Capítulo 14 #2
No sé si creerme lo que dice, pero sin duda lo entiendo.
¿Acaso no estaba yo pensando ahora mismo sobre cómo se perciben nuestras debilidades?
Esto es igual. Si Vesper da muestras de dolor es que debe de estar sufriendo muchísimo.
Me muerdo la lengua para no proponerle cargar con elle.
No me dará las gracias por intentarlo, y quizá se rompa la poca confianza que tenemos.
—Casi hemos llegado —es lo único que digo.
Cato va ya a paso vivo cuando giramos el último recodo y cruzamos el puente hasta la isla de los campeones.
Se oye la quinta campanada. Yo dejo escapar un suspiro de alivio; hemos llegado más cerca de la hora límite de lo que me gustaría.
Vesper exhala temblorosamente , haciéndome alzar la mirada hacia los estandartes desplegados sobre los templos de otros cuatro campeones: las víctimas de la violencia de anoche.
El Carro eliminó al Diablo y al Mundo , con lo que ya acumula tres víctimas; las mismas que la Torre.
El Loco mató al Emperador, con lo cual quedan confirmadas mis sospechas sobre la sangre que lo empapaba.
Hago un esfuerzo por estudiar su estandarte.
Resulta bastante modesto: una figura que camina con brío acompañada de un pequeño perro a sus pies.
No hay nada que vincule a ese animal tan mono con el monstruo en el que se puede convertir el Loco. Me estremezco.
Por último , la Estrella mató a la campeona del Hierofante. Me molesta que su estandarte sea tan hermoso. Representa un cielo oscuro con una brillante estrella en el centro, bajo la cual hay una mujer desnuda asomada a un estanque de agua ondulante.
No me doy cuenta de que la Estrella se acerca danzarina a nosotros hasta que nos habla.
—Sois un absoluto desastre. Es un milagro que hayáis sobrevivido. —Esboza una dulce sonrisa—. Una no puede evitar pre guntarse si tendréis la misma suerte cuando vuelva a ponerse el sol esta tarde .
Vesper pone los ojos en blanco.
—Nos reuniremos a la decimoquinta campanada para el evento de los Pentáculos.
Cato, Kestrel , hablaremos cuando dé la decimocuarta campanada.
—Se da la vuelta sin mirar siquiera a la Estrella y se dirige cojeando hacia su templo.
Yo quiero hacer lo mismo, pero Cato me dedica una mirada intensa que descifro enseguida.
Es una oportunidad de reunir algo de información.
Giro en redondo hacia la mujer rubia.
—Has matado a la campeona del Hierofante .
Ella se encoge de hombros.
—Es lo que hemos venido a hacer, querida. —Una sonrisa con un ápice de crueldad —. Quería desesperadamente que le diese un beso. ¿Quién soy yo para negárselo?
Reprimo un estremecimiento. De no ser por la advertencia de la Muerte, yo también habría sido víctima de su veneno. Aunque no soy tan idiota como para besar a otra campeona.
—¿Sucedió antes del ocaso?
La Estrella abre mucho los ojos con aire teatral y se lleva una mano al pecho.
—Es todo un insulto que pienses que yo sería capaz de romper la condición más sagrada de las Pruebas. —Centra su atención en la manga arrancada de mi vestido—. La campeona del Hierofante murió después de la puesta de sol.
No sé si eso confirma mis sospechas . La Estrella habla con la cautela de un Espada.
—Ya veo.
—Descansa un poco. —Sigue sonriendo y hablando del mismo modo que durante la cena de anoche, como si fuéramos dos iguales compartiendo un chismorreo en lugar de rivales en una competición a muerte—.
Si no te recuperas, seguro que acabará contigo alguno de los campeones más agresivos.
—Gira en redondo , con un revoloteo de faldas, y se aleja con elegancia .
Desaparece tras la oscura puerta de su templo.
Cato se estremece.
—Esa mujer es aterradora.
—Tú no la beses y no te pasará nada. —Me arrepiento de haber dicho eso en cuanto la réplica sale por mis labios.
Si vamos a ser aliados, tengo que mantenerlo informado—.
Durante la fiesta me inoculó un veneno a través de la manga de mi vestido.
De no haber recibido una advertencia a tiempo, su estandarte estaría ahora decorando mi templo.
Hagas lo que hagas, no permitas que te toque.
—Tomo nota. —Hace rodar los hombros—. Ahora mismo no es la mayor de las amenazas a las que nos enfrentamos, pero no pienso subestimarla.
Esta conversación es casi… civilizada.
—Bueno, bien. —Parezco incómoda, pero es que no sé cómo reaccionar cuando Cato se muestra de acuerdo conmigo—. Deberíamos descansar.
—Sí. —Sin embargo, no se aleja. Posa la mirada en mis manos—. Tú no sigues la moda de los anillos tan presente en la colina.
Alzo la mano derecha y le enseño el que llevo en el pulgar.
—En los Sedimentos preferimos ir a lo sencillo.
—Aunque ahora yo esté siendo complicada a propósito —.
Pero no, no nos molestamos en ponernos los demás anillos .
Quizá un collar si es que estamos en una relación exclusiva.
—Se me calienta la piel cuando Cato centra su atención en mi pecho.
La tela de mi ve stido es demasiado fina como para ocultar collar alguno, que es claramente lo que está buscando.
Tengo que reprimir el impulso de cubrirme el pecho con las manos.
Solo he llevado un collar en mi vida por una persona: Mara—.
No, no estoy en ninguna relación exclusiva.
En lugar de clavarme la mirada, podrías preguntarme lo que quieras saber.
Su lenta sonrisa es tan cálida como el sol en las alturas.
—Eres muy directa. Me gusta.
—Pero si yo no te caigo bien .
—Pues no, pero no te lo tomes como algo personal.
A mí no me cae bien nadie. —Entrelaza las manos detrás de la cabeza, un gesto que resalta sus pectorales desnudos.
Tengo que esforzarme al máximo para mantener la vista en su cara.
A juzgar por el modo en que se ensancha su sonrisa, se da cuenta—. ¿Tienes alguna preferencia?
Por el calor que siento en la cara, tengo que haberme puesto de un tono carmesí muy poco favorecedor .
—No, la verdad es que no. Me gusta todo tipo de gente.
—C arraspeo, y vuelvo a carraspear. ¿Por qué me lo pregunta?
Imagino que no tiene ningún interés en mí .
Acaba de decir que no le caigo bien, y yo siento lo mismo.
Es tan atractivo como un dios, pero también es un pedazo de gilipollas.
No confío en é l—. ¡Pero tú no! Tú no me gustas.
Él se echa a reír.
—Claro que no, Kestrel. Tú tampoco me gustas a mí.
Sin decir nada más, gira en redondo y echa a andar hacia su templo.
Yo me vuelvo , sobre todo para no contemplar cómo se marcha.
Veo que la Torre me observa desde la puerta de su templo .
Antes de que pueda pensar en todos los motivos por los que esto es mala idea, cruzo el patio circular de piedra y me planto ante él.
—No mataste al Loco.
Él enarca las cejas.
—¿Se suponía que tenía que matar al Loco?
—Supuse que lo harías… —Escruto su semblante.
Vesper y yo pensamos que la Torre era responsable de los temblores de tierra que alejaron al Loco del pasadizo.
¿Se trataría de otro campeón? Supongo que es posible .
Para cuando volvimos a ver a la Torre, se encontraba a varias manzanas de distancia, atacando a Cato—. Pero supongo que me equivoqué.
—Puede. —Se inclina hacia mí y baja la voz—. Le arrebataste una víctima a la Muerte. No está muy contento contigo.
Suelto una risa amarga.
—Si pudiera , le arrebataría todas sus víctimas. —Aunque da igual. La única víctima que me gustaría haberle arrebatado de verdad lleva veintidós años enterrada—. No puede matar al Sol. Es mío.
Me arrepiento de estas palabras en cuanto las pronuncio. Cato no es mío . Aunque acabe de flirtear conmigo, solo ha sido para divertirse a mi costa. Así de gilipollas es.
—Tuyo —dice la Torre lentamente, como si saborease la palabra—. El Sol y la Luna. Supongo que no puede decirse que hagáis mala pareja.
Hay algo raro en su tono de voz, demasiado seco. No me había dado cuenta de que me hablaba con amabilidad hasta que esta ha desaparecido.
Maldita sea, me estoy ruborizando de nuevo.
—No somos pareja . —Que los dioses me protejan de esas conversaciones extrañas e incómodas con campeones que no hacen más que confundirme—. Es mi aliado. Ni más ni menos.
—Y la Muerte no puede acabar con él.
Habla de un modo muy extraño, casi sin inflexiones en la voz. No sé qué pensar al respecto, pero no voy a acobardarme.
—No, la Muerte no puede acabar con él. Puedes decírselo de mi parte.
La Torre asiente despacio.
—Me aseguraré de entregar el mensaje.
Sigo sin ser capaz de discernir si bromea o si habla muy en serio.
La Muerte debe de haberse ido ya a su templo, lo cual significa que tendré que esperar a que surja otra oportunidad de arrinconarlo.
De todas las posibilidades que yo había contemplado al llegar a las Pruebas , la Muerte supone la mayor sorpresa.
No se parece en nada a lo que me había imaginado.
Todos los movimientos que está haciendo son extrañísimos.
—¿Desvió su ataque anoche?
—Es imposible decirlo a ciencia cierta. —La Torre se encoge de hombros—. A mí me parece que tuvo mala suerte.
Si tuvo mala suerte, no fue por culpa de Vesper, que me confirmó que no fue capaz de dominar su magia en ese momento.
—¿Te ha dicho algo de mí?