde la primera noche, no he hecho más que luchar en espacios reducidos.
Ahora que Cato se ha unido a nuestra alianza, quizá ya no tenga que luchar en absoluto.
Otro cambio con respecto al plan original de Mouse.
Ojalá pudiera hablar con él, repasar las diferencias entre lo que esperábamos y la realidad.
Imagino que tendría alguna buena idea que poner en práctica, algún consejo que me ayudase a sentirme más estable, a recuperar el control.
Sin embargo, ahora estoy tan lejos de él que este bien podría estar en Xiv, al otro lado del mar Cojumbroso.
Pero no puedo ir hasta los Sedimentos, pues correría el riesgo de volver después de la sexta campanada, o de llevar a los demás campeones hasta la gente que más me importa.
No vale la pena arriesgarse. Estoy sola, aunque a veces me olvido de que tengo a Cato y Vesper a mi lado.
Para distraerme, miro en derredor mientras sigo a los demás campeones por una serie de estancias pequeñas y pasadizos cortos.
Las paredes están recubiertas de paneles de madera, lo que debe de haber costado una fortuna.
Casi todo en Caelria está hecho de piedra.
Los edificios más antiguos se construyeron con piedras de una cantera cerrada hace mucho tiempo en la parte norte de la ciudad.
Los materiales más nuevos se traen por el río Saevus desde Perfodia.
Y, a juzgar por el modo en que se quejan de ello los marineros, deben de ser increíblemente caros.
El único modo de conseguir madera es sobornar a los habitantes de las tierras salvajes.
Algo así resultaría inaudito en las proximidades de Caelria, pero algunos de los asentamientos fluviales se permiten semejantes operaciones de explotación forestal.
Es una maniobra muy peligrosa por varios motivos, pero quizá no más que vivir en los propios asentamientos fluviales.
Sea como sea, sus habitantes cobran precios exorbitados a cambio de la madera.
Transportarla hasta aquí suele estar muy bien pagado, aunque hay pocos dispuestos a embarcarse en esas empresas a causa de la alta posibilidad de cruzarse con un monstruo de las tierras salvajes.
Los monstruos podrían masacrar un asentamiento entero y, luego, acabar con la tripulación de transportistas. Ya ha sucedido antes.