Las Pruebas del Tarot Capítulo 15 #2
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Capítulo 15 #2

Es un mono que me cubre desde el cuello hasta los tobillos, como una segunda piel de un curioso tono gris resplandeciente tan oscuro que casi es negro.

También resulta indecente. Al acariciar la tela, pongo una mueca de disgusto.

Veo perfectamente mis pechos a través de ella.

Bastará una ráfaga de viento para que mis pezones queden a la vista de cualquiera que se fije.

No es que yo sea muy recatada — el recato no existe para quien vive en un recinto estrecho con media docena de personas—, pero esto es ridículo.

Al menos hay otra prenda: unas tiras anchas de tela negra que cuelgan de mis hombros.

Tardo un poco en comprender cómo se pone.

Me la sujeto a la cintura con el arnés que uso para las hoces.

Aunque la tela es traslúcida, tapa todo lo que revela el mono.

Una vez más, las botas son más prácticas: me llegan hasta el muslo y se ajustan a mis pies como si estuviesen hechas a medida.

Vuelvo a meter las monedas que me dio Mara en los bolsillitos del arnés.

Estarían más seguras si las dejase en mi habitación, pero me niego a separarme del único recuerdo que tengo de ella.

He conseguido mantenerme con vida hasta ahora, así que quizá las súplicas de Mara a los dioses para que me protejan estén funcionando.

Cuando subo las escaleras, no veo ni rastro de la clériga. Está claro que no le van las despedidas, cosa que respeto. A veces, despedirse de alguien que está a punto de ponerse en peligro parece más bien una maldición.

Cato y Vesper ya están en el patio, bajo la leve sombra que arroja el templo del Sol.

Cato lleva otro faldón blanco y oro y su piel tostada despide un fulgor dorado, como si estuviese iluminada desde dentro.

No sé si es parte de los poderes del Sol o si su clérigo lo ha embadurnado con algo.

El efecto atrae mi mirada, tanto que me arrepiento.

No quiero fijarme en él, pero no puedo evitar recorrer con los ojos sus hombros, su pecho y los músculos de sus brazos, que mantienen perfectamente la armonía de su cuerpo.

Mi atención vuela hacia Vesper, cuya estampa tampoco me supone un alivio.

Lleva una casaca de un intenso tono plateado que le llega casi hasta las rodillas.

No habría nada reseñable de no ser porque lleva las piernas al aire y se le ve la férula.

Sé que no hay que caer en generalizaciones sobre la falta de físico de los Espadas, que son unos intelectuales, pero no puedo evitar fijarme en esos muslos fornidos.

Vesper lleva el pelo recogido en una intrincada trenza cubierta de pequeñas flores carmesíes.

Cato me mira y suelta un silbido.

—Hoy no han dejado nada a la imaginación con tu atuendo, ¿eh? — Odio este calor que siento en las mejillas ante ese comentario tan directo. Sigo convencida de que no me gusta, pero me siento atraída por él.

—Cierra el pico. —Hoy hace más calor que ayer.

Según toda lógica, debería estar sudando profusamente yendo tapada entera, aunque, por suerte o por desgracia, la tela es tan fina que es casi como ir desnuda.

De verdad, ¿en qué estaba pensando a quien se le ocurrió esta vestimenta? —. No lo he elegido yo .

—Ninguno de nosotros ha elegido qué ponerse. —Abre los brazos y vuelvo a verme atraída por su musculoso pecho —. ¿Te crees que yo iría por ahí semidesnudo si tuviese elección ?

—La verdad es que no tengo ni idea. —Sueno como una mojigata, pero, maldito sea, le han bastado unos segundos para ponerme de los nervios.

Cato extiende la mano hacia mí. Yo la acepto, confundida, y suelto un gruñido cuando me hace girar hacia él, al igual que anoche durante el baile.

Acabo sujeta por su brazo y pegada a ese cuerpo tibio que tiene.

Y encima huele bien, justo como imagino que huele el verano para quien no vive a la sombra de la muralla.

Cato me pone la mano libre en la cadera, abrasán dome la piel bajo la tela con el calor que desprende, y me quedo petrificada .

No sé cómo debo sentirme. Ninguna de las posi bilidades que había imaginado de cara a las Pruebas incluía flir teos .

—¿No hacemos una pareja impresionante? —Cato le sonríe a Vesper.

Vesper , por su parte, va al grano con más seriedad:

—Vamos a discutir la estrategia.

Cato me suelta, concentrado al instante .

—Llevo ya bastante rato en el patio. La Muerte y la Torre siguen en buenos términos, pero eso no supone ninguna sor presa.

No ha sucedido nada que rompa su alianza .

La alianza del Carro también es sólida, así que no creo que podamos acabar con ellos, al menos de momento .

—Me mira de reojo—. Tenías razón: nuestro mayor problema ahora mismo es el Loco, pero también es nuestro objetivo más atractivo.

Mató al Emperador, y la Estrella mató a la campeona del Hierofante, así que está solo.

Me cuesta ocultar mi sorpresa.

—Parece bastante razonable.

—No solo soy guapo, también listo. —Pone los ojos en blanco—.

Tienen que morir ocho personas más para que la nueva Cinque se establezca.

No vamos a poder evitar indefinidamente a las demás alianzas, pero lo más probable es que esta noche sigan la misma estrategia que nosotros: atacar a los campeones que v an por libre.

Intentarán reducir el número de contendientes con el menor riesgo posible.

Vesper se apoya en su bastón con expresión contemplativa. Resulta interesante verlo hacer un repaso mental de los escenarios y resultados posibles . Creo que resultaría aterrador saber lo que de verdad se le pasa por la cabeza.

—De todos los campeones que quedan, el Loco será nuestra mayor amenaza esta noche. Aunque tu estrategia no fuese buena, que lo es, tenemos que acabar con él.

No tengo ningunas ganas de volver a enfrentarme al Loco. El recuerdo de su cara, medio humana y medio animal, basta para ponerme la piel de gallina .

—Es un arma con patas y sus sentidos están más agudizados que los nuestros. Será muy difícil tenderle una emboscada .

—Quizá para los demás campeones sea así —dice Vesper lentamente —. Pero tú puedes hacer que nos desplacemos todos entre las sombras, lo cual implica que el Loco no podrá percibir nuestro aroma de antemano si calculamos bien el momento de atacar.

—¿Sabes dónde se celebra la fiesta de los Pentáculos ? —No me sorprendería que lo supiera, teniendo en cuenta todo lo que ya parece saber.

—No. —Vesper se encoge de hombros—. Pero conozco su distrito tan bien como los demás , así que cuando lleguemos podré deciros cuáles son los lugares idóneos para tender una emboscada.

Una vez en la fiesta , podremos trazar un plan con más detalle.

También tendremos la oportunidad de ver si las alianzas han cambiado.

Cato asiente despacio.

—Un plan flexible es mucho mejor que un plan detallado. Funcionará. —Sonríe—. Si acabamos con una alianza, podremos derrotar sin problema a cualquiera de los campeones que queden.

—A la Muerte y a la Torre no —murmuro. No pretendía decir eso, no quería echar por tierra las esperanzas que tenemos ahora mismo, pero es que anoche estuvieron a punto de matar a Cato entre los dos.

De hecho… Me giro hacia Vesper—. Dijiste que anoche no fue tu suerte lo que desvió el ataque de la Muerte. ¿Seguro que no fue así?

—Seguro que no fue así. —Asiente despacio —. Toda mi concentración estaba en la Torre. Pensaba que sería él quien atacaría. Fue un error, lo siento.

—No hay nada de lo que disculparse. Conseguimos salir con vida.

—Cato se pasa la mano por la cabeza—. Lo de anoche estu vo muy cerca y, por más que me gustaría decir que haber des cansado marcará la diferencia, nuestros enemigos son fuerzas de la naturaleza.

—No llega a estremecerse, pero es como si lo hiciese—.

Deberíamos evitar a esos dos. Van a llegar inevitablemente a formar parte de la Cinque, pero ya nos encargaremos de ellos cuando suceda.

«Van a llegar inevitablemente…».

Niego con la cabeza con vehemencia.

—Ni hablar. Eso no va a pasar. Hay que matar a la Muerte .

—Pero no antes de que me dé todas las respuestas que tiene.

Aun que… ¿estará dispuesto a darme las respuestas que busco?

Antes de las Pruebas era tan ingenua como para suponer que podría arrinconarlo y me contaría la verdad.

Pensándolo bien, era un plan tan turbio como el río Saevus.

Cada noche que pasa, aumenta la probabilidad de que asesinen a la Muerte antes de que pueda seguir hablando con él, o de que sobreviva y vuelva a formar parte de la Cinque.

Eso me proporcionaría más oportunidades de obtener respuestas, pero el precio sería demasiado alto.

Ser parte de la Cinque con él sabiendo que tiene las manos manchadas con la sangre de mi madre…

—No pienso entrar en la Cinque si está él —añado.

Vesper y Cato cruzan la mirada. Es Vesper quien habla:

—La Muerte conoce demasiado bien los poderes de la Estrella como para permitir que lo mate.

Si eliminamos al Carro, quedarán en juego pocos campeones capaces de acabar con la Muerte.

Puede que la Torre sea el único, pero tienen una alianza.

Mientras no se incorpore nadie más a su grupo, podemos acabar con los que queden rezagados. Así, los cinco habremos ganado .

—Con él no.

—¿Por qué no? —Cato frunce el ceño —. La Muerte es temible en combate, pero también es uno de los miembros menos monstruosos de la Cinque actual, o de lo que queda de ella. Va a su aire y no aterroriza a la población, como el Carro y el Juicio.

Vesper asiente lentamente.

—No está de parte de la Corte Menor, pero tampoco le cuesta sacrificar su voto de vez en cuando en aras del bien común. No puedo decir lo mismo de la Estrella.